sábado, 24 de octubre de 2009

Libros que nadie lee


“El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee”.
UMBERTO ECO
Esa certeza es una de las que me hacen sonreír cada vez que me pasa por la mente. Sé que son tantos los libros que me esperan, que me domina la ansiedad. Guardo en la memoria los que un día me conmovieron, me animaron a seguir leyendo, y hasta me hicieron creer que yo también podía contar algo. Algunas de ellos tenían un aliciente: eran prácticamente desconocidos. Por eso leyéndolos me sentí más privilegiada todavía. Como si fuera la depositaria de un secreto que pocos conocen.
Me da penita de esos libros que nadie lee… que seguramente fueron escritos con los mismos desvelos y el mismo talento o más que el resto, pero que no tuvieron la suerte de triunfar. Un autor escribe para que lo lean. Aunque ese no sea su objetivo prioritario, es algo implícito en la creación literaria… Y son tantas las buenas historias que se quedan en un cajón, en un disco duro, o apolillándose en cualquier estantería… Son tantas las joyitas desperdiciadas…
Muchos de los libros que llegaron a mi vida por casualidad, cuando no los buscaba ni los esperaba, me depararon agradables sorpresas. A veces un libro se te mete por los ojos por estar en el lugar adecuado en el momento justo. Hace años, alguien me dijo algo con muy buen criterio: cuando un tema te interesa desarrollas una percepción especial que te predispone a recibir una serie de informaciones que pasan desapercibidas para los demás.
Me gusta pensar que esos libros raros que llegaron a mí me estaban destinados de alguna manera. Suelo elegirlos por instinto, independientemente de que sean más o menos conocidos. Me puede influir el argumento, el autor, y hasta el diseño de la portada. Cuando uno del que no tengo la menor referencia me llama la atención, no me suele defraudar. Y haber descubierto uno de esos libros casi inéditos es como encontrarse una moneda de oro… No puedes comentarlo con nadie, pero no te importa. Se queda solo para ti, como esos recuerdos que sabes que perderían toda la magia si los compartieras…

Slow life

Es una de las tendencias más recientes. Huir del stress, cambiar de escenario, tomarse la vida con calma. La filosofía, bien entendida, me parece perfectamente válida. ¿A quien no le gustaría vivir a menos revoluciones? ¿Sacar tiempo para disfrutar de esos pequeños placeres que apenas tienen cabida en nuestro día a día? Como dicen los marroquíes (aún sin conocimiento de causa), la prisa mata. La teoría suena genial, siempre que no derive en la indolencia… Pero me pregunto yo: ¿Quién puede permitirse mandarlo todo al carajo y dedicarse a la slow life? Que más quisiéramos poder dormir diez horas, no tener obligaciones, irnos de juerga alegremente, leer a destajo y escribir cuando nos lo pidiera el cuerpo? Pero tenemos la mala costumbre de comer todos los días. Y si no te falta curro, encima considérate afortunada…
Ya se les ocurrió a aquellos monjes medievales del “ora et labora” dividir el día en tres jornadas de ocho horas: una para trabajar, otra para descansar, y otra para rezar, que en el caso del resto de los mortales sería para el ocio. El plan suena chachi, pero si a las ocho horas de ocio tienes que deducirles el tiempo que empleas en actividades necesarias como asearte, comer o desplazarte, ¿en qué se quedan? La realidad es que tenemos que hacer malabarismos, y priorizar cuando tenemos un hueco. Eso te obliga a trasnochar y madrugar para poder dedicarle un mínimo espacio a tus aficiones, a salir menos de lo que te gustaría, a robarle horas al sueño para leer hasta las tantas, o escribir mientras ves la tele… Y al final te queda una sensación de agotamiento y frustración que los monjes no conocían. Por no hablar de los amigos, y como la escasez de tiempo unida a la incompatibilidad de horarios hace que los veas cada vez menos… Si tienes pareja la cosa se complica, y con churumbeles de por medio ya olvídate…
Cambiar de aires desintoxica, prescindir del reloj y disfrutar de la paz bucólica es una terapia necesaria, pero en su justa medida. Yo, sinceramente, me acabaría cansando de tanto aire puro. Montar una casita rural, vender artesanías o cultivar hortalizas puede sonar muy idílico, pero alguien urbanita como esta que esta aquí no aguantaría ese rollo monacal más de un mesecito. Sin asfalto, sin cines, sin bares, sin librerías… Uf, que stress…
Por eso creo que la slow life no es la panacea. Habría que perfeccionar la técnica, buscar un punto intermedio entre la vida acelerada y la sosegada… Yo más bien me apuntaría a la slowly life…

