miércoles, 27 de mayo de 2009

Mala

Ayer te vi por la calle y me hice la loca. Hacía ya más de dos años que tu vida no se cruzaba con la mía, y preferí que siguiera siendo así. Llámame rencorosa, pero mi instinto de protección me dice a gritos que me aleje de ti.
Siempre fuiste competitiva y envidiosa. Siempre quisiste salirte con la tuya aunque fuera pisando cabezas… Recuerdo cuando aún no levantabas un palmo del suelo e imponías tu ley en la guardería. Si yo quería un juguete, tú también lo querías. Si se te partía una cera de colores, te apropiabas de la mía sin miramientos. Si yo traía una cartera nueva, la envidia te corroía y me acusabas de lo primero que pasara por tu perversa mente infantil.
Luego crecimos y fingiste ser mi amiga, pero yo seguía sin fiarme de ti. Me la jugabas una y otra vez… No olvidaré cuando en pleno examen de química el profesor recogió tu chuleta del suelo y dejaste que pensara que era mía. Ni cuando desapareció mi reloj de la bolsa de gimnasia y tuviste la sangre fría de ayudarme a buscarlo por todo el colegio. Siempre supe que me lo habías mangado tú…
Tonta de mí, traté de justificarte muchas veces. Estabas sola, te sentías incomprendida, tenías un carácter difícil… Aunque aparentabas comerte el mundo, en el fondo eras una persona vulnerable, llena de carencias, una infeliz. Pero apenas fui consciente de lo nociva que eras traté de evitarte. Busqué otras amistades, y tu venganza no se hizo esperar. No soportaste verte desplazada y las pusiste a todas en mi contra.
Por fin llegó el momento en que no tuve que verte la cara a diario. Pensé que me había librado definitivamente ti, hasta que coincidimos en esa fiesta. Me diste dos besos de Judas, y un par de horas después te liaste con mi novio como la zorra que eres…
Aún tuviste las santas narices de presentarte un día en mi lugar de trabajo para invitarme a comer “por los viejos tiempos”. Yo intuí que en tu noble iniciativa había gato encerrado, y no me equivoqué. Pretendías meterme en un negocio fraudulento con el que arruinaste a todo el que cayó en tus garras.
Siempre he querido pensar que todos tenemos defectos y virtudes en distinta medida, pero conociéndote como te conozco no puedo menos que afirmar que eres más mala que un dolor.

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