martes, 22 de diciembre de 2009

Buscando a Elo

El día amaneció envuelto en una densa neblina pero cargado de buenos presagios. Me puse en marcha alentada por la ilusión de alcanzar mi objetivo. El paisaje era verde y frondoso. Aún me calentaba los huesos la queimada que había tomado la noche anterior…
Sabía que Elo aprovechaba para viajar siempre que podía y que le encantaban los sitios con historia, así que inicié mi peregrinaje por la Isla de San Simón. Mientras llegaba miré al fondo del mar, imaginando los tesoros de galeones hundidos de los que hablaba mi amiga. Entré en la ermita y encendí una vela pidiendo un deseo... A pesar de mi escepticismo, en ese marco todo parecía posible. Caminé por el Paseo de los Buxos, hasta el mirador. Vi ese árbol que enamoró a Elo y supe que había pasado por allí… Tenía razón, era un lugar mágico.
El sonido de unas gaitas me incitó a asomarme a una taberna, donde sacié mi sed con un ribeiro y probé los pimientos de Padrón. Al salir me adentré en un bosque tal vez animado. Una fina llovizna me obligó a acelerar el paso. Entre la arboleda se perfilaba un cruceiro de granito con la siguiente inscripción: “De polvo y fango nacidos, fango y polvo nos tornamos. ¿Por qué, pues, tanto luchamos si hemos de caer vencidos”. Que sabios versos de Rosalía…
Al escuchar un crujir de hojas secas vinieron a mi mente las fascinantes historias sobre la Santa Compaña que Elo me había contado. Al parecer aparecía por los caminos, anunciando la muerte de quien tenía la desdicha de encontrarse con ella. Pero al girarme, mis ojos se toparon con una vieja que me miraba fijamente.
- Sigue este sendero y te conducirá a tu destino –me dijo, como si me conociera.
- Si no le he dicho cual es…
- Ni falta que hace…
Qué ignorante era… ¿Se me había olvidado que me encontraba en tierra de prodigios?
- ¿A quien debo darle las gracias?
- Mi nombre es Calpurnia –contestó, con una voz que encerraba más misterios de los que mi mente era capaz de comprender.
El olor a mar me indicó que iba bien encaminada. Al pasar frente al Museo de Bellas Artes recordé que Elo adoraba la pintura. Uno de los vigilantes me informó de que iba con frecuencia y pasaba horas extasiada ante los cuadros. Me estaba acercando…
Entre en la Biblioteca Pública con la esperanza de descubrirla entre las estanterías, pero tampoco hubo suerte… Al pasar junto a las mesas de lectura me pareció visualizarla allí, escribiendo uno de sus magistrales relatos por entregas.
Delante de un restaurante italiano volví a tener un pálpito y pregunté por ella. Era una clienta asidua -me confirmó el dueño-. Solía ir a degustar un plato de pasta acompañado de lambrusco. Qué bien se cuidaba… Y cuanto nos parecíamos…
Llegue al puerto y eché un vistazo por el embarcadero, pues a Elo le fascinaba navegar. Vino a mi mente la historia de un pulpo, haciéndome sonreír…
Mis pasos se dirigieron al Mercado da Pedra, y entonces avisté una silueta familiar. Una chica rubia, preciosa, caminaba hacia mí. Lo había conseguido. Por fin podría darle un abrazo y desearle feliz cumpleaños…

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