jueves, 3 de diciembre de 2009

El frío modifica la trayectoria de Patri

Tolero mal el frío. Si viviera en Rusia las pasaría canutas… Estaría vodka va, vodka viene. Cuando baja el termómetro sufro una mutación. Mi físico se resiente, mi ánimo decae, y mi carácter se vuelve más introspectivo todavía. Si salgo temprano o de noche me tengo que poner una bufanda para no pillar una faringitis. Se me cortan los labios, me vuelvo adicta a los kleenex. Y se me pone una cara de mala leche…
Lo que peor llevo es la ausencia de sol. En mi ciudad el invierno es gélido, pero los días suelen ser soleados. Por eso cuando se nubla el cielo yo me nublo con él. Y si la situación persiste varios días, me dan unos bajones no veas…
Pero toda moneda tiene dos caras… El mal tiempo que tanto detesto tiene en mí un efecto positivo: me fomenta la creatividad. No incita a salir a la calle, por lo tanto favorece la concentración y es ideal para el trabajo intelectual. En verano apenas si puedo escribir una línea. Es en la antesala del invierno cuando mi potencial alcanza su máximo rendimiento, lo que no deja de ser paradójico…
He terminado todas mis novelas por esta época. Es cuando realmente estoy inspirada y me pongo las pilas. Curiosamente, el año que pasé en un país cálido apenas si pude escribir unas líneas. Era capaz de crear historias cortas, pero no de involucrarme en algo más complicado.
También es mi momento más productivo laboralmente hablando. Me refiero solo a una de mis dos ocupaciones. Como algunos sabéis, llevo una doble vida: la auténtica y la impostora. Noto la mente ágil, leo y redacto sin ninguna dificultad…
El mes de Diciembre es prolífico para mí en ese sentido. Tal vez es la inminencia de la Navidad lo que me motiva, o tal vez la sensación inconsciente de que al ser el último mes del año lo tengo que aprovechar… Este mes siempre ha estado marcado por acontecimientos trascendentales en mi vida. El año pasado lo viví con mucha ilusión, porque volvía a comerme los turrones a casa…
Recuerdo cuando por estas fechas cortábamos las clases y aprovechaba para prepararme los exámenes, pues sabía que durante las fiestas navideñas sería imposible. Teníamos un montón de lecturas obligatorias, porque el profe pretendía que pasáramos las vacaciones encerrados en un desván sin hacer otra cosa que leer… (admito que hoy esa perspectiva no me disgusta para nada). Aunque en su día renegué, algunas me encantaron: “Yo, Claudio”, “El tío Goriot”, “Madame Bovary”, “Los novios”… Todas ellas las leí con un calefactor en los pies y azuquíllar de polvorón en las solapas…
Recuerdo esas semanas currando en la catedral, donde pasé más frío que robando pingüinos… Pero estaba tan contenta y aprendí tanto de esas otras facetas de mi carrera, que me compensó totalmente. Una monjilla inspeccionaba como quien no quiere la cosa, y nos invitaba a tazas de chocolate caliente. En vísperas de Nochebuena se sintió magnánima y nos llevó a la sacristía, donde los curas habían desayunado como tales. Ese día hubo churros y una copita de anís…
Ya veis que miro más al pasado que al futuro… Pues eso, que el frío modifica mi trayectoria y me hace divagar. Y si no fuera por la otra cara de la moneda, invernaría como los osos…

1 comentario:

  1. Ostras si,si,si invernar como los oso, con esa mantita de pelo bien acomodada....

    En fin soy humana y ami tambien me toca pasar frio.

    besos

    ResponderEliminar