miércoles, 25 de noviembre de 2009

Hojas en blanco

¿Qué contar? Ese es el dilema universal a la hora de escribir. Lo complicado es encontrar esa idea original que te motive y ser capaz de desarrollarla. Puedes pulir el estilo, pero el trasfondo será el mismo… Para mí el primer objetivo es contármelo a mí misma. Luego, en algunos casos, viene la necesidad de compartirlo.
Cuanto más leo más consciente soy de mis limitaciones. Hay autores que me inspiran, pero leyéndolos me doy cuenta de que pretender escribir una gran novela está fuera de mi alcance. Al principio es fácil pecar de ingenuidad. Aún no sabes hasta donde puedes llegar… Tienes una historia en la cabeza y eso te parece suficiente. Cuando intentas plasmarla te enfrentas a la verdad… Y la verdad siempre es más dura que la fantasía. Hacen falta horas, paciencia, una creatividad que nadie te la garantiza. Según avanzas te planteas si es eso lo que querías contar, si lo estás haciendo bien... Incluso cual es el sentido, aunque sepas que es una pregunta retórica.
Ignoro de donde viene esa necesidad de interpretar el mundo con mi mirada… Pero lo asumo como parte de mi, sin más expectativa que la de disfrutar. No busco difusión, aunque no negaré que es un placer que alguien reciba mi mensaje y le pueda interesar. Escribir es la única forma que conozco de hablar de ciertas cosas… De sumergirme en otras vidas y evadirme de una realidad que no me basta.
Solo los genios pueden escribir novelas geniales… Una novela genial necesita algo más que talento. Hace falta una idea original, una estructura que no se improvisa, personajes inolvidables… un conocimiento profundo de la naturaleza humana, una sensibilidad especial y la capacidad de trasmitirla… Debe ser una máquina perfecta, en la que todas las piezas ocupen una posición concreta que haga funcionar el engranaje.
“Somos lo que vivimos, más lo que leemos, más lo que soñamos”. Y al escribir expresamos lo que somos… Si nos implicamos se filtra todo lo que llevamos dentro. Dejamos rastros del alma en cada frase… Y las hojas en blanco adquieren significado, aunque solo sea para nosotros…

sábado, 21 de noviembre de 2009

Soldados de Salamina

- ¿Qué vas a hacer con todo esto?
- No lo sé.
- Creí que estabas pensando escribir una novela…
- Yo ya no escribo novelas.
Hay pelis de esas que aunque te sabes de memoria disfrutas cada vez que las ves. Yo me las dosifico, porque no quiero llegar a aborrecerlas.
La primera vez que oí hablar de “Soldados de Salamina” no me sedujo, porque el título me echaba para atrás. Pero como me había encantado “La buena vida” (el debut tras la cámara de David Trueba) decidí darle una oportunidad…
El libro llegó a mí tiempo después, en Pisa. Me lo regaló una conocida que se lo había leído durante el viaje. Me cuesta entender que alguien regale el único ejemplar que tiene de un libro que le ha fascinado, pero me vino genial…
Como ya he contado alguna vez, soy fiel seguidora del cine español. Así que he visto cienes y cienes de películas sobre la Guerra Civil. Por lo general toman partido por un bando u otro, y me sorprendió que esta hablara de seres humanos, por encima de ideologías…
Recuerdo mi intento frustrado de que alguien que era especial para mí en ese momento la viera. Seguramente pensó que era otra historia “de rojos” (de las que detestaba) y no quiso…
Un profesor mío decía que un historiador jamás puede ser imparcial, pero resulta que la protagonista no es historiadora… Ella me parece uno de los aspectos más interesantes de la película. Quizás porque tiene más o menos mi edad, porque es honesta consigo misma, o porque lleva la tristeza pegada a su alma.
“A mí me parece que todo el mundo escribe mejor que yo”.
“Puede que no sepa escribir, pero sé leer”
“¿Quien te ha dicho que quiero escribir una novela genial? ¿Quien te ha dicho que puedo escribir una novela genial?
Me gusta la crónica del exilio del poeta Antonio Machado, donde quizás resida “un secreto esencial” de la guerra. Y como surge esa historia, con un libro que cae al suelo abierto por una página con su foto…
Esa nota mexicana que pone Diego Luna.
El concepto de héroe y su identificación con Miralles. “Yo no sé lo que es un héroe, pero sé que una vez conocí a uno”.
La solidaridad de “Los amigos del bosque” con alguien de diferente creencia política. Hoy por ti y mañana por mí…
Ese soldadito que canta “Suspiros de España” mientras baila con su fusil bajo la lluvia…
El gesto de perdonarle la vida a un enemigo y dejarlo escapar…
Siento debilidad por las historias en dos tiempos, relacionadas entre sí. Por esas investigaciones que nunca se sabe como terminarán… Hurgar en el pasado tiene consecuencias imprevisibles. Es curioso como un tema en el que profundizas consigue apasionarte… Y como buscando algo te puedes encontrar a ti misma…

