jueves, 25 de febrero de 2010

Objetos con alma

Supongo que serían los objetos que rescataría de un incendio o me llevaría a una isla desierta, porque si miro a mi alrededor, son los más queridos. A parte de un buen puñado de libros que me hicieron soñar y las pelis de mis amores, conservo otros de gran valor sentimental. Son especiales porque están asociados a lugares, momentos o personas especiales. Recuerdos de viajes, regalos, todo lo que aunque pueda parecer absurdo tiene un sentido para mí.
En algunos de ellos, su valor radica en su procedencia. Tengo dos camellitos de madera que compré en el zoco de Marrakech (regateando, por supuesto), una bochornosa tarde en la que yo estaba más pallá que pacá… Una pluma de cristal de Murano que encontré en un mercadillo callejero de Venecia y creo que jamás usaré por temor a romperla… Una botella de tequila Don Julio que traje de México y me resisto a beberme…
De mi pared cuelga un regalo precioso e inesperado. Verme cada día junto a dos reinas moras, me hace sentir más regia de lo que soy. Antes de llegar a su destino pasó varios días en el maletero de un coche y me daba pánico que se rompiera... Guardo con cariño una cajita metálica de puros Faros que me regaló un amigo detallista en un momento en el que valoraba los detalles más que cualquier otra cosa... Sentada en mi estantería está mi tocaya, una muñequita de cartón-piedra que llegó a mí una soleada mañana en la Ciudad de las Rosas, a través de alguien muy querido. Y junto a ella hay un burrito de peluche que me envió una personita adorable, en la que pienso cada vez que lo veo... Entre mis posesiones más preciadas se encuentran dos anillos de oro que me regalaron mis abuelas. El miedo a perderlos hizo que me los quitara antes de un largo viaje y los dejara a buen recaudo. No he vuelto a ponérmelos…
Valoro muchísimo los regalos. El que alguien pensara en mí y se tomara la molestia de comprarme algo con la ilusión de que me gustara es una muestra de afecto que no puedo dejar de agradecer. Algunos tienen un valor añadido… Porque fueron hechos sin la menor justificación, o quien los hizo se puso en mi piel acertando de lleno. No creo en los talismanes, pero sí creo que la intención y el espíritu de una persona permanecen de algún modo en el objeto que te regaló. Hacer un regalo es una forma de que te recuerden, de estar presente en el entorno de alguien. Quizás por eso detesto las listas de bodas y suelo pasar de ellas.
Guardo objetos simbólicos como una bala, una onza de plata mexicana, o la primera notificación de cuanto me pagarían por algo escrito. Atesoro un cuarzo rosa que una amiga me dio asegurándome que me traería suerte. Y un escarabeo egipcio que un familiar me regaló cuando iniciaba una nueva etapa en mi vida. Y un puñadito de arena del Sáhara, y caracolas de mi playa del Palmar, y agua de rosas turca, y una piedra de granito que cogí este verano en la Isla de Sálvora… No se puede ser más friki, lo sé… jeje…
Admito que padezco cierto grado de Síndrome de Diógenes sentimentaloide, porque conservo entradas de cine, de espectáculos, billetes de avión, invitaciones de boda, servilletas con un número de teléfono o una dirección de email… por no hablar de postales y monedas extranjeras. Hay cosas que simplemente no puedo tirar. Porque forman parte de mi historia, y las quiero cerca. Para que me recuerden donde estuve, que hice, quien soy…

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