viernes, 19 de junio de 2009

Petardeando

Esa noche de sábado no tenía ganas de fiesta, pero la más petarda de mis amigas había insistido tanto que no había podido decirle que no. La verdad es que estaba tan quemada que me sentaría bien un poco de desparrame. Así que me había arreglado en diez minutos y había bajado escopetada. Isa me esperaba en su coche, que parecía la máquina del tiempo.
- A ver donde me llevas…
- Al mejor garito, ya lo verás. ¿Es que no te fías de mí?
Mi mirada debió dejárselo claro, pero como no hay más ciego que el que no quiere ver no se dio por aludida. Antes de que pudiera hacer nada por evitarlo me puso el cd de “Los chunguitos”.
- ¿Por qué eres tan choni, tía?
- Porque el mundo me ha hecho así… -dijo, muerta de la risa-. "Por más que me pregunto, no encuentro la razón, ay que dolor, para dejarme así, ay que dolor, sin una explicación, ay que doloooooor, ay que doloooooooor…”.
- ¿Es necesario que cantes?
Dimos mil vueltas para aparcar, y me estallaba la cabeza. La cola del local daba la vuelta a la manzana… Pensé que eso sería suficiente para desistir, pero estaba muy equivocada. Isa no se rendía tan fácilmente.
- Nos vamos a otro sitio, ¿no?
- ¿Con lo que nos ha costado aparcar?
Visto así… Media hora después entramos y conseguimos atrincherarnos en una esquina.
- Aquí nos hacemos fuertes, tú.
- No nos sacan ni con aceite hirviendo…
- No digas eso, tía, con el calor que hace...
- Jajajajajajaja... qué rejodía que eres...
La primera copa consiguió relajarme, y tras la segunda empezamos a desvariar.
- ¿Sabes algo de Ángela? -me preguntó Isa sin venir a qué.
- No. Ni ganas...
- Si la ves, que no la verás… no le digas nada de mi parte.
- ¿Tú estás tonta?
- Como te pones, chochi…
- Mira que eres arrabalera…
- A ver si es que tú has nacido en Manhattan… no te jode esta…
- No bebas más, anda… que te sienta mu malamente...
- Hoy me lo voy a beber todo, porque yo lo valgo… -dijo decidida, volcándose medio cubata en el escote.
- Pues no esperes que te arrastre hasta tu casa…
- El cachas de la barra me está sonriendo…
- Se está riendo de ti, que no es lo mismo.
- Qué malafollá tienes, ¿no?
- Un apoco, sí…
- Envidia cochina, porque no te ha mirado a ti.
- No es mi tipo.
- ¿Y cual es tu tipo?
- Los que no pasan más rato delante del espejo que yo.
- Pues ese está para hacerle un favor…
- Si parece un maricón de playa… Y ese color de piel es del tostadero… Está naranja, tía, qué grima...
- Calla, calla, que viene para acá…
- ¿Qué hacen estas dos palomitas tan solitas? –dijo con aires de salvador.
- Divertirnos –le contesté.
- Os invito a una copa…
- Ya tenemos, gracias.
Isa me clavó una mirada asesina y supe que era hora de quitarme de en medio.
- ¿Bailas? –me preguntó el maromo recauchutado.
- No.
- ¿Y eso?
- Eso es mi amiga y tampoco baila…
- ¡Que sí bailo! –gritó Isa, como una posesa.
- Que si baila, que era una broma. Disculpadme, voy un momento al baño.
Sentir el aire fresco en la cara me dio la vida. Ya había tenido bastante petardeo por esa noche… Allí estaba, a las cuatro de la mañana, donde da la vuelta el viento y más tirada que una colilla. No sé por qué coño me apetecía sonreír...

