sábado, 25 de diciembre de 2010

Dialéctica navideña

- ¿Por qué sonríes tanto, si puede saberse?
- Porque es Navidad.
- ¿Y eso nos obliga a todos a estar felices?
- Me parece una excusa tan buena como cualquier otra para intentar estarlo.
- El mundo rebosa de amor y felicidad durante unos días, y luego qué… ¿A dónde van los buenos deseos?
- Más vale tenerlos unos días que no tenerlos…
- Eso es una hipocresía. Además, no me digas que no dan ganas de salir corriendo… Las multitudes consumistas, los atascos…
- Las ciudades preciosas para pasearlas de noche…
- Subir la cuesta de Enero con algún kilito de más, la triste vuelta a la rutina…
- Lo que hace especial a la Navidad es su carácter efímero.
- Es como una de esas estrellas de cartón que solo brilla por una de sus caras…
- Qué poquito espíritu navideño tienes…
- ¿A comprar compulsivamente y comer como si se fuera a acabar el mundo le llamas espíritu navideño?
- Es bonito hacer y recibir regalos, compartir veladas con la familia…
- ¿No has pensado en los que no pueden permitirse esos dispendios? ¿Y en los que están más solos que la una?
- Supongo que para ellos estas fiestas son una putada. Pero creo que para la mayoría son días felices y que aportan una dosis de ilusión necesaria.
- ¿Qué me dices de las ausencias?
- Es un daño colateral. También hay reencuentros emotivos.
- Y vomitivos…
- Cállate ya, no soporto más negatividad…
- Soy tu conciencia. No puedo callarme…
- Pues habla más bajito…
- Feliz Navidad.
- Eso puedes decirlo en alto…

A todos, de corazón, FELIZ NAVIDAD.

Navegando

En mi barquito de vela
surqué anoche tu mar
y fue tan bonito el sueño
que no quise despertar

Volver a casa por Navidad

Hoy recuerdos contradictorios se agolpan en mi memoria, como si quisieran competir entre ellos. Un 17 de Diciembre fue uno de los días más tristes de mi vida. Paradójicamente, otro 17 de Diciembre fue uno de los más felices. Y no es que quiera olvidar el primero, porque es imposible olvidar a una persona que me idolatraba… pero de alguna manera el segundo llegó como un regalo compensatorio y quiere imponerse.
Lo tengo grabado minuto a minuto… La mañana soleada, las seis horas de autobús con un capuccino de vainilla y “El cuaderno dorado” de Doris Lessing, “El arte de conversar” de Wilde en el aeropuerto, “Tsugumi” de Banana Yoshimoto en el avión… Las compras de última hora para las que tuve toda la tarde, porque habían retrasado diez horas mi vuelo… Y sobretodo la ilusión de volver a casa por Navidad. Con un encuentro maravilloso de por medio…
Después de unos días inusualmente cálidos ha vuelto el frío. En general lo detesto, pero admito que una Navidad sin frío no parece Navidad. Y si nevara mejor todavía, como en las que dibujaba Dickens o Louisa May Alcott. Aunque acabáramos hasta las narices de nieve…
Los días previos a la Navidad siempre han tenido para mí algo especial. La inminencia de un momento bonito que me gustaría postergar un poco más, que parece que todos los años llega sin avisar. Quizás porque se anuncia tanto que ya es como el cuento del pastor y el lobo… Así que me cuesta creer que en solo unos días sea Nochebuena, esa noche en la que muchos intentamos recrear ese mundo hecho de referencias propias y prestadas e impregnarnos del espíritu oportuno.
A mí me gustaría volver todos los años a casa por Navidad, lo que no es posible sin haberme ido antes. Vale que estoy nostálgica perdida… Como dice Sabina (sí, ya sé que lo cito demasiado…), “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Pero resulta que he constatado lo mágico que es… Los reencuentros, los redescubrimientos… Es curioso como se le abren los brazos al que llega mientras que apenas se repara en quien tenemos al lado todos los días…
Fantasías a parte, lo que en el fondo deseamos la mayoría para estas fechas es que la gente a la queremos esté bien y podamos reunirnos como todos los años. Así que yo personalmente me conformo con eso…

La nevada

El día había amanecido gélido y despejado, típico del invierno granadino. Probablemente si hubiera estado nublado me habría quedado en casa. La lluvia era uno de los escasos fenómenos con la capacidad de paralizarme por completo. En cambio los rayos de sol que se filtraban a través de la ventana de mi cocina mientras preparaba el café y hojeaba el periódico, me incitaron a planear una excursión. Sería un paseo de pocos kilómetros por las inmediaciones del pico Trevenque con el fin de estirar un poco las piernas, respirar aire puro y recoger algunas piñas para la decoración navideña.
Apenas llevaba unos veinte minutos andando cuando el cielo se encapotó. Como tenía un chubasquero decidí continuar. No tardaron en empezar a caer finos copos de nieve. También arreció la ventisca, obligándome a detenerme. No me quedaba otra opción lógica que dar la vuelta. El problema era que apenas veía. Si daba un mal paso podía despeñarme… pero si me quedaba quieta moriría de congelación. Siempre había oído decir que la montaña era muy traicionera, sin embargo jamás me había visto en sus garras. Avancé lentamente sin perder de vista el suelo. Saqué el móvil de la mochila, confirmando la funesta sospecha de que no tenía cobertura.
Me vino a la mente el relato “La tormenta de nieve” de Tolstoi, que había leído recientemente. Aquello no era la estepa rusa, pero en esos momentos se parecía bastante. Sin vodka a la vista ni un carruaje que tirara de mis cansados huesos. Ya no había San Bernardos de los que llevaban un tonelillo con coñac al cuello y rescataban a los viajeros intrépidos. Mi máxima preocupación era que no me pillara allí la noche. Ahora anochecía demasiado pronto, sobretodo los días nublados. Eso sería mi perdición…
Traté de agilizar el paso, aunque ya no sentía los pies. Lo peor era la incertidumbre de no estar caminando en la dirección adecuada. ¿Y si en lugar de ir hacia el coche me estaba alejando de él? Empezaba a oscurecer. El frío congelaba mis ideas, no podía discernir con claridad. Comprendí entonces que quizás fuera el final. No vinieron a mi mente los momentos más significativos de mi vida en forma de secuencia de fotogramas de película como decían que ocurría… Más bien, me invadió una lucidez insultante. Todos los pensamientos anidados en mi inconsciente afloraron con una fuerza arrolladora. Mis sueños no cumplidos, mis deseos más ocultos, mis deudas pendientes… Ya no había lugar para subterfugios, el plazo se acababa. Solo ahora era consciente del tiempo desperdiciado en tonterías, de los trenes que había dejado escapar y todo aquello que mi natural reserva me había impedido compartir…
No creo que fuera el espíritu de la Navidad que se había adueñado de mí como del Señor Scrooge, sino un simple ajuste de cuentas. Un final de partida imprevisto… Al fin y al cabo, la muerte casi siempre lo es. Si lo pensaba bien no era una mala forma de morir. Sin sufrimiento, casi sin darme cuenta. Mis miembros entumecidos no notarían nada, el corazón dejaría de latir sin más. Se haría el silencio… y el resto era una incógnita que prefería no despejar.
Apenas podía moverme, como Zhivago llegando a Yuriatin después de desertar del ejército. La esperanza era lo último que se perdía, no podía tirar la toalla… Tal vez encontrara un refugio de montaña que como la casa de Lara tuviera la llave bajo un adoquín y las patatas listas para cocer. La literatura era un arma de doble filo, capaz de generarte ilusión cuando no había pilares que la sostuvieran.
Me faltaba el aliento… Tenía los músculos agarrotados y escarcha en el pelo. Mis manos eran dos témpanos de hielo, que aún dentro de los bolsillos cortaban como cuchillos. De pronto, mis sentidos se dispararon. En la lejanía, entre la niebla, parecía brillar una luz. Tal vez fuera tan solo una sugestión, un maldito espejismo producto de mi desesperación. Sin embargo, a medida que me acercaba, podía verla con más nitidez. Unos pasos más y estaría allí… Ahora no tenía dudas, era una construcción de piedra de cuya chimenea salía humo. Toqué en la puerta con toda la fuerza de mis insensibles nudillos. Lo último que recuerdo antes de desplomarme en el suelo fue el sonido de sus goznes, girando.

Un poema para Elora

Aunque hoy cumplas trescientos treinta y seis meses la matusalénica edad no se te
nota cuando en el instante en que vencen los crueles entrás a averiguar la alegría
del mundoy mucho menos todavía se te nota cuando volás gaviotamente sobre las
fobiaso desarbolás los nudosos rencores
buena edad para cambiar estatutos y
horóscopos para que tu manantial mane amor sin miseria para que te enfrentes al
espejo que exige y pienses que estás linda y estés linda
casi no vale la pena
desearte júbilos y lealtades ya que te van a rodear como ángeles o veleros
es obvio y comprensibleque las manzanas y los jazmines y los cuidadores de autos y
los ciclistasy las hijas de los villeros y los cachorros extraviados y los
bichitos de san antonio y las cajas de fósforo te consideren una de los
suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños podría ser tan injusto con tus
felices cumpledías acordate de esta ley de tu vidas si hace algún tiempo fuiste
desgraciada eso también ayuda a que hoy se afirme tu bienaventuranza
de todos
modos para vos no es novedad que el mundo y yote queremos de veras pero yo siempre un poquito más que el mundo.

Como siempre. MARIO BENEDETTI


Le tomo prestados estos versos que hoy me parecen tan oportunos para ti al gran Benedetti.
No puedo ni quiero dejar pasar este día tan especial sin desearte lo mejor de lo mejor… Porque te lo mereces. Porque aunque tus obligaciones te “secuestren” de vez en cuando siempre estás donde están las buenas amigas, con una palabra amable en los labios. Porque te ganaste mi cariño hace mucho tiempo.
¡Muchísimas felicidades, querida Elo!
Con tu permiso, me gustaría incluír también otro pequeño homenaje...

Oler los libros

Flora también había aprendido el triste arte de “oler” los libros sin necesidad
de leerlos, y ahora, cada vez que su perspicaz mirada descubría una frase en la
que aparecían expresiones como “avanzado estado de gravidez”, “sudores”,
“gritos” o “doseles”, simplemente devolvía el libro a la estantería y renunciaba
directamente a su lectura.
Es una cita de “La hija de Robert Poste” de Stella Gibbons, una novela divertidísima aunque critique la literatura romántica inglesa del siglo XIX que tanto me gusta. Al leerla sentí una familiaridad en forma de guiño que me hizo sonreír. Porque en cierto modo conozco ese triste arte de “oler” los libros. Es como un sexto sentido que se desarrolla con las horas de vuelo y te evita lecturas insatisfactorias.
Los libros no solo huelen a tinta, a papel, o a polvo acumulado. Algunos huelen a lágrimas, otros a felicidad, otros a besos… Hay libros que huelen a personas queridas, libros que huelen a recuerdos. Libros que huelen a tesoro escondido revalorizado por la pátina del tiempo y parece que te han estado esperando toda la vida... Otros en cambio desprenden una fragancia que te repele, que te indica que no son para ti.
Me llamó la atención que lo catalogara de triste… me vino a la mente la capacidad olfativa de Grenouille y aquello del látigo para autoflagelarse que decía Capote. Quizás porque ese olfato implica un filtro que discrimina. Y quien no tenga prejuicios a la hora de leer que tire la primera piedra… Solo cuando abrimos la mente encontramos joyitas inesperadas. Seguramente lo triste sería privarnos de ellas. O quizás se refiera a que es un arte menor, aunque yo discrepe. Un arte es un arte, y el de oler los libros me parece precioso…

