martes, 16 de marzo de 2010

En la vieja librería

El café caliente se desliza por mi garganta reconfortándome el espíritu. La lluvia ha empezado a arreciar, azotando sin clemencia a los viandantes. La calefacción reseca el ambiente, pero al menos evita que se me congelen los dedos.
La librería que regento es pequeña y antigua, de esas en vías de extinción. Apenas si entran ocho o diez clientes en todo el día, lo que me permite leer y escribir a mi antojo. Predominan dos tipos: los “casuales” y los “entendidillos”. Los “casuales” pasaban por allí y entran simplemente a cotillear. No buscan nada concreto, y por lo general salen a los cinco minutos con una expresión de ligera decepción. Los “entendidillos” conocen bien las aguas en las que se mueven y revisan a conciencia las estanterías. Cuando al cabo de un rato acuden al mostrador traen tres o cuatro libros y una sonrisa de satisfacción en la cara. Entonces comienza el interrogatorio, que en muchos casos deriva en una conversación que puede durar horas y suele terminar con un intercambio de direcciones de e-mail.
Me gusta ese trato personalizado. No soy ninguna experta, pero puedo hablar de lo que he leído y conozco cada palmo de mi tienda. Aunque tenga el stock descuadrado, sé a ciencia cierta que libros hay y cuales se pueden conseguir. Conozco las editoriales, los años de publicación, los ejemplares descatalogados. No tiene mérito, es mi trabajo. Uno de mis juegos favoritos consiste en adivinar a cual de las dos categorías pertenece un cliente apenas entra.
Este está tan empapado que me cuesta identificarlo a la primera. Se sacude como si fuera un perro, dejándome el suelo encharcado. Tiene una edad indeterminada entre los treinta y los cuarenta. Se quita las gafas empañadas, y las seca torpemente con un pañuelo. Lleva una bolsa de cuero al hombro que me induce a catalogarlo, ahora sí, como “entendidillo”. Cierro mi Divina comedia y le pongo el capuchón a la pluma para que no seque la tinta.
- Busco un libro bonito para mi chica… Es nuestro aniversario y no quiero que esta vez me diga que soy un insensible por regalarle una batidora…
Me aguanto la risa, consciente de hasta qué punto he errado el diagnóstico.
- ¿Alguna idea?
- Que sea romántico, ¿no?
- Más bien, sí. ¿Sabes que autores le gustan?
- La verdad es que no. Antes intentaba hablarme de los libros que leía, pero al ver cuanto me aburría desistió…
Seguro que tú le radias el periódico deportivo, como si lo viera…
- En ese caso lo único que puedo recomendarte es lo que me gustaría que me regalaran a mí…
- Genial. Estáis todas cortadas por la misma tijera…
Me muerdo la lengua para no responder a eso, recordando que estoy detrás del mostrador. No soy novata en estas lides, así que me armo de paciencia.
- Tal vez “Romeo y Julieta”, “La dama de las camelias”, “Anna Karenina”, “Cumbres borrascosas”…
Su expresión me indica que no voy por buen camino.
- Uf… no sé que decirte… me suenan todos muy empalagosos…
- Me has pedido historias de amor…
- Pero es que luego no hay quien la aguante… quiere que le regale flores, que la lleve al teatro, y mariconadillas de esas…
- ¿Y si echas un vistazo a ver si te inspiras?
- Es que eso de tener que sacar los libros para ver la portada me da una pereza…
- Pues tú dirás…
- ¿Tienes “Crepúsculo”?
- Uy, no… Novedades aquí no vas a encontrar...
- Esto está siendo complicado… ¿Y si le regalo un disco?
- En eso no puedo ayudarte…
Me mira como diciendo: vaya dependienta inepta…
- Anda, ya ha parado de llover… Me tengo que ir…
A marear a otra parte, sí…

Cuando calienta el sol

"¿Os habéis fijado que hoy la gente sonríe más?", dijo mi profe de inglés. Y no pude evitar sonreír al constatar la evidencia. El sol me ha devuelto la alegría, me ha calentado el corazón… Sé que es solo una tregua, pero por fin he presentido la primavera. Lo necesitaba tanto, que hasta saqué el tequila para celebrarlo. Yo es que soy una vampirilla en versión disléxica. Va a ser que me recargo con energía solar…
Sentada en una terraza con un bebé precioso en los brazos, me olvidé por un momento de un invierno digno de olvidar. Y quise pensar solo en cosas bonitas: deseos por cumplir, historias que conocer, momentos compartidos, palabras que endulzan el oído, gestos entrañables… “¿Por qué me has puesto el trozo más grande?” “Es que a ti te quiero más”.
Divago y no quiero dejar de hacerlo (el grajo vuela bajísimo&hellip , pero con un filtro de supervivencia que deja fuera todo lo que no me haga sonreír. Decido desterrar de mi alma las decepciones, conceder el beneficio de la duda a quien creo que se lo merece, asumir que hay reproches que no tengo derecho a hacer…
Quiero dejarme deslumbrar por el talento que me rodea, atesorar recuerdos, suspirar con un verso, una canción, un pensamiento… No quiero perder el vicio de soñar despierta...
Sonrío al recordar el mes de marzo maravilloso del año pasado… Al visualizar el que será mi reino, al imaginar esa sonrisa tan querida que intuyo próxima, al constatar casualidades que para mí no son tan casuales... "Dios mueve al jugador, y este la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza? "
Fantaseo con ir a Santiago, porque es año Xacobeo… con las primeras escapadas a mi paraíso particular, con una vuelta a México lindo, con un Chile en el que siento que ya he estado. Y por supuesto, con algún encuentro bonito y muy pecador (hablo de libros, ¿eh? Jeje&hellip .
Pienso en esos detalles que hacen la vida más agradable, como la comunicación con quien ya forma parte indisoluble de mi rutina, los abrazos en forma de palabras, una mirada de color del cielo que a veces confluye con la mía, una voz con acento mexicano que me trae recuerdos felices…
Ese capítulo casi concluido, sentirme asediada en una ciudad con olor a salitre, el atisbo de esperanza que aún no se ha desvanecido, los personajes de los que he empezado a despedirme, los viejos y nuevos amigos que suelen dar lo que prometen… "Puedo ser completamente feliz conmigo mismo. ¿Quién no lo sería teniendo la libertad, y flores, y libros y la luna?", dijo Oscar Wilde.
Ahora hago planes a corto plazo y con los pies en la tierra. Más que hacer planes, acaricio propósitos… porque no quiero lastres. He llenado mis pulmones de aire, oxigenándolos como se hace ahora con el vino. Y respiraré tranquila mientras dure…
Me pregunto si debería darle a enviar, o me estoy tomando el "no seas tan hermética, Patri" demasiado en serio…

Un enigma de color lila

Revisar el correo mientras desayunaba era una de mis rutinas inquebrantables. Entre las consabidas facturas y cartas publicitarias encontré un sobre de color lila sin remitente ni destinatario. Dentro había una escueta nota: “¿No escuchas mi corazón, que late desaforado por ti?”.
¿Qué clase de broma era esa? No se me ocurría quien podía estar detrás... Pensé en ese cliente de la agencia que cada vez que me veía me sacaba los colores con sus galanterías. Sus visitas eran siempre divertidas, aunque me daba la impresión de que me observaba más de lo necesario…
También me vino a la mente el bibliotecario de los ojos azules. Era tan encantador… Encontraba cualquier libro que yo le pidiera por muy descolocado que estuviera, e incluso más de una vez había hecho la vista gorda cuando había devuelto alguno con retraso.
Y ese tipo tan atractivo de la cafetería, con el que nunca había intercambiado más que un saludo de cortesía. La calidez de su sonrisa me alegraba las mañanas… y hasta había fantaseado con entablar una conversación con él.
Ese papelajo podía haber sido escrito por cualquier zumbado para quedarse conmigo, o que tal vez ni siquiera era para mí… No merecía la pena que me calentara la cabeza elucubrando...
Al salir a la calle me sentí observada. Aunque tal vez fuera producto de la sugestión… Cuando esa noche llegué a casa ansiando tumbarme a ver una peli, descubrí otro sobrecito lila junto a la puerta. Esta vez la notita decía: “El verde te sienta divinamente. No sé donde me llevas, solo que quiero ir contigo”. Ahora no cabía duda, iba destinada a mí. Me sentía halagada, pero aquello empezaba a darme un poco de mal rollo. Un acosador era lo último que necesitaba en ese momento de mi vida…
La actitud del adonis de la cafetería seguía siendo la misma de siempre. Había escudriñado su rostro en busca de una señal, sin ningún éxito. El cliente simpático había venido el día anterior acompañado de su mujer, así que quedaba descartado. ¿Sería mi bibliotecario de ojos azules?
A la mañana siguiente recibí en la agencia un paquetito, acompañado del conocido sobre color lila. Me tenía bien controlada el cabrón… La cajita contenía un collar precioso, de plata y lapislázuli. “Me encantaría verlo en tu cuello… ¿Qué valor puede tener la vida si no estamos juntos?”.
Esa tarde me presenté en la biblioteca con él puesto, dispuesta a salir de dudas. Encontré a mi chico de mirada azul charlando animadamente con una nueva bibliotecaria, muy guapa. Respondió a mi saludo con una sonrisa y siguió de cháchara como si nada. Si él era mi admirador, se merecía un oscar.
Camino de casa me planteé si no sería mejor seguir disfrutando de esas notitas sin más. Pero, ¿qué hacer con la curiosidad que me devoraba? En cualquier caso, no estaba en mis manos averiguar su identidad. Dejaría que el azar decidiera por mí. Hasta que lo hiciera él…
Me di un baño para relajarme y me tumbé en mi futón a leer. En cuanto tuve entre mis manos el libro de la biblioteca, me pareció una broma de mal gusto. Me jodía admitirlo, pero había sido una decepción que no fuera ojos azules. ¿Pues no es que me había puesto celosa de la bibliotecaria?
Escuché un ruido casi imperceptible tras la puerta, y me levanté como movida por un resorte. Olvidando mi determinación corrí hacia ella, descubriendo a mis pies un sobrecito lila. Salí al rellano con la respiración entrecortada y alcancé a ver una sombra huyendo escaleras abajo.
Obviamente prefería mantener el anonimato, al menos de momento. Me había regalado una ilusión. ¿Acaso no merecía que le fuera respetado su deseo? Esa idea me hizo detenerme en seco. Entré de nuevo en casa y cogí la nota del suelo: “Muchas gracias, reina de mis pensamientos”, decía. Se refería al collar, claro, pero la casualidad me hizo sonreír. “De nada”, murmuré, sintiéndome cómplice de un fantasma.

Demostraciones

Si no fuera como soy, seguramente no sabría que la ausencia de demostraciones afectivas no implica la ausencia de afecto. Pero me cuesta expresar sentimientos, sobretodo de viva voz. Aún así creo que mi actitud suele ser elocuente en ese sentido. Porque existen muchas formas de hablar…
Hay palabras que se desgastan con el uso, y el hecho de dosificarlas las revaloriza. Como cuando proceden de alguien que no acostumbra a pronunciarlas, o te llegan en el momento en el que más las necesitas. Yo por lo general sé quien da la cara por mí. Un simple gesto basta para recordármelo...
Conozco la actitud de aparente pasividad, de dureza fingida, de indiferencia que no lo es tanto… porque alguna vez he jugado a ese juego. Y no es algo premeditado, sino inconsciente. Los tímidos me entenderán… Es un temor instintivo a mostrar vulnerabilidad, como si eso te protegiera. Por eso cuando me he sentido ignorada o excluida, ha sido un consuelo contemplar esa posibilidad. Por eso sé que hay gente que me quiere más de lo que demuestra, más de lo que admitirá jamás…
Aunque no las prodigue demasiado, hay situaciones y personas que me inspiran demostraciones de afecto… Pero soy consciente de que no tengo autoridad moral para pedirlas, por muy bien que vengan de vez en cuando. También asumo la culpa de no exteriorizar los malos momentos. Esos días en los que algo te roba la sonrisa, en los que duele el corazón… me mantengo al margen para no contagiar a nadie, o busco cariño torpemente. Porque no sé hacerlo de otra forma…
Por suerte sigo pensando que valen más los hechos que las palabras… Por suerte aún soy capaz de confiar a ciegas…

sábado, 6 de marzo de 2010

Compañeros de viaje

“Todas las pasiones personales, todo el egocentrismo agitado, todas las esperanzas mundanas, penas y miedos se disiparon y fueron absorbidos por la sólida percepción de lo presente, que exhalaba la pura esencia del romanticismo”.
El librito es diminuto, de esos que se leen en un suspiro… Llegó a mí de forma totalmente casual. Entré en el Corte Inglés para hacer tiempo, porque había quedado con una de las pocas personas que se permite (porque sabe que puede) hacerme esperar. Se le había complicado la cosa e iba a tardar más de lo previsto, así que no me quedaban muchas opciones.
Mis pasos me condujeron a la librería, a donde si no... Lo descubrí enseguida: “Compañeros de viaje” de Henry James. Me llamó la atención porque estaba solito, colocado horizontalmente sobre otros en vertical. Encima tenía un desperfecto, más motivo para querer adoptarlo… En la foto, la imagen de sepia de una góndola en el Gran Canal. Y una frase genial: “La única razón de ser de la novela es que intente representar la vida”. Leí la sinopsis y no hizo falta nada más…
James cuenta como un viajero norteamericano coincide en Venecia con una joven paisana por la que se siente poderosamente atraído. “A lo largo del tour los dos tienen ocasión de contemplar algunas obras maestras de los artistas italianos y de reflexionar acerca del arte y la vida”.
Me vino a la mente esa peli de Woody Allen (¿por qué me gustará a mí tanto relacionar cine y literatura?), “Todos dicen I love you”, en el que el neurótico más encantador memoriza un montón de datos sobre los pintores venecianos para deslumbrar al personaje de Julia Roberts…
Estaba cansadilla, así que me fui a la cafetería a sumergirme en los encantos venecianos. No me dio tiempo a leerlo entero, básicamente porque me echaron. Lo acabé a la mañana siguiente, sentada en una terraza bajo un sol excepcional.
“Consideraba que toda la inquietud de la imaginación, que el excitado sentido de la belleza, la pasión, la alegría y la tristeza engendrados por mis andanzas italianas se habían transformado repentinamente en una potente necesidad de expresión”.
Aunque no habría sido capaz de explicarlo con tanta sutileza, sé exactamente a qué se refiere. Por eso siempre viajo con un cuaderno…
“Sentí en mi corazón una inmensa oleada de lástima, de la lástima que va de la mano del amor. Bajo las órdenes de de estos sentimientos, elaboré precipitadamente y de manera imprecisa un magnífico plan de devoción y protección”.
El dolor que más nos duele es el de a quien más queremos, su sufrimiento nos inspira una lástima infinita. Yo diría que ese magnífico plan surge espontáneamente, sin necesidad de elaborarlo. En esos casos no elegimos ejercer la devoción y la protección… Son instintivas e irrefrenables, aún cuando no nos pagan con la misma moneda.
Me admira su dominio de la introspección psicológica. La maestría con la que analiza el comportamiento humano, mostrando entresijos mentales que me dejan pensando. Como por qué ciertas personas prefieren desvelar un sentimiento, mientras que otras prefieren reservárselo. Y las consecuencias de ambas actitudes...
"La gran emoción era sentirme entre escenarios en los que el arte se había introducido tan libremente".
Otra joyita que ha caído en mis manos sin buscarla… Parafraseando a Almo, ¿que he hecho yo para merecer esto?

Una botella lanzada al mar

Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos… Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros”.
Yo siempre he escrito para contarme historias a mí misma, no he necesitado que nadie las leyera para darles sentido. Solo el hecho de plasmarlas por escrito ya resulta satisfactorio. Es como un ajuste de cuentas que responde a la necesidad de ofrecer una visión personal sobre una serie de cuestiones que me importan. Es una forma de entenderme, de exorcizar demonios…
Pero también escribo con la conciencia de que en algún momento pueden ser leídas por alguien más, y eso inevitablemente me condiciona. Aunque escriba con libertad, existe cierto filtro. Porque poner pensamientos por escrito implica un riesgo aunque no pretendas que lleguen a nadie.
Escribir sin propósito de difusión te permite ciertas licencias. Después tú decides con quien lo quieres compartir, si es que lo quieres compartir. Tan solo los diarios son concebidos como algo privado. Narrar una autobiografía tiene una connotación muy personal, pero ¿no subyace la intención de que llegue a algún destinatario? O al menos la sospecha de que llegará… Creo que en el fondo todos escribimos partiendo de esa premisa. Movidos por la necesidad de escucharnos, y en muchos casos también de ser escuchados…
Yo soy bastante celosa de mis escritos. Solo se los dejo leer a personas de confianza total y que demuestren verdadero interés. Supongo que es parte de mi carácter reservado, que me provoca pánico escénico. Tal vez porque es tanto lo que contienen de mí misma, que no quiero que esté al alcance de cualquiera. Ante alguien que me leyera sin conocerme me sentiría expuesta, pero son los juicios quien me conoce los que realmente me afectan.
Me encanta eso que dice la Allende de que cada libro es una botella lanzada al mar. Tú expresas tus sentimientos, tus preocupaciones… y una vez que llegan a manos de otro, son susceptibles de interpretación. Más vale asumirlo...
Según Vargas Llosa, “cuando la novela está terminada, nadie, a menudo ni el propio novelista, puede escuchar con facilidad ese corazón autobiográfico que late fatalmente en toda ficción”. Quizás no se pueda determinar con precisión cuanto hay de real y cuanto de inventado, pero en cualquier caso quien está detrás eres tú. Y cuanto mejor te conozcan, con más facilidad podrán diseccionarte.
Es reconfortante cuando alguien lee algo tuyo y de alguna forma le llega… cuando sientes que te entiende, que le interesa lo que cuentas… cuando consigues trasmitir ese mundo propio que además de hacerte soñar a ti conecta con los sueños ajenos… Y lo que surgió como un ejercicio terapéutico, acaba teniendo una proyección. La botella ha llegado a la orilla…
Pero creo que en la escritura, como en otros muchos aspectos de la vida, hay que hacer las cosas por lo que te aporten a nivel personal, al margen de la aceptación ajena. Tal vez por eso solo dejaré de escribir el día en el que no me haga sentir tan bien como hasta ahora.

Hammam

“Los hammam son lugares extraños, donde el vapor relaja las costumbres además de los cuerpos”.
Aunque un anticipo momentáneo de primavera había subido el termómetro a treinta grados, me apeteció un baño turco. Es una de esas películas que además de los sentidos me despiertan cientos de recuerdos. Desde la persona con la que la vi por primera vez, en un cine en el que puedes pedir una cerveza y hasta fumarte un cigarrillo durante la proyección, hasta ese Estambul mágico al que te transporta.
La música es tan envolvente como los vapores del hammam o el perfil de las mezquitas desde el Cuerno de Oro. Ozpetek consigue que te dejes seducir al mismo tiempo por Francesco (espectacular Alessandro Gassman) y por esa Turquía que también lo seduce a él.
Me encanta que se aloje en el hotel en el que Agatha Christie escribió “Asesinato en el Orient Express” y que beba raki como yo lo hice. No he conocido hombres más encantadores que los turcos. Quizás por eso no me sorprende tanto el devenir de los acontecimientos…
Al igual que Francesco constaté la hospitalidad turca, bebiendo elma çay (té de manzana) en cada tienda de alfombras que pisaba. Sé que forma parte del negocio, pero ya quisiéramos los españoles tener el arte, la paciencia y la amabilidad que tienen ellos para vender…
Los hammam son reminiscencias de una cultura en vías de extinción, de ese lujo asiático unido al sentido purificador que tiene el agua en el mundo árabe. “Tranquilizar la carne para poder tranquilizar el espíritu”. Las almas se abren, dejando fluir lo que guardan…
Me fascinan las cartas de la tía de Francesco, una italiana excéntrica que se instala en Estambul y regenta un hamman masculino. “Tengo que escribirte, porque es la única manera que tengo de sentirte cerca”. Hay momentos en los que necesitas escuchar ciertas voces, que ciertos oídos escuchen la tuya... Y cuando estás lejos de tus referencias, más que nunca.
“Me gustaría que tuviera la mirada limpia para reconocer los deseos, y los brazos fuertes para hacerlos realidad”. ¿Hay algo mejor a lo que aspirar?
“Esta es la vida que buscaba”. Y qué no daría cualquiera por encontrarla… “Porque se puede ser feliz en esta vida. Hay que serlo”.
Imposible no sucumbir ante el hechizo otomano… Resulta increíble como te puede enamorar un país… Como te puedes sentir en casa en un lugar que no es tuyo y adoptar como propias tradiciones ajenas… Como te puede cambiar los esquemas…
¿Pueden los posos del café vaticinar tu destino? Tal vez los del café turco, que no se remueve…
“A veces, al atardecer, me entra la melancolía. Pero luego, de pronto, se levanta un aire fresco que la aleja. Es un aire extraño, que no he sentido en ninguna otra parte. Una brisa ligera, que me quiere”.
Teþekkür ederim, Ozpetek.

Arte fugitivo

Esto es jauja… Ahora resulta que han incautado un sarcófago egipcio en Miami, vendido por un galerista español que tenía menos papeles que la cabra de un gitano. Antropomorfo y policromado, de la dinastía XXI para más señas. Las autoridades lo van a devolver a Egipto, claro… de donde no debería haber salido.
Yo es que alucino con los chanchullos del mundillo del arte. Hay un mercado negro que mueve millones, en el que la ambición y la falta de escrúpulos campan a sus anchas. Piezas milenarias de incalculable valor van y vienen como si tal cosa, pasando de un coleccionista a otro, atravesando fronteras, burlando aduanas… y yendo a parar al mejor postor.
Expertos de pacotilla que conducen a los incautos a malvender obras de arte de herencia familiar… Conocidas casas de subastas que tienen infiltrados para pujar por ellos y llevarse el botín por cuatro duros… Redes corruptas que permiten que el patrimonio artístico de un país acabe en manos privadas… Esto parece la cueva de Alí Babá…
Los traficantes de la belleza no entienden de ética, y muchos de ellos tampoco de arte. El que cualquier fulano con pasta pueda hacerse con un icono bizantino, poner un mosaico romano en su jardín o cubrir la sala de billar con un artesonado mudéjar me llena de espanto.
Me indigna incluso que ciertas obras estén en un museo, aunque eso asegure su conservación. El arte fue creado para ser disfrutado y todo el mundo tiene ese derecho, pero ciertas obras jamás deberían haberse sacado de su contexto original. Y cuando las veo no puedo evitar un sentimiento de culpabilidad, porque de alguna manera me estoy beneficiando del expolio.
Supongo que tenemos lo que nos merecemos. Cuando las leyes no protegen el arte, pasa lo que pasa. Dejamos que las iglesias románicas se vengan abajo, que el patrimonio artístico siga sin catalogar, que curas analfabetos arramblen con crucifijos de marfil y relicarios de oro, o que “entendidos” en la materia se lleven obras con el pretexto de restaurarlas y les den el cambiazo… Por amor al arte, claro está… Solo hay que guardarlas un tiempo y ya pueden circular alegremente por los circuitos clandestinos. Con un poco de suerte, nadie las echará en falta.