sábado, 21 de noviembre de 2009

La escritura invisible

A veces, en un antiguo manuscrito, el ojo afortunado descubre la primitiva escritura que permaneció invisible durante mucho tiempo, cubierta por tonterías posteriores. Por medio de sustancias ácidas, se quita la grafía sobrepuesta, y entonces los antiguos signos se vuelven más claros y visibles. De igual forma, tus ojos me han enseñando a encontrarme a mí mismo.
“Diario de un seductor”. SÖREN KIERKEGAARD.
Este es el sentimiento que le inspira al joven Johannes su amada Cordelia. Lo cierto es que cuando compré el libro pensé que sería una crónica de tintes donjuanescos. Me vino a la mente András Vajda, ese chico húngaro aficionado a los brazos de las mujeres maduras. Pero esta historia es básicamente una declaración de amor, aunque la conquista tenga un gran componente de autosatisfacción.
Me encanta la analogía. Quizás porque cuando veo un viejo manuscrito o cualquier objeto artístico por el que han pasado los siglos no me cuesta imaginar esa “primitiva escritura que permaneció invisible durante mucho tiempo”. Y sé que solo bajo la mirada adecuada “los antiguos signos se vuelven más claros y visibles”. Todos encierran una historia, aunque no haya sido intención de su creador trasmitirla.
Igualmente, los ojos de otro pueden enseñarte a encontrarte a ti mismo si te ven de determinada manera y si eres maleable a esa mirada. Alguien que te mira con cariño ve lo mejor de ti, y puede descubrir aspectos tuyos que hasta tú ignorabas. Porque esa visión llega más lejos que cualquier otra… Es como un aparato de Rayos X, capaz de traspasar la superficie.
Creo que la belleza está allá donde queramos verla, en todo aquello que nos conmueve. Mirar algo que nos inspira pasión también nos enseña a conocernos mejor, porque activa nuestra parte más sensible. Nos damos cuenta de cuales son nuestras prioridades, de cuanto somos capaces de dar. Nos permite vernos bajo una luz diferente.
Johannes persigue una estética emocional que lo salve de una existencia vulgar. Aún así, sus cartas a Cordelia son preciosas. La clave de todo buen seductor está en amar de verdad al objeto de su seducción, al menos mientras esta dure.
“Mi añoranza es una perpetua impaciencia. Tan solo cuando hubiese vagado una eternidad entera para asegurarme que me pertenecerás en cualquier instante, podría vivir en paz en el infinito, volviendo a ti”.
Puede que ese deseo sea una ilusión óptica, puede que no esté movido por los principios más altruistas, pero se convierte en un estímulo que da sentido a su vida. Y que poquitas cosas consiguen ese efecto, ¿verdad?

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