jueves, 25 de febrero de 2010

Viajar en el tiempo

Me gusta la revista Mercurio, porque habla de libros y encima es gratis. Este mes incluye varios artículos sobre la novela histórica, uno de mis géneros literarios favoritos. En ella la Historia es más que un marco de ambientación, interacciona con la trama como si fuera otro personaje. Tiene un gran mérito, porque aunque dé rienda suelta a la ficción, requiere una fidelidad a los hechos que solo es posible con la documentación adecuada. Te sumerge en el pasado, ampliando tu visión. Y ya sabemos que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla…
Grandes maestros como Dumas, Hugo, Stendhal, Tolstoi o Galdós demostraron una capacidad fabuladora portentosa sin perder el rigor histórico. Me parece una genialidad como hicieron convivir a personajes inventados con reales, sin perder un ápice de verosimilitud. Enmarcar una historia ficticia en una época concreta, avalada con sucesos y personas auténticos, le da una fuerza increíble.
Ahora está en auge, pero no es oro todo lo que reluce. Creo que hay demasiadas reliquias de la Iglesia, códice indescifrable y secreto apocalíptico. Se ha creado un subgénero que vulnera la esencia de la novela histórica. Algunas son intrigas bien urdidas, pero cualquier historiador se llevaría las manos a la cabeza al leerlas. Porque una cosa es novelar la Historia, y otra manipularla.
De las contemporáneas me quedaría sin duda con “El nombre de la rosa” de Umberto Eco. Adoro a Guillermo de Baskerville y su holmesiana capacidad deductora: “Mi querido Adso, durante todo el viaje he estado enseñándote a reconocer las huellas por las que el mundo nos habla como por medio de un gran libro”.
Me quito el sombrero con “El maestro de esgrima”, de Pérez-Reverte. Ese pobre Jaime Astarloa en las garras de la pérfida Adela de Otero en el convulso Madrid de mediados del XIX encarna los viejos valores en peligro de extinción…
Las “Aventuras del Capitán Alatriste” podrán gustar más o menos, pero nadie puede poner en duda el realismo con el que recrea las intrigas palaciegas, el léxico y la mentalidad del Siglo de Oro español.
Considero “Los pilares de la tierra”, por muy bestseller que sea, una gran novela histórica. Follett recreó increíblemente bien la atmósfera y la sociedad medieval, se ilustró a fondo sobre arquitectura gótica, e ingenió una trama que engancha de principio a fin.
También me parecieron estupendas “El último judío”, de Noah Gordon, “El faro de Alejandría” de Gillian Bradshaw, o “La vieja sirena” de José Luis Sampedro, sin olvidar las de Terenci.
Quizás la necesidad de evasión que buscamos en la literatura se ve satisfecha con más facilidad cuando nos sumergimos en ambientes totalmente ajenos al nuestro. Y viajar en la máquina del tiempo no es mala opción… Ya tengo preparado el equipaje para trasladarme al antiguo Egipto, junto a un médico llamado Sinhué.

