viernes, 24 de abril de 2009

Un de amor desgraciado

Después de aquel mes en El Cairo, ella se mostraba silenciosa, leía constantemente, se mantenía más encerrada en sí misma, como si hubiera ocurrido algo o hubiese comprendido de repente esa característica prodigiosa del ser humano: la de que puede cambiar.
Cuando una historia de amor termina bien me deja tranquila, pero siento que pierde algo indefinible que tendría en circunstancias adversas. Quizás fuerza, credibilidad. Mi parte romántica quiere que triunfe el amor, en cambio creo que es el que termina en contra de la voluntad de los implicados el que hace la historia inolvidable.
He vuelto a ver una de mis películas favoritas, “El paciente inglés”. Y me sigue cautivando… La novela es deliciosa, pero la adaptación cinematográfica no la desmerece en absoluto. Incluso diría que la supera, lo que no es habitual. Además de que tiene una factura impecable, se centra mucho más en la historia de amor.
Me encanta el personaje de Hana y su relación con el paciente, la forma tan sutil de remitirnos al pasado a través de ese manoseado libro de Herodoto, la gruta de los nadadores, el monasterio abandonado de la Toscana, la trama de espionaje... Pero sobretodo, ese amor imposible entre Almásy y Katherine.
Él es orgulloso e inaccesible, evita por todos los medios que ella se acerque ignorando la atracción que esa actitud genera… Detesta la propiedad, el hecho de sentirse en deuda: “Cuando te vayas deberás olvidarme”, le dice, sin darse cuenta del daño que le hace. Y yo me pregunto… ¿Cómo le puedes decir eso a una persona te quiere? Y lo más incomprensible… a una persona a la que quieres.
El momento en el que él le descubre el dedal de azafrán que le regaló colgado del cuello y se emociona al ver que lo sigue queriendo es devastador, como todo lo que viene después. El final trágico se intuye desde el primer momento, lo que no le resta interés a la historia. En eso se basa su intensidad, y me hace plantearme por qué idealizamos tanto lo inalcanzable. Lo que deseamos siempre nos parece más atractivo que lo que tenemos, y si lo conseguimos, automáticamente pierde interés. Lo que pudo haber sido y no fue siempre nos parece mejor.
Cuando una historia de amor se consolida no puedo evitar pensar que el paso siguiente es el deterioro. Cuando se llega a la cima, solo se puede descender… Sin embargo cuando no tiene continuidad pienso que habría sido maravillosa. Un amor irrealizable es el sumum del romanticismo, sobretodo en situaciones límite. El "ay que penita que me muero con lo mucho que te quiero" es una fórmula infalible. Ese fatalismo lo dota de una autenticidad especial, llegando a inmortalizarlo. Y quien puede resistirse a un amor inmortal…

jueves, 16 de abril de 2009

No hacen falta palabras

Me sigue sorprendiendo hasta qué punto se puede prescindir de las palabras. Las acciones hablan por sí solas, las cosas caen por su propio peso. Cuando existe la conexión necesaria con una persona, las explicaciones sobran.
Si alguien te decepciona y consideras que no merece otra oportunidad, puede ser mejor dejar que el silencio se interponga. Otras veces el cariño hace que corras un tupido velo ante una actitud que no te gusta. O te haces la dura, como si no fuera contigo…
Yo soy de las que prefiere callar cuando creo que lo que diría no sirve de nada. Que no hay predisposición a entenderme… Me da tanta pereza que no me compensa el esfuerzo de intentar explicarme.
Solemos creer que el diálogo lo arregla todo, y no siempre es así. Hablando puedes meter la pata hasta el fondo. Aunque sea con la mejor intención… Tendríamos que pensarlo todo varias veces antes de abrir el pico. Y eso que yo no lo abro demasiado…
Confieso que soy demasiado susceptible, y que suelo interpretar los silencios de la peor manera. Lo primero que me viene a la mente es que el problema soy yo. Algo he dicho o he dejado de decir, algo he hecho o he dejado de hacer… pero la culpa es solo mía. En muchas ocasiones me acabo dando cuenta de que no lo es, sin embargo en el momento de incertidumbre no puedo evitar rayarme.
Aún así sé que no todas las palabras son buenas… En muchos casos sería mejor no escucharlas. Cuando no son las que tú esperas pueden hacer daño. Y no siempre se las lleva el viento…
En fin, que no me toméis muy en serio. Que estoy divagando porque mi musa ha desaparecido en combate y no termino de aterrizar… Y que últimamente veo demasiadas cosas que no entiendo.

