miércoles, 8 de julio de 2009

La vida es sueño

- ¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla, más pura la luna brilla y se respira mejor?
- No, tío, no es verdad…
- ¿Qué pasa ahora?
- Te falta credibilidad.
- Si es que me haces reír. ¿Dónde se ha visto una novicia fumando? Y este ambiente… así no hay quien se concentre.
Martín y yo ensayábamos una escena del “don Juan” en nuestro bar favorito. Estrenábamos en una semana y estábamos más verdes que una lechuga… Desde que nos había dado la vena de ser actores habíamos hecho unos cuantos cursillos inútiles y acudido a castings de todo tipo y pelaje. Nuestro esforzado aprendizaje nos había llevado a recorrer la geografía española durante varios veranos. “¿Aún no te has cansado de ser titiritera?”, me decía entonces mi padre, y a mí me daba más risa que otra cosa. Por fin nuestros maltrechos huesecillos habían ido a dar a la escuela de interpretación y habíamos postpuesto lo de tirar la toalla.
- Venga, ponte las pilas que como sigas así nos van a tirar tomates…
- No sería la primera vez…
- No me lo recuerdes, por favor… Que aún me dan ataques de ansiedad cuando los veo en el supermercado…
- Cuando me den el Goya y no te mencione en los agradecimientos ya vendrás a llorarme…
- Ya, ya… ¿Estás un poco subidito o es que estás un poco subidito? Anda, don Juan, baja a la tierra a hacerme compañía…
- Tú ríete, pero ya lo he soñado tres veces…
- Joder, Martín… ¿Tengo que explicarte otra vez que no todos los sueños son premonitorios? Si es que estás obsesionado… Y ya te he dicho que no fumes más esa mierda, que se te va la pinza…
- Necesito relajarme, me tienes achicharraito…
- Tú si que me tienes achicharraita…
Charly, el camarero, nos hizo la señal de rellenarlos las copas y ambos asentimos al unísono.
- Two beers or not two beers, that´s the cuestion…
- ¿Por el éxito? –dije alzando mi vaso de cerveza. Siempre brindábamos por lo mismo…
- Por el éxito. Y por seguir creyendo que la vida es sueño…
La luna llena entraba por la ventana abierta, derramándose sobre las mesas de mármol. En el bar ya solo quedábamos los incondicionales… Charly secaba unas copas y nos sonreía de vez en cuando. Por los altavoces sonaban los acordes de “Noches de bohemia”, una de mis canciones favoritas. Supe que por ese día ya no ensayaríamos más, pero también que esos momentos eran los mejores…

El deber de las rosas

Excusas y más excusas. Eso es lo que son, lo sabes muy bien. Las palabras luchan por salir, como si nadaran a contracorriente. Los pensamientos se agolpan atropelladamente y no eres capaz de darles forma. Ansiedad, desconcierto, impotencia.
Nunca te has planteado el sentido de escribir. Hay cosas que tienes que hacer y punto. ¿De qué sirve tratar de explicarlas? Ahora, las historias que en otro tiempo fluían incontenibles, parecen detenidas en alguna parte. Quizás ese duende travieso que se divierte escondiéndonos pertenencias de vez en cuando esté haciendo de las suyas… O quizás no. Quizás, aunque no te guste, este bloqueo solo sea el signo externo de otro bloqueo, mucho más profundo.
Cuando lees en palabras de otro lo que tú piensas pero no puedes expresar, sientes al mismo tiempo alivio y temor. Resulta reconfortante, pero es como si alguien te conociera demasiado, y eso a cierto tipo de personas nos produce una incómoda vulnerabilidad.
Una escritora que no escribe autoexiliada en Venecia. Una crisis vital, reflexiones sobre el oficio (o vicio) de escribir. La voz siempre acertada de Antonio Gala. Y frases en las que te reconoces aún a tu pesar…
“Yo estaba convencida, hasta el tuétano de los huesos, de que mi deber era escribir. Como el de ser bellas, perfumar, tener espinas y morirse de prisa era el deber de las rosas”.
Con otras no coincides plenamente, pero te remiten a tus propias opiniones.
“El escritor sabe que lo suyo no es una vocación sino un destino… sabe que como tal, no recibió otro don ni otro hijo ni otro amor ni otra riqueza que la palabra”.
Desde luego no creo poseer ese don. Pero sé que tengo que escribir para sentirme bien, y la escritura es la única forma que conozco para expresar ciertas ideas. Ideas que se me atragantarían si no expresara…
“Lo que sí tengo claro es que no escribiré nunca más para que me lean –eso lo juro-, sino porque sienta la necesidad de hacerlo… Para tomar conciencia de mi vida”.
Mi primer objetivo cuando escribo no es que me lean, pero es algo con lo que cuento y que condiciona mi escritura. Tomar conciencia de mi vida diría que es más un efecto que una causa. Tratar de entenderme y entender el mundo, ahí es nada...
“Ver la vida literariamente no es cegarse a la vida, sino verla más clara. El que escribe no vive para contar: cuenta para vivir más, y de paso, contagiar más vida a los que leen”.
Me parece precioso, no puedo añadir nada más. Creo que si alguna vez consiguiera ese "de paso" me podría dar con un canto en los dientes...
“Si bien se mira, toda obra es autobiográfica. Pero nos cuidamos muy bien de que no nos identifiquen con la realidad de los personajes que más lo son”.
Siempre lo he creído. Cuando escribimos ficción con un mínimo de compromiso y honestidad, nuestra alma sale a flote por cada rincón. Aunque sea inconscientemente, plasmamos en los personajes vivencias, miedos, anhelos, recuerdos… Es una forma de exorcizar nuestros demonios, de darle vida a nuestros sueños. Todos tienen, en diferente grado, algo de nosotros. A veces demasiado, aunque nos cueste reconocerlo.
No he terminado de leer “Los papeles de agua”. Pero este no es un post sobre esa novela… Solo pretendía manifestar como me han llegado algunos de sus párrafos. Tal vez en el momento justo, en el que más los necesito.