El diario de Katherine Mansfield

Katherine Mansfield nació en Nueva Zelanda a finales del siglo XIX. Se trasladó a Inglaterra muy joven, destacando como escritora en el Círculo de Bloomsbury. Su diario es un documento interesantísimo, impregnado de agudeza y espíritu feminista.
A mí leer un diario ajeno siempre me produce una sensación ambivalente. Por una parte me parece una violación de la intimidad de una persona, con la que no me siento cómoda. Por otra, admito que me encanta acceder a sus pensamientos privados y aprecio su valor como documento histórico. Cuando alguien escribe un diario es porque siente la necesidad de expresarse, probablemente para entenderse a sí mismo y al mundo que le rodea. En él vuelca partes de su alma, la mayor parte de las veces con un carácter confidencial. Supongo que si sospechara que va a ser leído a posteriori no contaría ni la mitad de las cosas. En este caso seguro, pues fue publicado por el viudo de la autora, John M. Murry. No me sorprende que Dorothy Parker dijera: “Lo que leemos es tan íntimo que casi me siento culpable de haber transitado por estas páginas”.
Hay veces que tú no encuentras los libros, sino que ellos te encuentran a ti. Eso me ocurrió con este. Entré en una librería en la que no tenía previsto entrar, y antes de avanzar un metro sentía la mirada de katherine Mansfield, de la que nunca había oído hablar.
Sus ideas y la forma de trasmitirlas me han fascinado. Su lenguaje es sencillo pero está lleno de profundidad. Cada página revela una perspicacia y una sensibilidad extraordinarias. Aunque un diario no suele tener pretensiones literarias, su talento como escritora es evidente: “La luna empezó a brillar. Había estrellas en el cielo. Estrellas brillantes oscilando que parecían moverse mientras las miraba. Brillaba la luna. Me era posible ver la curva del mar y la curva de la tierra abrazándose, y encima, en el cielo, se veía un gran despliegue de nubes. Seguramente los tres semicírculos eran mágicos”. ¿No es precioso?
Su anhelo de escribir y de que sus escritos trascendieran demuestra una mentalidad trasgresora, una ambición profesional inusual para la época: “Me gustaría tener un libro publicado y un número de relatos acabados. Mientras escribo, el humo del cigarrillo parece ascender de forma pensativa y me siento más próxima a este tipo de identidad silenciosa y cristalina que casi solía ser la mía”.
Tiene frases de esas que parecen escritas para ti: “Y sin embargo, hay que acostumbrarse a vivir, aunque sea sola, aunque sea triste, indiferente, y lánguida, porque, ¡oh! mi visión desestabilizadora, ¿acaso no eres un espejismo incesante demasiado difícil de seguir?”.
Su enfermedad la indujo a tener unos objetivos claros y valorar ciertos aspectos: “Lo único que realmente pido es tiempo para poder escribirlo todo. Tiempo para escribir mis libros. No me importa morir después. Vivir para escribir”. “Lo único que valoro más que la vida, el amor, la muerte, más que todo, es la honestidad (¿por qué?)”. Es una pena que esa lucidez llegue cuando casi no podemos disfrutarla, ¿verdad?
Sus dudas y anhelos son tan parecidos a los de cualquier persona que impresiona verlos en palabras: “¿Será posible llegar estar en paz conmigo misma? ¿Siempre tranquila y sin interrupciones –sin dolor- bajo el mismo techo que la persona a la que se ama? ¿es demasiado pedir?”.
Que ha sido un placer conocerla… Con razón Virginia Woolf definió la suya como “una inteligencia terriblemente sensible”. Katherine Mansfield murió con treinta y cinco años, los mismos que yo tengo ahora.