Las fronteras de la ficción

Para Puck, que inspiró este post.
Al igual que a veces el mundo de los vivos se mezcla con el de los muertos, hay un punto en el que realidad y ficción también lo hacen, convirtiendo a los personajes ficticios en reales.
En muchos casos lo fueron de algún modo… Parece que Conan Doyle se inspiró en los rasgos de un cirujano de Edimburgo que fue su maestro para crear la fisonomía de Sherlock Holmes. Son muchos los turistas que al llegar a Londres buscan el 221B de Baker Street…
El rey Arturo existió, pero lo que lo hizo famoso fue la leyenda medieval. Seguramente no conoció a ninguna Lady Ginebra ni tuvo nada que ver con una espada llamada excalibur… Eso sí, en Winchester se conserva la tabla redonda, que la han visto estos ojitos…
Drácula fue un príncipe de Valaquia que hacía brochetas con sus víctimas… Bram Stoker lo transformó en vampiro, concediéndole la inmortalidad. Me da a mí que el auténtico de romántico tenía poquito…
Para el Magistral que se moría por los huesitos de “La Regenta”, Clarín tomó como modelo a un arzobispo que conocía, seguramente tan viciosillo como este.
El valiente D’Artagnan fue nada menos que conde, y capitán de la guardia de los mosqueteros de Luis XIV, aunque el pobre acabara siendo un mosqueperro…
Y Dumas contó que “El conde de Montecristo” se basaba en la historia de una traición a un pobre zapatero parisino y su posterior venganza.
Pero a veces, solo a veces, ocurre algo curioso… Y es que el lector toma a un personaje ficticio por real. Uno de los casos más comunes y recientes es el del Capitán Alatriste. Esos versos que le dedica su amigo Quevedo siembran la duda… Pero Arturo Pérez Reverte, lleno de orgullo y riéndose por lo bajo, aclara que no, que el espadachín salió de su pluma.
Lo mismo siente cuando sus lectores buscan la Iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas en el Barrio de Santa Cruz, sobretodo si es a cuarenta grados a la sombra…
Lo más fuerte le ocurrió en Sinaloa, la capital del narco en México. Cuando filmaban una entrevista en plena calle se les acercó una señora a preguntarles que hacían. “Es sobre la reina del sur”, le explicaron. A lo que la señora respondió muy convencida: “¿Teresita Mendoza?... Yo la conocí muy bien. En esta misma esquina se ponía”.
“Lo que más calienta el corazón de quien, como yo, cuenta historias dándole a la tecla, es que alguien que nunca leyó un libro suyo hable con familiaridad de un personaje o un suceso narrados, imaginarios, y lo haga convencido de su existencia real. Como si los conociera de toda la vida”.
Pues eso, que un personaje cobre vida y traspase la fronteras (difusas) de la ficción debe ser la mayor satisfacción para su creador…

