sábado, 29 de agosto de 2009

Tal día como hoy

Tal día como hoy, hace ya más de tres décadas y media, vi la luz. No pretendo autohomenajearme… es que desde que vago y divago por estas arenas me he acostumbrado a compartir todos los acontecimientos más o menos significativos para mí con vosotros… No puedo decir que me haga ilusión cumplir años, pero ya que no tengo elección, mejor será tomárselo con filosofía.
Esta era yo, sí… Hace tanto que me cuesta reconocerme… Hasta parecía formalita, como engañan las apariencias… ¿En que estaría pensando? Seguramente en alguna frivolidad, producto de una despreocupación de la que ahora carezco.
En momentos como este es inevitable hacer un balance, aunque confieso que cada vez me gustan menos. Tengo la sensación de que el tiempo ha pasado demasiado deprisa, que no he sabido sacarle todo su jugo. Me planteo por qué hice o dejé de hacer algo, qué sentido tiene esto o aquello… Son muchos los sueños que se han quedado en el camino. Tal vez es hora de renunciar a algunos y apostar por otros.
Constato que las dudas existenciales no desaparecen con el tiempo… Sigo teniendo las mismas preguntas sin respuesta, las mismas inseguridades e incógnitas con respecto al futuro. Claro que he ganado en muchos aspectos, y aunque suene tópico, los años dejan cierto poso de madurez.
Mis circunstancias podrían ser mejores, pero debo admitir que no son malas del todo… En gran medida las he definido yo y las puedo seguir definiendo. Eso da tanto vértigo como tranquilidad, por muy contradictorio que suene. Si miro a mi alrededor veo a personas que consiguen que el día a día tenga ese algo especial. Ocasionalmente disfruto de momentos maravillosos, ilusiones, alegrías… Entonces pienso que todo lo vivido tiene sentido porque me ha llevado a donde estoy. Y en algunos aspectos, me encanta ese lugar…
Saco la botella de tequila añejo. ¿Alguien quiere brindar conmigo

Reencuentro

“Decorada con peras amarillas
y preñada de rosas silvestres
la comarca se refleja en el lago.
Dulces cisnes,
ebrios de besos
zambullís vuestra cabeza
en las aguas sacrosantas y sosegadas.
Ay de mí, ¿dónde puedo buscar
en invierno las flores
y dónde el fulgor del sol
y la sombra de la tierra?
Los muros se levantan
silenciosos y fríos,
heladas banderas tintinean al viento”

Es el poema favorito de los protagonistas de “Reencuentro”, de Fred Ulhman, un librito delicioso… de esos que te los bebes como un vaso de agua helada en un día caluroso. Llegó a mí casualmente, mientras mis ojos recorrían ansiosos las estanterías de mi librería más querida con la mejor compañía que se me ocurre para estos menesteres…
Ese “donde puedo buscar en invierno las flores y donde el fulgor del sol…” me ha tocado el alma, porque reconozco perfectamente la sensación. Me da apuro hablar de poesía, que no es mi palo… Aunque últimamente la leo con otros ojos.
La historia me ha parecido preciosa. Narra, con una fluidez impresionante, la amistad entre dos chicos de muy diferente extracción e ideología en el marco de la Alemania nazi. El hecho de que dos personas que aparentemente no tienen nada en común puedan ser buenas amigas es algo en lo que siempre he creído, porque cuando existe una conexión emocional con alguien, lo demás es secundario.
Me encanta como expresa hasta que punto una guerra puede separar los caminos, haciendo estragos en ellos. El tono tan íntimo, casi a modo de diario, que emplea. Y esa forma cínica de hablar de un “reencuentro” que no es exactamente el que el lector se imagina…
También me ha fascinado el lirismo del lenguaje, la capacidad del autor para trasmitir de un modo muy sencillo pero cargado de belleza: “Cuando caía la noche el espectáculo era tan prodigioso como la contemplación de Florencia desde Fiésole: millares de luces, la atmósfera cálida e impregnada por la fragancia del jazmín y las lilas, y por todas partes las voces, los cantos y las risas de los ciudadanos satisfechos, ligeramente aletargados por el exceso de comida, o enamorados por el exceso de bebida”.
El final, que por supuesto no pienso desvelar, es de esos que te deja un nudo en la garganta y la satisfacción de haber disfrutado de una auténtica joyita…