Objetos con alma

Supongo que serían los objetos que rescataría de un incendio o me llevaría a una isla desierta, porque si miro a mi alrededor, son los más queridos. A parte de un buen puñado de libros que me hicieron soñar y las pelis de mis amores, conservo otros de gran valor sentimental. Son especiales porque están asociados a lugares, momentos o personas especiales. Recuerdos de viajes, regalos, todo lo que aunque pueda parecer absurdo tiene un sentido para mí.
En algunos de ellos, su valor radica en su procedencia. Tengo dos camellitos de madera que compré en el zoco de Marrakech (regateando, por supuesto), una bochornosa tarde en la que yo estaba más pallá que pacá… Una pluma de cristal de Murano que encontré en un mercadillo callejero de Venecia y creo que jamás usaré por temor a romperla… Una botella de tequila Don Julio que traje de México y me resisto a beberme…
De mi pared cuelga un regalo precioso e inesperado. Verme cada día junto a dos reinas moras, me hace sentir más regia de lo que soy. Antes de llegar a su destino pasó varios días en el maletero de un coche y me daba pánico que se rompiera... Guardo con cariño una cajita metálica de puros Faros que me regaló un amigo detallista en un momento en el que valoraba los detalles más que cualquier otra cosa... Sentada en mi estantería está mi tocaya, una muñequita de cartón-piedra que llegó a mí una soleada mañana en la Ciudad de las Rosas, a través de alguien muy querido. Y junto a ella hay un burrito de peluche que me envió una personita adorable, en la que pienso cada vez que lo veo... Entre mis posesiones más preciadas se encuentran dos anillos de oro que me regalaron mis abuelas. El miedo a perderlos hizo que me los quitara antes de un largo viaje y los dejara a buen recaudo. No he vuelto a ponérmelos…
Valoro muchísimo los regalos. El que alguien pensara en mí y se tomara la molestia de comprarme algo con la ilusión de que me gustara es una muestra de afecto que no puedo dejar de agradecer. Algunos tienen un valor añadido… Porque fueron hechos sin la menor justificación, o quien los hizo se puso en mi piel acertando de lleno. No creo en los talismanes, pero sí creo que la intención y el espíritu de una persona permanecen de algún modo en el objeto que te regaló. Hacer un regalo es una forma de que te recuerden, de estar presente en el entorno de alguien. Quizás por eso detesto las listas de bodas y suelo pasar de ellas.
Guardo objetos simbólicos como una bala, una onza de plata mexicana, o la primera notificación de cuanto me pagarían por algo escrito. Atesoro un cuarzo rosa que una amiga me dio asegurándome que me traería suerte. Y un escarabeo egipcio que un familiar me regaló cuando iniciaba una nueva etapa en mi vida. Y un puñadito de arena del Sáhara, y caracolas de mi playa del Palmar, y agua de rosas turca, y una piedra de granito que cogí este verano en la Isla de Sálvora… No se puede ser más friki, lo sé… jeje…
Admito que padezco cierto grado de Síndrome de Diógenes sentimentaloide, porque conservo entradas de cine, de espectáculos, billetes de avión, invitaciones de boda, servilletas con un número de teléfono o una dirección de email… por no hablar de postales y monedas extranjeras. Hay cosas que simplemente no puedo tirar. Porque forman parte de mi historia, y las quiero cerca. Para que me recuerden donde estuve, que hice, quien soy…

viernes, 19 de febrero de 2010

Blanco y en botella

Hacía mucho que las musas me habían abandonado, si es que alguna vez estuvieron cerca… Ya había desistido de sentarme ante un documento en blanco esperando el santo advenimiento, porque esa tensión me bloqueaba. Leía hasta la madrugada, dominada por la absurda creencia de que conocer nuevas historias me abriría la mente, como si el talento fuera contagioso.
La inclemente climatología siempre me había fomentado la creatividad, pero debía encontrarse en estado vegetativo. Se me caía la casa encima, así que a pesar de los nubarrones que se cernían amenazantes, me abrigué a conciencia y salí a pasear. Mi boca exhalaba vaho, pero el movimiento hacía que se me desentumecieran las articulaciones y reactivaba mis pensamientos.
En la ciudad reinaba un ambiente húmedo y brumoso, producto del diluvio que había caído durante la noche. Entré en una cafetería de aspecto antiguo, con mesas de mármol y grandes ventanales por los que observar la calle. De esas que abundan en el viejo Buenos Aires.
El olor a café recién hecho inundó mis fosas nasales. Era justo lo que necesitaba, un chute de cafeína en vena. Me atrincheré en la mesa más recóndita disponible, y no pude evitar sacar el cuaderno. Siempre había creído que debía escribir sobre lo que conocía. No había mayor fuente de inspiración que la realidad. Pero el problema es que yo no creía que la mía pudiera resultar interesante para alguien. Me gustaba observar a la gente, imaginar sus vidas. Conocía historias dignas de ser recordadas, pero no tenía ningún derecho a divulgarlas. Además, me quedaría sin amigos en un abrir y cerrar de ojos, como Woody Allen en “Desmontando a Harry”.
En esas elucubraciones estaba, cuando dos tipos ocuparon la mesa de al lado. Uno era alto, cuarentón. El otro parecía más joven, bien entrado en manteca. Ninguno de los dos emanaba el más mínimo atractivo. Ambos tenían un aspecto de lo más vulgar.
Solo hizo falta un segundo para sacarme de mi error. No necesitaba seguir la conversación para percibir la tensión que desprendían. El bullicio se redujo levemente y eso me permitió escuchar al mantecoso decirle al alto: “quiero que lo hagas esta misma noche”. El tono era imperativo, como si tuviera algún poder sobre él. Estaban tramando algo, y no parecía nada bueno.
El ruido de la máquina de café era ensordecedor, pero los labios del alto dibujaron las palabras “dosis mortal”. Se me heló la sangre en las venas… ¡Iban a cargarse a alguien! Mi mente peliculera me había jugado una mala pasada alguna vez, pero aquello era blanco y en botella…
Cuando el estruendo de la máquina por fin se detuvo, llegó a mis oídos la confirmación definitiva: “está en juego una fortuna”. Ahora no había dudas. Se estaba cociendo un asesinato delante de mis narices… Alguien muy rico iba a morir, y el mantecas saldría beneficiado.
El alto me miró fijamente durante unos segundos, llenándome de pánico. Era un matón a sueldo, se había quedado con mi cara… Debía salir de allí cuanto antes. Si fuera a la policía y les contara lo que acababa de presenciar me tomarían por loca, pero si no lo hacía sería cómplice de una muerte… Me encaminé hacia la puerta con paso vacilante y una única certeza: al menos ya tenía una buena historia.
El gordito apuró su café y sonrió satisfecho. Muy pronto se libraría de las ratas que devoraban su valiosa biblioteca…

