miércoles, 8 de julio de 2009

El deber de las rosas

Excusas y más excusas. Eso es lo que son, lo sabes muy bien. Las palabras luchan por salir, como si nadaran a contracorriente. Los pensamientos se agolpan atropelladamente y no eres capaz de darles forma. Ansiedad, desconcierto, impotencia.
Nunca te has planteado el sentido de escribir. Hay cosas que tienes que hacer y punto. ¿De qué sirve tratar de explicarlas? Ahora, las historias que en otro tiempo fluían incontenibles, parecen detenidas en alguna parte. Quizás ese duende travieso que se divierte escondiéndonos pertenencias de vez en cuando esté haciendo de las suyas… O quizás no. Quizás, aunque no te guste, este bloqueo solo sea el signo externo de otro bloqueo, mucho más profundo.
Cuando lees en palabras de otro lo que tú piensas pero no puedes expresar, sientes al mismo tiempo alivio y temor. Resulta reconfortante, pero es como si alguien te conociera demasiado, y eso a cierto tipo de personas nos produce una incómoda vulnerabilidad.
Una escritora que no escribe autoexiliada en Venecia. Una crisis vital, reflexiones sobre el oficio (o vicio) de escribir. La voz siempre acertada de Antonio Gala. Y frases en las que te reconoces aún a tu pesar…
“Yo estaba convencida, hasta el tuétano de los huesos, de que mi deber era escribir. Como el de ser bellas, perfumar, tener espinas y morirse de prisa era el deber de las rosas”.
Con otras no coincides plenamente, pero te remiten a tus propias opiniones.
“El escritor sabe que lo suyo no es una vocación sino un destino… sabe que como tal, no recibió otro don ni otro hijo ni otro amor ni otra riqueza que la palabra”.
Desde luego no creo poseer ese don. Pero sé que tengo que escribir para sentirme bien, y la escritura es la única forma que conozco para expresar ciertas ideas. Ideas que se me atragantarían si no expresara…
“Lo que sí tengo claro es que no escribiré nunca más para que me lean –eso lo juro-, sino porque sienta la necesidad de hacerlo… Para tomar conciencia de mi vida”.
Mi primer objetivo cuando escribo no es que me lean, pero es algo con lo que cuento y que condiciona mi escritura. Tomar conciencia de mi vida diría que es más un efecto que una causa. Tratar de entenderme y entender el mundo, ahí es nada...
“Ver la vida literariamente no es cegarse a la vida, sino verla más clara. El que escribe no vive para contar: cuenta para vivir más, y de paso, contagiar más vida a los que leen”.
Me parece precioso, no puedo añadir nada más. Creo que si alguna vez consiguiera ese "de paso" me podría dar con un canto en los dientes...
“Si bien se mira, toda obra es autobiográfica. Pero nos cuidamos muy bien de que no nos identifiquen con la realidad de los personajes que más lo son”.
Siempre lo he creído. Cuando escribimos ficción con un mínimo de compromiso y honestidad, nuestra alma sale a flote por cada rincón. Aunque sea inconscientemente, plasmamos en los personajes vivencias, miedos, anhelos, recuerdos… Es una forma de exorcizar nuestros demonios, de darle vida a nuestros sueños. Todos tienen, en diferente grado, algo de nosotros. A veces demasiado, aunque nos cueste reconocerlo.
No he terminado de leer “Los papeles de agua”. Pero este no es un post sobre esa novela… Solo pretendía manifestar como me han llegado algunos de sus párrafos. Tal vez en el momento justo, en el que más los necesito.

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