Llamadores de ángeles

A veces al amanecer, cuando no sabemos con certeza si estamos dormidos o despiertos, o a la hora del crepúsculo cuando las sombras nos hacen dudar de nuestros sentidos, adivinamos invisibles presencias, susurros, aleteos, risas contenidas, y hasta puede rozar nuestra mejilla algo que nos podemos definir. Son los ángeles: vienen y van, escuchando nuestros secretos y susurrándonos melodías.
En general soy poco amiga de supercherías, pero debo admitir y admito que en ocasiones sucumbo como todo hijo de vecino. No creo demasiado en amuletos ni invocaciones milagrosas, y a pesar de mi escepticismo este tipo de cosas siempre me han llamado la atención. Será mi naturaleza cotilla, o quizás esa necesidad irracional de aferrarme a algo sobrenatural cuando lo natural no responde a mis expectativas.
La más reciente mariconadilla de moda son los llamadores de ángeles. Unas bolitas de diferentes diseños con un cascabel dentro. Según la leyenda, hubo un tiempo en el que los duendes mantuvieron una amistad tan estrecha con los ángeles, que fueron obsequiados con tales artilugios para reclamar su presencia en caso de necesidad. Tienen una finalidad protectora, lo que en los tiempos que corren no es un reclamo desdeñable…
Yo mantengo unas creencias sincréticas poco ortodoxas, híbrido entre el catolicismo que me inculcaron y mi percepción personal. Al margen de todo eso, los ángeles me encantan desde el punto de vista iconográfico y simbólico. Mensajeros, custodios, luchadores de espada flamígera, pasionarios, arcabuceros… Siento debilidad por los arcángeles. De hecho acumulo objetos en los que aparecen y he tenido alguno de carne y hueso…
Hay contextos que te predisponen hacia ciertos cultos, y el gallego es uno de los más poderosos que conozco. Pues hace unas semanas, paseando por un pueblo precioso llamado Cambados, no pude evitar comprarme un llamador de ángeles. Desde entonces lo llevo en mi cuello y lo agito de vez en cuando, murmurando deseos tal vez imposibles, pero sin los que sería muy difícil vivir…

El placer del viajero

Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo, y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.
CESARE PAVESE
Es de esos títulos que captan mi atención de inmediato, ante los que me resulta imposible no sucumbir. Me gustan este tipo de historias de tono íntimo, casi confidencial, que con muy poca acción cuentan muchísimo.
Conozco esa sensación de estar lejos de tus referencias, de todo lo que te resulta familiar. Entiendo que a alguien pueda producirle desasosiego, en cambio a mí solo adrenalina. Me permite ver las cosas con perspectiva, y a veces es justo lo que necesito. Me siento viva, a solas con mis pensamientos. Atesoro imágenes, sensaciones… Todo me inspira. Cada vez constato que hay que viajar con la mitad de equipaje, el doble de dinero, y el triple de libros. Y con buena compañía, por supuesto…
Al leer “El placer del viajero” de Ian Mc Ewan no pude evitar relacionarla con “El cielo protector” de Paul Bowles. Ambas hablan de una pareja fuera de su contexto habitual, lo que resulta determinante para darse cuenta de lo que significan el uno para el otro.
No deja de sorprenderme que una ciudad tan impactante como Venecia pase a segundo e incluso a tercer plano. Lo que importa no es donde están los protagonistas, sino lo que ocurre entre ellos. El estado de su relación en ese momento, como les afecta estar solos y lejos de casa. Creo que en esas circunstancias se tiene un estado anímico concreto, que nivel de pareja da lugar a una situación reveladora. Quizás la más auténtica…
Mary lo amaba, aunque no en aquel preciso momento.
Qué bien entiendo este aparente contrasentido…
- Pues sí, quiero a Colin. Pero tal vez se refiera usted a algo diferente con la palabra “enamorada” ...
- Por “enamorada” –dijo Caroline con un aire excitado, de niña más que de adolescente- me refiero a si haría cualquier cosa por la otra persona, y… -titubeo. Los ojos le brillaban mucho-. Y si dejaría que le hiciese cualquier cosa a usted.
“Hacer cualquier cosa por otra persona” es la mayor prueba de amor que se me ocurre…
- ¿Por qué da tanto miedo amar a alguien? –le dijo entonces, medio riendo y medio llorando-. ¿Por qué asusta tanto?
Porque es una auténtica esclavitud… El temor a dejar de querer y a que dejen de quererte… Para mí el peor es el segundo, sin lugar a dudas.
Me gusta ese tipo de viajero “no turista” que busca sin saber lo que busca. Que viaja sin plan establecido ni fecha de regreso. Que se integra allá donde va…
Me fascina la forma en la que el autor maneja el componente psicológico, su capacidad de envolver al lector, creándole la sensación de que va a pasar algo inquietante de un momento a otro. El clima claustrofóbico, el concepto de moral, y ese desenlace al que te va llevando de la mano pero del que no sales indemne.