El talón de Aquiles

Para mí es un eufemismo, porque creo que todos tenemos más de uno. Claro, que no somos héroes de la antigüedad con la fuerza de un ciclón. Debilidades, puntos vulnerables… que cuando nos tocan nos hacen flaquear. Temas dolorosos que nos traen malos recuerdos o ponen de manifiesto carencias, frustraciones, inseguridades… Es precisamente esa parte nuestra que menos nos gusta y tratamos de ocultar de las miradas ajenas. Por eso cuando alguien mete el dedo en la llaga hace que nos sangre.
Además hay momentos, lugares, cosas o personas que sacralizamos y convertimos en intocables. Porque creemos que el sentimiento que nos inspiran nos confiere cierto derecho sobre ellos. No podemos evitar ese afán de exclusividad y posesión al pensar que para nadie significan lo mismo, que nadie los quiere del mismo modo. Y “que culpa tengo yo de quererte como te quiero”…
Desvelaré algunos de mis talones de Aquiles. Solo algunos… Uno es que desconfíen de mí. Que me consideren culpable de lo que no lo soy, o vean maldad donde no la hay. La duda ofende, porque es injusta…
Otro es la sensación de defraudar a la gente que me quiere. Porque es quien menos se lo merece, y porque detesto la ingratitud. Si ya es duro decepcionarse a una misma, aún lo es más decepcionar al que espera algo de ti.
Que un gesto de buena voluntad se me vuelva en contra. Algo que revelé, ese paso hacia delante que di, aquello que dije solo para agradar… y a veces te queda la sensación de que no te han sabido o querido entender, de que has causado un efecto que no pretendías.
Diría que todos los que escribimos somos vulnerables ante las críticas. No es que pensemos que merecemos solo elogios, sino que cuando compartimos algo tan personal y la respuesta no es la que esperamos, lamentamos haberlo hecho. A veces se juzga a la ligera, se pasa por alto algo tan elemental como la libertad del autor, o simplemente, lo que a ti te interesa no le tiene por qué interesar a todo el mundo. Pero existe algo llamado “tacto”, que para nada implica hipocresía.
Y mi última confesión, un tanto genérica: los sueños no cumplidos. Esas espinitas clavadas en el alma que te recuerdan que no pudiste, no fuiste capaz, o la fortuna no estuvo de tu parte. Algo fue superior a ti y te quedaste en el intento. Perdiste el tren… y a veces tú te lo perdonas pero los demás no. O al revés…
Estamos llenos de fragilidades, de contradicciones… Y constatar las ajenas nos ayuda a sentirnos mejor, sobretodo si coinciden con las nuestras. El que alguien conozca tus talones de Aquiles te beneficia si tiene buenas intenciones, pero son flechas envenenadas que pones al alcance de quien quiera destruirte.