El privilegio de la lucidez

Uno de los escasos privilegios que se adquieren con los años es la lucidez sobre ciertos aspectos. Aunque algunos siguen siendo insondables, otros los ves más nítidos que nunca. A estas alturas de la película vas sabiendo lo que quieres de tu vida, lo que te hace feliz, lo que te compensa… Y es reconfortante.
Una de las cosas que más me alegra haber aprendido es a valorar a la gente que me rodea. La experiencia me permite dilucidar a quien quiero cerca y a quien no, cuales son las amistades que merece la pena conservar. Eso me ahorra tiempo y decepciones. A día de hoy puedo afirmar sin temor a equivocarme quienes son mis verdaderos amigos. Obviamente no los puedo meter a todos en el mismo saco. Y no pretendo hacer clasificaciones… Cada persona es diferente y su relación conmigo también. Soy consciente de que no les puedo exigir lo mismo a todas. No sería justo...
Sé cuales están para las emergencias, cuales relativamente presentes, y cuales a tiempo completo. Sé que cada uno tiene sus circunstancias, que no es fácil conciliar vida laboral con vida familiar y encima sacar tiempo para los amigos. Sé que hay facilidades, como la comunicación ciberespacial, de las que no todo el mundo dispone. Y sé, por supuesto, que todo es cuestión de prioridades.
Mis parámetros para valorar una amistad no son el número de llamadas o de mails, aunque ambos sean significativos. Tampoco los gestos de cariño ni los detalles. Creo que el sentimiento se puede demostrar de muchas formas diferentes, todas válidas. Lo que importa es el trasfondo, que yo resumiría en una palabra: lealtad.
En los últimos tiempos distingo con claridad meridiana los que “están” y los que no. Posiblemente suene drástico, pero así lo siento. Hay personas que sé que me quieren mucho y con las que puedo contar, pero que en el día a día brillan por su ausencia. No hablo exactamente de un trato diario, aunque hay quien me hace ese regalo, y no sabe lo valioso que es para mí... Me refiero sobretodo a la actitud, a la disponibilidad, que al fin y al cabo es lo más elocuente.
Algunas siempre tienen algo más importante que hacer, me relegan sistemáticamente. A otras las siento cerca aún a miles de kilómetros, puedo comunicarme con ellas una o dos veces al mes y sin embargo sé que las tengo a mi lado. También están las perennes, que me dan mucho más de lo que espero y merezco. Esas me conmueven con su generosidad, no puedo menos que adorarlas...
Sé perfectamente en qué categoría enmarcaría a cada uno de mis amigos. Supongo que la mayoría de ellos también lo saben sin que yo se lo diga… Y esta es una de esas certezas que me encanta tener. Una de las compensaciones que te da el paso del tiempo…

