sábado, 21 de noviembre de 2009

Las fronteras de la ficción

Para Puck, que inspiró este post.
Al igual que a veces el mundo de los vivos se mezcla con el de los muertos, hay un punto en el que realidad y ficción también lo hacen, convirtiendo a los personajes ficticios en reales.
En muchos casos lo fueron de algún modo… Parece que Conan Doyle se inspiró en los rasgos de un cirujano de Edimburgo que fue su maestro para crear la fisonomía de Sherlock Holmes. Son muchos los turistas que al llegar a Londres buscan el 221B de Baker Street…
El rey Arturo existió, pero lo que lo hizo famoso fue la leyenda medieval. Seguramente no conoció a ninguna Lady Ginebra ni tuvo nada que ver con una espada llamada excalibur… Eso sí, en Winchester se conserva la tabla redonda, que la han visto estos ojitos…
Drácula fue un príncipe de Valaquia que hacía brochetas con sus víctimas… Bram Stoker lo transformó en vampiro, concediéndole la inmortalidad. Me da a mí que el auténtico de romántico tenía poquito…
Para el Magistral que se moría por los huesitos de “La Regenta”, Clarín tomó como modelo a un arzobispo que conocía, seguramente tan viciosillo como este.
El valiente D’Artagnan fue nada menos que conde, y capitán de la guardia de los mosqueteros de Luis XIV, aunque el pobre acabara siendo un mosqueperro…
Y Dumas contó que “El conde de Montecristo” se basaba en la historia de una traición a un pobre zapatero parisino y su posterior venganza.
Pero a veces, solo a veces, ocurre algo curioso… Y es que el lector toma a un personaje ficticio por real. Uno de los casos más comunes y recientes es el del Capitán Alatriste. Esos versos que le dedica su amigo Quevedo siembran la duda… Pero Arturo Pérez Reverte, lleno de orgullo y riéndose por lo bajo, aclara que no, que el espadachín salió de su pluma.
Lo mismo siente cuando sus lectores buscan la Iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas en el Barrio de Santa Cruz, sobretodo si es a cuarenta grados a la sombra…
Lo más fuerte le ocurrió en Sinaloa, la capital del narco en México. Cuando filmaban una entrevista en plena calle se les acercó una señora a preguntarles que hacían. “Es sobre la reina del sur”, le explicaron. A lo que la señora respondió muy convencida: “¿Teresita Mendoza?... Yo la conocí muy bien. En esta misma esquina se ponía”.
“Lo que más calienta el corazón de quien, como yo, cuenta historias dándole a la tecla, es que alguien que nunca leyó un libro suyo hable con familiaridad de un personaje o un suceso narrados, imaginarios, y lo haga convencido de su existencia real. Como si los conociera de toda la vida”.
Pues eso, que un personaje cobre vida y traspase la fronteras (difusas) de la ficción debe ser la mayor satisfacción para su creador…

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