Seis grados de separación

Una teoría afirma que cada persona del planeta está separada de cualquier otra por una cadena de solo seis enlaces. Esta es la premisa de una película de esas que están fuera del circuito de los grandes estrenos y tuve la suerte de descubrir hace unos años. Es una sátira genial, basada en una exitosa obra de teatro. Me fascina ese Nueva York culto que retrata, emparentado con el cine de Woody Allen.
Los Kittredge son un matrimonio de marchantes de arte, el esnobismo elevado a la enésima potencia. Una noche invitan a cenar a un amigo de Sudáfrica al que quieren involucrar en la venta de un Cezanne. Pero la inesperada aparición de un joven negro presunto amigo de sus hijos altera sus planes. Cuando les dice que es el hijo del actor Sidney Poitiers se convierte en el protagonista de la velada. Todos quedan fascinados por su brillante disertación sobre “El guardián entre el centeno”, y por la patética perspectiva de trabajar como extras en la película “Cats”.
Pero solo hay que tirar del hilo de Ariadna para descubrir su verdadera cara… La información hace milagros, y los modales se pueden adquirir. Cualquiera con el talento necesario puede representar un papel. Lo que empieza siendo una anécdota para contar en sociedad, acaba teniendo consecuencias imprevistas.
“Nos descubrió un mundo nuevo. Eso es lo que todo el mundo quiere, ¿no?”.
Ellos viven en un microcosmos blindado, y él es un chico de la calle que aspira a algo mejor. Para mí el Kandinsky pintado por ambas caras (caos/control) representa esa dicotomía, esos dos mundos tan opuestos y a la vez tan cercanos. De alguna manera siempre he admirado a los que consiguen hacerse pasar por lo que no son. Tal vez porque yo no domino ese “arte”...
Hay quien se cree sus propias mentiras. Hay quien no se conforma con la vida que le tocó en suerte. Y quien baja de la nube a golpes de realidad…
Lo que me gusta de la teoría de los seis grados es que implica que no estamos tan lejos unos de otros. Y las vidas que nunca tendrían por qué cruzarse pueden congeniar perfectamente. Porque la simbiosis entre las personas no entiende de raza, nacionalidad o clase social. Porque cualquiera puede tocar la mano de Dios…

Rarezas

Con los años voy tomando conciencia de mis rarezas, al tiempo que aprendo a convivir con ellas. Y no necesito que nadie las entienda. Una de mis favoritas es recorrer sola una ciudad que no sea la mía, como hice este sábado. Lo que más me atrae es el “factor descubrimiento”.
Cuando me adentro por una callejuela solitaria en la que solo se escucha el sonido de mis pisadas sonrío como una niña perpetrando una maldad. Y sé que disfrutar tanto de la soledad no debe ser bueno, pero que le voy a hacer si la vida me ha hecho así… Y si no me soporto yo, ¿cómo voy a esperar que alguien lo haga?
Tengo unos vicios adquiridos contra los que no puedo ni quiero luchar. Como el de fotografiar todo aquello que me llama la atención, por absurdo que sea. O el de entrar en cuanta iglesia encuentre abierta, a la caza de guadalupes. Mi favorito es el de comprar libros, a pesar de lo poco práctico que resulta estando lejos de casa. Pero es que esos libros tienen algo especial, porque quedarán asociados a esa ciudad. Y porque en el momento en el que los compro, cobran prioridad sobre los que traigo. Creo que ser leídos en su lugar de procedencia es parte de su encanto… Otra rareza… ya os digo que podría hacer un catálogo…
Aún estaba conmocionada con el que había leído durante el trayecto, “La mecánica del corazón”. Una historia preciosa… Al ver esa librería cuyo nombre me recordó al de la hija de una querida amiga no tuve más remedio que entrar. Y si es difícil pasar de largo, más lo es salir con las manos vacías. Así que se vinieron conmigo Balzac, Bukowski, y Luis Sepúlveda. Además de unos cuadernillos Moleskine para apuntar pensamientos. Soy una pecadora impenitente, lo sé…
Salí más feliz que una perdiz. La ciudad tenía un ambiente carnavalero y más visitantes de lo habitual, pues esa noche jugaba el Real Madrid. Estaba helada de frío y agotada por la caminata, pero entusiasmada con mi aventura urbana. ¿Cómo pasar de largo ante una tabernilla flamenca llamada “Entre vinos y arte”? Eso debe ser más pecado que los que cometí en la librería…
Hace años lo de entrar sola en un bar no me hacía ninguna gracia, pero ahora sí que me la hace. Sobretodo si llevo lectura y material de escritura. Los camareros me miran con sorpresa, que se convierte en desconcierto cuando saco el libro o el cuaderno. Y en lugar de molestarme, eso me divierte. En México ya me curé de espantos… Algunos se sienten obligados a darme conversación, cuando es lo que menos me apetece. Deben pensar que estoy aburrida o algo así… Este además se empeñaba en llamarme “señora”, algo que detesto. Voy a tener que deshacerme de esa chaqueta…
Había sido una mañana genial. Pedí una copa de manzanilla (lo que no era una provocación aunque pudiera parecerlo) y brindé conmigo misma, orgullosa de mis rarezas.