Puck

Muy bien me conoces:
yo soy ese alegre andarín de la noche.
Divierto a Oberón, que ríe de gozo
si burlo a un caballo potente y brioso
relinchando a modo de joven potrilla.
Acecho en el vaso de vieja cuentista
en forma y aspecto de manzana asada;
asomo ante el labio y, por la papada,
cuando va a beber, vierto la cerveza.
Al contar sus cuentos, esta pobre vieja
a veces me toma por un taburete:
le esquivo el trasero, al suelo se viene,
grita «¡Qué culada!», y tose sin fin.
Toda la compaña se echa a reír,
crece el regocijo, estornudan, juran
que un día tan gracioso no han vivido nunca.
(EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO. William Shakespeare)
Ese eres tú, un duendecillo travieso que alegras con tu sola presencia. Capaz de divertir, de consolar, de emocionar…
Cada vez que apareces la magia flota en el aire. Cuando te leo siempre pienso lo mismo: ¡Dios de la verdad revelada! ¿Por qué esta niña no tiene un agente literario?
Tu amistad es uno de esos regalos que se reciben con cuentagotas, que vas descubriendo y apreciando cada día más. Hasta llegar un momento en el que ocupa un lugar tan importante en tu escala de valores que no podrías renunciar a él. Te parece que siempre ha estado ahí, y quieres que siempre lo siga estando. Porque se ha convertido en imprescindible…
Nos unió la búsqueda de una ranilla tequilera, ¿te acuerdas? Llegaste a mi vida siendo la secretaria de la mejor detective del mundo mundial, guardando en la manga las claves del misterio. Y entraste en la cantina para quedarte…
Fue increíble como congeniamos desde el principio… Créeme, he sentido ese feeling con muy poquitas personas. La sensación de conocerse, de entenderse, de tener tantas cosas en común… y una facilidad de comunicación extraordinaria…
Eres revertiana como yo… Sabes que un libro puede ser mucho más que un libro... Tus sueños son tu libertad... Me identifico con tu sentido del humor, con tu forma de sentir y de pensar… Admiro tu talento, tu imaginación, tu versatilidad. Tus historias me atrapan, me conmueven, me sorprenden…
No puedo hacer otra cosa que darte las gracias… Por como eres en general y por como eres conmigo… Por tu presencia… Por tus palabras… Por tu confianza… Por tu apoyo incondicional…
Porque nos has hecho disfrutar con las travesuras de cupido, con el psicoanálisis, con las aventuras del ciberespacio, con experiencias místicas… Por enseñarnos el mejor método antidepresivo… Por tus cuentos inventados…
Porque me regalaste el dibujo de seis muñequitas que son el orgullo de mi blog…
Porque una noche te arrancaste a cantar conmigo, incluso canciones que no sabías…
Por esa visita que me supo a poco… Por subir al Mirador de San Nicolás sin quejarte (aunque me amenazaras con hacerme subir al Micalet… Jaja…).
Por estar constantemente a mi lado…
Hoy no puedo hacer otra cosa que decirte que te quiero…
¡Y desearte un muy feliz cumpleaños!

