martes, 11 de agosto de 2009

La tercera opción

Tengo tres opciones: hacer lo que quiero, hacer lo que debo, o sentarme a pensar. Este es el planteamiento de Cleopatra, maestra jubilada argentina que debe su nombre a la afición shakespeariana de su progenitor (a mi hermano mayor le puso Marco Antonio, al segundo Romeo, a mí me puso Cleopatra, y mi hermana más chica se iba a llamar la Electra, pero se salvó, porque la pobre nació muerta). La peli es una de esas comedias tiernas que pasan sin pena ni gloria pero que a algunos nos tocan el corazoncito. Es personaje es entrañable, y su forma de enfrentar la vida, para escribir un tratado.
Yo que soy la indecisión en persona, me apuntaría sin dudarlo a la tercera opción de Cleo. El problema es que el transcurrir de los acontecimientos no siempre te permite ese margen. No soy lo que se dice impulsiva, y cuando se trata de asuntos importantes les doy más vueltas que un molinillo por temor a equivocarme. No es que eso me lo garantice, pero al menos me deja cierta tranquilidad de conciencia.
He tenido errores y aciertos como todo el mundo, he hecho tonterías y he evitado hacerlas. Tengo cuentas pendientes que no sé si un día saldaré… Sé que todo este bagaje configura un recorrido que me ha llevado a donde estoy ahora. Paso de comerme el coco, aunque a veces no pueda evitar el “que hubiera pasado sí…”. Es necesario pegarse batacazos para aprender, pero mi instinto de supervivencia me induce a echar el freno ante la incertidumbre.
La vida está llena de decisiones que forman parte del proceso de madurez de una persona, pero no deja de ser jodido. Adoro esa frase del inicio de “Un lugar en el mundo”: Estoy en una edad de mierda en la que estás obligado a tomar decisiones, y justamente lo que menos tenés ganas de hacer es tomar decisiones. No quiero ser reiterativa, aunque admito que me encanta el cine argentino. Yo ya no estoy en esa edad de mierda (estoy en otra peor), pero me sigo sintiendo presionada cada vez que tengo que decidir sobre algo que afectará a mi futuro o al de otros.
A veces no está tan claro lo que debes hacer, ni siquiera lo que quieres hacer. Y cuando lo está, ambos suelen entrar en conflicto. Cada opción u omisión pasa factura, y eso crea una carga de responsabilidad que es difícil eludir. Sería genial sentir que disponemos de esa tercera opción. Que cuando el ritmo de la vida nos supere podremos sentarnos en un banquito, como Cleopatra, y tomarnos el tiempo necesario para saber cual será nuestro siguiente paso. Disfrutar cada momento sin dotarlo de trascendencia… Y tan contentos…

No hay comentarios:

Publicar un comentario