jueves, 11 de febrero de 2010

Manzanas envenenadas

Desde mi más tierna infancia fui consciente del peligro que podía entrañar una manzana, pues la primera película que vieron mis ojillos fue "Blancanieves y los siete enanitos". Además, tuve una baraja de cartas de este cuento que me regaló mi abuela para tenerme entretenida cuando iba a su casa y que no hiciera maldades (aún así las hacía). Al final del juego, como no podía ser de otra forma, quien se quedaba con la manzana perdía…
Ya sabemos lo que les pasó a Adán y a Eva por morder una manzana en el jardín del Edén. A partir de entonces han dado más de un quebradero de cabeza…
Aunque no soy precisamente frutariana, un día me disputé una manzana dorada con dos bellas diosas. Pero la equidad de cierto efebo zanjó el asunto salomónicamente antes de que su poder nos corrompiera. Atalanta perdió la carrera y acabó convertida en león, en cambio nosotras brindamos con el rumor de las olas de fondo.
A lo largo de mi vida me he encontrado con más de una manzana envenenada, de esas que darían una sidra amarga y letal. No pueden evitar estar emponzoñadas, es su naturaleza. Al igual que un escorpión mata sin querer, como nos enseñó Neil Jordan en “Juego de lágrimas”. Lo peor es que la muerdes aún conociendo sus efectos, porque tú tampoco puedes evitarlo.
Algunas te tientan con su aroma, con su color… El magnetismo es tan grande que sucumbes y te las llevas a la boca. Sientes como su veneno se desliza por tu garganta y te va quemando por dentro, paralizando tus miembros poco a poco. A veces te enajena, impidiéndote darte cuenta de certezas más dolorosas que el propio veneno. Certezas sobre el lugar que ocupas, sobre aspiraciones inútiles, sobre silencios elocuentes, sobre puertas cerradas…
Arturito dice que la bala que no oyes es la que te mata, pero yo añadiría que no son las únicas. Otras las oyes aproximarte y también te llevan por delante. La tentación es lo que tiene… Ya lo decía Wilde, la única forma de evitarla es caer en ella. Al fin y al cabo morir envenenada no es la peor de las muertes. Si no que se lo pregunten a Julieta…

Lugares

Cada uno tiene sus lugares. Los que amuebla con los libros leídos, con la imaginación y con la propia vida. Sitios vinculados a recuerdos, a personas, a sueños realizados o por realizar.
ARTURO PÉREZ-REVERTE
Ya conocéis mi debilidad por las citas revertianas, así que permitidme la reincidencia. Es que con frecuencia siento que habla mi mismo idioma, y eso en los tiempos que corren es un privilegio.
Todos tenemos lugares a los que les encontramos un significado único, personal e intransferible. Están asociados a momentos, personas, olores, lecturas… e idealizados en nuestro recuerdo. Lugares con los que mantenemos una relación especial que nadie más puede entender, cuya sola mención puede bastar para acelerarnos el pulso.
Quizás se nos metieron en el alma leyendo una historia que disfrutamos, deseamos vivir allí algún día, o contemplamos la luna más increíble que hayamos visto jamás… Quizás soñamos con recorrerlos de la mano de alguien, descubrimos una mirada, nos dirigieron una sonrisa, o besamos como si se fuera a acabar el mundo…
Porque algunos dejan de ser lugares físicos para ser algo más. Pasan a estar formados de ilusiones, de experiencias bonitas, de vidas ficticias y reales con las que existe un vínculo sentimental… Y eso les da una dimensión que nadie más comparte.
“En Comala comprendí, que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, dice Sabina. Supongo que igual que hay que abandonar la fiesta en el momento en el que más te estés divirtiendo para que ese sea el recuerdo que te quede, es la única forma de mantener esa percepción intacta. Lo que pasa es que a los lugares en los que has sido feliz siempre quieres volver… “Y volver, volver, volver… a tus brazos otra vez…”, aún asumiendo el riesgo de que te decepcionen.
Además, algunos necesitamos crearnos nuestro propio universo, compuesto de referencias con las que nos identifiquemos. Ese refugio a la medida en el que habita nuestra memoria emocional, nuestros anhelos más secretos. Tan sagrado que no le permitimos el paso a cualquiera.
También hay lugares virtuales en los que te sientes tan a gusto que te quedarías a vivir… Solo quien ha estado en ellos y de la forma en la que yo he estado puede hacerse una idea.
Lo que convierte un lugar del tipo que sea en especial son los sentimientos que un día nos inspiró. Porque eso es lo que nos marca… Eso es lo que queda…

