lunes, 5 de octubre de 2009

Paseando por el Cádiz antigüo

Le encuentro a esta ciudad un encanto irresistible. Tal vez sea su luz, su alegría, su olor a sal, su aire atlántico... Tal vez el cariño, los recuerdos (propios y prestados), las raíces… La Galeona, Puerta de Tierra, el Fuerte de San Sebastián... Antepasados marinos, las fiestas del club náutico, un inventario de pintura colonial… Tal vez ese malecón habanero, esos parques exuberantes, sus plazas llenas de niños jugando, sus callejuelas de ciudad portuaria, o ese mar azul en el que desembocan. Seguramente, un compendio de todo, más un sentimiento que no se puede explicar…
El Balneario de la Palma al atardecer.
Las olas de la Caleta, son plata quieta…
Los balcones, quizás la seña de identidad más gaditana.
No había vuelto a Cádiz después de estar en México, y ahora comprendo mejor que nunca cuanto de aquí se exportó allí.
En la Plaza de España, el monumento a la constitución de 1812. ¡Viva “la Pepa”!
Se hizo la noche, y la luna llena bañaba el puerto con su luz.
Cádiz la nuit no tiene desperdicio...
Las ciudades son distintas de día y de noche... O al menos no se ven con los mismos ojos.

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