La escritura invisible

A veces, en un antiguo manuscrito, el ojo afortunado descubre la primitiva escritura que permaneció invisible durante mucho tiempo, cubierta por tonterías posteriores. Por medio de sustancias ácidas, se quita la grafía sobrepuesta, y entonces los antiguos signos se vuelven más claros y visibles. De igual forma, tus ojos me han enseñando a encontrarme a mí mismo.
“Diario de un seductor”. SÖREN KIERKEGAARD.
Este es el sentimiento que le inspira al joven Johannes su amada Cordelia. Lo cierto es que cuando compré el libro pensé que sería una crónica de tintes donjuanescos. Me vino a la mente András Vajda, ese chico húngaro aficionado a los brazos de las mujeres maduras. Pero esta historia es básicamente una declaración de amor, aunque la conquista tenga un gran componente de autosatisfacción.
Me encanta la analogía. Quizás porque cuando veo un viejo manuscrito o cualquier objeto artístico por el que han pasado los siglos no me cuesta imaginar esa “primitiva escritura que permaneció invisible durante mucho tiempo”. Y sé que solo bajo la mirada adecuada “los antiguos signos se vuelven más claros y visibles”. Todos encierran una historia, aunque no haya sido intención de su creador trasmitirla.
Igualmente, los ojos de otro pueden enseñarte a encontrarte a ti mismo si te ven de determinada manera y si eres maleable a esa mirada. Alguien que te mira con cariño ve lo mejor de ti, y puede descubrir aspectos tuyos que hasta tú ignorabas. Porque esa visión llega más lejos que cualquier otra… Es como un aparato de Rayos X, capaz de traspasar la superficie.
Creo que la belleza está allá donde queramos verla, en todo aquello que nos conmueve. Mirar algo que nos inspira pasión también nos enseña a conocernos mejor, porque activa nuestra parte más sensible. Nos damos cuenta de cuales son nuestras prioridades, de cuanto somos capaces de dar. Nos permite vernos bajo una luz diferente.
Johannes persigue una estética emocional que lo salve de una existencia vulgar. Aún así, sus cartas a Cordelia son preciosas. La clave de todo buen seductor está en amar de verdad al objeto de su seducción, al menos mientras esta dure.
“Mi añoranza es una perpetua impaciencia. Tan solo cuando hubiese vagado una eternidad entera para asegurarme que me pertenecerás en cualquier instante, podría vivir en paz en el infinito, volviendo a ti”.
Puede que ese deseo sea una ilusión óptica, puede que no esté movido por los principios más altruistas, pero se convierte en un estímulo que da sentido a su vida. Y que poquitas cosas consiguen ese efecto, ¿verdad?

