domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje en tren VIII

Aquello sí que no se lo esperaba. Suponía que algún día tendrían que encontrarse, pero no tan pronto ni de ese modo. Según le había contado él, tenía el propósito de separarse. No le gustaba jugar a dos bandas, pero necesitaba tiempo. Quería hacer las cosas bien, que todo fuera lo menos traumático posible. Últimamente su mujer se había aficionado a utilizar al niño para vengar sus ausencias, y eso lo enervaba. Por lo general evitaba hablar de ellos, respetando un acuerdo tácito que habían establecido desde el principio. Sin embargo había momentos en los que necesitaba desahogarse.
- Encantada –dijo, tratando de aparentar una tranquilidad que estaba lejos de sentir-. Me llamo María.
Pretendía disfrazar aquella tensa situación de normalidad, pero la mujer de Gabriel no parecía tener el mismo propósito.
- ¿Y me puedes explicar, María, que coño hacías anoche saliendo de un bar con mi marido?
A pesar de su ropa elegante era una niñata con formas de arrabalera… Por un momento pensó en negarlo, pero eso sólo empeoraría las cosas. Seguramente alguien los había visto y podría contradecirla.
- Yo no te tengo por qué dar ninguna explicación. Los problemas que tengas con tu marido los resuelves con él. Somos amigos y estábamos tomando una cerveza. Así que relájate, que te va a dar algo…
- Ya. Amigos… No me chupo el dedo, ¿sabes? Sé que se trae algo entre manos desde hace semanas. Demasiadas excusas, demasiado cuidado personal, y esa cara de tonto enamorado que dan ganas de partírsela…
- A mí que me cuentas. Yo no tengo nada que ver con eso.
- Unos treinta años, pelo negro, estatura media tirando a alta… Pensé en todo el personal femenino del instituto y ninguna encajaba en la descripción. Hasta que me acordé de la profesora nueva de literatura, a la que curiosamente todavía no ha llevado a la casa…
- Hay cientos de mujeres con esas características.
- ¿Desde cuándo estáis liados?
Aquello estaba resultando muy desagradable, no sabía cuanto más podría resistir.
- Si me disculpas, tengo cosas que hacer.
- Contesta -inquirió.
Hasta ahí habían llegado. Recogió sus cosas y se levantó para marcharse. Su hostigadora, sin darse por vencida, se situó delante de la puerta cortándole el paso.
- Aparta.
- No.
- No te lo repito...
Afortunadamente la puerta se abrió antes de que llegara la sangre al río. Era Gabriel.
- ¿Qué está pasando aquí…?
- Eso digo yo… -bufó su histérica mujercita-. ¿Qué tienes con esta?
- Ven conmigo, vamos a hablar a mi despacho –dijo él tomándola del brazo, sin dejar de mirar a María. Sus ojos verdes decían: siento mucho que hayas tenido que pasar por esto. No te preocupes, yo me ocupo de ella. Te quiero.

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