martes, 5 de enero de 2010

La historia secreta de una novela

Desde que escribo por estas páginas, mis filias y fobias son de dominio público. No es ningún secreto que Arturito me inspira… Leí su artículo del sábado pasado con varios días de retraso, porque el ritmo festivo me tiene trastornada. Suscribo cada una de sus frases, aunque no habría podido expresarlo mejor…
Alguien dijo una vez -puede que fuera yo mismo- que acabar una novela se parece a convivir con una mujer a la que amaste mucho pero que ya te amarga la vida. Por eso estás deseando que se olvide de ti y haga felices a otros.
Los entresijos de una novela me apasionan. Vaya por delante que yo no hago literatura, sino un burdo intento sin expectativas. Aunque cada maestrillo tiene su librillo, en todo proceso creativo hay unas pautas comunes. Obviamente mi preparación no es ni por asomo la suya, pero ha sido genial constatar que seguimos procedimientos parecidos.
Ni siquiera el trabajo agotador de estructura formal y tecleo diario es tan decisivo como estas humildes servilletas o facturas garabateadas al dorso: súbitos relámpagos, intuición de personajes, atisbo de historias posibles o imposibles.
Es curioso como cualquier palabra o imagen puede convertirse en una idea. Una escena de una película, una actitud, una canción, o un pensamiento que acude a tu mente. Todo es utilizable si tiene significado para ti…
A veces se trata solo de una palabra o un nombre. Otras anotaciones son más complejas, con una reflexión o la descripción de un personaje o unas frases de diálogo.
Suelo llevar siempre encima papel y boli, pero en algunos casos esas iluminaciones llegan en los momentos más insospechados, obligándome a memorizarlas. De hecho las más decisivas me han asaltado caminando por la calle, en el trabajo o en un medio de transporte. He usado tickets, copias de recetas, y hasta mi mano en casos de emergencia. Una vez apuntadas buscan su propio lugar y pueden derivar en lo que menos imaginaba.
Certifican la soledad fértil de quien mira el mundo y lo cuenta proyectando en él los libros que ha leído, los odios, los afectos, los triunfos y fracasos ajenos y propios. La vida que posee y la muerte que lo aguarda.
Esas referencias emocionales son el verdadero sustrato de una historia. Lo que vemos, lo que oímos, lo que soñamos, lo que amamos y lo que odiamos. Nuestro perfil suele quedar plasmado aún de forma inconsciente. De esa certeza procede gran parte de mi pudor a compartir lo escrito. A veces, releyendo, descubro que hay anécdotas reales camufladas, deseos y temores propios, sentimientos que afloran en cuanto dejo de ofrecer resistencia. Alucino al darme cuenta de que un personaje que aparentemente no se parece a mí, es en el fondo una radiografía mía. Ama, odia y sueña como yo…
Estoy de acuerdo con Vargas Llosa cuando dice una novela se escribe con obsesiones, no con convicciones. Entre otras cosas, convicciones tengo cada vez menos… Acostumbro más a expresar dudas e inquietudes. Esa humanidad de los personajes me ayuda a aceptar mejor la mía. Exorcizar las “nostalgias, culpas y rencores”, tratar de entenderme y entender el mundo en el que me ha tocado vivir…
Cualquiera podría psicoanalizarme leyendo una página (cosa que no me hace la menor gracia), pero nadie excepto yo sabe ni sabrá a ciencia cierta que hay detrás de cada párrafo. Las lecturas, imágenes y pensamientos que explican su presencia. Esa historia secreta me la reservo.

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