domingo, 15 de noviembre de 2009

Fue ayer y no me acuerdo

Desperté con los síntomas inequívocos de un resacón de los malos. Entonces recordé que la última vez me había prometido que no volvería a verme en una de esas. Pero ya se sabe que la voluntad es frágil… La cabeza me daba vueltas, tenía la boca más seca que el ojo de un tuerto, y unas nauseas nauseabundas. Traté de hacer memoria, pero cualquier esfuerzo intelectual en mi estado era tan jodido como inútil. Hasta donde llegaban mis recuerdos pre-etílicos, habíamos salido a celebrar la plaza de Elena. La promoción de las margaritas a un euro había resultado letal… Unos chicos muy simpáticos nos habían invitado a una fiesta y nuestros exquisitos modales nos habían impedido rechazarla. Total, qué más daba cuatro borrachas más… A partir de ahí todo se volvía difuso. Solo había una forma de averiguarlo, así que me arrastré hasta el teléfono.
- Elenitaaaaaa…
- ¡Anda, estás viva…!
- No te creas… Se nos fue la mano con el desparrame, ¿no?
- ¡Jajajajaja…!
- No te rías, cabrona, que me duelen hasta las pestañas. Y lo peor es que no me acuerdo de casi nada…
- Con lo bien que te lo pasaste en la fiesta…
- Si tú lo dices…
- Diste un cante que no veas…
- Si conté el chiste de la monja ninfómana prefiero no saberlo…
- Se partían el culo…
- Que corte, por Dios…
- ¿En serio no te acuerdas de cuando te subiste en la mesa?
- Noooo…
- ¿Ni del numerito de Gilda?
- La madre que me parió…
- ¿Ni del rubio?
- ¿Qué rubio?
- Pues le cruzaste la cara…
- Jajajaja… Joder, joder… que follaero…
- La liaste parda... Lo de ayer compensó mis cuatro años opositando… Jajaja...
- Oye…
- Que pasa…
- Estoy viendo unos gayumbos en el suelo, y te juro que no son míos… ¿Quién me trajo a casa?
- La verdad, reina, no sabría decirte. A esas alturas yo también estaba más pallá que pacá… La última vez que tengo conciencia de haberte visto no te estabas aburriendo precisamente.
- No me des detalles, anda, que ya he tenido suficiente.
En ese momento escuché el ruido de la puerta del baño, y la curda desapareció de golpe. Al sonido de unos pasos siguió la aparición de un rubio con una toalla liada en la cintura.
- Así que tú eres Johnny Farrell…

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