Pasión lorquiana

Granada, calle de Elvira, donde viven las manolas, las que se van a la Alhambra, las tres y las cuatro solas. Una vestida de verde,otra de malva, y la otra, un corselete escocés con cintas hasta la cola. Las que van delante, garzas la que va detrás, paloma, abren por las alamedas muselinas misteriosas.¡Ay, qué oscura está la Alhambra! ¿Adónde irán las manolas mientras sufren en la umbríael surtidor y la rosa? ¿Qué galanes las esperan? ¿Bajo qué mirto reposan? ¿Qué manos roban perfumes a sus dos flores redondas? Nadie va con ellas, nadie; dos garzas y una paloma. Pero en el mundo hay galanes que se tapan con las hojas. La catedral ha dejado bronces que la brisa toma; El Genil duerme a sus bueyes y el Dauro a sus mariposas. La noche viene cargadacon sus colinas de sombra; una enseña los zapatos entre volantes de blonda;la mayor abre sus ojos y la menor los entorna.

Para mí Lorca es Granada… desde que lo conozco. Por eso me cala tan hondo. Sus obra está llena de referencias que me resultan familiares y de una sensibilidad con la que conecto perfectamente.
Cuando lo leo, me es imposible no recordar a mi abuela. Nació en un pueblo muy cercano al suyo, y de niña jugaba por las alamedas donde iba el poeta a escribir. Las chiquillas lo observaban con curiosidad, fascinadas por ese muchacho tan diferente al resto… Según me contó, mi bisabuelo era amigo del padre de Federico. Tal vez por eso ella siempre sintió debilidad por él, y se sabía sus poemas de memoria. Antonio Vargas Heredia, hijo y nieto de camborios, con una vara de mimbre, va a Sevilla a ver los toros... Le regalé un costurero grande, de raso pajizo, y no quise enamorarme, porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando me la llevé al río...
Estos días, haciendo turismo en la mejor compañía, Lorca ha vuelto a mi mente. Su pasión por Granada, su costumbrismo, su dramatismo tan andaluz, y esa forma de ver el mundo que un granadino entiende mejor que nadie.
Granada del alma mía si tú quisieras, contigo me casaría esta primavera...

Por amor al arte

Nunca me he planteado demasiado el sentido de escribir. Cuando disfruto de algo, que además hago porque no puedo evitarlo, creo que no es necesaria ninguna otra justificación. Para mí es una aficción (y adicción) sin la cual ya no entiendería mi vida, pero eso no impide que intente hacerlo mínimamente bien y aprender con la experiencia. Aunque no escribo pensando en la difusión que pueda tener, pues eso me cohartaría mucha libertad, sería absurdo negar que mi ego daría botes de alegría si la tuviera. No hablo del aspecto económico, sino del reconocimiento que implicaría. Y eso que sufro de pánico escénico…
Pero seamos realistas... por más que se diga que si algo te gusta conseguirás hacerlo bien, creo que en este oficio la cosa no es tan sencilla. No existen fórmulas mágicas… Es un mundillo cruel. El que triunfa no es necesariamente el mejor, los criterios son demasiado aleatorios. Además, es imprescindible cierta capacidad. La cuestión es: ¿Se puede alcanzar siguiendo las pautas adecuadas? Siempre he pensado que para escribir, como para cualquier otra disciplina relacionada con la creatividad, hacen falta unas condiciones básicas, y de donde no hay no se puede sacar... pero la práctica y la voluntad ayudan a mejorar.