lunes, 5 de octubre de 2009

Isabel Allende

“Siempre he creído que el aire está lleno de historias y mi oficio es afinar el oído para escucharlas”.
No sé por qué no le he dedicado un post hasta ahora, siendo una de mis escritoras favoritas… Se ve que no era el momento. Aunque recuerdo que la mencioné en el primero...
Me encanta Isabel Allende porque escribe lo que sueña, porque enciende velas para invocar a los espíritus, porque se autodefine como feminista, y entiendo perfectamente el sentido que le da a ese término. Me gusta como piensa, como habla. Lo que cuenta y como lo cuenta. Esa humildad que la caracteriza. Su compromiso social, su calidad humana, su lucidez…
“La literatura me dio esa voz que se va profundizando o afianzando con cada libro”.
“La inteligencia es ser capaz de ver las cosas detrás del espejo”.
“Cada libro es un mensaje lanzado en una botella al mar, no sé que orillas alcanza ni en que manos cae”.
Admiro su amplitud de recursos, su dominio del lenguaje, su imaginación desbordante, su sentido del humor… Esa capacidad magistral de lograr que te identifiques con los personajes, que los quieras…
Me interesan sus temas recurrentes: el amor, la familia, la independencia, el mestizaje, la muerte… Y ese “realismo mágico” que según ella “tiene más real que de mágico en nuestro continente”.
Leo con devoción todo lo que escribe desde que la descubrí en “La casa de los espíritus”, cuando yo era una neófita en este mundo de lecturas del que ya no pude salir. Me emocioné con “De amor y de sombra”, “Eva Luna”, “El plan infinito”… lloré con “Paula”, me deleité con “Afrodita”, me enamoré de “El zorro”, me sentí una aventurera con “Hija de la fortuna” e “Inés del alma mía”… Son libros a los que vuelvo una y otra vez, porque dejaron huella. Es de las pocas autoras a las que soy absolutamente fiel. Sé que es una apuesta segura...
“La isla bajo el mar” (que bien me conoces, Nanilla... ¡mil gracias por este regalazo!) es una conmovedora historia sobre la esclavitud, con ese tono íntimo y esa riqueza colorista propia de la Allende. No quiero dar demasiados datos, porque estoy segura de que más de uno pensáis leerla. A mí me ha atrapado desde la primera frase, como me suele suceder con todo lo que lleva su firma.
La voz de Zarité, una esclava mulata del siglo XVIII, relata la crónica de una indignante realidad histórica en primera persona. “Baila, baila, Zarité, porque esclavo que baila es libre… mientras baila”. “Yo he bailado siempre”, contesta ella. “El ritmo nace en la isla bajo el mar, sacude la tierra, me atraviesa como un relámpago y se va al cielo llevándose mis pesares”.
La labor de documentación es excelente, las tramas apasionantes, los personajes inolvidables. Toda la novela está impregnada de esa sensibilidad suya tan especial, que te introduce en un universo mágico.
Qué gran favor le hizo (y nos hizo) Pablo Neruda cuando le dijo que dejara el periodismo, que lo suyo era la novela…

Mr. Postman

Para E y C, por los viejos tiempos...
Cuando escucho a los Beatles pienso en ellas, no lo puedo evitar. Sobretodo si es esta canción. Ahora también pienso en alguien más, de al otro lado del charco… Si recordáis un post del año pasado, sabréis a quien me refiero. El cuarteto de Liverpool ya es inseparable, en mi memoria, de un ateneo en la Ciudad de las rosas. De una noche veraniega, en la que una tormenta nos pilló por asalto. Pero esa es otra historia…
Divagaciones aparte, “Mr. Postman” me remueve algo… Me retrotrae a una velada de guitarras, risas y mucha complicidad. Con una indiscreta grabadora de por medio, que compré cuando me dio la paranoia de ser periodista. “Life is very short, and there´s no time…” “When I was younger, so much younger than today…” “Please Mr. Postman, wait and see, if there´s a letter in your bag for me…”
Escucho esta melodía y se desatan los recuerdos de una época feliz. Diversión, proyectos, apelativos para ridiculizarnos (Evarista, Clementerio, Lucifer, Anacleta, Estercolero…), éramos terribles... Palabras que bastaba mencionarlas para provocar las carcajadas de todas… El guión del corto más patético del mundo, pero con el que disfrutamos como enanas. Las dos cabronas cantándome a coro: “Patriarca bendito, glorioso Joseeeeé…”, y yo buscando donde esconderme… Los conciertos de Christiania... Una cita veinte años después... Escapadas para desayunar, desafiando la dictadura… Pequeñas trampas explosivas para las limpiadoras que osaran separar nuestras mesas… porque aunque las demás estuvieran de dos en dos, nosotras éramos más chulas que nadie… Una libertad hasta entonces desconocida, vida más allá de la abadía del crimen, la cruzada contra “las gallináceas” (que se mueran las pijas). La primera y única vez en mi vida que he deseado que llegara el lunes…
Menos mal que no quería divagar, jeje… Pues eso, que “Mr. Postman” es mucho más que una canción para mí… Y que en estos tiempos en los que ya nadie escribe cartas, yo sigo esperando una…

