martes, 11 de agosto de 2009

Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy

¿Es o no es un buen título el mejor reclamo? Casi todos los que leemos y escribimos sabemos que sí. Para mí el título es lo más difícil y lo más importante de un texto. Ya sea artículo, relato o novela. Se supone que es lo que tiene que invitar a alguien a leerlo… Y debe condensar, en cierta manera, su contenido. Un título sugerente puede animarte a comprar un libro desconocido. Es su carta de presentación…
Cuando escribo algo, el título suele ser lo último. En algún caso he llegado a darle vueltas y más vueltas, y acabado por ponerle uno que no me convence del todo. Otros en cambio salen solos… como su estuvieran predestinados o la historia no admitiera ningún otro.
Hay títulos simples pero muy elocuentes, que expresan con total claridad lo que cuenta el libro o quien es su protagonista: “El Conde de Montecristo”, de Dumas, “La Regenta” de Clarín, “El monje” de Matthew Lewis, “Lolita” de Nabokov, “La isla del tesoro” de Stevenson o “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde.
Los que resumen el argumento en una o dos palabras me encantan… Me refiero por ejemplo a “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen o “Expiación” de Ian McEwan.
Otros tienen tal belleza y lirismo que es imposible resistirse a ellos… Como “Olor a rosas invisibles” de Laura Restrepo, “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda, “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez, o “No digas que fue un sueño” de Terenci Moix.
Algunos son tan divertidos que te llaman la atención… Me pasó con “Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy”, de Eduardo Mendicutti, “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán” de Pablo Tusset, o “La amigdalitis de Tarzán” de Alfredo Bryce Echenique.
Hay títulos tan sugerentes que te atraen como un imán… “El paraíso”, de Elena Castedo, “Las relaciones peligrosas” de Chordelos de Laclos, “El perfume” de Patrick Süskind, “El amante” de Marguerite Duras, “El jardín del edén” de Hemingway, “La Divina Comedia” de Dante, “Diario de un seductor” de Soren Kierkegard, “Las mil y una noches”, “La edad de la inocencia” de Edith Warthon…
Los descriptivos tienen su punto… Como “Amor, curiosidad, prozac y dudas” de Lucía Etxebarría o “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” de García Márquez.
Hay un tipo de títulos que me encantan. Son aquellos que solo entiendes una vez leído el libro, como “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger, “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, o “El rojo y el negro” de Stendhal.
Algunos son simplemente geniales, como “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, “Cien años de soledad” de García Márquez, “Lo que el viento se llevó” de Margaret Mitchell, o “Primavera con una esquina rota” de Mario Benedetti.
He nombrado varias veces a García Márquez, y es que me encantan sus títulos…
Pues eso, que la genialidad de un escritor también se refleja en la tarea aparentemente fácil pero realmente complicada de titular una obra. ¿No os parece?

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