Corpus en Granada

Para mi paisanito Juan Antonio.
Granada está de fiesta. Hoy huele a manzanilla, a incienso, a clavel… El centro engalanado, lleno de altares efímeros que conmemoran el día del Corpus. La gente se echa a la calle para no perderse la procesión de la custodia. Luces, farolillos, coches de caballos, feria de día y de noche.
El año pasado yo estaba muy lejos y pude disfrutarlo gracias a ti. Tus fotos y descripciones del ambiente consiguieron trasportarme a mi tierra y hacerme vivir este día festivo. Pude olerlo, sentirlo, vivirlo. Hoy quiero devolverte ese regalo con estas imágenes, que espero que hayas disfrutado en directo.
Las calles se tapizan de hierbas aromáticas, los toldos protegen del inclemente sol, y los granadinos participan de este jueves tan especial. Mi abuela, que era tan católica como la mayoría de las abuelas, decía: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: jueves santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Antiguamente la gente estrenaba ropa este día, iba a los toros, y por supuesto a la feria. Hoy la fiesta ha perdido ese grado de solemnidad pero mantiene su esencia.
Los balcones se decoran con mantones y banderas. A mí las banderas no me entusiasman… Más que nada, por ciertas connotaciones que van más allá del patriotismo. Prefiero interpretarlas como parte de una tradición sin más.
Me gusta participar de estas celebraciones populares porque son algo ancestral, que me conecta con mis raíces y mi entorno. Porque formo parte de esta comunidad y me identifico con ella. La rutina necesita de estos pequeños oasis para evadirnos. Días especiales en los que hasta la luz parece distinta…

lunes, 8 de junio de 2009

Los hilos del destino

Había sido un día bochornoso, de esos en los que el aire parece pesar más de lo normal. Llegué a casa algo aturdida por el cansancio y me di una ducha con mi gel de limones del Caribe que me dejó como nueva. Abrí la ventana para que entrara el aire fresco de la noche, me serví una cerveza helada, y puse mi viejo disco de Teodorakis. Sentada en el sofá con las piernas estiradas sobre la mesita de las revistas, empecé a revisar el correo.
Me llamó la atención un sobre en blanco. ¿Cómo había llegado hasta mí? Parecía obvio que alguien lo había traído personalmente. Lo rasgué con impaciencia y saqué de su interior una pequeña tarjeta en la que se leía: “¿Crees en el destino? El tuyo te espera a media noche en el parque de los alhelíes”.
¿Qué clase de broma era esa? Yo era pragmática por naturaleza, los acertijos me ponían nerviosa. Ese rollo del destino me sonaba a novela romántica. Siempre me había parecido una mala excusa para tratar de explicar lo inexplicable. Mi experiencia me había demostrado que el único destino era el que se labraba uno mismo. Lo peor es que sentía curiosidad por saber quien estaba detrás de ese numerito. Y solo había una forma de averiguarlo…
Mientras atravesaba las calles cada vez más despobladas, miles de pensamientos acudían a mi cabeza. Aquello podía ser peligroso, tal vez debería avisar a alguien antes de aventurarme. Miguel estaba concentrado con sus oposiciones, me mataría si lo molestaba por una cosa así. Carmen no cerraba el bar hasta cerca de las dos, no tenía sentido preocuparla. Si llamaba a Sofía se reiría en mi cara. Y las demás opciones me parecían más peregrinas todavía. Total, que mejor dejarlo así.
El parque estaba aparentemente desierto. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la tenue iluminación distinguí a una pareja dándose el lote en un banco, a un tipo paseando al perro, y a un pirado haciendo footing. En ese momento empezaron a sonar las campanas de la Iglesia de San Antonio. Eran las doce en punto. Seguí caminando en busca de una señal, con las pulsaciones cada vez más aceleradas. El olor a alhelíes se me metía hasta el cerebro llegando a marearme. Si en cinco minutos no ocurría nada, me largaría de allí.
La luz de una linterna me cegó por completo. Sentí una mano sobre mi hombro y se me cortó la respiración.
- Acompáñame -susurró una voz a mi espalda. Me sonaba familiar, pero el estado de nervios en el que me encontraba me impedía reconocerla. Traté de revolverme, sin embargo sus fuertes brazos me lo impidieron. Me disponía a propinarle un codazo en las costillas cuando escuché:
- Vale, déjalo ya... ¿No ves que la estás asustando?
Ahora sí había reconocido la voz… ¡Era la de Sofía! Miré en su dirección y la vi, sentada en el césped, con una botella en la mano. A su lado estaba Carmen encendiendo un farolillo de camping. No hizo falta que me diera la vuelta para saber quien estaba a mi espalda.
- ¡Sorpresa! –dijo Miguel, y lamenté no haberle dado el codazo.
- La madre que os parió a los tres…
- ¡Felicidades! –exclamó Carmen alzando una copa de champán.
- ¿Cómo que felicidades? ¿De qué coño va esto?
- Os lo dije –comentó Miguel divertido, y volví a acordarme del codazo-. ¿Qué día es hoy?
- 7 de Junio.
- Más bien 8…
8 de Junio…
- ¡Ostras… mi cumple!
Había estado tan liada últimamente que se me había ido de la cabeza…
- Menos mal que nos tienes a nosotros… Somos tu destino, ¡jajajaja!
- Sois unos cabrones, que por poco me matáis del susto…
- Anda, Sofi, saca la tarta… Que estas encerronas dan un hambre que no veas…