Livraria Lello

Para Nanilla, porque sí.
Oporto me tenía reservada una estupenda sorpresa… La librería Lello, según algunos la más bonita del mundo. De estética dickensiana, tiene el tamaño perfecto para mantener un ambiente íntimo y ese aire de catedral de los libros que solo se respira en determinados lugares. Sobra decir que me acordé de ti aún antes de traspasar el umbral…
Lello mantiene su fisonomía de principios de siglo. Tiene algo de librería de viejo, de anticuario, de museo… Más que una librería parece una biblioteca gótica, la típica de college o mansión victoriana. Con maderas, alfombras, y cómodos sillones en los que arrellanarse a leer durante horas, mientras se degusta un té o un aromático whisky de malta.
Siempre he sentido debilidad por las bibliotecas, imagino que como todo el que disfruta leyendo. Cada vez las frecuento menos, pero sigo experimentando esa sensación de respeto y emoción cuando entro en una. Mi vista recorre ansiosa todos los estantes, mis manos anhelan tocar los volúmenes, abrirlos, inspeccionarlos…
Los bibliófilos sabemos que hay bibliotecas y bibliotecas. Espacios en los que simplemente te sientes a gusto, y otros en los que el goce de los sentidos es tan grande que te conmueve como una obra de arte. Me refiero a esas bibliotecas polvorientas en las que atrincherarías un día de lluvia con una taza de chocolate caliente… He conocido unas cuantas, tanto públicas como privadas, y reconozco el olor en cuanto entro. Siento una fuerza que me incita a sentarme en uno de esos escritorios de madera con iluminación directa y hojear sin prisa los ejemplares escogidos.
Lello ejemplifica ese tipo de “santuarios”. Aunque está llena de turistas, reina un ambiente tranquilo al igual que en cualquier biblioteca o iglesia. Es de esos sitios mágicos en los que piensas que nada malo puede pasarte… Una vez que te has deleitado, sales de allí con tu botín bajo el brazo y una sonrisilla de triunfo en la cara… porque solo tú sabes lo que significa. Las horas de felicidad que te esperan, gracias a ese tesorillo que pasará a hacerle compañía a otros tantos. Porque hace tiempo que has aprendido que esa es una de las satisfacciones que tienes a tu alcance y que no te suelen defraudar…
Solo cometí un pecadillo… permíteme que me lo reserve… Digo yo que pecar en un sitio tan bonito tiene que tener algún eximente, ¿no?
Si existe el paraíso deber ser parecido a Lello…

Recorriendo Galicia y Portugal (II)

