viernes, 19 de febrero de 2010

Rarezas

Con los años voy tomando conciencia de mis rarezas, al tiempo que aprendo a convivir con ellas. Y no necesito que nadie las entienda. Una de mis favoritas es recorrer sola una ciudad que no sea la mía, como hice este sábado. Lo que más me atrae es el “factor descubrimiento”.
Cuando me adentro por una callejuela solitaria en la que solo se escucha el sonido de mis pisadas sonrío como una niña perpetrando una maldad. Y sé que disfrutar tanto de la soledad no debe ser bueno, pero que le voy a hacer si la vida me ha hecho así… Y si no me soporto yo, ¿cómo voy a esperar que alguien lo haga?
Tengo unos vicios adquiridos contra los que no puedo ni quiero luchar. Como el de fotografiar todo aquello que me llama la atención, por absurdo que sea. O el de entrar en cuanta iglesia encuentre abierta, a la caza de guadalupes. Mi favorito es el de comprar libros, a pesar de lo poco práctico que resulta estando lejos de casa. Pero es que esos libros tienen algo especial, porque quedarán asociados a esa ciudad. Y porque en el momento en el que los compro, cobran prioridad sobre los que traigo. Creo que ser leídos en su lugar de procedencia es parte de su encanto… Otra rareza… ya os digo que podría hacer un catálogo…
Aún estaba conmocionada con el que había leído durante el trayecto, “La mecánica del corazón”. Una historia preciosa… Al ver esa librería cuyo nombre me recordó al de la hija de una querida amiga no tuve más remedio que entrar. Y si es difícil pasar de largo, más lo es salir con las manos vacías. Así que se vinieron conmigo Balzac, Bukowski, y Luis Sepúlveda. Además de unos cuadernillos Moleskine para apuntar pensamientos. Soy una pecadora impenitente, lo sé…
Salí más feliz que una perdiz. La ciudad tenía un ambiente carnavalero y más visitantes de lo habitual, pues esa noche jugaba el Real Madrid. Estaba helada de frío y agotada por la caminata, pero entusiasmada con mi aventura urbana. ¿Cómo pasar de largo ante una tabernilla flamenca llamada “Entre vinos y arte”? Eso debe ser más pecado que los que cometí en la librería…
Hace años lo de entrar sola en un bar no me hacía ninguna gracia, pero ahora sí que me la hace. Sobretodo si llevo lectura y material de escritura. Los camareros me miran con sorpresa, que se convierte en desconcierto cuando saco el libro o el cuaderno. Y en lugar de molestarme, eso me divierte. En México ya me curé de espantos… Algunos se sienten obligados a darme conversación, cuando es lo que menos me apetece. Deben pensar que estoy aburrida o algo así… Este además se empeñaba en llamarme “señora”, algo que detesto. Voy a tener que deshacerme de esa chaqueta…
Había sido una mañana genial. Pedí una copa de manzanilla (lo que no era una provocación aunque pudiera parecerlo) y brindé conmigo misma, orgullosa de mis rarezas.

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