Hace bastantes años que admiro el talento y el ingenio de Roald Dahl. Por eso vuelvo de vez en cuando a sus textos. En su relato “Racha de suerte. Como me hice escritor” (Historias extraordinarias), expone las cualidades que según él debe tener todo escritor de ficción:

1. Debe tener una imaginación viva.
2. Debe ser capaz de escribir bien. Con eso quiero decir que debe ser capaz de hacer que una escena cobre vida en la mente del lector. No todo el mundo posee esa habilidad. Es un don que sencillamente se tiene o no se tiene.
3. Debe tener resistencia. Dicho de otro modo, debe ser capaz de seguir con lo que hace sin darse jamás por vendido, hora tras hora, día tras día, semana tras semana y mes tras mes.
4. Tiene que ser un perfeccionista. Eso quiere decir que nunca debe darse por satisfecho con lo que ha escrito hasta que lo haya reescrito una y otra vez, haciéndolo tan bien como le sea posible.
5. Debe poseer una gran autodisciplina. Trabaja usted a solas. Nadie le tiene empleado. Nadie le pondrá de patitas en la calle si no acude al trabajo y nadie le reñirá si hace usted el vago.
6. Es una gran ayuda tener mucho sentido del humor. Esto no es esencial cuando se escribe para adultos, pero es de vital importancia cuando se escribe para niños.
7. Debe tener cierto grado de humildad. El escritor que piense que su obra es maravillosa, lo pasará mal.

Estoy de acuerdo con prácticamente todos los requisitos, pero debo reconocer que no cumplo la mayoría. Creo que son importantes si te tomas en serio la escritura, que no es mi caso. También que unos pueden suplir a otros. De hecho, bastaría con los dos primeros y el último. Para mí lo que distingue a un buen escritor es la virtud de trasmitir. Y el que sabe contar y crea historias imaginativas la suele tener. La humildad o la ausencia de ella se percibe en cada página, y no hay nada que me predisponga más en contra que un texto pretencioso…

Cuando te gusta lo que haces ese sentimiento queda patente en el resultado. Y que cuando ese es el motor que te impulsa, lo demás es secundario. Escribir sin expectativas de publicar es un placer. Aunque a nadie le amarga un dulce si lo tiene a su alcance, ¿no? Sinceramente, cuando os leo a muchos de vosotros pienso que lo único que os falta para dar ese paso (algo que algunos ya habéis logrado) es el deseo de hacerlo…

Libros perdidos

Perder algo siempre me da rabia, sobretodo si me lo pierde otro. Pero si es un libro más todavía… La mayoría los he comprado porque en su día me interesaron, y salvo escasas excepciones, pretendo releerlos en algún momento. Si me gustaron, para volver a disfrutarlos. Y si no, por darles una segunda oportunidad. Aunque a veces los miro de reojo y siguen sin tentarme lo más mínimo, pienso que un día me quedaré sin lecturas y les echaré mano. O tal vez, que alguien me recomendará uno de ellos y lo veré con otros ojos. Ya me ha pasado…
Ir a buscar un libro y no encontrarlo es algo que me subleva. En cuanto el cabreo me lo permite trato de rebobinar a ver si recuerdo a quien se lo presté. Durante un tiempo recurrí al infalible método de la lista negra, pero esta brillante iniciativa no tuvo demasiada continuidad. Con frecuencia la perdía y cometía el error de fiarme de mi memoria de pez. Si tengo la suerte de acordarme de a quien se lo presté, el problema es que en muchos casos me da apuro reclamárselo. Por eso no me gusta prestarle libros a personas con las que no tengo demasiada confianza. Pero si alguien me pide un libro no soy capaz de negárselo… Lo único que puedo hacer es no ofrecérselos a quien no me apetece prestárselos.
Muchas veces, cuando he dado un libro por perdido, he ido directamente a la librería a reponerlo. Si luego lo recupero me tiro de los pelos y me dan ganas de arrancárselos al moroso. Otra desgracia son los que los maltratan. Cuando me devuelven un libro "profanado" casi preferiría que no me lo hubieran devuelto, porque me dan tentaciones de tirarlo por la ventana. Solo hay unas pocas personas a las que les prestaría hasta mis libros firmados con total tranquilidad.
Todo esto viene a que acabo de echar en falta uno de mis favoritos (“Relatos de lo inesperado” de Roald Dahl), y prefiero postearlo a subirme por las paredes. Me estoy conteniendo, pero no podré hacerlo por mucho tiempo… Decidme que haga memoria o busque la dichosa lista antes de ir a comprarme uno nuevo, que tengo muy poca paciencia...