domingo, 15 de noviembre de 2009

Sesión nocturna

No suelo escribir sobre cine, y eso que es una de mis debilidades. Mi vena cinéfila alcanzó su cenit en la adolescencia, cuando descubrí que las películas podían hacerme vivir otras vidas al igual que los libros. Quizás mi necesidad de abstracción sea patológica, y solo se cure con la dosis conveniente de cine y literatura.
Desde ese furor peliculero he atravesado distintas etapas dependiendo de las circunstancias, pero nunca he de dejado de ver un mínimo de tres o cuatro pelis por semana. Como durante mi estancia en México me desenganché de todas las series que seguía, ahora suele caer una cada noche.
Me gusta alternar estilos, igual que cuando leo. Tengo debilidad por el cine latinoamericano y europeo, sobretodo de autor. Aunque el ciberpirateo me proporciona savia nueva, suelo ser bastante reiterativa. Porque hay pelis que no me canso de ver… Y es raro que pase un año entero sin volver a disfrutarlas.
La elección depende de mi estado de ánimo. A veces a una le pide el cuerpo algo profundo, y otras algo superficial. Un día me cruzo Sudamérica en moto con Gael García Bernal, otro desayuno en Tiffany´s, y otro me voy a la Rusia zarista o a una isla del Egeo.
Anoche viajé a Venecia. Las películas de época inglesas son unas de mis favoritas, porque tienen unas ambientaciones impresionantes y un trasfondo interesante. “Las alas de la paloma” ataca sin piedad la moral victoriana, y eso me encanta. Es muy Henry James…
Kate y Merton se aman pero no pueden estar juntos, porque ella perdería su posición social (que penita, tú…). Millie está forrada, pero también sola y enferma. Cuando posa sus ojos en Merton, Kate perpetra un ambicioso plan. Y Merton acaba entrando al trapo… Ambos deciden acompañar a la millonetis a Venecia e inician su estrategia.
“Cada vez que ella te mire, cada vez que te sonría, no olvides que yo te quiero más” (KATE)
“Todo cuanto he hecho lo he hecho por ti, aunque cada día me resulta más difícil” (MERTON)
“Yo creo en ti, porque sí. Es un presentimiento” (MILLIE A MERTON)
Amor, dinero y muerte. Un escenario bellísimo… La frialdad de Kate es espeluznante. ¿Quién podría empujar a su amor a los brazos de otra? ¿Cómo se puede utilizar así a una moribunda? Nadie en la vida lo tiene todo… No se puede tener todo… Y jugar con el corazón tiene sus riesgos. Cuando termina vuelvo a la realidad, pero nada es lo mismo que antes. Esa es la magia del cine…

El punto final

Una de las cosas que más me cuesta cuando escribo es poner el punto final. A veces evito llegar a él, alargando la historia hasta que se agota. Supongo que aunque no vea el momento de acabarla (soy impaciente por naturaleza), me resisto a despedirme de ella. Me da la sensación de que mientras la tenga entre manos estoy a tiempo de salvarla.
Me siento como el personaje de Michael Douglas en “Jóvenes prodigiosos” (mira que me gusta esa peli…), incapaz de poner fin a esa novela interminable por temor a no responder a las expectativas tanto propias como ajenas. Cuando el viento se lleva la única copia que tiene me pongo ansiótica, pero enseguida me doy cuenta de que es lo mejor que le podía pasar.
Me preocupa escribir un final digno, porque sé la importancia que tiene. No necesariamente feliz, pero al menos que sea verosímil y no deje cabos sueltos. Que no decepcione, y si es posible que sorprenda…
Una vez que la termino a mi gusto reviso hasta la saciedad. Es la parte teóricamente más fácil, pero se puede convertir en la más pesada si no encuentras el momento de parar. No me tengo por una perfeccionista, pero siempre hay algo que no me convence. Algo que le falta, o le sobra, o no tiene el tono adecuado… Al releer te das cuenta de esos errores. Encuentras párrafos o páginas enteras que te parece que no están a la altura del resto. A veces no sabes identificarlo claramente, pero sientes que hay algo que no funciona. Esa certeza es espantosa, aunque tenga remedio. Porque uno de mis conflictos es el de borrar. Cuando son un par de párrafos lo hago sin más, pero si es más me resulta muy difícil. Debo sufrir algo así como un Síndrome de Diógenes literario, jeje…
Cuando llega ese día en el que dices: “Vale, hasta aquí hemos llegado”, siento alivio y satisfacción, pero no puedo evitar un sentimiento de pérdida. El proceso en el que he estado sumergida durante tanto tiempo ha terminado, y sé que lo echaré de menos. Me invade la duda, además del pánico escénico. No sé si he hecho lo mejor que he podido. No sé si he conseguido lo que pretendía, porque después de darle tantas vueltas ya he perdido la perspectiva por completo. No sé qué voy a hacer ahora, si seré capaz de iniciar otro proceso…
Nadie dijo que fuera fácil cerrar etapas, pero la vida te enseña que es la única forma de avanzar. Poner el punto final, y a otra cosa mariposa…

