viernes, 19 de junio de 2009

El diario de Katherine Mansfield

Katherine Mansfield nació en Nueva Zelanda a finales del siglo XIX. Se trasladó a Inglaterra muy joven, destacando como escritora en el Círculo de Bloomsbury. Su diario es un documento interesantísimo, impregnado de agudeza y espíritu feminista.
A mí leer un diario ajeno siempre me produce una sensación ambivalente. Por una parte me parece una violación de la intimidad de una persona, con la que no me siento cómoda. Por otra, admito que me encanta acceder a sus pensamientos privados y aprecio su valor como documento histórico. Cuando alguien escribe un diario es porque siente la necesidad de expresarse, probablemente para entenderse a sí mismo y al mundo que le rodea. En él vuelca partes de su alma, la mayor parte de las veces con un carácter confidencial. Supongo que si sospechara que va a ser leído a posteriori no contaría ni la mitad de las cosas. En este caso seguro, pues fue publicado por el viudo de la autora, John M. Murry. No me sorprende que Dorothy Parker dijera: “Lo que leemos es tan íntimo que casi me siento culpable de haber transitado por estas páginas”.
Hay veces que tú no encuentras los libros, sino que ellos te encuentran a ti. Eso me ocurrió con este. Entré en una librería en la que no tenía previsto entrar, y antes de avanzar un metro sentía la mirada de katherine Mansfield, de la que nunca había oído hablar.
Sus ideas y la forma de trasmitirlas me han fascinado. Su lenguaje es sencillo pero está lleno de profundidad. Cada página revela una perspicacia y una sensibilidad extraordinarias. Aunque un diario no suele tener pretensiones literarias, su talento como escritora es evidente: “La luna empezó a brillar. Había estrellas en el cielo. Estrellas brillantes oscilando que parecían moverse mientras las miraba. Brillaba la luna. Me era posible ver la curva del mar y la curva de la tierra abrazándose, y encima, en el cielo, se veía un gran despliegue de nubes. Seguramente los tres semicírculos eran mágicos”. ¿No es precioso?
Su anhelo de escribir y de que sus escritos trascendieran demuestra una mentalidad trasgresora, una ambición profesional inusual para la época: “Me gustaría tener un libro publicado y un número de relatos acabados. Mientras escribo, el humo del cigarrillo parece ascender de forma pensativa y me siento más próxima a este tipo de identidad silenciosa y cristalina que casi solía ser la mía”.
Tiene frases de esas que parecen escritas para ti: “Y sin embargo, hay que acostumbrarse a vivir, aunque sea sola, aunque sea triste, indiferente, y lánguida, porque, ¡oh! mi visión desestabilizadora, ¿acaso no eres un espejismo incesante demasiado difícil de seguir?”.
Su enfermedad la indujo a tener unos objetivos claros y valorar ciertos aspectos: “Lo único que realmente pido es tiempo para poder escribirlo todo. Tiempo para escribir mis libros. No me importa morir después. Vivir para escribir”. “Lo único que valoro más que la vida, el amor, la muerte, más que todo, es la honestidad (¿por qué?)”. Es una pena que esa lucidez llegue cuando casi no podemos disfrutarla, ¿verdad?
Sus dudas y anhelos son tan parecidos a los de cualquier persona que impresiona verlos en palabras: “¿Será posible llegar estar en paz conmigo misma? ¿Siempre tranquila y sin interrupciones –sin dolor- bajo el mismo techo que la persona a la que se ama? ¿es demasiado pedir?”.
Que ha sido un placer conocerla… Con razón Virginia Woolf definió la suya como “una inteligencia terriblemente sensible”. Katherine Mansfield murió con treinta y cinco años, los mismos que yo tengo ahora.

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