Un billete de metro

La otra noche, instigada por el frío que cortaba la respiración, metí las manos en los bolsillos de la chaqueta. En uno de ellos palpé un papelajo arrugado. Al sacarlo comprobé que era un viejo billete de metro. Y como en una película, mi mente se llenó de imágenes y sensaciones al más puro estilo proustiano.
Era un día de lluvia, hace ya algunos años. Yo iba en el metro, camino del museo del Louvre. Había estado antes en París, pero por causas ajenas a mi voluntad no lo conocía. No me atrevía a ojear la guía que llevaba en las manos para prestar toda mi atención a las estaciones que atravesábamos. Pero el azar quiso que sus ojos se cruzaran con los míos, desconcentrándome por completo. Eran grandes y castaños, enmarcados por espesas pestañas. La piel blanquísima, con las patillas algo más largas de lo normal. El pelo algo rizado en las puntas, y una expresión de duende travieso en la cara. Lo tenía sentado justo enfrente, era imposible esquivar su mirada. Sus labios permanecían estáticos, pero sus ojos me sonreían y algo más…
Me desconcertaba la química que se había establecido entre nosotros. Diez minutos antes ignorábamos la existencia del otro, y sin embargo parecíamos conocernos desde el principio de los tiempos. Manteníamos un diálogo mudo tan elocuente como frustrante. Tenía la sensación de que una sola palabra rompería el encantamiento. Pensé en lo violentas que eran esas situaciones, cuando te gustaría iniciar una conversación y no sabes como. En la broma pesada de que la vida te ponga por delante a alguien con quien sabes que podrías compartir hasta los deseos más ocultos, sin darte opción a que eso suceda.
El húsar –pues se me asemejaba a un húsar napoleónico y así lo bauticé- tenía una existencia más allá de ese vagón, que seguramente incluía a alguien que lo abrazara por las noches. Por no hablar de la barrera idiomática... Mi francés era el justo para saludar, pedir un café o preguntar una dirección.
A medida que avanzábamos me hostigaba más el temor a la inminente separación. Mi parada estaba a punto de llegar. Allí acabaría todo, teñido por la nostalgia que se siente al despertar de un bonito sueño.
Me puse de pie con el tiempo suficiente para hacerlo reaccionar. Por un momento se apoderó de mí la absurda creencia de que me seguiría. Alucinada, lo vi levantarse sin dejar de mirarme. Con una naturalidad pasmosa me tomó la mano y se la llevó a la boca, depositando sobre ella un suave beso. Después encogió los hombros con resignación y me dirigió una sonrisa triste. Ya en el andén me volví, alcanzando a verlo por última vez.

Nota aclaratoria: esta es una historia ficticia, exceptuando el hallazgo del billete. Lo cierto es que ese día fue inolvidable, pero no trascurrió en París.

Querida Violette



Hay belleza en el lirio inmaculado
De majestad emblema,
Hay belleza en el cáliz nacarino
De la blanca azucena,
Hay belleza en la rosa purpurina
Y en el albo reseda,
Hay belleza en la nítida corola
De la nívea camelia,
Hay belleza en el pálido junquillo
Y en la suave diamela,
Hay belleza
en el triste pensamiento
Y no hay flor en la
cual no haya belleza,
Pero hay una que es flor entre las flores
Con ser la más modesta,
Una flor de fragancia incomparable,
Delicada y pequeña,
Una flor que en un lecho de esmeraldas
Oculta su belleza,
Una flor que un encanto misterioso
En su cáliz encierra,
Un encanto ideal, indefinible
Que no hay flor que contenga,
Una flor para mí como ninguna,
Una flor que se llama ¡la
violeta!
La violeta. Delmira Agustini
Con todo mi cariño para ti, güerilla, que llenas estas playas con tu suave aroma haciendo de ellas un lugar mucho más agradable. Porque destilas magia y poesía, porque eres una campanilla de dulce sonrisa que espolvorea polvo de hada a su paso. Y una AMIGA con mayúsculas, de las que quiero tener cerca toda la vida…
¡Muchas felicidades, preciosa!

domingo, 5 de diciembre de 2010

Las pastillas del amor

Mira que estoy curada de espantos, pero esto es una cantera inagotable… He oído tantos desvaríos que hasta sé que cara poner para no soltar la carcajada.
- ¿Tienen las pastillas del amor? –preguntó una señora.
Mi mente obtusa pensó en Viagra, aunque me parecía una forma demasiado poética de decirlo. Menos mal que me mordí la lengua…
- ¿Las pastillas del amor?
Quizás era algún invento reciente que yo desconocía. Como un filtro en comprimidos, que es más de estos tiempos. Mi cabecita novelera empezó a fabular… Podrían ser para enamorarse, para desenamorarse, o para curar las penas de amor. O mejor aún… un envase tripartito con una de cada. Me acordé de las pastillas para no soñar de Sabina. Esas que de momento no quiero tomar…
Al final la señora consiguió explicarse y supe a lo que se refería: pastillas contra el dolor ajeno. También me sonó a coña, pero resulta que existen, y yo como soy una infiltrada y encima voy solo por las tardes, no me entero de la misa la mitad. En realidad son una iniciativa de Médicos sin fronteras. La cajita trae seis caramelos y cuesta solo un euro, destinado a las enfermedades olvidadas del Tercer Mundo. Además están buenísimos (tú no los tomes, Nanilla, que son de menta).
Para nosotras (mi farma es un matriarcado) ya se han quedado con “las pastillas del amor”. Si alguien quiere, ya sabe donde encontrarlas. Yo voy servida…

Noviembre

Hay una edad, recuérdalo, lector, en la que sonríes vagamente, como si en el
aire flotaran besos; tienes el corazón henchido de una brisa perfumada, la
sangre late acalorada en tus venas, burbujea dentro de ellas como el vino en una
copa de cristal; te despiertas más feliz y más rico que la víspera, más
palpitante, más emocionado; dulces fluidos ascienden y descienden en tu interior
y te recorren deliciosamente con un calor embriagador.
La cita pertenece a “Noviembre”, de Flaubert. Yo diría que más que una edad es un estado emocional. El milagro es que exista alguien capaz de provocarlo. Por muy ficticio, unilateral y efímero que pueda ser, me parece lo más bonito del mundo…
Durante un paseo por el bosque, el protagonista rememora a la primera mujer de su vida. Quizás es excesivo señalar a la prostituta Marie como un boceto de Emma Bovary, pero ya se vislumbra el talento que eclosionaría después.
Hay sensaciones que marcan, momentos inolvidables, y personas a las que idealizamos porque un día nos tocaron el corazón. Ni siquiera el tiempo puede borrar esas huellas… El tiempo es precisamente el único que les da la dimensión correcta. Me gusta la volubilidad de los recuerdos, como van cambiando de color hasta adquirir el definitivo.
No hay duda de que, por la noche, los deseos solitarios se elevan y los sueños
corren a buscarse los unos a los otros. Uno suspira quizás por un alma
desconocida que, a su vez, en otro hemisferio, bajo otro cielo, suspira por
él.
Nunca me he detenido a pensar a donde van esos deseos solitarios que se elevan por la noche, porque creo que solo el hecho de formularlos los dota de sentido. Si encima confluyen, miel sobre hojuelas…
Había, como en los cuentos de hadas, una galería tras otra, donde los diamantes
rutilaban bajo el fulgor centelleante del oro, donde una palabra mágica hace que
las puertas encantadas giren sobre sus goznes y, a medida que avanzamos, la
mirada se zambulle en magníficos paisajes cuyo resplandor nos obliga a sonreír y
a cerrar los ojos.
Una preciosa historia sobre la nostalgia de la juventud perdida, los sueños, la pasión… que Flaubert escribió solo con veinte años. Ya prometía el muchacho…

Ya te vale

Que bestia eres, Patri… esto no se hace. Siempre me he portado bien contigo, y tú me lo pagas así… Una ingrata es lo que eres…
Desde el principio tuvimos buena química. Te confieso que me caíste en gracia, pensé que formaríamos un gran equipo. Nos complementábamos de escándalo. Tú le dabas un sentido a mi vida, y yo te facilitaba la tuya. El binomio perfecto…
Pero hija, la confianza da asco… No es de recibo tirar de la cuerda como tú lo has hecho. Has abusado vilmente de mí, te lo tengo que decir. Últimamente, los dolores me están matando. Estoy al límite de mis fuerzas, y todo por culpa de ese mal vicio que te domina. Así que a ver si te cortas un pelo, bonita. Que esta que está aquí agoniza… Y no es por ser agorera ni vengativa, pero cuando llegué mi fin tú también perderás algo…
Tu estantería.

Leer con luz de luna

Soy complicadita, para qué lo voy a negar a estas alturas… Si el ser humano es contradictorio por naturaleza, a veces creo que en el reparto me ha tocado una dosis mayor que al resto. Y ya sabéis que la lluvia me pone de un divagante insoportable… Por eso cuando tengo una sensación que sé que no es muy normal y alguien la retrata a la perfección me siento un poquito menos bicho raro…
Eso me ha pasado recientemente, leyendo un artículo de Arturito sobre el libro electrónico y lo que representa para los viciosos de la letra impresa. Solo el título, “Leer con luz de luna” me cautivó. Aunque soy revertiana confesa, reconozco que no todos sus artículos me gustan. No es que me moleste su estilo incisivo, sino que a veces trata temas que sinceramente, ni me van ni me vienen. Pero cuando habla de libros empiezo a salivar, que le voy a hacer si soy así de monotemática…
A lo que iba, que ya me estoy dispersando… Cuando este artefacto apareció en el mercado yo blasfemé en arameo. Los habitantes más antiguos de estas playas tal vez recuerden un post en el que lo ponía de vuelta y media. Pero con el tiempo me he ido rindiendo a sus encantos. Aunque siga pensando que jamás podrá sustituir a un libro de verdad y de hecho aún no haya sucumbido a él, considero que para ciertas circunstancias es la caña de España y parte del extranjero. Yo soy de las que viaja con el fondo de la maleta cubierto de libros, lo que no es precisamente práctico…
Por eso cuando Arturito afirma que “en un mundo razonable, la oposición entre el libro de papel y el libro electrónico no debería plantearse nunca. Lo ideal es que el segundo complemente al primero, llevándolo donde aquél no puede llegar”, siento que me ha leído el pensamiento.
Este juguetito me parece un invento útil y atractivo, pero solo circunscrito a un determinado contexto. “Con un libro electrónico, sea El Gatopardo o El perro de Baskerville, no puedo anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado”. Y lo entiendo como si lo hubiera parido, porque aunque suelo tratar bien los libros, me encanta apreciar en ellos esas huellas personales que deja el uso y el paso del tiempo, haciéndolos tuyos.
Pero tampoco creo que haya que satanizar el libro electrónico. “Porque leer no tiene que ver con eso. Me refiero a leer de verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo. Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y turbia condición humana”. Y no sería capaz de expresarlo mejor…
Admito que hace unos meses estuve a pique de un repique, pero me frenó la sensación de ir contra mis principios. Soy una sentimental, lo sé… Aunque no sea comprable a un libro de papel, creo que lo importante es leer, como y donde sea. “El verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna llena reflejada en la arena de un desierto”. Así que nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre...

Colorido otoñal

Una puerta a la imaginación, en medio del páramo castellano.
No he visto otro Pantocrátor como el de Carrión de los Condes... Parece que se va a incorporar de un momento a otro...
La luz tamizada por las vidrieras convierte la Catedral de León en un lugar mágico.
El grajo volaba a ras de suelo...
El crismón es uno de los símbolos más constantes del Camino de Santiago. Casi acariciado por un rayito furtivo de sol...
Sería fácil sentirse princesa si no fuera un palacio episcopal...
Pereda de Ancares, un lugar para perderse.
Atardecer en un cementerio gallego. Me encanta que rodeen las iglesias como en Inglaterra... Y soy incapaz de resistirme a los juegos de luces y sombras...
El Colegio Mayor Fonseca de Santiago es tan bonito que hasta dan ganas de estudiar...
La mayoría de las fortalezas son menos inexpugnables de lo que parecen...
Combarro, un pueblecito marinero de cuento.
Este relieve me arrancó más de un suspiro...
En la Casa de las Conchas de Salamanca hay una ventana custodiada por angelitos. Me gustaría estar detrás, y ver la vida pasar...

Desavenencias

- Ahí os quedáis tu retoño y tú, que me tenéis hasta los mismísimos…
- ¿Te ha sentado mal la ambrosía, o te ha mordido una hidra?
- A mí me dicen que existe un zorrón como tú y no me lo creo…
- Mira quien fue a hablar, el gigoló del olimpo… que se tira a todo lo que se mueve…
- Le he aguantado al enano viciosillo ese lo que no está en los escritos… Vale que me mangue dinero, que le haya dado mis apellidos, y hasta que se nos meta en la cama y se mee… pero con esto sí que no trago…
- A ver que calumnia te vas a inventar ahora sobre mi chiquitín, que es más tierno que un donuts…
- De tierno tiene lo que yo de feo…
- ¡Ole ahí esa modestia, que no nos falte de ná! Pues que sepas que ya no eres lo que eras, no te lo quería decir…
- Eso que os traéis entre manos es una aberración… Sois unos depravados…
- Necesita cariñito, y quien mejor que yo para dárselo… Que mala memoria tienes, hijo…
- Ya enviaré a alguien a por mis cosas…
- Pero mira que te gusta dramatizar… ¿Dónde vas a estar mejor que aquí, tontolaba? ¿Quién te va a querer como yo?
- Doy una patada y salen cienes…
- Mal jabalí te embista… Cabronazo…

Ciudades

Porque hay ciudades de cuyo nombre, por azares de la historia o felices
asociaciones de ideas, emana una magia autónoma, y puede que la prudencia
aconseje no visitarlas jamás, pues las expectativas que despiertan solo pueden
acabar defraudadas.
Una noche sin luna. DAI SIJIE
Estoy convencida de que es así… pero ¿quién puede resignarse a no pisar jamás una de esas ciudades? ¿a conformarse con la imagen creada en tu mente? Sabemos que la realidad casi siempre decepciona, y sin embargo sucumbimos a la tentación de querer materializar los sueños a pesar del riesgo que conlleva.
He visitado ciudades cuyo nombre emanaba esa magia autónoma, y aunque no puedo decir que todas hayan defraudado mis expectativas, sí alteraron de algún modo el concepto que tenía de ellas. Los detalles imaginados y sin duda idealizados no tenían una réplica exacta… Así que parte de la magia se evaporó sin remedio. Y los recuerdos reales reemplazaron a los fantaseados.
Quizás lo que más impacta es lo inesperado… Lo que las hace inolvidables son un cúmulo de vivencias que por lo general van ligadas a personas concretas. Incluso tu propia ciudad, vista con otros ojos y asociada a ciertas imágenes, parece distinta.
Sigo creyendo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, para que nada enturbie tu recuerdo. La paradoja es que es precisamente a esos lugares a los que más anhelas volver… Porque forman parte de tu memoria sentimental más querida.
Hay ciudades que te resultan familiares aunque no hayas puesto un pie en ellas. A veces las descripciones son tan prolijas y los personajes tan de carne y hueso que se te pidieran juramento no dudarías en afirmar que has estado allí… En Alejandría, en Kioto, en San Petersburgo, en La Habana… Porque conoces sus calles, sus olores, su temperatura… Las has paseado, has contemplado su luna, has sentido su latido. Porque existe un vínculo que te une a sus gentes, y un trocito de tu alma se quedó atrapado en alguno de sus rincones…
Y sabes que si algún día cumples la ilusión de visitarlas ese mundo ficticio puede desaparecer. Porque todo lo que deseas pierde algo cuando lo consigues. Y lo que moldeas a tu gusto con el material del que están compuestos los sueños, es lo más precioso del mundo…

Segunda dosis de misterio

No me resisto a traeros otras citas de “El misterio de la carretera de Sintra” que también me cautivaron:
Hay pensamientos que solo cobran vida en la sombra y en el silencio y que el día apaga y desvanece; otros que no son capaces de surgir más que a la luz del sol.
Mis pensamientos más bonitos llegan de noche, atraídos por la oscuridad. Lejos del mundanal ruido y las prosaicas rutinas, al traspasar el umbral del reino en el que surge la magia. Temerosos de que el primer rayo de luz rompa el encantamiento…
Lo que pasa sencillamente es que siempre, por las noches, al quedarme solo, suelo apuntar las ideas, imágenes y palabras más salientes del día, tanto las que han ido surgiendo dentro de mi cerebro como aquellas que la realidad del vivir me ha ido deparando.
Yo apunto las ideas fugitivas antes de que se me escurran como arena entre los dedos. Pero es al acabar el día, en posesión de esas horas solo mías, cuando tengo la calma necesaria para procesarlas y la mente más predispuesta a que fluyan.
Ya lo dijo el filósofo: “Si el dolor te aflije, haz un poema con él”. Póngase a escribir. Y luego lo quema.
Me veo reflejada como en un espejo… Y me hace gracia, porque quemé literalmente la primera historia que escribí…
Desde que me he puesto a escribir se ha iniciado automáticamente el consuelo, he notado como un trasigo de las penas dentro de mi pecho, desalojando sus oscuros rincones.
Los que nos sacamos las penas poniéndolas por escrito conocemos perfectamente sus efectos terapéuticos. Será porque el papel no juzga ni defrauda, es el confidente perfecto. A veces lo único que necesitas es escuchar el eco de tu voz…
De joven dejé, como tantas mujeres, que las quimeras se bordasen en la larga sarta de mis horas de tedio; me inventé novelas que nacían, alentaban y agonizaban entre dos flores de mi bastidor; soñé aventuras, apasionados dramas, novelescas fugas, todo enroscasda en mi sillón, mirando el fuego de la chimenea.
Sigo dejando que las quimeras se borden a su antojo, que pinten la realidad de otros colores, que me recuerden que hay un lugar en el que la luna es más redonda y las estrellas brillan más, en el que TODO puede pasar…
No, era más bien un impulso nacido de ese reducto ficticio, efímero y literario que habita en el cerebro de todas las mujeres.
Bendito reducto… Sin él probablemente no estaríamos aquí, encadenando palabras y lanzando botellas al mar.

lunes, 25 de octubre de 2010

El misterio de la carretera de Sintra

A punto de cerrar nuestra edición, hemos recibido un escrito singular. Se trata
de una carta sin firma enviada por correo a nuestra redacción. En ella se inicia
una narración estupenda acerca de un horrible y misterioso suceso.
Muchos de los lectores del Diario de Noticias de Lisboa tardaron en darse cuenta de que se trababa de una novela. Los artífices de este juego fueron los escritores José María Eça de Queirós y José Duarte Ramalho Ortigao. Corría el verano de 1870.
El caballero enmascarado, el doctor, la condesa, el capitán, un crucero a la India, un envenenamiento... Magistral la forma de ir desgranando la trama desde distintos prismas. Aunque para mí la gran sorpresa ha sido otra…
- Te juro que siempre, en cualquier circunstancia, estaré dispuesta a dar mi
vida por la tuya, compartiré cualquier peligro contigo, podrás hacer de mí lo
que quieras, y solo te pido una cosa a cambio.
- ¿Qué es?
- Que de vez en
cuando, cuando no tengas nada que hacer, te acuerdes un poco de mí.
- Yo
también te juro que te quiero y que siempre te seré fiel. El día que veas que te
he olvidado, mátame, te lo pido.

Qué tendrán las citas de amor que se nos cuelan por las fisuras del alma… Quizás hemos dicho o escuchado algo parecido alguna vez, o quizás tan solo hemos soñado decirlo o escucharlo. Reconforta que alguien sea capaz de poner en palabras lo que hemos sentido en un momento dado…
Usted necesita amor, un amor inmutable, profundo, avasallador, que invada todas
sus horas y presida todas sus ideas, alimentado de placer y sacrificio, el amor,
que es consuelo y esperanza, que se erige en ideal absoluto, en la última razón
del existir; un amor que se apodere de sus ojos por lo que tienen de más
ardiente y de su alma por el más elevado de sus flancos…
Aunque no creo que el amor sea ninguna solución mágica, supongo que todo el mundo debería paladear alguna vez su dulzura y su amargura. Ser consciente de la propia vulnerabilidad, saber que existe algo que puede arrastrarte con la fuerza de un torrente…
- No, por favor, no se vaya, el viento se llevará esta declaración. La quiero.
Si es pecado quererla, el mar enterrará mis palabras, no hay tumba mejor, lo
purifica todo. Pero la quiero.
Si fuera pecado querer, el infierno estaría hasta la bandera. Quien esté libre que tire la primera piedra…
Sabes muy bien que te quiero, y por si no lo sabes te lo digo aquí, en esta
calle, en esta casa, en este sofá: te quiero.
Hay palabras que necesitas escuchar para creértelas, porque no basta con intuirlas. Y necesitas pronunciar para que no se te queden atragantadas…
Y sentí entonces, por primera vez en la vida, el asalto de los celos, ese
monstruo temible tan traído y llevado por los poetas, tan arrastrado por los
escenarios, tan conocido por la policía, tan cruel y ridículo, pero tan de
verdad.
Yo personalmente desconfío del amor sin celos… No entiendo que se pueda querer sin desear una correspondencia exclusiva…
La única verdad es que te quiero y te querré siempre solo a ti. Hubo una imagen
que se cruzó inapresable y vaporosa, que me rozó al pasar, pero te juro que se
ha desvanecido cual quimera enfermiza al calor de tu mirada limpia que ni un
solo momento dejé de sentir yo fija en la mía, traspasando la sombra de aquel
sueño.
Eça me sigue pareciendo genial. No desvelo nada de la historia, que para eso es un misterio. Y conozco yo a una detective que lo resolvería sin levantarse de la silla…

Encantos marroquíes

Si has oído la llamada de Oriente,
no necesitas nada más.
¡No! No
necesitas nada más
que el penetrante olor a especias,
y el sol, y las
palmeras, y el tañido
de las campanas de los templos
en el camino de
Mandalay…
RUDYARD KIPLING

Ya sé que Marruecos no es Oriente, pero si sustituimos el sonido de las campanas por el canto del muecín la cita encaja a la perfección. Cualquier viaje supone una desconexión terapeútica. Es la mejor forma que conozco de huir de la aniquiladora rutina, especialmente en ciertos destinos.
No sucumbí a la tentación de llevarme “El cielo protector”, pero sí a la de releer “Una infancia en Marraquech”. Capote fue a Tánger para “escapar de sí mismo”, y cuando visitas este país comprendes lo que quiso decir.
Contraviniendo uno de los preceptos del corán, Marruecos me recibió con lluvia. Pero en cuestión de un par de días brillaba el sol y la temperatura era casi veraniega. Lejanos ya los tiempos del protectorado, sus señas de identidad son omnipresentes. Sobretodo a medida que te acercas Sáhara. El excesivo dulzor del té a la menta es una reminiscencia de épocas pasadas, cuando los pueblos del desierto no escatimaban la cantidad de azúcar como signo de hospitalidad.
Los marroquíes son alegres y parsimoniosos, para ellos “la prisa mata”. Miran con descaro, pero no porque les gustes más o menos, sino porque eres diferente a lo que conocen. Te preguntan si eres “madame” o “mademoiselle”, y si quieres quitártelos de encima solo tienes que contestar “madame”. Así te ahorras la bochornosa oferta de que quieran canjear por nosecuantos camellos.

El mausoleo de Mohammed V en Rabat, una obra faraónica muy bien custodiada...
El Palacio Bahía de Marraquech me resulta gratamente familiar...
Marraquech está llena de jardines con palmeras y rodeada por una sólida muralla. Es una ciudad de contrastes, como una metáfora del mundo. Igual que te encuentras la medina, con sus múltiples zocos y vida abigarrada, hay barrios de élite, y la mayor concentración de hoteles de cinco estrellas que he visto nunca. Parecen palacios de las mil y una noches…
En las inmediaciones de las mezquitas está prohibido vender alcohol, con lo cual tomarse una cerveza se convierte casi en misión imposible. Pero en los zocos de las medinas puedes pasar horas sin echarla de menos...
La ruta de las Kasbahs y los oasis representa el Marruecos profundo, el más exótico y menos desarrollado.
Sin comentarios...
La medina antigua de Fez es un laberinto de callejuelas cuesta abajo con más de trescientas cincuenta mezquitas…
Y unos chalets que no se los lleva el viento...
Haciendo las abluciones. Para que luego digan que no son limpios...
Chauen, un pueblecito de montaña precioso.
¡Mira los donuts marroquíes, nanilla! Al verlos me acordé de ti...
Lo sigo constatando: “Viajar es bueno para el alma”.

Raquelilla

Hay amistades que se escurren de las manos como el agua clara, otras son como
una rosa que uno se prende despreocupadamente en el ojal, pero las verdaderas
amistades son como los chupapiedras de los niños andaluces, son lapas que se
plantan silenciosamente sobre el corazón.
Federico García Lorca

Sin duda eres una de esas amigas, como me has demostrado en infinidad de ocasiones. No tengo palabras para agradecerte tu cercanía, tu lealtad, tu cariño… Porque me escuchas, me animas, me entiendes y estás tanto en las buenas como en las malas. Porque me regalas tu confianza, te interesa mi día a día, me dejas desahogarme cuando lo necesito… Y para mí esa disponibilidad no tiene precio.
Porque encontrarte por aquí es siempre una alegría. Me encanta leer tus textos rebosantes de talento, tus poemas, tus sabias reflexiones, tu sentido del humor… Por no hablar de esos comentarios entrañables que me dibujan la sonrisa instantáneamente. Adoro dialogar contigo de libros o de cualquier otro tema. Haces que resulte tan fácil…
Un día me dijiste “te estoy dando la mano, ¿la sientes?”. Pues eso te digo yo. Y si algún día notas que se afloja apriétala con la tuya…
Eres una tía increíble, y le doy las gracias a la vida por haber hecho que se crucen nuestros caminos. Recuerdo que nos unió una ranilla tequilera, y desde ese momento sentí una simbiosis contigo que no se siente todos los días. Es un orgullo tenerte como amiga. Y cuando digo “tenerte” es porque sé que te tengo…
Hoy quiero regalarte esta declaración de amistad, que no es más que un justo reconocimiento y un mínimo tributo para recordarte lo importante que eres para mí…
Mil gracias por ser como eres en general y conmigo en particular...
¡Muchas felicidades, preciosa!
P.D.1. El post anterior, "Un trienio maravilloso", es un homenaje a todos vosotros. El reciente naufragio apenas ha dejado tiempo para que os llegue como me hubiera gustado, pero no podía posponer este por razones obvias.
P.D.2. Esta tarde me voy de viaje, así que os pido disculpas de antemano si tardo en contestar algunos comentarios.
P.D. 3. Alzo mi copa y esbozo una sonrisa enorme por Mario Vargas Llosa. Qué alegría más grande...

Un trienio inolvidable

Yo soy muy de aniversarios, no lo puedo evitar… manías que tiene una con las que se acostumbra a convivir… Hoy hace tres años que naufragué en esta playa. No recuerdo haber escuchado cantos de sirenas, pero apenas llegué sus aires me sedujeron.
Son tantos y tan bonitos los recuerdos que no sé por donde empezar… Viajes, libros, canciones, películas, cafés, tequilas, risas, abrazos, confidencias, lugares comunes… Todo ello se podría sintetizar en “cariño”. Es lo que me inspiran los cientos de textos leídos, lo que destilan la mayoría de los comentarios, lo que me une a muchos de vosotros. ¿No es eso lo que en el fondo buscamos al pulsar la tecla de publicar?
Siempre me ha resultado más fácil expresarme por escrito, pero la sensación de que a alguien le interesa lo que cuento le da un nuevo sentido a este vicio de juntar palabras. Y si el talento se contagia, me he puesto las botas…
Nos une la pasión por conocer historias, y en algunos casos inventarlas. Un deseo de mirar detrás del espejo e indagar las múltiples caras de la realidad, de descubrir los reductos del alma humana por amargos que puedan ser…
“Sorberle todo su jugo a la vida. Dejar a un lado todo lo que no era la vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido”. Explorar otras miradas para enriquecer la nuestra. Poner a prueba la capacidad de emocionarnos, porque sabemos que una vida sin emoción es una vida vacía.
Me faltan palabras para expresar lo mucho que he recibido… Mi cofre de los tesoros está lleno a rebosar… Ahora sé que llegué perdida, buscando algo inespecífico… Y sé que lo he encontrado. Como sé que no soy la misma…
Asomarme a esta ventana me ha permitido pintar días grises de colores, soñar sueños propios y ajenos… Me ha regalado certezas, ilusiones, ganas de lanzar una moneda al pozo de los deseos. He contado más de lo que creí que contaría, he callado lo que tenía que callar, he sentido cosas preciosas.
He ido a Chicago, a Egipto, a Canadá, a Londres, a París… He volado en una nube rosa… He aspirado el olor a jazmín, violetas y margaritas… He bebido mojitos en el Café Grandes Esperanzas y desayunado con diamantes… He aprendido a jugar a la rayuela, suspirado con poemas de amor, husmeado viejas bibliotecas con manos ansiosas… Me he emborrachado en una cantina, brindando con la mejor detective del mundo mundial… He llorado de pena y de alegría, he probado el dulce veneno, he abierto mi alma… He sido yo (y no en todos los sitios te permiten serlo).
Nueve versos, seis sonrisas, una manzana, 321 posts… Lunas llenas, divas cabronas, reinas moras, rockeras con arte, rayitos de luz, duendes juguetones, ranillas tequileras, mapaches románticos, estrellitas deslumbrantes, laberintos y quimeras … Stripteases varios, más pecados que en el infierno...
Personas que entraron un día en mi corazón y se quedaron a vivir en él… Porque se ganaron un compartimento de primera… Porque sin su calor me congelaría… Porque “yo a ti más” tiene dueña y es una verdad como la catedral de Burgos.
Siento nostalgia del pasado, pero sonrío al constatar que hay presencias que no abandonan el barco, y otras que llegaron para alegrarlo. Echo la vista atrás y me doy cuenta de lo distinto que habría sido este tiempo tierra adentro. Me habría perdido tanto que duele imaginarlo...
Esta es vuestra casa, porque sin vuestras visitas se habría derrumbado hace tiempo. Así que no puedo decir otra cosa más que gracias, gracias, y mil gracias a todos los que habéis contribuido a que este trienio haya sido inolvidable.
Y lo demás son chingaderas...

El festín de Babette

Las viejas y taciturnas gentes recibieron el don de las lenguas; los oídos, que
durante años habían estado casi sordos, se abrieron por una vez. El tiempo mismo
se había fundido en eternidad. Mucho después de la media noche, las ventanas de
la casa resplandecían como el oro, y doradas canciones se difundían en el aire
invernal.

Hace ya muchos años que una amiga de esas a las que me une el vicio de devorar libros me recomendó esta película. Y aunque confío ciegamente en su criterio, tardé en constatar lo acertado de su recomendación.
Lo que ignoraba es que existía un libro… por eso cuando hace unos meses lo descubrí en una de mis incursiones libreriles me entró por los ojos. Lo mejor fue el nombre de su autora: Isak Dinesen. Enseguida me vinieron a la mente sus maravillosas “Memorias de África”, y supe que tenía que leerlo. Sin embargo, no fue hasta el otro día cuando se vino conmigo…

El pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de
pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros
colores.

Me dan mucha pena las hijas del deán, que perdieron a sus amores de juventud (un teniente de húsares y un cantante de ópera) por culpa de una educación demasiado estricta.
De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o las nieves perpetuas.
Me fascina como una simple cocinera francesa exiliada durante la guerra franco-prusiana consigue revolucionar ese microcosmos noruego regido por la austeridad.

Las vanas ilusiones de este mundo se habían disuelto ante sus ojos como el humo
y habían visto el universo como verdaderamente es. Se les había concedido una
hora de eternidad.

Me conmueve la generosidad de Babette… que decide invertir los diez mil francos que le han tocado a la lotería en preparar un banquete pantagruélico y demostrar su gratitud a las personas que la acogieron. Aunque al final admita cuanto ha disfrutado ejerciendo su talento culinario…
Los invitados se muestran reticentes a disfrutar de esa comida como si eso fuera a condenarles, pero poco a poco sus mentes se van abriendo a través de los sentidos…
En medio de la cena, ella había alzado sus ojos aterciopelados y negros por encima del borde de su copa de champán, y, sin palabras, le había prometido hacerle feliz.
Me encanta esa catarsis colectiva que introduce la sensualidad en una sociedad en la que todo placer está prohibido, dejando salir las emociones cautivas...

- He estado con usted cada día de mi vida. Sabe usted que es cierto,
¿verdad?
Y la magia que flota en el ambiente:
- Las estrellas están más
cerca –dijo Philippa.
- Se acercarán todas las noches –dijo Martine en voz
baja.

Come reza ama

Hay personajes que te inspiran una simpatía instantánea, quizás por la facilidad con la que te identificas con ellos… Eso me ha pasado con Liz Gilbert, la autora y protagonista de “Come reza ama”. La primera vez que oí hablar de este libro me hizo gracia el título… Y pensé, lo de comer y amar genial, pero lo del rezo como que no… jeje… sin embargo después de leerlo entendí la búsqueda espiritual de esta chica. Quien no se haya sentido perdida alguna vez que tire la primera piedra…
Me gustan las historias autobiográficas. Admiro el valor de hablar de una misma sin parapetarse detrás de personajes ficticios, la honestidad de no engañarse y la falta de pudor para compartir esa visión tan íntima…
Mi amor por el viaje es constante y fiel aunque en mis otros amores no he tenido la misma constancia y fidelidad.
Esta es una de las citas que marqué, porque me vi reflejada en ella como en un espejo. Lo cierto es que no entiendo mi vida sin viajar… creo que me ahogaría si pasara demasiado tiempo estática.
¡Qué enorme cantidad de factores hay detrás de un ser humano! ¡Qué enorme cantidad de capas hay que traspasar y cuánto nos influyen la mente, el cuerpo, el pasado, la familia, el entorno y hasta la esencia espiritual y los gustos culinarios!
Siempre he tenido claro lo complicaditos que somos (unos más que otros, para qué nos vamos a engañar), pero nunca me he parado a analizar esas capas que nos configuran, haciéndonos únicos e irrepetibles. Será porque las introspecciones me inspiran cierto respeto…
Es una idea muy simple: el sufrimiento y los problemas de este mundo los producen las personas infelices.
Yo diría que en la búsqueda de la felicidad personal hay poco de altruismo, pero estoy completamente de acuerdo en que sus efectos secundarios benefician a los que nos rodean.
Te han dado la vida y tienes la obligación (y el derecho, como ser humano que eres) de hallar la belleza de la vida por mínima que sea.
Aunque solo sea por instinto de supervivencia, ¿no?
El libro está lleno de personajes inolvidables (y reales): Giovanni, el dulce profesor de italiano, Richard, el texano borde (pero en el fondo encantador), Tulsi, la adolescente rebelde a la que quieren casar con un estudiante de informática al que no ha visto en su vida, el viejo sabio Ketut, la curandera Wayan y su Tratamiento Infalible para Curar el Corazón Roto…
Y me muero de envidia… porque, ¿quién no ha sentido alguna vez la tentación de dejarlo todo para recorrer mundo y encontrarse a sí misma? Quiero volver a Italia, quiero conocer la India (pero no hospedarme en un ashram&hellip y Bali… Quiero un Felipe que me susurre: “A veces me encantaría que fueras una niña perdida, para poder tomarte en mis brazos y decirte: vente a vivir conmigo y cuidaré de ti para siempre”.

Otoño de libros y chocolate

Para Naná y Violette

Anoche, una de mis obligaciones laborales me llevó a la Plaza Bib-Rambla. En ella descubrí algo que me fascinó… una feria del chocolate. Y pensé en vosotras igual que haría ante una feria del libro. En realidad, el chocolate y los libros están íntimamente relacionados. Ambos tienen conocidas propiedades terapéuticas. Sé que son pasiones compartidas, remedios rescate que siempre tenemos cerca por la cuenta que nos trae…
Recuerdo cuando confesaste tu adicción al chocolate, güerilla, y como nos sentimos identificadas al momento. También que nos descubriste esa historia preciosa llamada “Sabor a chocolate”. ¿Sabes que rastreé las librerías de medio México para encontrarla? Jeje...
Y como no recordar ese post tuyo, nanilla, en el que hablabas de lo especial que era para ti “Charlie y la fábrica de chocolate”, uno de los libros que me marcaron cuando aún no era ni lectora aficionada… Y por supuesto, de la peli del genial Tim Burton, que sé que es uno de los dioses de tu panteón… También mencionabas otro libro tan delicioso como su título, “Chocolat”. Y esa adaptación que me endulza cada vez que la veo… Además del curioso hecho de que las dos tengan como protagonista a tu adorado Johnny Depp.
Pero no solo por eso me acordé de vosotras… Es que sentí nostalgia de otros tiempos, porque echo en falta demasiadas cosas… Petonets de nutella, besos rellenitos de chocolate, cafés, donuts, tequilas… ya sabéis de lo que hablo, porque hemos compartido esos tiempos.
Fijaos si seré chocolatera que compro compulsivamente libros que incluyan en el título la palabra “chocolate”. “Chocolate en casa Hanselmann”, “El secreto del chocolate”, “Amigos, amor y chocolate”… “Como agua para chocolate” se me metió en el alma desde la primera línea. Y lo mismo puedo decir de la película, una de las mejores adaptaciones literarias que he visto. Durante una época busqué como loca el texto que inspiró “Fresa y chocolate”, hasta que me dí por vencida…
El otoño es época de libros, aunque ya sé que para nosotras todo el año es época de libros, pero ya me entendéis… Y también de chocolate, que ya no se derrite con los calores estivales y reconforta casi tanto como un buen libro.
El chocolate se entremezcla con mis recuerdos como algunos libros. Unos smarties israelíes, una Semana Santa en Dijon, el zócalo de Oaxaca… “La onza de chocolate”, donde peco sistemáticamente… “La casita de chocolate”, uno de los cuentos más crueles, que siempre ha sido de mis favoritos… La malvada Isabelle Huppert en “Gracias por el chocolate”…
Los libros y el chocolate forman parte de mi vida igual que vosotras. Pertenecen, sin duda, a la parte más bonita. Igual que vosotras…
Hacía mucho que no os dedicaba un post, os lo debía…
Obviamente, compré chocolate en la feria. Por cierto, nanilla, que era valenciana… Pero me hubiera recordado a ti aunque fuera finlandesa.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Mi vida aquí

A mí nadie me dijo que esto iba a ser así… de haberlo sabido quizás me habría negado a colaborar. Claro, que mamá me habría vuelto a decir que soy una díscola y me habría encerrado en el cuarto de los ratones, con el asco que me dan… Cuando son otros los que mandan, estás en sus garras…
Menos mal que vienen a vernos, si no me moriría de aburrimiento. Me encanta observarlos sin que se den cuenta… siempre fui una curiosa, y una sabihondilla como me decía el abuelo… Aunque digo yo que mejor será ser lista de más que de menos, ¿no?
Durante las noches reina una paz sepulcral. Siento un frío que se me cuela en el alma, de esos que no se quitan con una manta. Cuando se hace la luz aparecen unas señoras que lo dejan todo como los chorros del oro. Hablan de sus cosas y a veces nos miran de reojo, como con temor en la mirada.
Luego llega el cuidador, lo mejor de cada día. Se sienta junto a la puerta como San Pedro a la entrada del cielo. Tiene una barba blanca igual que el apóstol, aunque su gesto me indica que sería incapaz de traicionar a nadie. No permite que nos molesten ni que se nos acerquen demasiado, nos concede un lugar en el mundo. Y eso en nuestras circunstancias es el mayor regalo…
Con frecuencia vienen grupos de chiquillos inquietos que apenas nos miran. No dejan de reír ni de moverse, obligando a “San Pedro” a estirar el cuello para no perderlos de vista. A él también le gustan, lo sé…
De vez en cuando se levanta y recorre la sala arrastrando sus pies cansados, deteniéndome invariablemente frente a mí. Es el único que me sonríe. Quizás le recuerdo a su nieta o le hago evocar alguna imagen del pasado. Sus ojos claros parecen esconder todas sus respuestas. Y la tentación de comprobarlo es tan grande que me dispara el corazón. No debe ser bueno desear tanto algo que no está a tu alcance…
La mayoría de la gente no me dedica más que unos segundos de atención. Entiendo que no puedo competir con un general condecorado, varios reyes, un obispo, un par de santas, ni mucho menos con la Sagrada Familia o dioses de la antigüedad. En cambio mi “San Pedro” me mira con devoción, haciendo que me sienta especial. Pare él parecen no existir las jerarquías… Y una mocosa de tirabuzones rubios y mejillas sonrosadas está a la altura de las más insignes personalidades. Solo por él renunciaría a esta inmortalidad. Solo por poder devolverle algún día una de sus sonrisas…

Si tú me miras

- Ven aquí…
- Para qué…
- Ven…
- Qué quieres…
- Mírame…
- Te estoy mirando…
- A los ojos…
- Ya…
- Así que eres de esas…
- ¿De cuales?
- De las que cuando sienten algo se apartan…
- Qué sabrás tú de lo que siento o dejo de sentir…
- Intuición masculina…
- Ahora resulta que eres psicólogo…
- Te estoy poniendo nerviosa…
- Lo que tú digas…
- Te estás ruborizando…
- Es mi color natural…
- Te haces la dura…
- Dura durísima, y que dure…
- Te escudas en el cinismo…
- Sí, claro…
- Te gusta jugar conmigo…
- Paso de discutir…
- Tus ojos te delatan…
- Ya quisieras…
- Solo quiero abrazarte…
- Seguro…
- No te voy a comer… Si tú no quieres…
- Qué galante…
- Si no eres capaz ni de sostenerme la mirada…
- Porque me estás haciendo una radiografía…
- Como si eso te molestara…
- Lo sabes todo, ¿no?
- Quiero saber a qué saben tus besos…
- Mucho quieres saber tú...
- ¿Y esa risilla?
- Acércate de una vez… Y deja de pedir permiso, coño…

Ex libris

Recuerdo mi primer ex libris porque fue un regalo de esos que te hacen ilusión, y porque gran parte de mis libros están marcados con él como las vacas de una misma ganadería. Pone simplemente mi nombre, y lo curioso es que procede de Inglaterra…
Para mí tiene un sentido más simbólico que práctico, porque quien se queda con un libro ajeno suele hacerlo conscientemente. Y si alguien tiene la desvergüenza de no devolver un libro prestado, poco le importará a quien pertenezca… Mejor será dejar ese tema para que no se me hinche la vena del cuello, que está más bonica en reposo…
El hecho de sellar la primera página tenía el objetivo de reclamar mi propiedad, probablemente relacionado con mis limitaciones adquisitivas. Era también una forma de personalizar los libros. Ahora lo único que hago, sobretodo cuando no los compro en mi ciudad, es anotar junto a mi nombre el lugar y la fecha del pecado. Aunque no suelo olvidarme de estos datos, me encanta verlos al abrir un libro. Y rememorar aquella mañana de despedidas en la que hice mi última incursión en “El sótano” de México D.F., porque aún cabía un libro más en la maleta… aquella feria del libro antiguo que ponen en Valencia por fallas y que recorrí en deliciosa compañía, o esa tarde estival en la que dos libritos minúsculos me guiñaron el ojo desde el escaparate de una librería del casco antiguo de Cádiz…

Cuando vuelvas a mi lado

Yo sabía que un día volverías a mí… aunque pueda parecer prepotencia, no es más una de esas intuiciones secretas que albergas sin saber como... uno de esos clavos ardiendo a los que te agarras…
Imagino que mi mundo se te quedaba pequeño, y sentiste la necesidad de alejarte para surcar otros mares, vivir otras vidas, y verlo todo con perspectiva…
No sé si fueron mis errores lo que te alejaron, muchas veces lo pensé… Quizás simplemente te cansaste de mí, o dejaste de quererme…Tampoco sé si lo que yo te daba era mejor o peor que lo podías encontrar en otra parte, pero es lo más auténtico que he dado nunca. Al menos me queda esa tranquilidad…
El vacío era tan grande a medida que te alejabas, que mi corazón se iba llenando de trocitos de hielo. Me torturaba, tratando de encontrar las razones, tratando de retenerte…
Aunque tus desprecios me partían el alma, yo quería sobre todas las cosas tenerte cerca… Tardé en entender lo absurdo de mi empeño. No podía luchar contra tu voluntad, ni tenía ningún sentido forzar las cosas… Yo quería tu felicidad, y si no estaba a mi lado, nada podía hacer salvo resignarme… Y te solté la rienda para que no terminaras odiándome…
Sin embargo, en ciertos momentos me invadía un sentimiento balsámico. Algo en mi interior me decía que una parte de ti nunca me abandonaría. Que lo que habíamos compartido era tan bonito que no serías capaz de olvidarlo…
Por fin te has dado cuenta de que tu destino está ligado al mío… Y lo que tiene que ser es… como si nunca hubiera dejado de serlo…

Nota aclaratoria: Ya sabéis que tengo el mal vicio de escribir en primera persona… lo que no significa que hable de mí. Al fin y al cabo, como argumenta Lucía Etxebarría en esa novela que me ha fascinado, lo verdadero es un momento de lo falso…

Un poquito de por favor

No sabría definir la educación, pero la reconozco cuando la veo y cuando brilla por su ausencia… Más que una colección de fórmulas de cortesía, yo la entiendo como una actitud, una forma de comportarse y reaccionar, que te han inculcado (sobretodo con el ejemplo) y forma parte de tu personalidad.
Todos podemos perder los papeles alguna vez, pero hay cosas que una persona con un mínimo de educación no haría ni diría jamás. Claro, que no se le pueden pedir peras al olmo… Algunos no es que estén mal enseñados, es que están mal aprendidos. Y no tienen la educación que les han dado, sino la que se han querido tomar… O más bien, la que no se han querido tomar…
Yo identifico la educación con el respeto y la tolerancia. Hacia las opiniones ajenas, hacia lo que no entendemos o no compartimos… Creo que el fondo no es más que asumir unas pautas de convivencia para hacerle la vida más agradable a los demás, en portarte con ellos como te gustaría que lo hicieran contigo… En el fondo no es más que generosidad...
Más allá del “gracias” y el “por favor”, deberíamos practicar un poquito más de solidaridad, de paciencia, de comprensión… No gritarle a un conductor porque tarde dos segundos en arrancar cuando el semáforo se pone en verde, no prejuzgar ni rechazar lo que no encaja en tus parámetros, contestar cuando te hablan, evitar las agresiones del tipo que sean… Tampoco es de buena educación que te partan el alma, ¿no?
¿Qué a qué viene todo esto? A que el otro día presencié una situación que me hizo sentir vergüenza ajena… Y pensé que solo con un poquito de educación haríamos menos daño. ¿No es una motivación digna?

Ese algo inalcanzable

Recientemente, leyendo una novela que me pareció genial, constaté que su genialidad radicaba más que en lo que contaba, en como lo contaba. En la estructura, la forma de dosificar la información o situar a los personajes, la habilidad a la hora de jugar con factores de tiempo y espacio…
Muchas veces alguien me pregunta de qué trata un libro y me cuesta explicarlo… En algunos casos se debe a eso precisamente. La acción es secundaria y a veces caótica, no sigue una línea argumental clara. En cambio las descripciones o la profundidad psicológica son increíbles. Hay tantas frases que te impactan que no puedes dejar de subrayar… El talento fluye en cada página, es un manantial inagotable. Estás disfrutando tanto de la lectura que no te importa lo que pase, ni siquiera te lo planteas. Solo quieres seguir encontrando belleza, aunque implique la confirmación cruel de que tú jamás podrás escribir algo ni remotamente parecido.
Tengo los libros de ciertos autores llenos de marcas, porque están plagados de frases maravillosas. Quizás en algunos casos no tienen una estética en el sentido convencional, pero me llegan. Y no necesito que tengan un desenlace memorable, ya lo son en conjunto...
No es que valore más la forma que el fondo, cada uno desempeña un papel importante. Pero el talento de expresar algo hilvanando sabiamente las palabras que más puedan impactar al lector me parece admirable. Solo alguien con esa capacidad consigue emocionarte y hacer que te sientas partícipe. Retratar lo que conoces perfectamente pero no eres capaz de definir, e incluso lo que ni siquiera eras consciente de conocer. En esos momentos te invade la absurda impresión de que está hablando de ti…
No creo que exista una fórmula magistral para contar historias de una forma deslumbrante… supongo que es algo innato, alentado por determinados sentimientos. Algo inalcanzable para la mayoría de los mortales, pero que nos transporta al olimpo cuando tenemos la fortuna de ser testigos…

Sed de amor

Era una sed que la devoraba y la obligaba como si fuera un deber; la misma sed del borracho que, temeroso de enfermar si toma un solo trago más, levanta de nuevo la botella.
Este ha sido uno de mis pecados recientes… del que por supuesto no me arrepiento. Cuando estoy en una ciudad que no es la mía y dispongo de tiempo, no puedo evitar ir de librerías. Y claro, una cosa lleva a la otra…
Debo confesar que lo tenía apuntado en mi lista, pues cuando leí “El rumor del oleaje” me hice del club de los adoradores de Mishima. Me encanta esa cadencia intimista, esa forma tan particular de expresar sensaciones y retratar las pasiones humanas…
Los elementos de todas estas emociones estaban incluso presentes en la brisa que soplaba a través de la arboleda de los castaños.
Reconozco que el título me enganchó, aunque parezca más de novela rosa. ¿Por qué será que nos gustan tanto las historias de amores desgraciados? Quizás porque todos hemos tenido algún vestido de ese color y no nos cuesta identificarnos. Quizás es que ponemos en tela de juicio las historias de amor perfectas, sin fisuras… porque sabemos que el amor sin dolor es un cuento chino.
Etsuko está envenenada por los celos que le provocó su difunto marido. Se instala en la finca de su suegro, Yakichi, quien ejerce el derecho de pernada como un señor feudal. Pero ella se enamora del sirviente Saburo, aunque ha puesto sus ojos en otra...
¡No puedes imaginarte lo que he sufrido! Me gustaría poder sacar aquel dolor de mi corazón y ponerlo junto al que tú sientes ahora. Entonces veríamos cual era peor.
Hay momentos en los que su sangre fría resulta espeluznante… en otros en cambio es de una ternura infinita, como cuando le regala los calcetines a Saburo sin pensar en la situación en la que lo pone.
Yo tengo que llevar prendas de abrigo más pesadas que otros, porque mi alma nació y continúa viviendo, en el país de las nieves.
Aunque no siempre apruebe su comportamiento, en cierto modo la entiendo. Es una víctima de las circunstancias y de sí misma… Es alguien tan vulnerable que produce empatía. Alguien que sufre, que calla, que soporta…
Nadie se imagina lo bien que uno puede mentir sobre el estado de su corazón.
Este es uno de esos libros que no te dejan indiferente. Te hace replantearte los efectos secundarios del amor… la necesidad de amar y ser amado…
Si no fuera por el amor, la gente se entendería perfectamente. Si no fuera por el amor.

Un Velázquez en el sótano

Algunos de los que me lleváis soportando un tiempecito por aquí sabéis de mi idolatría por Velázquez, y no os costará imaginar como me he quedado con el reciente hallazgo de un presunto lienzo suyo en los sótanos de la Universidad de Yale… Se titula “La educación de la Virgen” y tiene todas las trazas de proceder de su pincel. Parece que está un tanto maltratado, e incluso que le falta una parte. Y es que el periplo hasta llegar allí ha debido de ser apoteósico… Además de haber soportado no pocas inclemencias, las condiciones de conservación no han sido las mejores.
Pertenecería a su etapa sevillana, a mi humilde juicio la más interesante… Dicen los expertos que quizás formara parte de las pinturas del altar mayor del Convento de Santa Ana de Sevilla, que fueron evacuadas a raíz de unas inundaciones. Siempre hay algún listillo con dinero que se aprovecha de esas circunstancias, así que fue vendido a un particular y cruzó el Atlántico en un barco de la familia Townshend.
Partiendo de la base de que me alegro un montón de su descubrimiento, me enerva que una pintura española de tal categoría haya pasado casi un siglo apolillándose en los sótanos de una universidad yanki. Debería estar en el Prado, o en Museo de Bellas Artes de Sevilla. Y por supuesto, no haber salido jamás de España.
Ya ha sido sometida a análisis técnicos, y todos ellos apuntan al maestro sevillano. Mi pregunta es… ¿Cuándo nos la devuelven? Aquí la autentificamos, que no se preocupen por eso…

Bajo un cielo estrellado

La noche estaba fresca y fragante, hubiera sido un crimen desperdiciarla. Un chupito de Canasta y un More mentolado bajo un manto de estrellas. La mente despejada, acorde con el entorno. Y esa sensación de bienestar que sabes que es esporádica pero no por ello dejas de disfrutar… El aire parecía cargado de una energía especial, casi premonitoria.
De pronto vi una estrella fugaz y mi subconsciente formuló un deseo a la misma velocidad con que desaparecía. Me pilló con la guardia baja, y el filtro de pensamientos falló. Solo unos segundos después reparé en que había algo mucho más prioritario… pero ya era demasiado tarde. Es lo que tienen las estrellas fugaces, que no te dan tiempo a pensar… y al igual que no puedes controlar los sueños, tampoco puedes controlar ciertos deseos. Porque aunque te asuste tenerlos y más aún expresarlos, están ahí. Son impertinentes, no sucumben ante la lógica. Tienen vida propia...
Mi escepticismo crónico me recordó que una estrella fugaz es solo fenómeno celeste precioso y excepcional, pero no la lámpara de Aladino. Sin embargo la necesidad de creer que una ilusión que acaricia el alma pueda llegar a ser algo más que eso, se impone descaradamente cuando menos te lo esperas.
Hay noches mágicas en las que la razón huye a hacerle compañía a la luna dejando libres los sueños que quieren ser soñados. Solo hace falta un descuido para que escapen de su jaula y floten en el aire junto con la brisa marina y el olor a dama de noche. El perfume es tan fuerte que te embriaga, sin que puedas hacer nada para evitarlo. Y sonríes sin darte cuenta, porque durante unos segundos tú también estás flotando, elevándote hacia la luna. Donde habitan los sueños…

Secretos de familia

Ya me han amenazado varias veces con desheredarme, pero no me van a callar la boca… Que las historias familiares no se cuentan, que los trapos sucios se lavan en casa… Vamos, que encima que soy cronista filantrópica, me ponen pegas. El caso es quejarse… Y decirle a los demás “lo que hacen mal”, que nos gusta mucho…
Yo es que me entero de todo sin proponérmelo, oye… y no es que me pase el día con la antena puesta ni nada de eso, sino que la peña larga sus miserias como si estuviera en el psicólogo. Para mí que se sienten mejor teniendo cómplices… Y yo no me voy a llevar todos los secretos a la tumba para pasarme toda la eternidad estresada… Lo que no entiendo es por qué luego se cabrean… A mí que me lo expliquen…
Cuando tenía siete años saqué a mis primillos de la ignorancia con aquel asunto de los magos de Oriente, porque es que daban un cante que no veas… y me castigaron toda una tarde en el trastero. Claro que estuve registrando todo lo que pude para entretenerme… que encierro más productivo… ¿Y como iba a permitir que las criaturicas fueran el hazmerreír de su clase?
Yo es que no puedo con la mentira… así que cuando la tarada de la tía Ángela dijo por tercera vez: “es que el niño es clavaito a su padre” no me quedó más remedio que gritar: “¡que es adoptado, coño! Y habrá sacado los ojos azules vete tú a saber a que indigente”. Es que tanta tontería con el rollo de la sangre me puede… ni que viniéramos de la pata de un santo…
Y cuando palmó la abuela porque se les fue la mano con la medicación y querían enmarronar a la pobre chacha ecuatoriana, ahí si que tuve que saltar… Aquello me olía a cuerno quemao, y así se lo dije al señor notario cuando vino a leer el testamento… que estaban todos como buitres, a ver lo que pillaban… luego vino el comisario aquel y ardió Troya…
Anda que la que liaron en esa comida de Navidad solo porque conté unos cuantos líos de alcoba de los allí presentes... ¡Si era para amenizar la sobremesa! Que tanto villancico me tenía hasta el mismísimo… Pues hasta me tiraron una copa de champán encima, los muy ingratos…
Me dicen bocazas de los cojones, cizañera, que me van a cortar la lengua, que un día me van a mandar a un rumano y no precisamente para calentarme la cama… así que no tuve más remedio que venir a la tele para dar mi testimonio y que todo el mundo sepa que estoy en peligro. Y si hay que sacar basura, pues se saca… Si hacer limpieza es lo mejor que hay… Ya lo decía mi abuela, antes de que…

Desvelos

Recuerdo esa frase de Ricas y famosas: “Si lo que escribes no te mantiene en vela, tampoco desvelará a tus lectores”. Y digo yo… ¿Quién quiere desvelar a sus lectores? Pobrecitos… encima de que te leen, con todo lo que hay por hacer y por leer… Aunque interpretándola de forma menos literal, estoy de acuerdo en que te tienes que involucrar en lo que escribes para que le interese a los demás. Y ni siquiera eso garantiza su interés…
No se trata de las horas que le dediques o la ansiedad que te produzca, sino del nivel de entrega. Cuando haces algo en lo que crees, resulta mucho más fácil que el resto también se lo crea. Me parece que cierta dosis de disciplina es buena, siempre que no convierta una pasión en obligación y le quite el encanto. En el momento en el que dejas de disfrutar, pierde el sentido.
Los que escribimos por amor al arte gozamos de esa libertad expresiva y solo tenemos las presiones que nos autoimpongamos. Podemos padecer desvelos, incertidumbre, quebraderos de cabeza… pero dentro de un nivel de exigencia propia. Creo que es importante que una actividad te motive para hacerla bien, y cuando la haces voluntariamente y sin pretensiones es porque te gusta. Y eso favorece la autenticidad. Aunque un texto tenga mil carencias, nadie podrá discutirle ese valor…
Cuando lees una novela percibes al momento esa huella personal, que a veces se difumina en pos de un criterio comercial. Me parece un error escribir siguiendo premisas demagógicas. Hay que asumir riesgos para no traicionarse a uno mismo. Y si a alguien no le gusta, pues no pasa nada… nunca llueve a gusto de todos. Al menos te quedará la satisfacción de haber contado lo que querías contar, de haber sido honesta contigo y con quien te dedica su atención.
En mi caso esa actitud formar parte de un proceso. La idea de que alguien pueda leer lo que escribes te condiciona aunque sea inconscientemente. Pero aprendes a ir dejando caer ciertas máscaras, permitiendo que aflore tu verdadero yo. Con la experiencia el estilo (por llamarlo de alguna manera) adquiere personalidad. Y va derivando en un sello propio compuesto de vivencias, lecturas, deseos, inquietudes… vistos a través de tu prisma particular.
Escribir sobre lo que te de la gana y sin preocuparse de nada más es la única forma que conozco de asegurar un entusiasmo que considero fundamental, y que de no existir sería imposible contagiar. La única que garantiza esa verosimilitud que todo escritor busca y todo lector merece…

El arte de mirar


“El arte enseña a mirar: a mirar el arte, y a mirar con ojos más atentos el mundo. En los cuadros, en las esculturas, igual que en los libros, uno busca lo que está en ellos y también lo que está más allá, una iluminación acerca de sí mismo, una forma verdadera y pura de conocimiento”.
Ventanas de Manhattan. ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Cuando leí esta frase la subrayé para apoderarme de ella. La palabra “arte” basta para captar mi atención, igual que la palabra “libros”. Pero lo que realmente me fascinó es su sentido más profundo… “lo que está en ellos y también lo que está más allá”… Porque aunque no siempre se busque, a veces se encuentra. Porque cada experiencia estética deja un poso en el alma…
Además de aludir a la inspiración según describía Carson McCullers, esta “iluminación” también puede ser una descarga de sensaciones a través de un catalizador, similar al hecho de mirarte en un espejo y verte tal como eres… Con todo lo que eso implica.
Cualquier propuesta creativa que te enseñe algo sobre ti o exprese un sentimiento con el que identifiques, logra el diálogo más íntimo entre creador y receptor. No solo te conmueve, sino que de alguna manera te transforma. Esa capacidad, premeditada o no, me parece una proeza.
Leer un párrafo o contemplar un cuadro en el que te reconoces supone una revelación que de alguna manera te desnuda y que implica una empatía con el autor. El nivel de comunicación puede ser brutal, hablarte de tu propia historia, removerte sensaciones, descubrirte facetas ocultas u olvidadas… Es un proceso mágico que daría lo que no tengo por ser capaz de provocar.
Aún así, creo en la estética por la estética. Me gusta lo que es arte sin pretender serlo, y la ingenuidad que lo impregna. Arte tienen ciertas formas de ser o expresarse, ciertas sonrisas, ciertas miradas…
Porque la belleza está en los ojos del que mira, y para encontrarla solo hace falta una pequeña dosis de sensibilidad. Esa que casi todos tenemos agazapada en alguna parte y que constatamos cuando aparece el detonante adecuado. A veces se nos pasan desapercibidas las cosas más bellas…
Creo que el arte habla por si mismo. Aunque existen claves para interpretarlo mejor, no son necesarias para disfrutarlo. No solo depende de la percepción individual, sino también del momento y de los antecedentes. Y va creando un sustrato que condiciona tu forma de enfrentarte al mundo que te rodea.
Cuando cierto lenguaje emplea una serie de códigos que te son familiares, se produce una simbiosis cuyo alcance va más allá de su intencionalidad e incluso de tus expectativas. Que te puede cambiar la vida, o al menos la forma de entenderla. Pero hay que saber mirar… hay que dejarse seducir…

"Evidencias"

- Mira que eres cabrona con él…
- ¿Cabrona?
- Está todo el rato pendiente de ti, tratando de agradarte, y tú lo ignoras deliberadamente…
- Yo no lo ignoro…
- Eres más amable con cualquiera, ni lo miras a la cara…
- No lo hago a propósito…
- Lo tratas con desdén, y le pegas unos cortes que lo dejas tiritando…
- Ya será menos…
- ¿Te cae mal?
- En absoluto…
- Te molesta que sea tan encantador contigo…
- ¿Por qué iba a molestarme eso?
- No sé, hija… eres tan rarita para algunas cosas…
¿Cómo explicarle que no era capaz de sostenerle la mirada? ¿De tenerlo cerca sin que se me disparara el corazón? Que temía acostumbrarme a sus atenciones, a su cercanía. Que si algún día mis labios rozaban los suyos, lo derretiría a besos…

lunes, 17 de mayo de 2010

Sueños

Temes a la imaginación. Y a los sueños más aún. Temes a la responsabilidad que puede derivarse de ellos. Pero no puedes evitar dormir. Y si duermes, sueñas. Cuando estás despierto, puedes refrenar, más o menos, la imaginación. Pero los sueños no hay manera de controlarlos.
Kafka en la orilla. HARUKI MURAKAMI
Yo tengo claro que prefiero soñar a no hacerlo, pero eso no me hace menos consciente del riesgo que implican los sueños… Te obnubilan, te animan a creer en lo que quizás no es para ti. Cuando la ilusión no se ve realizada se convierte en decepción.
El cerebro tiene sus mecanismos para disfrazar de real lo que no es más que un espejismo. Vivimos de estímulos, necesitamos mantener la fe en que el futuro nos deparará buenos momentos, viajar al País de Nunca Jamás de vez en cuando y abstraernos de una realidad que no nos convence. Pero como todo en esta vida, esa cuota de felicidad tiene un precio.
Más de una vez me he despertado a mitad de un sueño precioso, y mi sonrisa se ha desvanecido al constatar que no era más que eso. Los sueños no cumplidos deterioran la confianza, abren los ojos de forma a veces cruel, recordándote que no basta con desear las cosas para que ocurran. Flaubert decía: Ten cuidado con tus sueños: son la sirena de las almas. Ella canta. Nos llama. La seguimos y jamás retornamos.
Es complicado volar sin perder de vista el suelo… Las fantasías se apoderan de ti en cuanto te pillan con la guardia baja. Hay sueños que sabes que no se cumplirán, y aún así no puedes evitar albergar un reducto de esperanza. Los mantienes en el plano de lo ficticio, pero te dan alas… y eso basta para que te compensen.
Otros los persigues con cierto aliento, porque algo inconcreto que tal vez no pase de la simple intuición te dice que nunca sabe… porque algún día se te cumplió uno de ese tipo y solo el tiempo te desvela que creó un precedente peligroso. Te generó una ilusión que coexiste con el temor de conformar que la flauta sonó por casualidad. Que no merecías algo tan bueno, que hubo un error en el reparto…
Algunos sueños se vuelven contra ti, te hacen sufrir día a día, y aún así no renunciarías a ellos. A veces apuestas por el caballo que más te gusta, arriesgándote a pegarte un batacazo. Caminas a ciegas porque no puedes hacer otra cosa. Porque una vida sin sueños ya no sería una vida de verdad…

Holmes

La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente.
Desde muy jovencita he disfrutado con las aventuras de Sherlock Holmes. Siempre he preferido los “héroes” cuyo talento radica más en la inteligencia que en la fuerza. El que fue mi profesor de inglés durante mi adolescencia admiraba profundamente a Sir Arthur Conan Doyle y nos hacía leer el “Black Peter” todo el tiempo. Debería haberlo aborrecido, pero me pasó lo contrario…
Holmes es el inglés flemático, frío, que calla más de lo que dice. Y no es que me guste ese perfil en las personas que me rodean, pero como personaje me parece genial. Fuma en pipa, lee poesía y toca el violín. Tiene el talento de observar, analizar, y llegar a conclusiones usando únicamente su capacidad deductiva.
No he visto la película que han estrenado recientemente porque intuyo que me va a decepcionar. Está hecha para el gran público, con ese halo “made in Hollywood” que creo que no le pega nada. Y desde luego veo a Jude Law mucho más como Holmes que como Watson…
En cambio recuerdo que me encantaba “El secreto de la pirámide”. Narraba el primer encuentro entre ambos, cuando estudiaban en Oxford. Si no recuerdo mal, ya aparecía el malvado profesor Moriarty…
Un día de Navidad hace muchos años, cotilleando por las estanterías de una casa ajena, encontré un librito de esos de edición barata que regalan con algún periódico. Era “El carbunclo azul”. Lo abrí y leí en la primera página: Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi amigo Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las felicitaciones propias de la época. Lo leí ese mismo día…
Compré “Estudio en escarlata” en México, acompañada por alguien muy especial. Y eso que me había prohibido comprar libros por aquello del espacio en la maleta…
Recientemente disfruté de “Escándalo en bohemia”. Y es que ese título figuraba en la lista en la lista sagrada de Arturito, así que no me pude resistir. En él aparece Irene Adler, nombre que adopta la corruptora de Lucas Corso en “El club Dumas”. Esa chica a la que le gustan los trenes, de diabólica mirada verde… La cara de la mujer más hermosa y la mente del más sagaz de los hombres. Es la única mujer que Holmes reconoce como mentalmente superior a él, así que lo reconcilia con el género femenino. Porque no nos engañemos, es bastante misógino…
Él solía hacer bromas acerca de la inteligencia de las mujeres, pero últimamente no le he oído hacerlo. Y cuando habla de Irene Adler o menciona su fotografía, es siempre con el honroso título de “La mujer”.
Yo padezco anglofilia desde hace años… además de fascinación por los detectives. No es ningún secreto que “la mejor del mundo mundial” se deja ver de vez en cuando por mi cantina…
Conan Doyle tuvo la desafortunada idea de cargarse a Holmes, pero las protestas de los lectores le devolvieron la vida unos años después. Además de por su sagacidad, quizás me gusta porque es un poco antihéroe… maniático, soberbio, y se inyecta cocaína…
Mi cerebro se rebela contra el estancamiento. Proporcióneme usted problemas, proporcióneme trabajo, deme el más obtuso de los criptogramas, o el más intrincado de los análisis, y entonces me encontraré en mi atmósfera propia.
En mi próxima visita a Londres tengo una cita ineludible… Sí, soy un poco friki… Nunca lo he negado, jeje…

Desafiando al monstruo

Estoy dispersa además de asténica. Cuando los acontecimientos se entrelazan de cierta forma, mis ya reducidas vías de expresión sufren un trastorno considerable. Si a eso le unimos las dificultades técnicas que nos ponen la zancadilla últimamente, solo la determinación de contar algo (aunque no sepa muy bien qué me anima a enfrentarme al monstruo.
Esta primavera está algo desportillada aunque sea mi estación favorita. Prefiero limitarme a recordar los últimos fines de semana, disfrutar del sol que calienta el cuerpo y las lecturas que calientan el alma, aspirar el aroma de azahar que invade la otra orilla del río…
Es más inteligente pensar lo que se dice que decir lo que se piensa.
Admito que solo pienso lo que digo cuando se trata de asuntos trascendentes. La mayoría de las veces expreso los pensamientos sin procesarlos. Y tan solo unos segundos más tarde, soy consciente de mis meteduras de pata.
No creo que haya que decir lo que no se piensa, sino que no hay que decir todo lo que se piensa. Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios, así que conviene dosificar la información.
He perdido grandes ocasiones de quedarme calladita. Y es que desahogarse suele pasar factura… pero morderte la lengua cuando quieres decir algo es frustrante. Aún sabiendo que estás haciendo lo correcto, sientes que esas palabras se han quedado atrapadas en alguna parte y ya nunca saldrán.
¿Para qué hablar de “historias preciosas” que lo son solo para mí? No me apetece convencer a nadie de nada… No tengo vena proselitista…
Detesto los dobles juegos y la falta de honestidad. Hay actitudes que no acepto aunque me cuesten caras… Certezas que se clavan como aguijones, injusticias a manos llenas…
No quiero saberlo todo, no quiero entrar en clubs en los que no soy bienvenida, no quiero ir en contra de mí misma.
“Suéñame”, decías, como si se pudiera mandar en los sueños… como si no incluyeran a quien tu inconsciente quiere incluir y a nadie más…
No te apures compañero… si me destrozo la boca… no te apures que yo quiero… con el filo de esta copa… borrar la huella de un beso… traicionero que me dio…
Acaricio “la decisión”, consciente de que los parches se me están agotando y no me quedan muchas alternativas.
Escribo a salto de mata como Paul Auster, sin buscarle un sentido más allá del de disfrutar, explicarme cosas, comunicarme…
Mientras interesen mis desvaríos y el monstruo lo permita, seguiré pensando lo que digo y diciendo lo que pienso…

Aura

Soy un alma desnuda en estos versos, Alma desnuda que angustiada y sola Va dejando sus pétalos dispersos. Alma que puede ser una amapola, Que puede ser un lirio, una violeta, Un peñasco, una selva y una ola. Alma que como el viento vaga inquieta Y ruge cuando está sobre los mares, Y duerme dulcemente en una grieta. Alma que adora sobre sus altares, Dioses que no se bajan a cegarla; Alma que no conoce valladares. Alma que fuera fácil dominarla Con sólo un corazón que se partiera Para en su sangre cálida regarla. Alma que cuando está en la primavera Dice al invierno que demora: vuelve, Caiga tu nieve sobre la pradera. Alma que cuando nieva se disuelve En tristezas, clamando por las rosas con que la primavera nos envuelve. Alma que a ratos suelta mariposas A campo abierto, sin fijar distancia, Y les dice: libad sobre las cosas. Alma que ha de morir de una fragancia De un suspiro, de un verso en que se ruega, Sin perder, a poderlo, su elegancia. Alma que nada sabe y todo niega Y negando lo bueno el bien propicia Porque es negando como más se entrega. Alma que suele haber como delicia Palpar las almas, despreciar la huella, Y sentir en la mano una caricia. Alma que siempre disconforme de ella, Como los vientos vaga, corre y gira; Alma que sangra y sin cesar delira Por ser el buque en marcha de la estrella.

Alma desnuda. ALFONSINA STORNI

Recuerdo una calurosa mañana en la Ciudad de las rosas… una librería de esas en las que se detiene el tiempo… y como te las ingeniaste para sorprenderme a la salida con el regalo de “Aura” de Carlos Fuentes…
Lo cierto es que ese título ya era mágico para mí desde hacía mucho tiempo. Probablemente, desde una cita virtual para tomar un café, cuando nos separaba un océano. Antes de que me agarraras de los pelos y me sacaras del ciberespacio, ¿recuerdas?
"Al fin podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma y vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido."
Es un libro que devoré con un cariño especial por todo lo que simbolizaba para mí. Porque Aura eras tú… Igual que ella, caminas entre lo vivido y lo soñado… Eres la imaginación, la belleza, el encanto…
Solo las personas como tú dejan una huella indeleble, están presentes en la ausencia y cercanas en la lejanía…

Hoy brindo por ti…
Por ese día en que mi sonrisa se cruzó con la tuya…
Por los momentos compartidos y por compartir…
Por las risas, las palabras, las margaritas, los ateneos, las confidencias…
Por que sigas siendo la diva más cabrona…
¡Muchas felicidades!
¡Te quiero un chingo!
P.d. Cuando vuelva a México lindo me debes una escapada a Puerto Vallarta… Jeje…

Literaturas

Hay días que pienso que mi deuda con la literatura es impagable. Voy acumulando facturas, y ya no caben en el cajón. Me nutro de ella, no dejo de beneficiarme de sus efectos. Me inspira tanto, que hasta juego a emularla…
No siempre elegimos un camino conscientemente, de hecho creo que en muchos casos es él el que nos elige. Y una vez que pruebas la miel, no hay quien te aleje del panal. Porque es dulce, porque crea adicción…
Pocas cosas dan lo que prometen, pocas cosas no defraudan expectativas… Por eso cuando encuentro alguna me agarro a ella como un clavo ardiendo. Con los años vas aprendiendo lo que quieres en tu vida y lo que no, lo que necesitas y de lo que puedes prescindir. Asumes filosofías, adquieres costumbres, desarrollas querencias… Y llega un momento en el que no la entiendes sin esas referencias que la llenan, que se han convertido en sus pilares básicos. Ya no se trata de una decisión premeditada, sino de algo inevitable que te atrapa como una tela de araña y no te permite ver más allá. Porque además, no quieres ver más allá…
Y de pronto un día te pones a calibrar consecuencias y ves que ese mundo que adoptaste como propio es más tuyo que ningún otro. Que ha llevado y te sigue llevando a destinos maravillosos. Quisiste mirar detrás del espejo y te gustó lo que viste… Tu existencia se fue tiñendo de colores cada vez más vivos, aprendiste a tener fe en los sueños a pesar de tu escepticismo, y se crearon lazos con nudos marineros, lugares comunes y dependencias insustituibles.
En otros aspectos de mi existencia reina la incertidumbre, pero este se libra de ese mal. Es una forma de evasión que me inunda de sentimientos dulces y me ayuda a creer en lo que de otra forma ya no creería. Me ha conducido por derroteros insospechados regalándome momentos mágicos, afectos inquebrantables y unas cuantas certezas. Sobre el lugar que ocupa en mi vida, sobre mí misma, sobre el valor de una ilusión… Entre tantos caminos errados, encontré uno correcto. Y se llenaron vacíos, se abrieron ventanas, se hizo la luz. Una luz preciosa que me ilumina y me calienta, sin la que ya no sabría vivir. Siguiendo su estela encontré tesoros tan valiosos que vendería mi alma antes de renunciar a ellos…

Cuadernitis

A unos les da por coleccionar sellos, y a otros cajas de cerillas. Yo compro cuadernos compulsivamente. Los tengo de todos los tipos y colores. Mis favoritos son los de una raya y sin espiral, estilo Moleskine. Aunque no hay por qué buscarle una justificación a las idolatrías, supongo que esta tiene que ver con que me gusta escribir más que a un tonto un lápiz. Y aunque soy aficionada a la tecla, no reniego de la metodología artesanal.
Debo decir en mi defensa que antes o después les doy utilidad a mis cuadernos. Y como además de intentar contar historias soy una incondicional de las listas, apunto libros leídos y por leer, películas, ideas… Ya no suelo hacer diarios de viaje, pero me gusta anotar la ruta y alguna que otra impresión. Los trayectos largos dan para mucho...
Cuando viajo necesito un soporte donde plasmar mis pensamientos, y si no lo llevo encima lo compro en la primera ocasión. Porque si no me entra la angustia cósmica… El otro día salí a dar una vuelta y me asaltó la musa, así que entré en una tienda de chinos (era domingo y no había nada más abierto) a por un cuadernillo en el que descargar mi memoria. Solo me apetece sentarme sola en un bar si llevo lectura o material de escritura.
Me vuelvo loca en las tiendas de souvenirs de los museos… nunca salgo sin un cuaderno bajo el brazo. El caso es que son tan bonitos, que luego me da pena usarlos. Así que los reservo para ocasiones especiales… Le tengo especial cariño a uno de las Meninas que me regaló alguien muy querido y me sirvió para iniciar un largo proyecto. También al que compré en los Reales Alcázares de Sevilla, que tuvo una finalidad similar.
Adoro la sensación de abrir un cuaderno nuevo e inaugurarlo… Ir llenando las páginas en blanco con tinta oscura, pinceladas de mi mente y de mi alma que quizás nunca llegarán a ninguna parte, pero que me ayudan a expresar lo que no sé expresar de otra manera. Y me hacen soñar… ¿Quién da más por menos?
Revisar un cuaderno viejo en el que un día plasmé sensaciones, esbocé una historia o quise consignar cualquier dato que fuera importante para mí en ese momento es una experiencia evocadora. A veces dulce, y otras amarga… Pero siempre entrañable.
Quizás es ansiedad de contar algo lo que me induce a acumular cuadernos como una loca… Quizás es el temor inconsciente de que si no tengo donde apuntarlas, las palabras se evaporarán… Quizás es simplemente una rareza sin razón de ser…
Para que veáis que no miento…

Pasiones

Cuando llega este tiempo sueño con escaparme a mi Medina, un lugar que me alegra el alma. En invierno la humedad te cala hasta los huesos. La casa familiar es grande y con unas corrientes criminales, no hay manera de calentarla. Sin embargo en primavera cambia hasta el aire… Todo se llena de flores, y las temperaturas permiten dormir en ella sin morir de congelación. Me gusta su amplitud, la huella del pasado, ese patio que parece un tablero de ajedrez... Cuando estoy allí hago fotos compulsivamente, en un desesperado intento por atrapar cada sensación.
El pueblo es alegre, como lo es la gente de Cádiz. Para mí tiene un encanto irresistible. Me calma, me inspira, me ayuda a ver las cosas con perspectiva. No es solo la luz cegadora, la estética o los vínculos sentimentales, sino una desconexión terapeútica.
El ambiente es relajante y placentero, la buena vida elevada a la enésima potencia. El ritmo es pausado, no existen los despertadores. Las noches son silenciosas y frescas. Los desayunos largos, tranquilos. Me suelo instalar en la mesa de la cocina con un libro, el café y una tostada de manteca “colorá”. De vez en cuando salgo a la terraza y mis ojos se clavan en la buganvilla del corral. Y si no hay moros en la costa, aprovecho para escribir pensamientos o lo que me dicte la musa.
A media mañana, cuando ya he regresado al mundo de los vivos, me gusta salir a dar una vuelta. Bajando por la Cuesta Resbala y atravesando el Arco de la Pastora llego a un parque precioso donde está la biblioteca pública, que tiene Internet gratuito.
Otra ruta me lleva a la Iglesia Mayor. Me conozco cada piedra, pero disfruto visitando su claustro mudéjar o subiendo a la torre. Las vistas son impagables… En frente está la oficina de turismo, en la que puedo informarme de las actividades culturales y pedir algún poster que no tengo donde colgar.
Bajando por Alonso Pinzón, el Llanete y la Victoria, llego a la Calle San Juan. Allí está el mercado de abastos y “La onza de chocolate”, el paraíso terrenal. La plaza del Ayuntamiento se encuentra en la parte baja, así que no me queda más remedio que bajar para luego subir, como en la medina de Fez. Menos mal que mis estancias no son demasiado prolongadas, si no se me pondrían las piernas como las de Cristiano Ronaldo…
Vayas donde vayas, el tapeo es impresionante. Te puedes tomar una brocheta de langostinos por dos euros, un lomo en manteca o unas tortillitas de camarones. Los sábados que no hay levante, mi amigo Jose hace chicharrones en la calle y los sirve como tapa gratuita en su bar.
Las sobremesas son geniales, porque siempre hay un rincón agradable en el que recluirse a leer o siestear. Si lo prefieres, a poco más de media hora está la playa del Palmar. Tiene una calita junto al faro de Trafalgar, llamada Zahora. Cuando baja la marea se forma un laguito sin olas en el que ves pasar los peces junto a tus pies. Y Marruecos en la lejanía... Hay un chiringuito chulísimo donde sirven mojitos y tocan música en directo, flamenco y chill out.
Al anochecer todo el mundo va a la plaza. Los adultos se sientan en los bancos y las terrazas, mientras los niños corretean. El reloj se detiene en esas noches, porque se está tan a gusto en la calle que no hay nada más importante.
Al llegar a casa, la tradición manda tomar un chupito que suele ser de Canasta (un vino dulce delicioso) o Rompope (un ponche mexicano que venden en uno de los conventos), con algún dulce típico (amarguillo, yema nevada, trufita&hellip antes de acostarse. Si la noche está clara, puedes salir a la terraza a contemplar las estrellas en las tumbonas de playa. Y después, un rato de lectura en la cama. No sé por qué se lee tan bien allí… Debe ser el silencio, el microclima, o la conciencia de que no hay que madrugar. Tal vez es que esa casa que parece detenida en el tiempo inspira sosiego. O que la tengo asociada con las vacaciones…
Como dicen en “El secreto de sus ojos”, se puede cambiar de todo en la vida, menos de pasión.

Tentaciones

- Conozco esa mirada…
- No me digas…
- Miedo me das…
- Estás pensando lo mismo que yo…
- Joder… no me tientes…
- Lo estás deseando…
- Mira que eres mala…
- Solo por esta vez…
- No podemos hacerlo…
- Sí podemos…
- No debemos…
- Porque tú lo digas…
- Yo lo digo, sí. Que tengo más neuronas que tú…
- ¿Qué sería de la vida sin los pequeños placeres?
- Lianta.
- Cobarde.
- Corruptora.
- Reprimido.
- Si hasta te brillan los ojos…
- ¡A ti también!
- La perdición de los hombres, eso sois…
- Que perdición ni que niño muerto…
- Pretendes aniquilarme…
- Dios me libre…
- Y a mí de ti…
- Yo no quiero muertos en mi maletero…
- Ni yo ser uno de ellos, que tengo claustrofobia desde lo del ascensor… y no digo que fuera culpa tuya…
- Más te vale…
- Que no me bajo del burro. Que no y que no…
- Pues mejor… el brownie para mí solita…
- Además de diabética eres subnormal, te va a dar un subidón de azúcar que lo vas a flipar…
- En peores plazas hemos toreao… Y mira que cutis, ni Cleopatra…
- Ponme un trozo, anda… Ya que te voy a tener que llevar al hospital…

Memoria epistolar

Yo sé que no soy muy normal, y que disfrazo de rarezas lo que en realidad son paranoias… pero me siento a gusto en mi pellejo, son muchos años y me he tomado cariño, jeje…
A lo que iba… que el otro día me asusté al ver que tengo más de cinco mil quinientos correos electrónicos… así que pensé que era hora de hacer una operación limpieza. Ya que no hago operación bikini, alguna tengo que hacer… El caso es que si no los he borrado es por algo… Ya os conté mi manía de acumular recuerdos… que me da penilla deshacerme de ellos, sobretodo de los que tienen un simbolismo especial. Pues ese mismo arrebato nostálgico es el que me nubla la vista con los correos, unido a la intuición de que algunos pueden hacerme falta más adelante. Lo cierto es que más de una vez he encontrado datos que necesitaba gracias a mi afán diogénico. Aunque reconozco que en la mayor parte de los casos, el motivo de conservarlos es puramente sentimental.
Revisando mi cuenta desde sus orígenes, me han invadido los recuerdos. He constatado que hay personas con las que ya no existe comunicación, otras con las que la relación no es la que era, y otras con las que permanece inmutable.
Tengo distintos tipos de correos: los prácticos, que versan sobre temas básicamente laborales. Esos no puedo eliminarlos porque ciertos contactos son importantes. Los ociosos, que son sobretodo presentaciones de power point. Por lo general las borro nada más verlas, pero algunas me parecen tan buenas que las mantengo. Y mis favoritos: los personales. Entre ellos los hay de distinta extensión y frecuencia. Evidentemente muchos son prescindibles… Pero existen conversaciones constantes y prolongadas en el tiempo que recogen vivencias, confesiones, estados de ánimo… Son mucho más que cotilleos, mucho más que un diario de campaña. Son trocitos de vidas… y para mí valen tanto como si fueran cartas de puño y letra.
Admito que me expreso mucho mejor por escrito, y que por esa vía soy capaz de decir cosas que jamás diría de viva voz. Revisando esta correspondencia me ha sorprendido cuanto he contado y me han contado, cuanto cariño he dado y he recibido… Como he compartido y han compartido conmigo situaciones que no han salido ni saldrán de ese contexto, y hasta que punto hacen mi día a día diferente (infinitamente mejor). Destilan verdad, generosidad, y esa afinidad que provoca la comunicación fluida entre dos personas.
Me viene a la mente esa peli de Tom Hanks y Meg Ryan (mira que hacen buena pareja estos dos&hellip , “Tienes un e-mail”. Lo bien que describía la emoción de entrar en tu servidor, ver escrito en negrita Bandeja de entrada, pinchar y encontrarte con algunos de esos correos que te hacen sonreír antes de abrirlos… Porque con solo un click comprobarás que alguien se acuerda de ti, tienes cosas que contarte… Y por mucho tiempo que pase, yo no puedo tirar ese compendio de afecto y confianza a la papelera. No puedo…