Portugal está a solo a un paso, y es un país increíble... Tiene unas ciudades históricas, unos pueblecitos y un patrimonio artístico para no perdérselos. Además del oporto, el bacalao, los fados, las quintas... y un paisaje muy verde por la influencia atlántica. En solo unos días se puede recorrer de norte a sur, viendo maravillas.
La plaza principal de Viana do Castelo, a primera hora de una mañana de domingo. Vamos, que no estaba ni el dueño...
No muy lejos se localiza Braga, una ciudad preciosa a pesar del nombrecito. Esta es la Casa del Mexicano. Intuyo que un indiano que volvió del Nuevo Mundo con los bolsillos llenos...
En las afueras está el Santuario de Bom Jesus. Subí solo hasta la mitad de las escaleras, que es desde donde se aprecia la mejor vista. La primera parte (no sale en la foto), llena de árboles, capillas y fuentes, me trasladó a los jardines de la Alhambra.
Oporto es una ciudad llena de cuestas adoquinadas y rincones rebosantes de encanto. Sigue estando faltita de inversión económica, pero no tanto como la última vez que la ví.
En la ribera del Tajo se distrubuyen todas las bodegas, de propiedad británica, en las que se elabora el famoso vino.
Los azulejos portugueses tienen fama mundial... Suelen ser de color azul sobre fondo blanco, y retratar escenas religiosas. Cualquier iglesia que se precie está forrada de ellos, por dentro o por fuera. Este pertenece a la catedral.
En Oporto visité también un lugar tan especial que merece un post propio...
Aveiro, famosa por sus minas de sal, es conocida como la Venecia portuguesa. Esa denominación le queda grande, pero hay que reconocer que tiene su gracia.
A continuación fui a Coimbra, donde está la universidad más antigua de Portugal. Los alumnos iban vestidos con toga, porque celebraban el inicio de curso. Aquello parecía el Trinity College...
El Convento de Cristo en Tomar es uno de los prototipos de la arquitectura manuelina. Tiene más de diez claustros, y un montón de dependencias impresionantes.
Ese día fue la ruta del monasterio... Luego tocaba el de Batalha, que no se queda atrás. Conmemora la batalla de Aljubarrota, donde los portugueses nos dieron hasta en el cielo de la boca. Y posteriormente, Alcobaça, de estética más sobria.
Óvidos fue una auténtica sorpresa... Un pueblecito blanco en medio de la vegetación. Sus callejuelas empedradas y llenas de bugambillas me recordaron al Albaycín.
Lisboa al atardecer invita a pasear... Esta es la panorámica desde el Barrio Alto, al que se puede acceder por un ascensor que parece la máquina del tiempo. Al fondo, el Castillo de San Jorge.
Los tranvías son la seña de identidad más lisboeta... Esta foto está tomada desde uno de ellos, no sin cierto riesgo, jeje...
Chiado, en el Barrio Alto, es la zona más exclusiva. Junto con edificios antiguos restaurados, se encuentran las tiendas más elegantes. Lo mejor es que la calle está llena de músicos y artistas. Allí se encuentra el mítico Café A Brasileira, donde degusté un rico oporto.
Y como no pasar por Trindade, la cervecería más antigua de Portugal... Fue una abadía, de la que conserva interesantes azulejos en lo que fue el refectorio.
El monasterio de los Jerónimos es un auténtico delirio... La exhuberancia decorativa alcanza su cenit y recuerda al mejor Gaudí.
Después de visitar el Cabo de San Vicente y varios pueblos de la costa atlántica llegué a Faro, la capital del Algarve. Es sin duda la zona más turísitica de Portugal, totalmente colonizada por ingleses. Los vuelos de bajo coste aterrizan cada cinco minutos, abarrotados de hordas ansiosas de solecito y alhocol barato... Por suerte Faro no tiene playa y se ha mantenido a salvo de ellas.
Pues en este punto, a unos cincuenta kilómetros de la frontera española, terminó mi andadura. Tras visitar Olhao y Tavira, volví a cambiar la hora del reloj y el chip vacacional... Hasta nuevo aviso...

Recorriendo Galicia y Portugal (I)

Para no perder las buenas costumbres, os invito a acompañarme en mi viaje. Ya sabéis que me encanta hacer las maletas y pillar carretera. Es la mejor fórmula que conozco para escapar de la rutina, aunque la cabecita no descanse… Disfruto descubriendo sitios nuevos y volviendo a algunos conocidos.
En Segovia no pude resistirme a fotografiar el acueducto romano. Me siguen impresionando su armonía y sus proporciones.
En la ribera del Duero visité el monasterio ciscerciense de Santa María de Valbuena, una joyita de la arquitectura medieval castellana. Me encantan los claustros, es una fijación antigua...
Y las pinturas murales, aunque parezcan recientes.
En Valladolid estaban de fiestas y había un ambientazo increíble. Por supuesto, me acordé un montón de ti, guerilla… Los soportales de la Plaza Mayor, de una elegancia y una originalidad poco habituales.
La fachada plateresca de la Iglesia de San Pablo me tuvo un rato embobada.

