martes, 22 de diciembre de 2009

Cuéntame un cuento

Siempre he preferido la novela al relato, sin embargo admito que un relato capaz de captar tu atención y perdurar en tu memoria igual que una novela tiene mucho más mérito.
No distingo bien entre relato y cuento literario, aunque supongo que hay diferencias entre ellos (Hace poco lo hablábamos, ¿recuerdas, Nanilla?). Quizás el cuento tiene más entidad, una estructura más sólida con planteamiento, nudo y desenlace. Hay quien le da al relato connotaciones más fantásticas y al cuento más realistas, pero yo asocio más el cuento a la ficción.
Tradicionalmente se ha considerado un género menor, sin embargo para que funcione requiere una intensidad y un final determinados. Es un ejercicio de síntesis que no admite errores. Debe enganchar desde el principio y no dejar cabos sueltos. Como dice Cortázar, un buen cuento logra que “un vulgar episodio doméstico se convierta en el resumen impecable de una cierta condición humana”.
Los de Wilde fueron de los primeros que me cautivaron. “El fantasma de Canterville”, “El cumpleaños de la infanta”, “El ruiseñor y la rosa”… Son todos entrañables… y te llegan igual que una historia más extensa.
Dentro del género de misterio me parecen magistrales los de Poe, Conan Doyle y Stephen King (“El método de respiración” me dejó sin respiración). Por no hablar de “El monte de las ánimas” de Bécquer o “Los mil y un fantasmas” de Dumas…
Aluciné con el humor negro de Roald Dahl y sus “Historias extraordinarias” o “Relatos de lo inesperado”. Ese en el que un tipo apuesta su dedo meñique a que podrá encender el mechero diez veces seguidas es espeluznante…
En Latinoamérica el cuento ha gozado siempre de mayor prestigio. Adoro los “Doce cuentos peregrinos” de García Márquez, sobretodo “El ahogado más hermoso del mundo” y “La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”; los “Cuentos de Eva Luna” y algunos otros como “Niña perversa” de Isabel Allende, y “Mujeres de ojos grandes” de Ángeles Mastretta (“La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota…&rdquo . Los de Cortázar los leí por obligación y también por devoción… En palabras de Vargas Llosa, “Juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de la página menos pensada”.
Me encantan “Modelos de mujer” de Almudena Grandes y “La costilla asada de Adán” de Carmen Rico-Godoy: “Blanca, la pobre, era negra. Negra, como esos teléfonos grandes y destartalados que vendían los gitanos en el rastro por veinticinco mil pesetas o más y que compraban embelesadas las señoras pijas de ojos azules y piel blanca y transparente”.
Holden había dejado el listón muy alto, pero los “Nueve cuentos” de J.D. Salinger me resultaron interesantes.
Recientemente he disfrutado los de Chejov y los de Capote: “El problema del amor le preocupaba, sobretodo porque no lo consideraba un problema. Y de algo podía estar seguro: nadie lo amaba. Esta certeza latía en su interior como un corazón adicional”. También con “Dublineses” de Joyce. Tengo pendientes los de Hemingway, los de Benedetti y los de Gogol (ya en el montón) entre otros muchos.
Para mí lo único malo de los cuentos es que acaban demasiado pronto. Luego pasas al siguiente, pensando que no podrá gustarte tanto, y a veces se da la maravillosa circunstancia de que te equivocas…

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