Rosita

La noche había sido calurosa, pero a esas horas de la mañana en mi cocina reinaba un grato microclima. Me instalé frente a la terraza con los papeles y un café bien cargado, dispuesta a ganarme el pan de mis hijos. Debía entregar una reseña sin más dilación, e iba bastante atrasada.
Apenas había escrito tres líneas cuando un ruido me hizo levantar la vista. No podía ser… Allí estaba, frente a mí. Con esa cara de bicho que Belcebú le ha dado… Era uno de mis calvarios asumidos. Unos tienen enfermedades, otros hipotecas, y yo tenía a Rosita.
- Vengo a hacerte compañía, vecina… Para que luego no digas…
- Pues no has elegido un buen momento, Rosita. Y te he dicho cienes de veces que no entres por la terraza… Que un día te vas a partir la crisma y tus padres me van a echar la culpa…
- Así te librarías de mí…
Lerda del todo no era, había que reconocerlo…
- No me lo digas dos veces que como se me cruce el cable verás…
Había abierto mi nevera con el descaro que la caracterizaba, y la tía guarra bebía a morro del cartón de zumo.
- Si sobrevivo iré a verte a la cárcel. Para chincharte, claro…
- Niña satánica…
- Me vas a traumatizar –dijo con una expresión compungida más falsa que el alma de Judas-. De mayor no voy a ganar para psicólogos por tu culpa.
- Soy yo la que voy a necesitar un psicólogo como no se te acaben pronto las vacaciones…
- Creo que hay un nombre para lo que tú me haces…
- ¿Lo que yo te hago?
- Crueldad mental, maltrato infantil o algo así…
- Como te pasas… Cualquiera que te escuche…
- Siempre me dices que soy más mala que la carne de burra…
- Porque eres más mala que la carne de burra.
- Y que doy más guerra que un niño tonto…
- Es que das más guerra que un niño tonto.
- Hieres mi sensibilidad…
- Tú no tienes de eso… En serio, Rosita, tengo que acabar este trabajo antes de medio día. Si quieres vente por la tarde y vemos una peli…
- “Lunas de hiel”.
- Ya te he dicho que esa no… Es de mayores…
- Yo ya soy mayor…
- Tienes doce años…
- En algunos temas tengo más experiencia de la que crees… Pregúntale a Álvaro... –añadió con una sonrisa pícara, cuyo significado por desgracia conocía de sobra.
La sangre se me heló en las venas. Lo peor de Rosita no era que me calentara la cabeza, que entrara como un ladrón en mi casa, que me abriera los cajones, que se llevara cosas… sino que era una mentirosa compulsiva. Pero no iba a caer en su trampa… Esta vez no… Lo que estaba insinuando era demasiado retorcido.
- No sigas por ahí, no me hace ni puñetera gracia.
- Podría denunciarlo –dijo con tono amenazante.
- ¿Quieres parar de una vez?
- Tranquila, que no te lo pienso quitar…
- Si lo que dices fuera cierto sería todo tuyo…
- Que decida él, ¿vale? Y tan amigas…
La muy zorrilla había conseguido envenenarme. Miré la maldita reseña y supe que no la entregaría a tiempo.

martes, 11 de agosto de 2009

Cada uno es como es

Esto es un complot en mi contra, nunca lo he tenido más claro. Tú lo sabes, eres testigo de cómo me tratan… Rarezas, rarezas… ¿qué coño rarezas? Cada uno es como es, digo yo… ahí está la gracia… si fuéramos todos iguales la vida sería un aburrimiento. Acabaríamos sacándonos los ojos los unos a los otros… que no? Dime una cosa… a ver… tú soportarías a alguien que fuera exactamente como tú? Pues eso.
¿Qué tiene de raro trepar a los árboles, cantarle a la luna o comer flores? Es que no lo entiendo… ¿Por qué no le puede gustar a una persona quemar cosas? No saben apreciar la belleza del fuego… el placer de reducir un objeto a cenizas. No me dejan escribir en las paredes, con lo que a mí me gusta… Y si me subo al tejado a ver amanecer, también les parece mal. Lo próximo será prohibirme respirar… Esto es un sinvivir…
Me tachan de loca por hablar contigo… solo porque no te ven. No se creen que estés a mi lado, que seas de verdad. Peor para ellos… Tú no les hagas caso, no dejes que anulen… Eso es lo que quieren… hundirnos… Pero nosotros somos más inteligentes...
No me dejan pensar, me taladran el cerebro con su palabrería barata. Quieren que esté todo el día empastillada para que no moleste. Anda que si se miraran al espejo… No sé por qué les da a todos por vestirse con esas batas blancas… Si parecen churreros…
Me cortan las alas, así no hay quien vuele… Menos mal que tú me escuchas... Vamos a tener que fugarnos, ¿sabes? No nos queda otra… Pero esto no se va a quedar así, no imaginan la que les tengo preparada… La venganza es un plato que se sirve frío, aunque en este caso sería más acertado decir caliente... Ahora sé un niño bueno y vuelve a tu ataud, anda, que tengo mucho que hacer...

