lunes, 5 de octubre de 2009

Recorriendo Galicia y Portugal (II)

Portugal está a solo a un paso, y es un país increíble... Tiene unas ciudades históricas, unos pueblecitos y un patrimonio artístico para no perdérselos. Además del oporto, el bacalao, los fados, las quintas... y un paisaje muy verde por la influencia atlántica. En solo unos días se puede recorrer de norte a sur, viendo maravillas.
La plaza principal de Viana do Castelo, a primera hora de una mañana de domingo. Vamos, que no estaba ni el dueño...
No muy lejos se localiza Braga, una ciudad preciosa a pesar del nombrecito. Esta es la Casa del Mexicano. Intuyo que un indiano que volvió del Nuevo Mundo con los bolsillos llenos...
En las afueras está el Santuario de Bom Jesus. Subí solo hasta la mitad de las escaleras, que es desde donde se aprecia la mejor vista. La primera parte (no sale en la foto), llena de árboles, capillas y fuentes, me trasladó a los jardines de la Alhambra.
Oporto es una ciudad llena de cuestas adoquinadas y rincones rebosantes de encanto. Sigue estando faltita de inversión económica, pero no tanto como la última vez que la ví.
En la ribera del Tajo se distrubuyen todas las bodegas, de propiedad británica, en las que se elabora el famoso vino.
Los azulejos portugueses tienen fama mundial... Suelen ser de color azul sobre fondo blanco, y retratar escenas religiosas. Cualquier iglesia que se precie está forrada de ellos, por dentro o por fuera. Este pertenece a la catedral.
En Oporto visité también un lugar tan especial que merece un post propio...
Aveiro, famosa por sus minas de sal, es conocida como la Venecia portuguesa. Esa denominación le queda grande, pero hay que reconocer que tiene su gracia.
A continuación fui a Coimbra, donde está la universidad más antigua de Portugal. Los alumnos iban vestidos con toga, porque celebraban el inicio de curso. Aquello parecía el Trinity College...
El Convento de Cristo en Tomar es uno de los prototipos de la arquitectura manuelina. Tiene más de diez claustros, y un montón de dependencias impresionantes.
Ese día fue la ruta del monasterio... Luego tocaba el de Batalha, que no se queda atrás. Conmemora la batalla de Aljubarrota, donde los portugueses nos dieron hasta en el cielo de la boca. Y posteriormente, Alcobaça, de estética más sobria.
Óvidos fue una auténtica sorpresa... Un pueblecito blanco en medio de la vegetación. Sus callejuelas empedradas y llenas de bugambillas me recordaron al Albaycín.
Lisboa al atardecer invita a pasear... Esta es la panorámica desde el Barrio Alto, al que se puede acceder por un ascensor que parece la máquina del tiempo. Al fondo, el Castillo de San Jorge.
Los tranvías son la seña de identidad más lisboeta... Esta foto está tomada desde uno de ellos, no sin cierto riesgo, jeje...
Chiado, en el Barrio Alto, es la zona más exclusiva. Junto con edificios antiguos restaurados, se encuentran las tiendas más elegantes. Lo mejor es que la calle está llena de músicos y artistas. Allí se encuentra el mítico Café A Brasileira, donde degusté un rico oporto.
Y como no pasar por Trindade, la cervecería más antigua de Portugal... Fue una abadía, de la que conserva interesantes azulejos en lo que fue el refectorio.
El monasterio de los Jerónimos es un auténtico delirio... La exhuberancia decorativa alcanza su cenit y recuerda al mejor Gaudí.
Después de visitar el Cabo de San Vicente y varios pueblos de la costa atlántica llegué a Faro, la capital del Algarve. Es sin duda la zona más turísitica de Portugal, totalmente colonizada por ingleses. Los vuelos de bajo coste aterrizan cada cinco minutos, abarrotados de hordas ansiosas de solecito y alhocol barato... Por suerte Faro no tiene playa y se ha mantenido a salvo de ellas.
Pues en este punto, a unos cincuenta kilómetros de la frontera española, terminó mi andadura. Tras visitar Olhao y Tavira, volví a cambiar la hora del reloj y el chip vacacional... Hasta nuevo aviso...

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