Tres vidas

“Todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta”.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Muchos conocéis mi devoción hacia Gabo. Esta me parece una de sus frases más geniales, y entiendo lo que le indujo a pronunciarla. Siendo un escritor que vive de su trabajo, su vertiente pública debería limitarse a la promoción de sus libros. Si no protegiera su intimidad, lo primero que se vería perjudicado sería su desempeño profesional. Y eso no se contradice con el hecho de que escriba biografías, pues en ellas él controla lo que cuenta y como lo cuenta.
Cuando habla de la vida pública se refiere a un nivel mediático. Aunque la mayoría (por suerte) no pertenecemos a él, creo que podríamos extrapolarla a la faceta que trascurre de cara a los demás. La privada sería la que solo compartimos con ciertas personas; por confianza, por cariño, o por simple cercanía.
Como no vivimos de la imagen no necesitamos guardar las apariencias, pero aún así ambas vidas no siempre coinciden. Hay personas que actúan de forma totalmente distinta según el ambiente en el que se encuentren. Otras en cambio no saben o no quieren jugar a eso, lo que no impide que puedan dar una impresión que no se corresponda con la real. Solo dejan aflorar su verdadera personalidad cuando se sienten cómodas. No se trata de engañar, sino de dosificar…
La vida secreta es la que no exteriorizamos. Esa parcela íntima que preferimos mantener oculta en algún lugar del corazón o la memoria. Recuerdos, deseos, frustraciones… Aquello que no le hemos contado ni le pensamos contar a nadie. Anécdotas que no consideramos oportuno compartir, pasiones altas y bajas, sueños que no se cumplieron, ilusiones que no nos atrevemos a expresar en voz alta, sentimientos que se nos quedaron atravesados un día y siguen ahí, guardados a buen recaudo. Esa parte que nos pertenece solo a nosotros y que nos hace sentir especiales…
Esta vida me parece la más interesante, porque es la más auténtica de todas. No pasa por ningún filtro, no está sujeta a normas ni prejuicios. Nadie es del todo inmune a la opinión ajena... Por eso en este ámbito nos sentimos totalmente libres, pues sabemos que no seremos juzgados más que por nosotros mismos. En ningún otro gozamos de ese privilegio.
Y que aburrido sería alguien sin misterios por desvelar, ¿no?

Fue ayer y no me acuerdo

Desperté con los síntomas inequívocos de un resacón de los malos. Entonces recordé que la última vez me había prometido que no volvería a verme en una de esas. Pero ya se sabe que la voluntad es frágil… La cabeza me daba vueltas, tenía la boca más seca que el ojo de un tuerto, y unas nauseas nauseabundas. Traté de hacer memoria, pero cualquier esfuerzo intelectual en mi estado era tan jodido como inútil. Hasta donde llegaban mis recuerdos pre-etílicos, habíamos salido a celebrar la plaza de Elena. La promoción de las margaritas a un euro había resultado letal… Unos chicos muy simpáticos nos habían invitado a una fiesta y nuestros exquisitos modales nos habían impedido rechazarla. Total, qué más daba cuatro borrachas más… A partir de ahí todo se volvía difuso. Solo había una forma de averiguarlo, así que me arrastré hasta el teléfono.
- Elenitaaaaaa…
- ¡Anda, estás viva…!
- No te creas… Se nos fue la mano con el desparrame, ¿no?
- ¡Jajajajaja…!
- No te rías, cabrona, que me duelen hasta las pestañas. Y lo peor es que no me acuerdo de casi nada…
- Con lo bien que te lo pasaste en la fiesta…
- Si tú lo dices…
- Diste un cante que no veas…
- Si conté el chiste de la monja ninfómana prefiero no saberlo…
- Se partían el culo…
- Que corte, por Dios…
- ¿En serio no te acuerdas de cuando te subiste en la mesa?
- Noooo…
- ¿Ni del numerito de Gilda?
- La madre que me parió…
- ¿Ni del rubio?
- ¿Qué rubio?
- Pues le cruzaste la cara…
- Jajajaja… Joder, joder… que follaero…
- La liaste parda... Lo de ayer compensó mis cuatro años opositando… Jajaja...
- Oye…
- Que pasa…
- Estoy viendo unos gayumbos en el suelo, y te juro que no son míos… ¿Quién me trajo a casa?
- La verdad, reina, no sabría decirte. A esas alturas yo también estaba más pallá que pacá… La última vez que tengo conciencia de haberte visto no te estabas aburriendo precisamente.
- No me des detalles, anda, que ya he tenido suficiente.
En ese momento escuché el ruido de la puerta del baño, y la curda desapareció de golpe. Al sonido de unos pasos siguió la aparición de un rubio con una toalla liada en la cintura.
- Así que tú eres Johnny Farrell…