También anduve por escenarios más rurales. En pleno Camino de Santiago está Molinaseca, un pueblo de esos en los que una se perdería un fin de semana otoñal...
Esta terraza acristalada me enamoró. Yo quiero una como esa… Para sentarme a leer todo el día mientras cotilleo por los cristales, jeje…
El castillo de los templarios de Ponferrada, en el Bierzo, es de los mejor conservados de España. En una mano la espada y en otra la cruz... y a vivir como un canónigo...
Galicia tiene una personalidad arrolladora, que te atrapa desde que la pisas. La arquitectura de granito, la gastronomía, las gaitas, el albariño, las meigas, la queimada... Las típicas galerías son una solución práctica y estética para aprovechar la luz. Estas están en el paseo marítimo de Viveiro.
Mi paso por la ciudad mágica de Santiago fue tan fascinante como siempre. No hice fotos porque llovía. Quizás es el único sitio del mundo donde no me importa que llueva. La lluvia forma parte de su encanto... Al igual que la niebla en la Ría de Arosa...
O Grove está unido a la Isla de la Toja por este puente. No pude resistir la tentación de entrar a gulismear en el balneario. Dan ganas de no salir de allí en una semana por lo menos...
Desde O Grove fui en barco hasta la Isla de Sálvora, que tiene un precioso faro. Allí vive Pepe, el farero, alejado del mundanal ruido y más feliz que una perdiz.
Los hórreos de Combarro, a la orilla del mar, tienen un encanto único. Aunque cruzarse con varios grupos del imserso colapsando las callejuelas dificulta un poco el paseo…

El casco histórico de Pontevedra es de los más bonitos que he visto. Tampoco hice retrataurías, porque era de noche y me dejé la cámara en el hotel… Disfruté mucho callejeando, y me hizo ilusión descubrir una escultura de Valle Inclán. Había una feria del marisco por la que no pasé de largo…
En Vigo, que huele a mar como pocas ciudades, visité el famoso Mercado de la Piedra y tomé un ribeiro en excelente compañía. Llegó tan linda como siempre, alegrando ese día gris. Qué rápido pasó el tiempo, ¿verdad, Elo? Jooo...
Sobre la ribera del Miño que limita con Portugal, está el castro de Santa Trega. Mirad que vistas... Anda que eran tontos los romanos...
Aquí nos quedamos para reponer fuerzas. La incursión lusitana será en el siguiente capítulo...

Cariño fraterno

- Ay… que malica estoy y que poco me quejo…
- Ay que coñazo das y que poco te lo digo…
- Qué malafollá tienes a estas horas, hija…
- Calla la boca y tira palante, petarda, que vamos a llegar tarde… Un día nos van a dar la patada… y yo a la cola del paro no quiero ir, que estoy fatal de la osamenta…
- ¿No te digo que estoy malica, insensible?
- Porque anoche te fuiste de parranda… No me jodas…
- Tendré que divertirme de vez en cuando, ¿no? O mi vida va a ser solo vender cupones y aguantarte a ti…
- A ver que ibas a hacer tú sin mí… Si ya lo decía mamá…
- Pero mira que eres embustera… Tienes la cara de cemento armado…
- ¿Ya no te acuerdas cuando te partiste la pata por hacer el gilipollas y te tuve un mes en mi casa, a cuerpo de reina?
- Dirás a cuerpo de chacha. ¿Y a rescatar mis bragas de encaje de la cornisa le llamas hacer el gilipollas?
- El gilipollas integral. Lo que no sé es como no te partiste también la crisma, ahí encaramada como un mono… Anda, no me lo recuerdes, que todavía resuenan en mis oídos las risillas del personal de urgencias…
- Si saliste ganado, bribona… que explotaste a la pobre tullida como la negrera que eres…
- Que dices… demente…
- Lo que oyes. Y si te pica te rascas…
- Cada vez que me acuerdo de cuando osaste poner tus ojos saltones en mi Paco me dan ganas de arrancártelos…
- No inventes, que te gusta mucho… ¡Si es el eslavón perdido! Con esas pelambreras saliendo las orejas, que parece un jabalí…
- Pues bien que te gustaba, cacho zorra…
- Que bestias eres… ¿tú te estás oyendo? Que parece que te has criado en un estercolero…
- Pues no nos conocimos en el convento, lerda…
- A ti la inteligencia te persigue pero tú eres más rápida…
- Me robas las energías, vampira…
- Cucaracha.
- Sabandija.
- Calla la boca, cetáceo…
- Un día me voy a largar y no me vas a ver más el pelo...
- A mi amenazas ni media, ¿eh?
- Coño, Mari, que son las nueve y diez…
- ¿Qué vas a hacer hoy de comer?