Encontrando a la mitad perdida

Para la niña Jhay, con inmenso cariño
Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. La cantina más animada que nunca. Jose Alfredo cantando “como tú traes el alma con la rienda suelta, ya crees que el mundo es tuyo y hasta me das tu olvido…”, y el tequila corriendo como si no costara. La luna llena entraba por la ventana y me susurraba que algo bueno estaba a punto de suceder.
Cuando vi la grácil silueta de la preciosa Jhay entrar por las puertas supe que la luna no me había engañado. Su sonrisa iluminó todo el local. Varios de mis parroquianos habituales levantaron la vista y la clavaron en ella sin ocultar su fascinación.
Nos instalamos en una mesa acompañadas de una botella de don Julio añejo. Entonces, invadida por la emoción, me lo contó todo. La detective Lantier había encontrado a su musa. Y la musa un local maravilloso en el que había visualizado el “Café Grandes Esperanzas”. Con libros, mojitos, y fotos de cine antiguo. Tal y como ella lo había soñado… Los ojos le brillaban como cuando hablaba de su lunita. Todo era tan mágico, parecía tan factible… Brindamos, reímos y lloramos hasta la madrugada. Al salir a la calle, la luna nos dedicó un gesto cómplice que yo interpreté como un buen presagio.
Solo habían transcurrido unos meses cuando recibí la invitación para la inauguración. El sueño de la preciosa Jhay, por fin, se hacía realidad. Y no era lo único que había que celebrar…
La reaparición de su musa le había permitido terminar su novela. Aunque le costaba creérselo, tenía un talento increíble. Sus amigas lo sabíamos, y habíamos conseguido convencerla de que la enviara a una editorial. Como no podía ser de otra manera, se la iban a publicar. La vida le mostraba ahora su lado más dulce, y yo me alegraba muchísimo.
El “Café Grandes Esperanzas” era tal y como imaginaba. Un lugar donde todo parecía posible... Allí, con una copa en la mano, estaban Lantier, Puck, Violette, Elo... Ninguna habíamos querido perdernos ese momento tan especial. La preciosa Jhay me recibió con su calidez habitual y una expresión que lo decía todo. No era necesario que buscara más a su mitad perdida, que no era otra que su mitad feliz. Ya la había encontrado.

¡Muchas felicidades, preciosa! Que todos tus sueños se cumplan... Y que los compartas con nosotros.

