viernes, 19 de febrero de 2010

Seis grados de separación

Una teoría afirma que cada persona del planeta está separada de cualquier otra por una cadena de solo seis enlaces. Esta es la premisa de una película de esas que están fuera del circuito de los grandes estrenos y tuve la suerte de descubrir hace unos años. Es una sátira genial, basada en una exitosa obra de teatro. Me fascina ese Nueva York culto que retrata, emparentado con el cine de Woody Allen.
Los Kittredge son un matrimonio de marchantes de arte, el esnobismo elevado a la enésima potencia. Una noche invitan a cenar a un amigo de Sudáfrica al que quieren involucrar en la venta de un Cezanne. Pero la inesperada aparición de un joven negro presunto amigo de sus hijos altera sus planes. Cuando les dice que es el hijo del actor Sidney Poitiers se convierte en el protagonista de la velada. Todos quedan fascinados por su brillante disertación sobre “El guardián entre el centeno”, y por la patética perspectiva de trabajar como extras en la película “Cats”.
Pero solo hay que tirar del hilo de Ariadna para descubrir su verdadera cara… La información hace milagros, y los modales se pueden adquirir. Cualquiera con el talento necesario puede representar un papel. Lo que empieza siendo una anécdota para contar en sociedad, acaba teniendo consecuencias imprevistas.
“Nos descubrió un mundo nuevo. Eso es lo que todo el mundo quiere, ¿no?”.
Ellos viven en un microcosmos blindado, y él es un chico de la calle que aspira a algo mejor. Para mí el Kandinsky pintado por ambas caras (caos/control) representa esa dicotomía, esos dos mundos tan opuestos y a la vez tan cercanos. De alguna manera siempre he admirado a los que consiguen hacerse pasar por lo que no son. Tal vez porque yo no domino ese “arte”...
Hay quien se cree sus propias mentiras. Hay quien no se conforma con la vida que le tocó en suerte. Y quien baja de la nube a golpes de realidad…
Lo que me gusta de la teoría de los seis grados es que implica que no estamos tan lejos unos de otros. Y las vidas que nunca tendrían por qué cruzarse pueden congeniar perfectamente. Porque la simbiosis entre las personas no entiende de raza, nacionalidad o clase social. Porque cualquiera puede tocar la mano de Dios…

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