jueves, 3 de diciembre de 2009

El poder de la belleza

Los que me leéis sabéis que aquí no suelo hablar sobre arte, aunque ocupa un lugar importante en mi vida. Me cuesta imaginar como sería vivir sin él, tanto como vivir sin libros. Seguramente no se echa en falta aquello a lo que no te has acostumbrado, pero no puedo evitar pensar que me faltaría algo esencial…
Al igual que Holly Golightly iba a Tiffany´s cuando tenía un día rojo para sentirse mejor, todos atesoramos esas pequeñas (o grandes) pasiones que nos rescatan de la melancolía de vez en cuando. En mi caso una de ellas es la pintura.
Ante determinados cuadros siento algo que más que va más allá del goce estético. No es ya el poder identificar un estilo, interpretar un simbolismo o reconstruir una historia, sino una experiencia emocional que me hace partícipe. Porque hay cuadros que están vivos… Parecen pintados por una mano divina y me hacen creer en los milagros…
Recuerdo una novela que leí hace años y me encantó: “La novia de Matisse”, de Manuel Vicent. Trata la fascinación por la belleza que emana del arte y sus efectos, con una sensualidad que raya el hedonismo: “No hay que dar ninguna importancia al dinero ni a la moral frente a la belleza”. ¿No parece una frase de Oscar Wilde?
Creo que el gusto se educa, pero requiere un mínimo de sensibilidad. Si jamás has tenido acceso a él no podrás desarrollarlo, pero estoy convencida de que para sentirse conmovido por una obra de arte no es necesario tener formación artística. “Le gustaba sobretodo la luz que desprendía, a la cual cada día le descubría un nuevo matiz, como un amor que se va revelando lentamente. No entendía de arte pero en el fondo estaba feliz sólo de pensar que poseía aquel cuadro y con él todo su pasado”.
La belleza no está en el objeto, sino en la mirada del que lo contempla… Y tiene un poder que no conviene desestimar. “Algún día te hablaré de una teoría sobre la magia que ejerce la belleza sobre las personas para que veas que este negocio no es tan desalmado… La belleza puede destruirte o hacerte inmortal”. No sé si el arte puede tener una cualidad terapéutica, pero los objetos bellos me ayudan a sentirme bien. Todo aquello que inspira sensaciones bonitas tiene algo de curativo, porque diluye las penas y aleja la negatividad.
“El tiempo se posa en la pintura. La historia que vive una obra de arte, las manos por las que haya pasado, la codicia que haya despertado, la emoción estética o los deseos de belleza que haya generado en sus sucesivos propietarios son tan importantes para su carácter como las pasiones o desgracias que nos conforman”.
Cuando veo una obra que me toca la fibra tengo la sensación de que fue creada para decirme algo. El artista entabla un diálogo con el espectador que muchas veces conecta con su propia historia, con sus sentimientos más íntimos. Para mí es tan importante el aspecto estético como el simbólico. Cuando ambos se combinan el resultado es como una descarga de energía… Lo bello tiene un valor en si mismo, pero si va acompañado de un trasfondo interesante el poder que ejerce aumenta…
Con el paso de los años voy tomando conciencia de cuales son esas cosas que hacen mi vida más agradable, que me hacen sentir algo que merece la pena, que me inspiran… Y he aprendido que rodearme de ellas es una eficaz forma de supervivencia.

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