jueves, 4 de febrero de 2010

Autosuficiencia

“La autosuficiencia la consideramos como un gran bien, no para que siempre nos sirvamos de poco, sino para que cuando no tenemos mucho nos contentemos con ese poco; ya que más gozosamente disfrutan de la abundancia quienes menos necesidad tienen de ella, y porque todo lo natural es fácil de conseguir y lo superfluo difícil de obtener”.
EPICURO DE SAMOS
Es alucinante que un filósofo griego que vivió hace veintitantos siglos tuviera tan clarita una cuestión como esta. Y nos creemos que ahora lo sabemos todo…
A veces se emplea el término autosuficiente con un tono peyorativo, cuando no tiene por qué serlo. Significa ser capaz de desenvolverte sin ayuda. Creo que todos tenemos más potencial del que desarrollamos, pero nos falta confianza en nuestras capacidades. No implica que no necesitemos a los demás, sino que nuestra felicidad no dependa de ellos.
Yo siempre he querido ser autosuficiente. Para mí eso signfica gozar de independencia en todos los sentidos. Saber que puedo vivir sola y no echar de menos la compañía, o no sentirte incompleta sin una pareja. Hay personas que no saben estar solas, ni mucho menos disfrutar de la soledad…
Si lo piensas bien, para las cuestiones importantes estamos solos. Porque las decisiones son tuyas, y quien asume las consecuencias de tus aciertos y tus errores eres tú. El viento puede soplar a favor o en contra, pero al final nadie te va a sacar las castañas del fuego. Y la forma en la que te enfrentas a una situación depende únicamente de tus propios recursos.
Todo es relativo. No abundan las verdades absolutas, y quien pretende tenerlas en su poder está tan ciego que se acaba dando contra un muro. Hasta lo aparentemente negativo puede tener una faceta positiva, siempre y cuando se sepa ver.
Al que es autosuficiente le basta con lo básico para sobrevivir, porque el resto lo suple con ingenio, buen talante y cierto conformismo (en el buen sentido). Imagino que Epicuro se refiere a esos cuando habla de los que “más gozosamente disfrutan de la abundancia”. En su escuela, en la que por cierto admitía mujeres, propugnaba un tipo de vida sencillo, basado en huir del dolor y buscar la felicidad. Aunque habría que matizar los procedimientos, en principio no se me ocurre mayor sabiduría…
Pues me he dado cuenta de que no soy tan autosuficiente como creía. Me gustar estar sola, pero necesito el afecto de ciertas personas. No solo intuirlo, sino también sentirlo. Necesito su aceptación, saber que no las decepciono. Eso es natural para mí, y lo demás es superfluo.

El sentido de tus tecleos

Para mi Nanilla
Como por desgracia sé que los días negros atrofian el criterio y te hacen dudar hasta de tu nombre, te voy a dar mi visión sobre el sentido de tus tecleos. Yo lo que más necesito en esos días son palabras que me calienten el corazón, y eso quisiera conseguir con las mías.
Me ha venido a la mente Amanda Gris en “La flor de mi secreto”, cuando tras publicar ese artículo en su detrimento se encuentra con la réplica de Paqui Derma, que no es otro que su más rendido admirador…
Desde que llegué a estos arenales hace dos años, tres meses y veintisiete días, leo tus tecleos con devoción. Es tanto lo que me inspiran, que justifican los míos. No pueden ocultar el talento que te sobra y lo especial que eres. Adoro todo lo que cuentas y como lo cuentas, porque detrás de cada letra estás tú.
Que te voy a decir que no sepas, si me has hecho interesarme por los clásicos, disfrutar de las pelis antiguas, suspirar leyendo poemas, dejarme hechizar por la inconstante luna… Y por supuesto, buscarlos allá donde estén. Ya sea en voz alta o baja, generales o particulares, reales o ficticios…
Tus tecleos son la luz que ilumina mis mañanas. Sin ellos no te habría conocido, así que imagínate si tienen sentido para mí. Es imposible leerte y no quererte. Yo de mayor quiero teclear como tú…
Sé que mi argumentación tiene un sustrato egoísta, pero también sé que compartir pensamientos te ayuda a entender mejor los despropósitos de este mundo de locos, y como tú dices, tratar de llegar a lo universal a través de lo anecdótico. Además, ¿como soportaríamos el día a día sin esta bendita terapia? A mí que me lo expliquen...
Y si después de leer esto les encuentras a tus tecleos más sentido del que les encontrabas ayer, los míos habrán tenido alguno…
Como alguien que vale su peso en oro me escribió una vez, “te diría que con cariño, pero me quedaría corta”.
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Esencia concentrada

