domingo, 15 de noviembre de 2009

Mi amor por Holden

Todos tenemos un puñado de libros que nos calaron hondo en su día y recordamos con cariño. Justo esos que salvaríamos de un incendio o nos llevaríamos a una isla desierta, aunque ambas perspectivas me pongan los pelos como escarpias.
Uno de los míos es “El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger. Lo tenía en una edición barata, de bolsillo, y desapareció al prestárselo a un desaprensivo… El caso es que no pude resignarme a esa pérdida, y me faltó tiempo para reemplazarlo por una edición preciosa, en pasta dura de color vainilla y granate.
Me da repelús pensar que fue el libro de cabecera de muchos asesinos en serie, pero hay que recordar que fue vetado en su momento por considerar que incitaba a la “mala vida”.
Siempre me ha llamado la atención como un adulto podía meterse con tal habilidad en la piel de un adolescente. Y lo fácil que resultaba identificarse con él… Es imposible no querer a Holden Caulfield, ese mentiroso compulsivo al que la hipocresía “le da cien patadas”. Me gusta su rebeldía, su sensación de desencanto, su búsqueda de libertad… “Me paso el día diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo tiene que decir tonterías de esas”.
Su forma de expresarse tan elocuente… “Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. No hay muchos libros de esos”.
Esa sensibilidad extrema que lo hace especial... “No me importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego da más pena todavía”.
La lucidez que le permite captar la psicología de los que le rodean… “Todos los que lloran como cosacos como esa imbecilidad de películas suelen ser unos cabrones de mucho cuidado”.
Cuando habla de su hermano Allie, que murió de leucemia, y dice: “Les hubiera gustado conocerle. Tenia dos años menos que yo y era cincuenta veces más inteligente” se me pone un nudo en la garganta…
La relación con su hermana pequeña, Phoebe, me produce una ternura increíble… “De pronto se me ocurrió pensar qué haría la pobre Phoebe si me diera una pulmonía y la diñara. Era una tontería, pero no podía sacármelo de la cabeza. Supongo que se llevaría un disgusto terrible. Me quiere mucho. De verdad”.
Su actitud frente a las mujeres lo hace irresistible… “Eso es lo que tienen las chicas. En cuanto hacen algo gracioso, por feas o estúpidas que sean, uno se enamora de ellas y ya no sabe ni por donde se anda”.
Y tiene muchísima gracia: “Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Esos discípulos, por ejemplo. Si quieren que les diga la verdad no les tengo ninguna simpatía. Cuando Jesucristo murió no se portaron tan mal, pero lo que es mientras estuvo vivo, le ayudaron como un tiro en la cabeza. Siempre lo dejaban más solo que la una”.
Me fascina su aventura neoyorkina… Escondido en un hotel, como un fugitivo. Sus escapadas nocturnas a salas de fiestas, su incursión clandestina en casa de sus padres, y su frustrado encuentro con Sally.
Me encantó descubrir el sentido del título al final del libro… y me encantó ese sentido, que lo define como persona. Una persona de la que me habría enamorado sin remedio…

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