Blanco y negro

Anoche vi “Rebecca”, una de esas pelis que te atrapan desde el primer segundo… Nunca he sido muy aficionada al cine antiguo, pero últimamente me estoy reeducando. La culpa la tiene mi prima (Nanilla, quien va a ser…), que me encandila con sus posts sobre películas en blanco y negro.
Hace poco Lauri hablaba del libro, y además de tentarme me recordó que hacía mucho que no veía la peli…
Manderley da yuyu… Ese camino invadido por la maleza, la niebla y la música de fondo crean un ambiente fantasmagórico ideal para introducirte en la historia. De eso el tío Alfred sabe…
Él me cae antipático desde el principio. Es un enteradillo con pose de galán. Quizás es mi rechazo innato a los bigotes, no sé… Y esa petición de matrimonio desde el baño… Estará bien educado, pero muy mal aprendido. Cuando dice “Ahora que está todo arreglado sírveme el café” pienso: “ay bonita, no sabes donde te has metido”…
Ella es un poco “sin sustancia”… ¿No se da un aire a Ingrid Bergman? Parece una pavisosa, pero da penilla… Está enamorada hasta las trancas, hay que entenderla…
“Cuando se halla algo perfecto hay que serle fiel”.
Pues sí, hay tan pocas cosas perfectas que merecen fidelidad. La perfección es relativa, lo realmente importante es lo “perfecto a nuestros ojos”.
El ama de llaves con su careto de rottweiller es más mala que un dolor de muelas… Y está claro que se traía un rollo raro con la muertita… Como mete cizaña la tía para envenenar a la otra…
Me hace gracia el gabinete, porque en casa de mis abuelos había una habitación con ese nombre y nunca supe para qué servía… Aparte de para que vinieran los Reyes Magos…
Me encanta eso de atesorar los buenos momentos en frascos de perfume, ojalá fuera tan fácil. Así de paso eliminas los que no quieres…
Admiro la genialidad de Hitchcock de convertir un personaje que no sale en protagonista. La idealización es tal que te preguntas, ¿y qué coño tendría la tal Rebecca? Aunque su recuerdo aparece sobredimensionado, quien no ha sentido el fantasma de otra persona interponiéndose en una relación…
Cuando acaba me voy a la cama con una sonrisa, pensando que este tío era un genio del suspense… que con “Rebecca” nos da una lección de buen cine… y que tengo que ver más pelis en blanco y negro.
p.d.: Aurita... creo que aquí está la respuesta a tu pregunta del otro día... Jejeje...

