jueves, 4 de febrero de 2010

Esencia concentrada

“Hay libros muy cortos, que para entenderlos como se merecen se necesita una vida muy larga”.
LOPE DE VEGA
Lope fue uno de los talentos que habitaron en nuestro Siglo de Oro, seguro que no le faltaba razón. Probablemente tuvo el privilegio de descubrir alguno de esos libros y llegar a extraerle todo su jugo en un momento dado.
Siempre oí decir que los buenos perfumes se venden en frasco pequeño, pero realmente no creo que importe el tamaño del frasco. En una historia larga te involucras más, aunque solo sea por el tiempo que inviertes en leerla. En cambio una corta que sea capaz de captar tu atención tiene su mérito. Para mí, en literatura, importa el fondo y la forma, pero no la extensión.
Sosteniendo uno de mis montones de pendientes tengo “Los miserables”, una de esas novelas que ansío leer desde hace tiempo y que estoy segura de que no me defraudarán. Sus más de mil páginas más que asustarme me incitan a reservarla para el momento adecuado. A veces, mientras leo un libro, se me cruzan otros por medio y la ansiedad me hace tratar de acabarlo cuanto antes, e incluso abandonarlo temporalmente. Y no quiero que eso me pase, prefiero disfrutarlo sin contratiempos. Como se merece.
He leído libros cortos geniales, de esos que te dejan con la miel en los labios. Ahí está la habilidad del autor… También hay historias largas que te roban el corazón. Algunas dejan tanta huella, que duele llegar al final. Llevas tantos días conviviendo con ella, que cuando te tienes que despedir sientes que se llevan una parte de ti. Es me pasó, por ejemplo, con “El Conde de Montecristo”. La trama me envolvió de una forma que los personajes eran como de mi familia, la causa de Dantés era la mía… Eso solo lo consigue un genio como Dumas, lo sé.
Lo de necesitar tiempo para entenderlos es otro tema. Si cuando relees un libro encuentras nuevos matices, parece evidente que no captas toda su enjundia a la primera. Tu percepción depende, entre otras cosas, del momento en el que llegue. He leído libros que no me han gustado en absoluto, a los que les he pillado el punto años después. No conozco ninguno que requiera toda una vida para ser entendido, pero me consta que las experiencias y la madurez pueden desvelarte aspectos que te pasaron desapercibidos en un principio.
Los expertos hablan de la sabiduría que encierra “El Quijote”, considerada la obra cumbre de la literatura universal. Creo que lo leí demasiado joven como para apreciarlo en toda su dimensión, y en las peores circunstancias en las que se puede leer un libro: por obligación. No negaré que disfruté algunas partes, pero lo cierto es que he leído cienes de libros que me han conmovido más. No descarto la posibilidad de que algún día me apetezca volver a él, e ignoro si en esa hipotética ocasión quedaré fascinada por el ingenio cervantino. Mientras tanto, seguiré leyendo los libros que me entran por los ojos, sean cortos o largos, antiguos o modernos, conocidos o desconocidos. Y no sé si más adelante mi forma de asimilarlos cambiará, ni me preocupa especialmente.
Yo me acerco a un libro con la mente abierta a las sorpresas que me depare. Me conformo con mantener esa ilusión. No busco grandezas, pero espero tener la lucidez necesaria para apreciarlas si me encuentro con ellas.

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