viernes, 19 de febrero de 2010

Blanco y en botella

Hacía mucho que las musas me habían abandonado, si es que alguna vez estuvieron cerca… Ya había desistido de sentarme ante un documento en blanco esperando el santo advenimiento, porque esa tensión me bloqueaba. Leía hasta la madrugada, dominada por la absurda creencia de que conocer nuevas historias me abriría la mente, como si el talento fuera contagioso.
La inclemente climatología siempre me había fomentado la creatividad, pero debía encontrarse en estado vegetativo. Se me caía la casa encima, así que a pesar de los nubarrones que se cernían amenazantes, me abrigué a conciencia y salí a pasear. Mi boca exhalaba vaho, pero el movimiento hacía que se me desentumecieran las articulaciones y reactivaba mis pensamientos.
En la ciudad reinaba un ambiente húmedo y brumoso, producto del diluvio que había caído durante la noche. Entré en una cafetería de aspecto antiguo, con mesas de mármol y grandes ventanales por los que observar la calle. De esas que abundan en el viejo Buenos Aires.
El olor a café recién hecho inundó mis fosas nasales. Era justo lo que necesitaba, un chute de cafeína en vena. Me atrincheré en la mesa más recóndita disponible, y no pude evitar sacar el cuaderno. Siempre había creído que debía escribir sobre lo que conocía. No había mayor fuente de inspiración que la realidad. Pero el problema es que yo no creía que la mía pudiera resultar interesante para alguien. Me gustaba observar a la gente, imaginar sus vidas. Conocía historias dignas de ser recordadas, pero no tenía ningún derecho a divulgarlas. Además, me quedaría sin amigos en un abrir y cerrar de ojos, como Woody Allen en “Desmontando a Harry”.
En esas elucubraciones estaba, cuando dos tipos ocuparon la mesa de al lado. Uno era alto, cuarentón. El otro parecía más joven, bien entrado en manteca. Ninguno de los dos emanaba el más mínimo atractivo. Ambos tenían un aspecto de lo más vulgar.
Solo hizo falta un segundo para sacarme de mi error. No necesitaba seguir la conversación para percibir la tensión que desprendían. El bullicio se redujo levemente y eso me permitió escuchar al mantecoso decirle al alto: “quiero que lo hagas esta misma noche”. El tono era imperativo, como si tuviera algún poder sobre él. Estaban tramando algo, y no parecía nada bueno.
El ruido de la máquina de café era ensordecedor, pero los labios del alto dibujaron las palabras “dosis mortal”. Se me heló la sangre en las venas… ¡Iban a cargarse a alguien! Mi mente peliculera me había jugado una mala pasada alguna vez, pero aquello era blanco y en botella…
Cuando el estruendo de la máquina por fin se detuvo, llegó a mis oídos la confirmación definitiva: “está en juego una fortuna”. Ahora no había dudas. Se estaba cociendo un asesinato delante de mis narices… Alguien muy rico iba a morir, y el mantecas saldría beneficiado.
El alto me miró fijamente durante unos segundos, llenándome de pánico. Era un matón a sueldo, se había quedado con mi cara… Debía salir de allí cuanto antes. Si fuera a la policía y les contara lo que acababa de presenciar me tomarían por loca, pero si no lo hacía sería cómplice de una muerte… Me encaminé hacia la puerta con paso vacilante y una única certeza: al menos ya tenía una buena historia.
El gordito apuró su café y sonrió satisfecho. Muy pronto se libraría de las ratas que devoraban su valiosa biblioteca…

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