viernes, 22 de mayo de 2009

Sevilla tiene un color especial

Sevilla es la ciudad que más he recorrido sola exceptuando la mía, y doy fe de que tiene un color especial. Varias circunstancias me llevaron a ella en el pasado, provocando un flechazo instantáneo.
Siempre me muevo por el centro histórico, donde la huella de los siglos anteriores es tan patente que no cuesta retroceder en el tiempo. Ese núcleo formado por la Catedral, el Palacio Arzobispal, y los Reales Alcázares es una joyita gracias al esmero de los sevillanos. Me llama la atención su sentido de la estética, como valoran su ciudad y saben hacerla atractiva para los demás. Las flores, los coches de caballos y las tascas típicas le dan una personalidad inconfundible.
Recorrer ese entorno es un viaje fascinante para una novelera como yo. Me encanta perderme por la antigua judería y llegar hasta la Hostería del Laurel, donde Zorrilla escribió el don Juan. Pasar por la antigua fábrica de tabacos, en la que Carmen conoció a don José según cuenta Merimée. Caminar por las gradas de la Catedral, donde los mercaderes hacían sus tratos cuando Sevilla era una rica metrópoli gracias al comercio americano, además de la capital cultural y artística de Europa. Hasta me gusta pensar que me toparé con la imaginaria Iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas o los ojos azules del Padre Quart por el Barrio de Santa Cruz…

Un paseo por los Jardines de Murillo o el Parque de Maria Luisa es una auténtica delicia. Cuando me da tiempo visito el Museo de Bellas Artes y el Hospital de la Caridad, donde se conserva lo mejorcito de la pintura sevillana. La nostalgia me lleva a la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, la Biblioteca Colombina y al Archivo de Indias. Como soy tan friki, no puedo dejar de ir a tomar una cerveza en el Patio de San Eloy y un café en el Horno de San Buenaventura. Tampoco me resisto a entrar en esa inmensa librería de la Calle Sierpes que parece un anfiteatro...

Sevilla refleja la alegría de vivir de su gente, ese sentido exhibicionista que atrae a cientos de visitantes para recordarles el poderío que ostentó un día. Admiro el mérito de mantener un patrimonio y la habilidad de convertirlo en un reclamo irresistible. Disfruto constatando las reminiscencias de la sociedad en la que Velázquez se formó como artista y pintó sus obras más personales.

Para mí Sevilla es el olor a azahar en primavera, tres sueños rotos y uno culminado. Una ciudad en la que he buscado y he encontrado, en la que he visualizado un futuro. Son muchos los recuerdos, muchas las ilusiones. Y cada vez que voy, por breve que sea la visita, renacen como las jacarandas que la invaden en esta época.

No hay comentarios:

Publicar un comentario