La copa indiscreta

Todo iba como la seda, hasta que un despiste le indujo a beber de mi copa:
- Vaya, ahora me voy a enterar de tus secretos…
- Como si fuera tan fácil…
- Ay, mujer de poca fe… No te tenía por una escéptica…
- Pues lo soy.
- Ya veo. ¿Y qué más eres?
- Cotilla, impaciente, celosa de mi espacio… ¿Sigo, o ya tienes ganas de salir corriendo?
- Creo que puedo soportarte un ratito más… -dijo sonriendo, como si aquello tuviera gracia.
- Es tu buena educación la que habla por ti…
- No creas… Solo habla cuando yo se lo permito…
- Te gusta ejercer el control…
- Me encanta. Pero no siempre lo consigo...
- Hay que saber perder…
- Ya, pero es mejor ganar.
- Claro. Aunque admito que no soy nada competitiva…
- Yo admito que lo soy… Cuando me propongo algo lo consigo.
- ¿Siempre?
- Con bastante frecuencia. Por ejemplo, cuando te he visto esta mañana en la cola del banco me he dicho: “Tengo que salir con esta chica…”.
- ¿Y yo no he tenido nada que ver en eso? Lo dices como si bastara con tu propósito…
- Si has aceptado será por algo…
- Estás muy seguro de ti mismo, ¿no?
- Hay que estarlo, hija… Si no te comen por una pata…
- Estoy de acuerdo, siempre que no se cruce la línea de la prepotencia…
- Así que traemos la escopeta cargada…
- Hay que traerla, hijo… Si no te comen por una pata…
- ¡Jajajaja…! Me gustan las chicas guerreras…
- Mejor para ti. Y qué, ¿has descubierto ya mis secretos?
- Estoy en ello…
- Pues cuando lo consigas, como todo lo que te propones, te pareceré un coñazo…
- Me arriesgaré… El que no arriesga no gana…
- Yo solo arriesgo cuando no tengo nada que perder…
Sin pensarlo dos veces, cogí su copa y la vacié de un trago.

Los ingredientes mágicos

Siempre he creído que las buenas historias son las que te hacen pensar. Y no pensar en cualquier cosa, sino en ese tipo de cuestiones trascendentales que nos afectan a todos. Porque cuente lo que cuente una historia, en ella existe una universalidad. Ha sido creada por una persona con sentimientos e inquietudes que no suelen distar tanto de los tuyos…
Para que te llegue al corazón no solo tiene que hablar de algo con en lo que te puedas identificar, sino también hacerlo con un lenguaje que conecte contigo. Cuando eso sucede es maravilloso… Lo constaté anoche, viendo “Roma” de Adolfo Aristarain una vez más. En contra de lo que puede sugerir el título, cuenta las memorias de un escritor argentino exiliado en España. En ellas destaca el protagonismo de una persona: Roma, su madre.
Esta película toca temas que son importantes para mí. Uno es la familia, lo que significa en tu fase de formación como persona. Cuanto de lo que eres le debes a tus padres...
Otra es la búsqueda de identidad, también presente en casi todas las películas de Aristarain. Todos hemos pasado por esa etapa de desconcierto en la que te sientes obligada a hacer algo útil, que responda a las expectativas depositadas en ti. A veces la vocación no se encuentra de la noche a la mañana. No siempre lo que quieres hacer coincide con lo que debes hacer.
Son muchas las visiones que comparto, tantas que da vértigo… No me cuesta entender que contar tu vida como el que va al psicoanalista debe ser un proceso doloroso, por muchos recuerdos buenos que incluya.
Me gusta como la necesidad de escribir se impone si preguntar, y la certeza de que un escritor que se toma en serio no llegará a ninguna parte… “Nadie te puede enseñar a escribir. El que es escritor escribe”.
Me gusta la idea de hasta que punto el azar influye en nuestra trayectoria...
Me gusta el valor de perseguir un sueño…
Me gusta esa conciencia honesta de sí mismo: “Hice todo lo contrario de lo que se esperaba de mí”.
Me gusta el Buenos Aires de finales de los 60, y el idealismo de esa generación.
Me gustan esas librerías en las que se escuchaba jazz y se debatía de lo divino y lo humano.
Me gusta eso de tirar las malas vibraciones al río, para que se las lleve la corriente…
Me gusta como trasmite las consecuencias de no decir las cosas claramente. De esos “tequieros” a destiempo…
Y me encantan ciertos detalles… Como esos veinte volúmenes de Dumas que el protagonista guarda para releer en algún momento de su vida.
Como cuando lees un libro y no puedes parar de subrayar citas porque todas te parecen magistrales, esta peli está llena de frases que dan ganas de apuntar para no olvidar:
“Nadie puede decirle a otro como hay que vivir”.
“Todo lo que nos pasa es mucho menos importante de lo que a uno le gusta creer”.
“No hay otra cosa en mi vida que valga la pena recordar”.
Adoro el personaje de Roma y su fe ciega en su hijo: “Escribe bien, lee mucho, es buena persona… yo lo entiendo, no le voy a cortar las alas”. Lo único que espera de él es que sea feliz…
Y adoro las películas como “Roma”, que te remueven sentimientos. Hay un algo indescriptible que tienen muy pocas historias. Una verdad que te emociona, que te ayuda a entenderte un poquito mejor. Y no creo que haya fórmulas mágicas para crearlas, solo talento, sensibilidad, y un estado de gracia.