Paseando por el Cádiz antigüo

Le encuentro a esta ciudad un encanto irresistible. Tal vez sea su luz, su alegría, su olor a sal, su aire atlántico... Tal vez el cariño, los recuerdos (propios y prestados), las raíces… La Galeona, Puerta de Tierra, el Fuerte de San Sebastián... Antepasados marinos, las fiestas del club náutico, un inventario de pintura colonial… Tal vez ese malecón habanero, esos parques exuberantes, sus plazas llenas de niños jugando, sus callejuelas de ciudad portuaria, o ese mar azul en el que desembocan. Seguramente, un compendio de todo, más un sentimiento que no se puede explicar…
El Balneario de la Palma al atardecer.
Las olas de la Caleta, son plata quieta…
Los balcones, quizás la seña de identidad más gaditana.
No había vuelto a Cádiz después de estar en México, y ahora comprendo mejor que nunca cuanto de aquí se exportó allí.
En la Plaza de España, el monumento a la constitución de 1812. ¡Viva “la Pepa”!
Se hizo la noche, y la luna llena bañaba el puerto con su luz.
Cádiz la nuit no tiene desperdicio...
Las ciudades son distintas de día y de noche... O al menos no se ven con los mismos ojos.

Los que no me leen

Vaya por delante que mi pudor innato hace que en general me cueste mostrar lo que escribo y que no me sienta cómoda bajo cualquier mirada. Puede resultar un contrasentido en alguien que disfruta escribiendo, pero lo cierto es que carezco de vena exhibicionista (y no lo digo como si fuera una virtud). Eso no implica que prefiera que nadie me lea… De hecho me hace muy feliz que ciertas personas lo hagan (o hagáis). Creo que una parte fundamental de la expresión escrita es la receptividad, el diálogo, la comunicación. Sobretodo en un foro de estas características. Como ya sabéis, aquí no hablo únicamente de ficción, sino que en muchas ocasiones comparto pensamientos o vivencias.
Por las razones que sean, la mayor parte de mi entorno ajeno a este blog no me lee. En su momento informé de su existencia a quienes consideré oportuno, pero lo cierto es que nunca he tratado de promover visitas. Una sola persona de mi familia se asoma a mi página con cierta asiduidad (gracias, Antonio). Ya estoy tan acostumbrada a que sea así que si ahora cambiara la cosa creo que me sentiría demasiado expuesta. Puede resultar extraño, pero aquí revelo facetas de mi personalidad, sueños y sentimientos que no son tan evidentes en otros ámbitos. La explicación es lo a gusto que me siento en vuestra compañía.
Por eso pienso que muchas veces las cosas son como tienen que ser. Que todo tiene un sentido aunque no lo detectemos a la primera de cambio… Eso no quiere decir que algunas actitudes no me sorprendan. Si a mí alguien que me importa me comentara que escribe de forma pública o privada, despertaría mi interés al instante. No ya por comprobar si lo hace mejor o peor, sino por el cariño que le tengo a esa persona. O quizás es que soy demasiado cotilla…
A estas alturas me lee la gente que quiero que me lea, y eso me da una libertad total a la hora de escribir. Porque ya existen unos códigos de comunicación, un conocimiento mutuo, una confianza que hace que me sienta en familia. El absentismo al que me refiero impide que una serie de personas allegadas a mí desconozcan gran parte de lo que me pasa por la cabeza y les cueste entender el lugar que ocupa este blog en mi vida. Que ignoren situaciones tan emotivas para mí como la que me hicisteis vivir hace cuatro días. Y llego a la conclusión de que no me interesa compartirlas con quien no forma parte de ellas. Así que los que no me leen, que sigan sin leerme…