“Hay libros muy cortos, que para entenderlos como se merecen se necesita una vida muy larga”.
LOPE DE VEGA
Lope fue uno de los talentos que habitaron en nuestro Siglo de Oro, seguro que no le faltaba razón. Probablemente tuvo el privilegio de descubrir alguno de esos libros y llegar a extraerle todo su jugo en un momento dado.
Siempre oí decir que los buenos perfumes se venden en frasco pequeño, pero realmente no creo que importe el tamaño del frasco. En una historia larga te involucras más, aunque solo sea por el tiempo que inviertes en leerla. En cambio una corta que sea capaz de captar tu atención tiene su mérito. Para mí, en literatura, importa el fondo y la forma, pero no la extensión.
Sosteniendo uno de mis montones de pendientes tengo “Los miserables”, una de esas novelas que ansío leer desde hace tiempo y que estoy segura de que no me defraudarán. Sus más de mil páginas más que asustarme me incitan a reservarla para el momento adecuado. A veces, mientras leo un libro, se me cruzan otros por medio y la ansiedad me hace tratar de acabarlo cuanto antes, e incluso abandonarlo temporalmente. Y no quiero que eso me pase, prefiero disfrutarlo sin contratiempos. Como se merece.
He leído libros cortos geniales, de esos que te dejan con la miel en los labios. Ahí está la habilidad del autor… También hay historias largas que te roban el corazón. Algunas dejan tanta huella, que duele llegar al final. Llevas tantos días conviviendo con ella, que cuando te tienes que despedir sientes que se llevan una parte de ti. Es me pasó, por ejemplo, con “El Conde de Montecristo”. La trama me envolvió de una forma que los personajes eran como de mi familia, la causa de Dantés era la mía… Eso solo lo consigue un genio como Dumas, lo sé.
Lo de necesitar tiempo para entenderlos es otro tema. Si cuando relees un libro encuentras nuevos matices, parece evidente que no captas toda su enjundia a la primera. Tu percepción depende, entre otras cosas, del momento en el que llegue. He leído libros que no me han gustado en absoluto, a los que les he pillado el punto años después. No conozco ninguno que requiera toda una vida para ser entendido, pero me consta que las experiencias y la madurez pueden desvelarte aspectos que te pasaron desapercibidos en un principio.
Los expertos hablan de la sabiduría que encierra “El Quijote”, considerada la obra cumbre de la literatura universal. Creo que lo leí demasiado joven como para apreciarlo en toda su dimensión, y en las peores circunstancias en las que se puede leer un libro: por obligación. No negaré que disfruté algunas partes, pero lo cierto es que he leído cienes de libros que me han conmovido más. No descarto la posibilidad de que algún día me apetezca volver a él, e ignoro si en esa hipotética ocasión quedaré fascinada por el ingenio cervantino. Mientras tanto, seguiré leyendo los libros que me entran por los ojos, sean cortos o largos, antiguos o modernos, conocidos o desconocidos. Y no sé si más adelante mi forma de asimilarlos cambiará, ni me preocupa especialmente.
Yo me acerco a un libro con la mente abierta a las sorpresas que me depare. Me conformo con mantener esa ilusión. No busco grandezas, pero espero tener la lucidez necesaria para apreciarlas si me encuentro con ellas.