La tercera opción

Tengo tres opciones: hacer lo que quiero, hacer lo que debo, o sentarme a pensar. Este es el planteamiento de Cleopatra, maestra jubilada argentina que debe su nombre a la afición shakespeariana de su progenitor (a mi hermano mayor le puso Marco Antonio, al segundo Romeo, a mí me puso Cleopatra, y mi hermana más chica se iba a llamar la Electra, pero se salvó, porque la pobre nació muerta). La peli es una de esas comedias tiernas que pasan sin pena ni gloria pero que a algunos nos tocan el corazoncito. Es personaje es entrañable, y su forma de enfrentar la vida, para escribir un tratado.
Yo que soy la indecisión en persona, me apuntaría sin dudarlo a la tercera opción de Cleo. El problema es que el transcurrir de los acontecimientos no siempre te permite ese margen. No soy lo que se dice impulsiva, y cuando se trata de asuntos importantes les doy más vueltas que un molinillo por temor a equivocarme. No es que eso me lo garantice, pero al menos me deja cierta tranquilidad de conciencia.
He tenido errores y aciertos como todo el mundo, he hecho tonterías y he evitado hacerlas. Tengo cuentas pendientes que no sé si un día saldaré… Sé que todo este bagaje configura un recorrido que me ha llevado a donde estoy ahora. Paso de comerme el coco, aunque a veces no pueda evitar el “que hubiera pasado sí…”. Es necesario pegarse batacazos para aprender, pero mi instinto de supervivencia me induce a echar el freno ante la incertidumbre.
La vida está llena de decisiones que forman parte del proceso de madurez de una persona, pero no deja de ser jodido. Adoro esa frase del inicio de “Un lugar en el mundo”: Estoy en una edad de mierda en la que estás obligado a tomar decisiones, y justamente lo que menos tenés ganas de hacer es tomar decisiones. No quiero ser reiterativa, aunque admito que me encanta el cine argentino. Yo ya no estoy en esa edad de mierda (estoy en otra peor), pero me sigo sintiendo presionada cada vez que tengo que decidir sobre algo que afectará a mi futuro o al de otros.
A veces no está tan claro lo que debes hacer, ni siquiera lo que quieres hacer. Y cuando lo está, ambos suelen entrar en conflicto. Cada opción u omisión pasa factura, y eso crea una carga de responsabilidad que es difícil eludir. Sería genial sentir que disponemos de esa tercera opción. Que cuando el ritmo de la vida nos supere podremos sentarnos en un banquito, como Cleopatra, y tomarnos el tiempo necesario para saber cual será nuestro siguiente paso. Disfrutar cada momento sin dotarlo de trascendencia… Y tan contentos…