El engaño más verdadero

"Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al oído: - ¿Por qué lloras, si todo en ese libro es de mentira? Y él respondió: - Lo sé; pero lo que yo siento es de verdad." Ángel González
Creo que no hay engaño más verdadero que el de la ficción literaria. En primer lugar, porque no pretende engañar a nadie. Un libro es un acuerdo tácito entre autor y lector en el que ambos aceptan las reglas del juego. Y en segundo, porque se nutre de la realidad. Está escrito por alguien que ha vivido y por tanto posee la patente de corso para recrear otras vidas.
Puede que la historia que cuenta no sea real, pero… ¿acaso no son reales las sensaciones que te provoca? Yo es que tengo ciertos conflictos con el concepto de “lo real”, ya me conocéis… Pienso que algo que te hace sentir, que te acelera las pulsaciones y consigue llegarte al corazón tiene implícita una gran dosis de realidad.
Para disfrutar plenamente un libro es imprescindible identificarse con lo que cuenta, y eso es algo que solo los buenos autores consiguen. Si te es indiferente lo que les ocurra a los personajes la lectura no pasará de ser un mero entretenimiento. Admito que no está mal para pasar el rato, pero personalmente prefiero involucrarme.
En una historia bien contada los límites entre realidad y ficción son bastante difusos. Aunque sepas que no ha sucedido de verdad, cuando la lees te olvidas de ese detalle. Porque habla de sentimientos universales que probablemente hayas experimentado en algún momento, de situaciones que podrían suceder, de penas, alegrías, sueños o temores que quizás no te sean ajenos y logren conmoverte.
Cuando un libro te toca la fibra es maravilloso. Yo no soy de lágrima fácil (y para nada me siento orgullosa), pero hay libros que me han hecho llorar. Algunos los he cerrado con una sonrisa de satisfacción y un nudo de nostalgia en la garganta al despedirme de ellos. Otros los he devorado con ansiedad, incapaz de dosificarlos. Y unos cuantos se han quedado conmigo para siempre.
¿Quién alguna vez no ha contenido la respiración leyendo un libro, no se ha olvidado del reloj, no se lo ha podido sacar de la cabeza mientras realizaba cualquier otra actividad anhelando el reencuentro?
“Meterse” en un libro es un privilegio que no todo el mundo ha tenido. Para eso es necesario abrir la mente y ver “más allá”, no ceñirse a lo tangible. Dejarse arrastrar, vivirlo, emocionarse... Obviamente no todos los libros provocan ese efecto, pero tampoco todos los lectores se enfrentan a ellos con la misma receptividad. Un libro está lleno de mensajes e incluso de respuestas, pero hay que saber interpretarlos. Te ofrece la posibilidad de vivir vidas alternativas y así evadirte de la tuya. Puede ser un espejo en el que te veas reflejado, y es posible que no te guste lo que veas… Un viaje del que no siempre se sale indemne pero que suele merecer la pena.
¿No es a veces la ficción más real que la vida misma?

Santitos

Al margen de la devoción religiosa, esta es una historia sobre la necesidad de creer y la determinación de una madre, envuelta en ese aire de realismo mágico y humor mexicano que la hace tan especial.
Hace ya unos pocos años que me topé con ella. Regresaba a casa después de una semanita en Sevilla y husmeaba por la librería de la estación mientras esperaba mi tren. Había gastado más de lo previsto, pero en cuanto leí la sinopsis no me pude resistir. Aunque no conocía a la escritora María Amparo Escandón, supe que me encantaría. Por ese entonces estaba fascinada por la literatura hispanoamericana, que sigue siendo una de mis favoritas.
Esperanza es una joven viuda que vive en un pueblecito de Veracruz con su comadre Soledad y no logra asumir la repentina muerte de su hija Blanca. Una noche, San Judas Tadeo se le aparece en el cristal del horno y le dice que su hija está viva…
“Soy yo, Padre Salvador, Esperanza Díaz, la mamá de la niña muerta. Solo que no está muerta. Debí decírselo la vez pasada que vine a confesión, pero no me atreví. Las palabras me dieron la espalda, como amigas desleales”.
Esto desencadena una búsqueda desesperada que la llevará a infiltrarse en distintos prostíbulos y cruzar ilegalmente la frontera de los EE.UU.
Poco después la novela fue llevada al cine por Alejandro Springall. Como siempre me pasa, me debatí entre las ganas de ver la película y el temor a que me decepcionara. La curiosidad siempre gana (al menos en mi caso), y la verdad es que quedé encantada…
Los personajes son memorables… Ese cura enganchado a las telenovelas (“Como ves es un asunto muy delicado. Debo guiarla para que encentre a la niña o para que acepte su muerte. Así es que, por favor, Dios mío, ayúdame. Y ya me voy. Son casi las ocho y no quiero perderme mi novela. Hoy Elizabeth Constanza se entera de que tiene una hermana gemela ciega. Amén”), el diablo enamorado y el ángel justiciero...
“Y tú San Judas, mi San Juditas, primero me mandas a buscar a Blanca, luego te me desapareces y ahora me mandas a San Antonio para que ponga a Ángel Galván en mi camino. ¿Es otro obstáculo? ¿O me va a guiar hacia donde está mi niña? No puedo buscarla y enamorarme al mismo tiempo. ¿Por qué ustedes dos no se ponen de acuerdo allá en las alturas?”.
Admiro el arte de desdramatizar situaciones, de lograr el sutil equilibrio entre la tragedia y la comedia, de cuestionar una mentalidad tan religiosa como la mexicana sin ser irreverente.
Me hace gracia que exista un santo para cada necesidad y que recurramos a ellos cuando nos interesa a pesar del escepticismo en materia de fe. No es contradictorio, a veces los iconos religiosos van perdiendo su carácter sagrado para formar parte de la cultura popular. Mi interés por los santos es puramente iconográfico, pero los considero parte de una tradición con la que me identifico.
“Santitos” es una historia divertida, tierna, muy mexicana, que nos recuerda que hay que creer en algo, aunque sea en Billy Wilder…