Mi amor por Holden

Todos tenemos un puñado de libros que nos calaron hondo en su día y recordamos con cariño. Justo esos que salvaríamos de un incendio o nos llevaríamos a una isla desierta, aunque ambas perspectivas me pongan los pelos como escarpias.
Uno de los míos es “El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger. Lo tenía en una edición barata, de bolsillo, y desapareció al prestárselo a un desaprensivo… El caso es que no pude resignarme a esa pérdida, y me faltó tiempo para reemplazarlo por una edición preciosa, en pasta dura de color vainilla y granate.
Me da repelús pensar que fue el libro de cabecera de muchos asesinos en serie, pero hay que recordar que fue vetado en su momento por considerar que incitaba a la “mala vida”.
Siempre me ha llamado la atención como un adulto podía meterse con tal habilidad en la piel de un adolescente. Y lo fácil que resultaba identificarse con él… Es imposible no querer a Holden Caulfield, ese mentiroso compulsivo al que la hipocresía “le da cien patadas”. Me gusta su rebeldía, su sensación de desencanto, su búsqueda de libertad… “Me paso el día diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo tiene que decir tonterías de esas”.
Su forma de expresarse tan elocuente… “Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. No hay muchos libros de esos”.
Esa sensibilidad extrema que lo hace especial... “No me importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego da más pena todavía”.
La lucidez que le permite captar la psicología de los que le rodean… “Todos los que lloran como cosacos como esa imbecilidad de películas suelen ser unos cabrones de mucho cuidado”.
Cuando habla de su hermano Allie, que murió de leucemia, y dice: “Les hubiera gustado conocerle. Tenia dos años menos que yo y era cincuenta veces más inteligente” se me pone un nudo en la garganta…
La relación con su hermana pequeña, Phoebe, me produce una ternura increíble… “De pronto se me ocurrió pensar qué haría la pobre Phoebe si me diera una pulmonía y la diñara. Era una tontería, pero no podía sacármelo de la cabeza. Supongo que se llevaría un disgusto terrible. Me quiere mucho. De verdad”.
Su actitud frente a las mujeres lo hace irresistible… “Eso es lo que tienen las chicas. En cuanto hacen algo gracioso, por feas o estúpidas que sean, uno se enamora de ellas y ya no sabe ni por donde se anda”.
Y tiene muchísima gracia: “Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Esos discípulos, por ejemplo. Si quieren que les diga la verdad no les tengo ninguna simpatía. Cuando Jesucristo murió no se portaron tan mal, pero lo que es mientras estuvo vivo, le ayudaron como un tiro en la cabeza. Siempre lo dejaban más solo que la una”.
Me fascina su aventura neoyorkina… Escondido en un hotel, como un fugitivo. Sus escapadas nocturnas a salas de fiestas, su incursión clandestina en casa de sus padres, y su frustrado encuentro con Sally.
Me encantó descubrir el sentido del título al final del libro… y me encantó ese sentido, que lo define como persona. Una persona de la que me habría enamorado sin remedio…