Encuentros

Para Nanilla y compañía
Es tanto lo que puede caber en un fin de semana que resulta imposible condensarlo en un post. Risas, descubrimientos, confidencias… Sensaciones ya experimentadas y no por ello menos fascinantes. Momentos inolvidables, imágenes que atesoro con la codicia de un coleccionista que no quiere dejar escapar una pieza valiosa. Libros, proyectos comunes, un tema de conversación tan recurrente como inevitable. Y esta bendita manía de apuntarlo todo, en un intento desesperado de salvarlo del olvido.
La certeza de que las afinidades unen más allá de la distancia y cualquier diferencia. El reencuentro con personas que ya forman parte de mi realidad, convirtiéndola en algo mucho mejor. Una dependencia afectiva de lazos cada vez más sólidos. La necesidad de fijar un próximo encuentro para combatir la nostalgia, que amenaza aún antes de separarse.
No me considero una sentimental, ni necesito estar rodeada de gente para sentirme bien. Para nada soy cariñosa, sino más bien despegada. Sin embargo hay personas con las que la empatía es tan grande que me atrae, me absorbe y me trasforma. Personas a las que no puedo evitar querer cada día un poquito más, sin cuya cercanía no me planteo un futuro. Personas que han estado, están, y deseo que sigan estando en mi vida. Porque ya no la entiendo sin ellas. Si me lo hubieran dicho hace tiempo, seguramente se me habría escapado una sonrisilla cínica y un “que poco me conoces…”. Ahora en cambio me tendría que tragar mis palabras, y lo haría con mucho gusto.
Me sorprendo a mí misma al darme cuenta de que hay casos en los que no puedo ser impasible, indiferente, ni marcar las distancias acostumbradas. Existen personas que consiguen sacar lo mejor de mí. Personas a las que cada vez que veo me demuestran que la química no es ficticia ni unilateral. Y que me crean una adicción de la que no me quiero desintoxicar. Solo puedo decirles “GRACIAS”. De corazón… Y albergar la esperanza de que nuestros caminos sigan confluyendo una y mil veces. Porque es mucho más que vidilla lo que me dan.

Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy

¿Es o no es un buen título el mejor reclamo? Casi todos los que leemos y escribimos sabemos que sí. Para mí el título es lo más difícil y lo más importante de un texto. Ya sea artículo, relato o novela. Se supone que es lo que tiene que invitar a alguien a leerlo… Y debe condensar, en cierta manera, su contenido. Un título sugerente puede animarte a comprar un libro desconocido. Es su carta de presentación…
Cuando escribo algo, el título suele ser lo último. En algún caso he llegado a darle vueltas y más vueltas, y acabado por ponerle uno que no me convence del todo. Otros en cambio salen solos… como su estuvieran predestinados o la historia no admitiera ningún otro.
Hay títulos simples pero muy elocuentes, que expresan con total claridad lo que cuenta el libro o quien es su protagonista: “El Conde de Montecristo”, de Dumas, “La Regenta” de Clarín, “El monje” de Matthew Lewis, “Lolita” de Nabokov, “La isla del tesoro” de Stevenson o “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde.
Los que resumen el argumento en una o dos palabras me encantan… Me refiero por ejemplo a “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen o “Expiación” de Ian McEwan.
Otros tienen tal belleza y lirismo que es imposible resistirse a ellos… Como “Olor a rosas invisibles” de Laura Restrepo, “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda, “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez, o “No digas que fue un sueño” de Terenci Moix.
Algunos son tan divertidos que te llaman la atención… Me pasó con “Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy”, de Eduardo Mendicutti, “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán” de Pablo Tusset, o “La amigdalitis de Tarzán” de Alfredo Bryce Echenique.
Hay títulos tan sugerentes que te atraen como un imán… “El paraíso”, de Elena Castedo, “Las relaciones peligrosas” de Chordelos de Laclos, “El perfume” de Patrick Süskind, “El amante” de Marguerite Duras, “El jardín del edén” de Hemingway, “La Divina Comedia” de Dante, “Diario de un seductor” de Soren Kierkegard, “Las mil y una noches”, “La edad de la inocencia” de Edith Warthon…
Los descriptivos tienen su punto… Como “Amor, curiosidad, prozac y dudas” de Lucía Etxebarría o “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” de García Márquez.
Hay un tipo de títulos que me encantan. Son aquellos que solo entiendes una vez leído el libro, como “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger, “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, o “El rojo y el negro” de Stendhal.
Algunos son simplemente geniales, como “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, “Cien años de soledad” de García Márquez, “Lo que el viento se llevó” de Margaret Mitchell, o “Primavera con una esquina rota” de Mario Benedetti.
He nombrado varias veces a García Márquez, y es que me encantan sus títulos…
Pues eso, que la genialidad de un escritor también se refleja en la tarea aparentemente fácil pero realmente complicada de titular una obra. ¿No os parece?