miércoles, 27 de mayo de 2009

El retrato

Su retrato permanece en la sala del piano, atestiguando su desdichada existencia. El rostro níveo, la mirada luminosa, y toda la vida por delante. Valentina no tenía más de dieciocho años, y era tan bella como un ángel.
Fue en esa misma sala donde se selló su destino. Un descuido provocó que sus amores con Mateo Alcázar fueran descubiertos, y los sueños de ambos se rompieran como el cristal…
Él era un joven intrépido e idealista, hijo de un militar fallecido. Cuando posó sus ojos en Valentina a la salida de misa supo que esa mujer sería suya aunque le costara la vida. Ella tampoco pudo resistirse a ese porte gallardo y esa mirada azul que se le clavó hasta el alma.
Valentina había crecido entre algodones. Ser la hija única del cacique local le otorgaba una serie de privilegios pero a la vez la sentenciaba. No podía relacionarse con cualquiera, el buen nombre de la familia estaba en juego… La vida era injusta hasta para quien parecía tenerlo todo.
Mateo comenzó a visitarla, jurándole amor eterno tras la tapia de las caballerizas. Los padres de Valentina albergaban expectativas más elevadas para su hija, así que probablemente tendrían que fugarse –sabían-. Ella estaba dispuesta a canjear una vida de lujos por otra más modesta junto al hombre que amaba. Él haría lo que fuera necesario por no perderla…
La reunión tuvo lugar una calurosa tarde, a la hora de las visitas. La madre de Mateo acudió en cuanto recibió la misiva.
- No serán felices, usted lo sabe tan bien como yo… -dijo la madre de Valentina con un tono de complicidad que estaba muy lejos de sentir-. La aristocracia y el pueblo llano son como el agua y el aceite… ¿Más café?
Poco después, presionado por su madre, Mateo se alistó en el ejército para luchar contra las tropas napoleónicas. Así honraría la memoria de su padre y sería digno de Valentina –le hizo creer.
Valentina dejó de comer, perdió el brillo de los ojos. Su amante le había prometido que volvería victorioso para casarse con ella contra viento y marea, pero las noticias del frente era cada vez más desalentadoras.
El mal presentimiento que la envenenaba se confirmó cuando supo que Mateo había caído en la batalla del Pinar de los Franceses. Enfermó de tristeza. Pasaba el día encerrada y las noches vagando por los corredores como un alma en pena, sin quitarse su nombre de la boca.
Sus padres la ingresaron en un convento pensando que el auxilio espiritual era lo único que podría salvarla, pero aquello hizo que Valentina perdiera definitivamente la razón y acabara sus días en un manicomio.
Al mirar su imagen se me pone un nudo en la garganta. Pienso en lo feliz que habría sido con Mateo si la hubieran dejado. En lo injusto que es nacer en mundos separados. En el daño que te puede hacer la gente que más te quiere…
Leo la fecha que aparece en la esquina inferior del lienzo y algo me dice que por ese entonces ya conocía a su galán de ojos claros. Casi me atrevo a aventurar que en cuanto el pintor la dejara libre, acudiría a su punto de encuentro secreto a reunirse con él. A soñar con la vida que nunca tuvo...

No hay comentarios:

Publicar un comentario