Divagaciones

Me sorprende esta afición de escribir pensamientos, pues siempre he preferido guardármelos. Me sigue incomodando la pregunta: “¿En qué piensas?” Y sigo respondiendo: “En nada. Cosas mías”. Si quisiera compartirlas lo haría... Porque si no nos queda el derecho a reservarnos nuestros pensamientos, ¿qué nos queda?
Pues creo que responde a la necesidad de expresarme por escrito. Recuerdo que cuando iba a hacer mi primer vuelo trasatlántico, mi única preocupación era llevar lectura y un cuaderno para escribir. Me pasa lo mismo siempre que viajo. Puedo olvidarme de cualquier otra cosa, pero no de eso. Nunca he escrito diarios, solo “cuadernos de bitácora”. Pero salir de casa sin material de escritura me crea inseguridad.
Ya estoy divagando… Ese es otro de mis pecados cada vez más habituales. Dejo volar la mente hacia donde quiere ir. Y es que puede con mi voluntad. Últimamente estoy de un disperso que no es normal…
Creo que sería peligroso decir todo lo que pensamos. Hay quien disfraza la impertinencia de sinceridad, y esa me parece una coartada impresentable. Es mejor callar ciertas cosas, aún cuando no sean hirientes. Podrían volverse en nuestra contra o molestar a alguien sin pretenderlo.
Hay silencios por los que pagas un precio, pero quizás sería más alto si dejaran de serlo. Como en casi todo, en el término medio está la virtud. Tan perjudicial puede ser hablar de más como hablar de menos. Absteniéndote te ahorras incomprensiones, pero a veces la incomunicación genera desafortunados malentendidos.
Hay personas con las que resulta tan fácil hablar que se lo contarías todo. Sabes que escuchan, que no juzgan. Como alivia encontrar respuestas cuando las necesitas… Solo el acuse de recibo ya te indica que les interesa lo que te pase, y para mí eso es suficiente. El tono basta para demostrar la cercanía, el apoyo… La actitud es lo que cuenta.
Reconforta sentir que se habla el mismo idioma. Aunque haya diferencias de opinión, subyace una filosofía común que facilita el diálogo. Y el cariño, que hace que te entiendas con todo el que te quieres entender.
Yo no soy de pedir consejos, ni de darlos cuando no me los piden. Pero la certeza de que tengo a quien recurrir es un privilegio. Y no me refiero a las emergencias, sino al día a día. Me gusta pensar que la gente a la que quiero siente que cuenta conmigo del mismo modo.
Se agradece escuchar algo bonito de motu propio... No tener que mendigar abrazos... El sexto sentido del que te pregunta como estás cuando percibe que te vendría bien escucharlo... Se agradece constatar que si no estuvieras te echarían de menos. Y esos comentarios que me hacen pensar que todo esto tiene algún sentido. La calidez de algunos me llega al alma...
Yo antes de escribir aquí no compartía estos pensamientos. Si es que no me reconozco… Solo son divagaciones, ya sabéis que el frío me pone intensa…

Mi lista de libros

Los que me conocéis sabéis que una de mis manías más arraigadas es la de apuntarlo todo. Soy la loca de las listas… no me apaño sin ellas. Desde que empecé a leer con asiduidad, me aficioné a apuntar los libros que leía. Pues ayer me dio el venate de pasar a limpio mi lista del año pasado, y constaté una serie de aspectos que me sorprendieron.
El primero fue que sus dimensiones han aumentado considerablemente en relación a las de los últimos años, asemejándose a las de épocas más lejanas. Además, he diversificado bastante los estilos. En ella hay bastante menos literatura actual y bastante más clásica. Encuentro una serie de nombres repetidos como Hemingway, Stendhal, Zweig, Banana, McCullers, Murakami… Descubrimientos y redescubrimientos con los que no he tenido más remedio que reincidir.
Lo que más me ha fascinado es que ha sido una experiencia absolutamente evocadora. He recordado con toda precisión donde leí cada libro, reconstruyendo mi trayectoria: México, Madrid, Granada, La Rioja, Valencia, Medina, Galicia, Portugal, Sevilla… He identificado cada título con un lugar, incluyendo aviones, autobuses, trenes, coches, estaciones, cafeterías… Y por supuesto, con librerías de distintas ciudades, con ferias del libro, con quien compré cada uno o quien me lo regaló.
He disfrutado tanto apuntando títulos, buscándolos entre las estanterías, llevándolos conmigo, leyéndolos, recordándolos… ¿Como puede caber tanto en una simple lista? Tantas vidas, tanta complicidad, tantos sentimientos… Tantos amigos que se quedarán para siempre.
La conclusión más importante de todas tiene que ver con este blog, y las influencias que de él recibo. Sé que me pongo pesadita con este tema, pero es que sería una desvergüenza por mi parte no reconocerlo. Mis lecturas del 2009 le deben demasiado, tanto en cantidad como en calidad. Creo que no hay más que echarle un vistazo a mi biblioteca virtual para darse cuenta de cuales son y a quien adeudan. Muchos de ellos me han tentado a través de tus posts, Nanilla. Son tan irresistibles que no puedo evitar ir detrás de todo libro que mencionas… Por eso, la palabra “gracias” se queda corta. Cortisima.
Esta lista no es la vida, pero se parece mucho a ella. Tampoco es el bien absoluto, son mis pecados. Aunque nunca me parecieron tan veniales…