viernes, 22 de enero de 2010

Días bonitos

Hay días que aunque empiecen como los demás, acaban siendo bonitos. De repente me llega una voz querida, una sonrisa, unas palabras cálidas… Leo algo que me llega al alma, recibo a nuevos amigos que pasan a acompañar a los viejos, o luce el sol después de semanas haciéndose de rogar… Y todo lo que ayer me parecía gris, me parece luminoso.
A veces, solo a veces, se conjugan varios de estos elementos, convirtiendo un día cualquiera en un día bonito. Cuando empiezo a sentirlo, parece que irradio algo especial que sigue atrayendo cosas buenas. Se me debe notar en la cara, porque alguien me dice que tengo el guapo subido. Y aunque sepa que media el cariño, contribuye a animarme. O me regalan un sobre con un papelito en el que pone: “Vale por un deseo”, y me atrevo a formularlo en voz baja. Me abstraigo de mi escepticismo, porque ese día todo parece posible…
En realidad son pocos detalles los que distinguen un día bonito de uno anodino. Eso es lo más desconcertante… Da vértigo pensar que depende más de causas ajenas que propias, al menos hasta que salta la chispa detonante.
Los días bonitos sacan lo mejor de mí. Estoy más simpática, más inspirada. Las musas perciben mi estado anímico y me hacen el honor de visitarme para aprovechar esa energía positiva. Me encuentro más activa, e incluso decido meterle mano a eso que había aparcado porque no me motivaba. La rutina es más llevadera, lo que por lo general es una carga deja de serlo. Valoro más lo que tengo, reparo en detalles que me suelen pasar desapercibidos. Lo que solo un día antes me preocupaba, ya no me parece tan grave. Lo veo todo bajo otro prisma. Hasta tengo sueños bonitos…
Son esos días en los que no me siento en el filo de la navaja. En los que parece que el corazón late más deprisa… Suelen llegar cuando más los necesito, y eso multiplica su valor. Son como una bocanada de aire fresco que me carga las pilas. Su efecto dura más de veinticuatro horas, como la estela de un buen perfume.
Pienso que ojalá fueran así todos, pero sé que eso sería mucho pedir. Esos días bonitos son tan bonitos, que ni siquiera la certeza de que el siguiente tardará en llegar puede amargármelos.

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