domingo, 15 de noviembre de 2009

Los ingredientes mágicos

Siempre he creído que las buenas historias son las que te hacen pensar. Y no pensar en cualquier cosa, sino en ese tipo de cuestiones trascendentales que nos afectan a todos. Porque cuente lo que cuente una historia, en ella existe una universalidad. Ha sido creada por una persona con sentimientos e inquietudes que no suelen distar tanto de los tuyos…
Para que te llegue al corazón no solo tiene que hablar de algo con en lo que te puedas identificar, sino también hacerlo con un lenguaje que conecte contigo. Cuando eso sucede es maravilloso… Lo constaté anoche, viendo “Roma” de Adolfo Aristarain una vez más. En contra de lo que puede sugerir el título, cuenta las memorias de un escritor argentino exiliado en España. En ellas destaca el protagonismo de una persona: Roma, su madre.
Esta película toca temas que son importantes para mí. Uno es la familia, lo que significa en tu fase de formación como persona. Cuanto de lo que eres le debes a tus padres...
Otra es la búsqueda de identidad, también presente en casi todas las películas de Aristarain. Todos hemos pasado por esa etapa de desconcierto en la que te sientes obligada a hacer algo útil, que responda a las expectativas depositadas en ti. A veces la vocación no se encuentra de la noche a la mañana. No siempre lo que quieres hacer coincide con lo que debes hacer.
Son muchas las visiones que comparto, tantas que da vértigo… No me cuesta entender que contar tu vida como el que va al psicoanalista debe ser un proceso doloroso, por muchos recuerdos buenos que incluya.
Me gusta como la necesidad de escribir se impone si preguntar, y la certeza de que un escritor que se toma en serio no llegará a ninguna parte… “Nadie te puede enseñar a escribir. El que es escritor escribe”.
Me gusta la idea de hasta que punto el azar influye en nuestra trayectoria...
Me gusta el valor de perseguir un sueño…
Me gusta esa conciencia honesta de sí mismo: “Hice todo lo contrario de lo que se esperaba de mí”.
Me gusta el Buenos Aires de finales de los 60, y el idealismo de esa generación.
Me gustan esas librerías en las que se escuchaba jazz y se debatía de lo divino y lo humano.
Me gusta eso de tirar las malas vibraciones al río, para que se las lleve la corriente…
Me gusta como trasmite las consecuencias de no decir las cosas claramente. De esos “tequieros” a destiempo…
Y me encantan ciertos detalles… Como esos veinte volúmenes de Dumas que el protagonista guarda para releer en algún momento de su vida.
Como cuando lees un libro y no puedes parar de subrayar citas porque todas te parecen magistrales, esta peli está llena de frases que dan ganas de apuntar para no olvidar:
“Nadie puede decirle a otro como hay que vivir”.
“Todo lo que nos pasa es mucho menos importante de lo que a uno le gusta creer”.
“No hay otra cosa en mi vida que valga la pena recordar”.
Adoro el personaje de Roma y su fe ciega en su hijo: “Escribe bien, lee mucho, es buena persona… yo lo entiendo, no le voy a cortar las alas”. Lo único que espera de él es que sea feliz…
Y adoro las películas como “Roma”, que te remueven sentimientos. Hay un algo indescriptible que tienen muy pocas historias. Una verdad que te emociona, que te ayuda a entenderte un poquito mejor. Y no creo que haya fórmulas mágicas para crearlas, solo talento, sensibilidad, y un estado de gracia.

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