sábado, 24 de octubre de 2009

Slow life

Es una de las tendencias más recientes. Huir del stress, cambiar de escenario, tomarse la vida con calma. La filosofía, bien entendida, me parece perfectamente válida. ¿A quien no le gustaría vivir a menos revoluciones? ¿Sacar tiempo para disfrutar de esos pequeños placeres que apenas tienen cabida en nuestro día a día? Como dicen los marroquíes (aún sin conocimiento de causa), la prisa mata. La teoría suena genial, siempre que no derive en la indolencia… Pero me pregunto yo: ¿Quién puede permitirse mandarlo todo al carajo y dedicarse a la slow life? Que más quisiéramos poder dormir diez horas, no tener obligaciones, irnos de juerga alegremente, leer a destajo y escribir cuando nos lo pidiera el cuerpo? Pero tenemos la mala costumbre de comer todos los días. Y si no te falta curro, encima considérate afortunada…
Ya se les ocurrió a aquellos monjes medievales del “ora et labora” dividir el día en tres jornadas de ocho horas: una para trabajar, otra para descansar, y otra para rezar, que en el caso del resto de los mortales sería para el ocio. El plan suena chachi, pero si a las ocho horas de ocio tienes que deducirles el tiempo que empleas en actividades necesarias como asearte, comer o desplazarte, ¿en qué se quedan? La realidad es que tenemos que hacer malabarismos, y priorizar cuando tenemos un hueco. Eso te obliga a trasnochar y madrugar para poder dedicarle un mínimo espacio a tus aficiones, a salir menos de lo que te gustaría, a robarle horas al sueño para leer hasta las tantas, o escribir mientras ves la tele… Y al final te queda una sensación de agotamiento y frustración que los monjes no conocían. Por no hablar de los amigos, y como la escasez de tiempo unida a la incompatibilidad de horarios hace que los veas cada vez menos… Si tienes pareja la cosa se complica, y con churumbeles de por medio ya olvídate…
Cambiar de aires desintoxica, prescindir del reloj y disfrutar de la paz bucólica es una terapia necesaria, pero en su justa medida. Yo, sinceramente, me acabaría cansando de tanto aire puro. Montar una casita rural, vender artesanías o cultivar hortalizas puede sonar muy idílico, pero alguien urbanita como esta que esta aquí no aguantaría ese rollo monacal más de un mesecito. Sin asfalto, sin cines, sin bares, sin librerías… Uf, que stress…
Por eso creo que la slow life no es la panacea. Habría que perfeccionar la técnica, buscar un punto intermedio entre la vida acelerada y la sosegada… Yo más bien me apuntaría a la slowly life…

1 comentario:

  1. A mi me ocrriría exactamente igual.Creo que duraría poco tiempo en esos menesteres bucólicos.Reconozco que me encanta el asfalto y los estímulos de la ciudad aunque está bien eso de las escapaditas puntuales. Me ha gustado la historia de los monjes.Abrazo. Patri

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