lunes, 8 de junio de 2009

Los hilos del destino

Había sido un día bochornoso, de esos en los que el aire parece pesar más de lo normal. Llegué a casa algo aturdida por el cansancio y me di una ducha con mi gel de limones del Caribe que me dejó como nueva. Abrí la ventana para que entrara el aire fresco de la noche, me serví una cerveza helada, y puse mi viejo disco de Teodorakis. Sentada en el sofá con las piernas estiradas sobre la mesita de las revistas, empecé a revisar el correo.
Me llamó la atención un sobre en blanco. ¿Cómo había llegado hasta mí? Parecía obvio que alguien lo había traído personalmente. Lo rasgué con impaciencia y saqué de su interior una pequeña tarjeta en la que se leía: “¿Crees en el destino? El tuyo te espera a media noche en el parque de los alhelíes”.
¿Qué clase de broma era esa? Yo era pragmática por naturaleza, los acertijos me ponían nerviosa. Ese rollo del destino me sonaba a novela romántica. Siempre me había parecido una mala excusa para tratar de explicar lo inexplicable. Mi experiencia me había demostrado que el único destino era el que se labraba uno mismo. Lo peor es que sentía curiosidad por saber quien estaba detrás de ese numerito. Y solo había una forma de averiguarlo…
Mientras atravesaba las calles cada vez más despobladas, miles de pensamientos acudían a mi cabeza. Aquello podía ser peligroso, tal vez debería avisar a alguien antes de aventurarme. Miguel estaba concentrado con sus oposiciones, me mataría si lo molestaba por una cosa así. Carmen no cerraba el bar hasta cerca de las dos, no tenía sentido preocuparla. Si llamaba a Sofía se reiría en mi cara. Y las demás opciones me parecían más peregrinas todavía. Total, que mejor dejarlo así.
El parque estaba aparentemente desierto. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la tenue iluminación distinguí a una pareja dándose el lote en un banco, a un tipo paseando al perro, y a un pirado haciendo footing. En ese momento empezaron a sonar las campanas de la Iglesia de San Antonio. Eran las doce en punto. Seguí caminando en busca de una señal, con las pulsaciones cada vez más aceleradas. El olor a alhelíes se me metía hasta el cerebro llegando a marearme. Si en cinco minutos no ocurría nada, me largaría de allí.
La luz de una linterna me cegó por completo. Sentí una mano sobre mi hombro y se me cortó la respiración.
- Acompáñame -susurró una voz a mi espalda. Me sonaba familiar, pero el estado de nervios en el que me encontraba me impedía reconocerla. Traté de revolverme, sin embargo sus fuertes brazos me lo impidieron. Me disponía a propinarle un codazo en las costillas cuando escuché:
- Vale, déjalo ya... ¿No ves que la estás asustando?
Ahora sí había reconocido la voz… ¡Era la de Sofía! Miré en su dirección y la vi, sentada en el césped, con una botella en la mano. A su lado estaba Carmen encendiendo un farolillo de camping. No hizo falta que me diera la vuelta para saber quien estaba a mi espalda.
- ¡Sorpresa! –dijo Miguel, y lamenté no haberle dado el codazo.
- La madre que os parió a los tres…
- ¡Felicidades! –exclamó Carmen alzando una copa de champán.
- ¿Cómo que felicidades? ¿De qué coño va esto?
- Os lo dije –comentó Miguel divertido, y volví a acordarme del codazo-. ¿Qué día es hoy?
- 7 de Junio.
- Más bien 8…
8 de Junio…
- ¡Ostras… mi cumple!
Había estado tan liada últimamente que se me había ido de la cabeza…
- Menos mal que nos tienes a nosotros… Somos tu destino, ¡jajajaja!
- Sois unos cabrones, que por poco me matáis del susto…
- Anda, Sofi, saca la tarta… Que estas encerronas dan un hambre que no veas…

No hay comentarios:

Publicar un comentario