miércoles, 8 de julio de 2009

El privilegio de la lucidez

Uno de los escasos privilegios que se adquieren con los años es la lucidez sobre ciertos aspectos. Aunque algunos siguen siendo insondables, otros los ves más nítidos que nunca. A estas alturas de la película vas sabiendo lo que quieres de tu vida, lo que te hace feliz, lo que te compensa… Y es reconfortante.
Una de las cosas que más me alegra haber aprendido es a valorar a la gente que me rodea. La experiencia me permite dilucidar a quien quiero cerca y a quien no, cuales son las amistades que merece la pena conservar. Eso me ahorra tiempo y decepciones. A día de hoy puedo afirmar sin temor a equivocarme quienes son mis verdaderos amigos. Obviamente no los puedo meter a todos en el mismo saco. Y no pretendo hacer clasificaciones… Cada persona es diferente y su relación conmigo también. Soy consciente de que no les puedo exigir lo mismo a todas. No sería justo...
Sé cuales están para las emergencias, cuales relativamente presentes, y cuales a tiempo completo. Sé que cada uno tiene sus circunstancias, que no es fácil conciliar vida laboral con vida familiar y encima sacar tiempo para los amigos. Sé que hay facilidades, como la comunicación ciberespacial, de las que no todo el mundo dispone. Y sé, por supuesto, que todo es cuestión de prioridades.
Mis parámetros para valorar una amistad no son el número de llamadas o de mails, aunque ambos sean significativos. Tampoco los gestos de cariño ni los detalles. Creo que el sentimiento se puede demostrar de muchas formas diferentes, todas válidas. Lo que importa es el trasfondo, que yo resumiría en una palabra: lealtad.
En los últimos tiempos distingo con claridad meridiana los que “están” y los que no. Posiblemente suene drástico, pero así lo siento. Hay personas que sé que me quieren mucho y con las que puedo contar, pero que en el día a día brillan por su ausencia. No hablo exactamente de un trato diario, aunque hay quien me hace ese regalo, y no sabe lo valioso que es para mí... Me refiero sobretodo a la actitud, a la disponibilidad, que al fin y al cabo es lo más elocuente.
Algunas siempre tienen algo más importante que hacer, me relegan sistemáticamente. A otras las siento cerca aún a miles de kilómetros, puedo comunicarme con ellas una o dos veces al mes y sin embargo sé que las tengo a mi lado. También están las perennes, que me dan mucho más de lo que espero y merezco. Esas me conmueven con su generosidad, no puedo menos que adorarlas...
Sé perfectamente en qué categoría enmarcaría a cada uno de mis amigos. Supongo que la mayoría de ellos también lo saben sin que yo se lo diga… Y esta es una de esas certezas que me encanta tener. Una de las compensaciones que te da el paso del tiempo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario