jueves, 14 de enero de 2010

Agua pasada

La librería estaba de bote en bote. Culpa mía, por dejar los regalos para el último momento… Todos los años me acababa pillando el toro. En esta ocasión no disfrutaría del placer de rebuscar sin prisa por las estanterías. Las aglomeraciones me ponían nerviosa, sobretodo en espacios cerrados. Además, andaba cortita de paciencia.
Como buscaba un libro poco común, le pedí ayuda a uno de los dependientes para acabar cuanto antes. El chico me acompañó amablemente a donde se suponía que debía estar.
- Según el ordenador queda uno, pero ha debido venderse… -me dijo con expresión de disculpa.
Me encaminé resignada hacia la salida. La visión de un rostro conocido me hizo detenerme. Hacía cola para pagar. Aunque habían pasado varios años, lo reconocí sin dificultad. Parecía más alto, más corpulento. Llevaba el pelo más corto de lo que recordaba y barba de tres días, pero era él. Durante un tiempo había sido el novio de la que por ese entonces era mi mejor amiga. Eso lo convertía en prohibido para mí, así que jamás había expresado lo que me inspiraba. No solo era cuestión de ética, sino que me negaba a conformarme con las sobras de nadie. Además, tampoco había percibido ninguna atracción por su parte… Encontrar a alguien en el momento equivocado era peor que no encontrarlo.
La vida volvía a ponerlo en mi camino demasiado tarde. No sabía nada de los labios que había besado, de los secretos compartidos, de los sueños acariciados… Era tan ajeno para mí como yo para él.
Llevaba un libro en las manos. El corazón me pegó un brinco cuando descubrí que era justo el que yo buscaba… Creía en las señales, pero aquello no era más que una perversa casualidad.
Justo antes de emprender la retirada, sus ojos castaños me sonrieron. Joder, me había reconocido. Ahora no tendría más remedio que saludarlo. No estaba preparada para ese encuentro, no sabía como reaccionar.
- ¿Nos conocemos? –me preguntó. Me miraba como no me había mirado antes. En otras circunstancias eso habría sido una reparación.
- No –mentí. Odio hacerlo, pero me molestó que no me recordara. ¿Tanto había cambiado? Más bien, nunca se había fijado en mí…
- Tengo la sensación de haberte visto antes…
- Puede. Esta ciudad es un pañuelo…
Le dirigí una media sonrisa y un gesto de despedida. Ese sentimiento que había sido solo mío debía seguir siéndolo. Y permanecer tan oculto como hasta entonces. Remover el pasado nunca traía nada bueno. Podíamos aprender a vivir con el, a desprendernos de los lastres emocionales, pero las frustraciones permanecían impresas en el alma con tinta indeleble.
- ¿Te vas con las manos vacías?
- Buscaba un libro, pero no lo tienen.
- ¿Qué libro?
- Da igual…
Mis ojos contradijeron mis palabras, porque se clavaron en sus manos, delatándome.
- ¿Este?
- Pues sí… -admití, como pillada en falta.
- Toma –dijo ofreciéndomelo.
- No, gracias… Tú has llegado antes, te corresponde.
Tenía la sensación de que me estaba haciendo un regalo, y aceptarlo me haría sentir en deuda.
- Te confieso que he dudado si comprarlo o no… Es para una chica que me temo que no lo va a disfrutar. A mí me encanta, pero creo que es error regalárselo. Y resulta que tú lo quieres... Quédatelo, de verdad. Nos harás un favor a ambos.
- Me sabe mal quitártelo…
- Y mí me pasa lo mismo… ¿Tienes prisa?
- No mucha –volví a mentir.
- Pues déjame invitarte a un café, y lo discutimos…
P.d. Esto es solamente ficción...

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