jueves, 4 de febrero de 2010

Divagaciones

Me sorprende esta afición de escribir pensamientos, pues siempre he preferido guardármelos. Me sigue incomodando la pregunta: “¿En qué piensas?” Y sigo respondiendo: “En nada. Cosas mías”. Si quisiera compartirlas lo haría... Porque si no nos queda el derecho a reservarnos nuestros pensamientos, ¿qué nos queda?
Pues creo que responde a la necesidad de expresarme por escrito. Recuerdo que cuando iba a hacer mi primer vuelo trasatlántico, mi única preocupación era llevar lectura y un cuaderno para escribir. Me pasa lo mismo siempre que viajo. Puedo olvidarme de cualquier otra cosa, pero no de eso. Nunca he escrito diarios, solo “cuadernos de bitácora”. Pero salir de casa sin material de escritura me crea inseguridad.
Ya estoy divagando… Ese es otro de mis pecados cada vez más habituales. Dejo volar la mente hacia donde quiere ir. Y es que puede con mi voluntad. Últimamente estoy de un disperso que no es normal…
Creo que sería peligroso decir todo lo que pensamos. Hay quien disfraza la impertinencia de sinceridad, y esa me parece una coartada impresentable. Es mejor callar ciertas cosas, aún cuando no sean hirientes. Podrían volverse en nuestra contra o molestar a alguien sin pretenderlo.
Hay silencios por los que pagas un precio, pero quizás sería más alto si dejaran de serlo. Como en casi todo, en el término medio está la virtud. Tan perjudicial puede ser hablar de más como hablar de menos. Absteniéndote te ahorras incomprensiones, pero a veces la incomunicación genera desafortunados malentendidos.
Hay personas con las que resulta tan fácil hablar que se lo contarías todo. Sabes que escuchan, que no juzgan. Como alivia encontrar respuestas cuando las necesitas… Solo el acuse de recibo ya te indica que les interesa lo que te pase, y para mí eso es suficiente. El tono basta para demostrar la cercanía, el apoyo… La actitud es lo que cuenta.
Reconforta sentir que se habla el mismo idioma. Aunque haya diferencias de opinión, subyace una filosofía común que facilita el diálogo. Y el cariño, que hace que te entiendas con todo el que te quieres entender.
Yo no soy de pedir consejos, ni de darlos cuando no me los piden. Pero la certeza de que tengo a quien recurrir es un privilegio. Y no me refiero a las emergencias, sino al día a día. Me gusta pensar que la gente a la que quiero siente que cuenta conmigo del mismo modo.
Se agradece escuchar algo bonito de motu propio... No tener que mendigar abrazos... El sexto sentido del que te pregunta como estás cuando percibe que te vendría bien escucharlo... Se agradece constatar que si no estuvieras te echarían de menos. Y esos comentarios que me hacen pensar que todo esto tiene algún sentido. La calidez de algunos me llega al alma...
Yo antes de escribir aquí no compartía estos pensamientos. Si es que no me reconozco… Solo son divagaciones, ya sabéis que el frío me pone intensa…

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