Carta de despedida

“Hasta nunca, me largo para siempre. No pensabas que sería capaz de hacer algo así, ¿eh? Pues ya ves, no me conoces tan bien como crees. Durante más de diez años he hecho oídos sordos a tus chanchullos, tus ausencias, tus amantes…. Ahora me toca a mí disfrutar un poco de la vida, ¿no?
Estoy harta de vivir a tu sombra, de planchar tus camisas, de ser un florero… Búscate otra chacha, seguro que la encuentras. Hay mucha masoquista suelta... Y a los saraos que te acompañen tus pilinguis.
No te guardo rencor, hace mucho que se convirtió en indiferencia. Prefiero invertir mis energías en algo que las merezca. Ahora he adoptado tu lema: “Primero yo, después yo, y si sobra algo pa mí”.
Te anticipo que he expoliado la caja fuerte. ¿De verdad creías que no conocía la contraseña? Pero mira que eres ingenuo… También he vendido el Picasso. Al final sí que era auténtico, tenías tú razón… O eso, o he pegado el pelotazo de mi vida…Tampoco te molestes en buscar la colección de sellos. Si llego a saber lo que me darían por ellos no me habría parecido una afición tan aburrida...
Seguro que te estás preguntando a donde voy… Confórmate con saber que muy lejos de ti. Por cierto, ya puedes ir buscándote a otro mejor amigo, porque el que tenías se viene conmigo.
Mi abogado tiene copia de todos los documentos que te incriminan, y fotos que demuestran tu adulterio (además de tu mal gusto). Pues sí, hijo, no he tenido más remedio que espabilar. Es que en el papel de felpudo no me sentía del todo cómoda. Inconformista que es una…
Y nada más, churri. Que la vida te trate como tú me has tratado a mí”.

Aunque tú no lo sepas

Es una de esas pelis que casi nadie conoce pero que a mí me encanta. Tiene ese tono íntimo y sin pretensiones que tanto me interesa. Se inspira en el relato “El vocabulario de los balcones” de Almudena Grandes, pero con un enfoque mucho más profundo.
La historia se narra en flash backs, remontándose a los años setenta. Juan está enamorado de Lucía, cada tarde la observa desde el balcón de enfrente. Un día le envía un libro de Herman Hesse en el que le escribe una dedicatoria preciosa: “Si alguna vez la vida te maltrata acuérdate de mí. No puede cansarse de esperar aquel que no se cansa de mirarte”.
Hay otra escena que me pone un nudo en la garganta, esa en la que él llora porque la ve llorar a ella. No puede verla sufrir, porque la quiere de verdad. Ese diálogo a través de gestos, miradas y silencios puede ser tan elocuente como las palabras, porque cuando el corazón habla, las palabras sobran.
Finalmente se atreve a declararle su amor cara a cara. Ella no entiende que la quiera sin conocerla, y le pide que la deje en paz. Pero ya no puede permanecer indiferente a su mirada, a sus detalles. Uno de los más bonitos es cuando él la llama por teléfono para regalarle “Lucía” de Serrat, que parece escrita para ella.

Años después Lucía vuelve al barrio y se reencuentra con Juan. Una tarde de lluvia, compartiendo un café, él rememora la noche en que le partió el corazón y ella le confiesa que él ha sido lo más bonito que le ha pasado en la vida.
Cuantas veces no tenemos una certeza así hasta que es demasiado tarde… Cuantas veces ignoramos lo que hemos sido para alguien y alguien ignora lo que ha sido para nosotros… Cuantas veces las cosas llegan en el momento equivocado y eso impide que se materialicen…
Los amores callados y no correspondidos me llegan al alma, porque siempre conllevan una gran dosis de sufrimiento. Es un sentimiento desperdiciado, que no va a ninguna parte. Que desgasta, que duele, que deja heridas.
Es curioso como afecta el paso del tiempo a los recuerdos. Como lo que sentimos o dejamos de sentir un día se puede trasformar en algo distinto…
También me sorprende hasta qué punto nos influye lo que inspiramos en otra persona. El hecho de que resulta más fácil querer a quien te quiere, porque verte con los ojos de alguien que solo ve lo mejor de ti es maravilloso.
La película plantea todas estas cuestiones con una sensibilidad exquisita. Ha sido una auténtica delicia verla de nuevo...