domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje en tren X (Final)

Después de varias decepciones había creído que no volvería a confiar en un hombre. Al principio todo era como un cuento de hadas, pero con el tiempo el entusiasmo se convertía en dejadez y las atenciones en exigencias. Todos acababan desencantándola.
Al conocer a Gabriel había sentido una empatía tal que la ilusión se había impuesto a los prejuicios. Lo único que la disuadía era el hecho de que no fuera libre. Además de que iba en contra de sus principios, estaba convencida de que sería una constante fuente de problemas. Su insistencia y la mutua atracción que sentían habían logrado hacerla vencer ese obstáculo, pero no había dejado de tenerlo presente en ningún momento.
Apenas si podían verse algún que otro momento en el instituto, y siempre con mil ojos para no llamar la atención. La situación se había vuelto insostenible. Era frustrante, agotador. No dudaba de sus sentimientos hacia ella, pero temía que si él no asumía un compromiso emocional la relación se iría a pique sin remedio. Sólo pensarlo le producía un dolor atroz.
Encontrárselo con su mujer en la boda de un compañero era más de lo que podía soportar. Había estado tentada de inventar cualquier excusa para no ir, pero finalmente había decidido que le compensaba con tal de tenerlo cerca. Lo había visto en la iglesia, con su traje negro y su corbata granate. Al cruzarse le había dirigido una significativa sonrisa y había podido leer en sus labios: “qué guapa…”. El momento desagradable había tenido lugar al terminar la ceremonia. Aprovechando el tumulto de la salida, su antipática mujercita se le había acercado y le había dicho desafiante: “ni se te ocurra acercarte a él”.
Los colocaron en la misma mesa, aunque por suerte bastante distanciados. Rodeados de amigos, charlaban, comían y bebían con aparente naturalidad. Ambos se esforzaban por ignorarse, y cuando sus miradas se cruzaban por casualidad, alguno de los dos la desviaba inmediatamente.
No tuvo ocasión de acercarse a ella hasta después del postre, cuando su mujer se levantó para ir al baño.
- ¿Cómo estás?
- Te echo de menos. Esto es horrible… -le reprochó.
- Para mí también –dijo él-. No poder ni siquiera mirarte…
- No sé hasta qué punto merece la pena estar así.
- ¿Hablas en serio?
- Totalmente. Esta situación está acabando con lo nuestro, ¿no te das cuenta?
- Vámonos –le propuso de pronto, con la cara iluminada.
- ¿Qué?
No daba crédito. ¿Se había vuelto loco?
- Que nos vayamos de aquí ahora mismo –dijo. Sus ojos verdes irradiaban determinación.
- ¿Estás seguro?
- Completamente. Desde que te vi en el tren…
Cogió su bolso y tomados de la mano se encaminaron a la salida sin dejar de mirarse y sonreír como niños traviesos. Algunos compañeros se les quedaban mirando atónitos, pero no les importaba lo más mínimo. Todo había pasado a un segundo plano. Ya en el exterior, una risa de felicidad se apoderó de ellos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario