martes, 16 de marzo de 2010

Un enigma de color lila

Revisar el correo mientras desayunaba era una de mis rutinas inquebrantables. Entre las consabidas facturas y cartas publicitarias encontré un sobre de color lila sin remitente ni destinatario. Dentro había una escueta nota: “¿No escuchas mi corazón, que late desaforado por ti?”.
¿Qué clase de broma era esa? No se me ocurría quien podía estar detrás... Pensé en ese cliente de la agencia que cada vez que me veía me sacaba los colores con sus galanterías. Sus visitas eran siempre divertidas, aunque me daba la impresión de que me observaba más de lo necesario…
También me vino a la mente el bibliotecario de los ojos azules. Era tan encantador… Encontraba cualquier libro que yo le pidiera por muy descolocado que estuviera, e incluso más de una vez había hecho la vista gorda cuando había devuelto alguno con retraso.
Y ese tipo tan atractivo de la cafetería, con el que nunca había intercambiado más que un saludo de cortesía. La calidez de su sonrisa me alegraba las mañanas… y hasta había fantaseado con entablar una conversación con él.
Ese papelajo podía haber sido escrito por cualquier zumbado para quedarse conmigo, o que tal vez ni siquiera era para mí… No merecía la pena que me calentara la cabeza elucubrando...
Al salir a la calle me sentí observada. Aunque tal vez fuera producto de la sugestión… Cuando esa noche llegué a casa ansiando tumbarme a ver una peli, descubrí otro sobrecito lila junto a la puerta. Esta vez la notita decía: “El verde te sienta divinamente. No sé donde me llevas, solo que quiero ir contigo”. Ahora no cabía duda, iba destinada a mí. Me sentía halagada, pero aquello empezaba a darme un poco de mal rollo. Un acosador era lo último que necesitaba en ese momento de mi vida…
La actitud del adonis de la cafetería seguía siendo la misma de siempre. Había escudriñado su rostro en busca de una señal, sin ningún éxito. El cliente simpático había venido el día anterior acompañado de su mujer, así que quedaba descartado. ¿Sería mi bibliotecario de ojos azules?
A la mañana siguiente recibí en la agencia un paquetito, acompañado del conocido sobre color lila. Me tenía bien controlada el cabrón… La cajita contenía un collar precioso, de plata y lapislázuli. “Me encantaría verlo en tu cuello… ¿Qué valor puede tener la vida si no estamos juntos?”.
Esa tarde me presenté en la biblioteca con él puesto, dispuesta a salir de dudas. Encontré a mi chico de mirada azul charlando animadamente con una nueva bibliotecaria, muy guapa. Respondió a mi saludo con una sonrisa y siguió de cháchara como si nada. Si él era mi admirador, se merecía un oscar.
Camino de casa me planteé si no sería mejor seguir disfrutando de esas notitas sin más. Pero, ¿qué hacer con la curiosidad que me devoraba? En cualquier caso, no estaba en mis manos averiguar su identidad. Dejaría que el azar decidiera por mí. Hasta que lo hiciera él…
Me di un baño para relajarme y me tumbé en mi futón a leer. En cuanto tuve entre mis manos el libro de la biblioteca, me pareció una broma de mal gusto. Me jodía admitirlo, pero había sido una decepción que no fuera ojos azules. ¿Pues no es que me había puesto celosa de la bibliotecaria?
Escuché un ruido casi imperceptible tras la puerta, y me levanté como movida por un resorte. Olvidando mi determinación corrí hacia ella, descubriendo a mis pies un sobrecito lila. Salí al rellano con la respiración entrecortada y alcancé a ver una sombra huyendo escaleras abajo.
Obviamente prefería mantener el anonimato, al menos de momento. Me había regalado una ilusión. ¿Acaso no merecía que le fuera respetado su deseo? Esa idea me hizo detenerme en seco. Entré de nuevo en casa y cogí la nota del suelo: “Muchas gracias, reina de mis pensamientos”, decía. Se refería al collar, claro, pero la casualidad me hizo sonreír. “De nada”, murmuré, sintiéndome cómplice de un fantasma.

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