jueves, 8 de abril de 2010

Nanilla, la estrella que más brilla

Eso eres para mí, y hoy quiero decírtelo. Con qué poquitas personas tengo la sensación de conocerlas desde toda la vida… De intuirlas, de interpretarlas, de confiar ciegamente en ellas. Por lo general esas certezas llegan con el tiempo, pero nunca tan rápido como me llegaron contigo.
Desde que te leí la primera vez supe que congeniaríamos. Los temas que te interesaban coincidían con los que me interesaban a mí, tus sueños y tu forma de entender la vida se acercaban demasiado a los míos. Me di cuenta de que adorabas a tu familia, adorabas tu ciudad, y adorabas los libros. Necesitabas escribir para expresar todo lo que llevas dentro, al igual que yo, y sentías un pánico escénico sospechosamente parecido al mío.
Hemos sobrevivido a naufragios, fuga de musas, ausencias... Visitar tu casa se ha convertido en una costumbre tan arraigada, que me cuesta recordar lo que era mi rutina sin ella. O más bien, que no quiero recordar.
Admiro tu capacidad de dejarte seducir por la letra escrita y trasmitir esa pasión. De hacerme suspirar con un poema, tatarear una canción, y desear leer todo libro del que hablas. Tu mirada hace interesante cualquier tema. Y esos momentos en los que abres tu alma son oro puro. Porque es tan, pero tan bonito lo que se ve…
Tienes un talento innato para contar historias. Envidio el trasfondo de autenticidad que les imprimes, tu habilidad para captar la atención y tocar la fibra. Pero sobretodo, el don de expresar sentimientos y deslumbrar con cada palabra que escribes…
Nunca olvidaré lo cerca que estuviste de mí cuando nos separaban miles de kilómetros. Esa terapia salvadora en la que me sentí escuchada y entendida, en la que compartimos cotidianidades, penas y alegrías. Un regalo maravilloso que me sigue calentando el alma y arrancando sonrisas…
Creo que ya sabes que me inspiras más que todas mis musas juntas, que nuestras conversaciones son mi mejor medicina. Esa empatía que siempre he sentido contigo supera cualquier otra. Me duelen tus migrañas, me hacen feliz tus sonrisas, tus ilusiones son las mías...
Tengo tanto que agradecerte, que me falta espacio. Porque me has incitado a leer a los clásicos, a disfrutar del cine en blanco y negro, a adorar a Víctor Hugo, a Tolstoi, a Hemingway, a Banana, a Carson, a Murakami, y al viejo indecente entre otros muchos. Porque me desvelas emociones ocultas en los pliegues de las páginas…
Por esas anécdotas entrañables como el descubrimiento de tu Manon, el viaje en tren por Macondo, los amores desgraciados de la reina Margot, tu tocaya la Karenina o la pobre Ofelia… tu debilidad por Bogart, ese dibujo precioso de un corazón envuelto, el poder evocador de mojar magdalenas en el té, una maleta rota llena de libros, tus noches en la ópera, los collages de palabras, las fotografías artísticas…
Por los cafés, las confidencias, las palabras de ánimo… Porque has brindado conmigo siempre que he sacado el tequila. Y sabemos que esos brindis no sirven solo para celebrar acontecimientos o invocar presencias…
Porque me he sentido menos pecadora gracias a ti… Porque me has enseñado lo que es una versta, lo bonita que es la luz de la luna, la magia del capítulo 7, a ver el Guernica con tus ojos...
Por esos días que me traen recuerdos preciosos… Porque nunca pensé que estaría tentada de secuestrar a una fallerita cada vez que la tengo cerca (tu sabes que aunque le haga perrerías la quiero como a una hija, jeje&hellip
Porque siempre serás la mejor detective del mundo mundial, y sin la Lantier la cantinera no tendría razón de ser. Con lo que me gusta a mí ese personaje…
Porque no te das cuenta de lo dulce que eres ni del carisma que tienes. Porque no dices que escribes, sino que tecleas, ordenas palabras o piensas en voz alta. Porque no te cansas de intentar llegar a lo universal a través de lo anecdótico…
Porque me entiendes sin hablar, me ayudas a creer en mí, soportas mis neuras… Porque hicimos un pacto y lo cumpliste… Por la confianza que me has demostrado. Por los sueños compartidos, por las “discusiones” sobre arte, por lo bien que me siento en todas tus casas…
Por tu risa, por tus pestañeos, por como te brillan los ojos cuando estás contenta. Por esas cosas que te hacen tan especial. Única y valiosa como el diamante…
Por estar ahí… Por formar parte de mi historia y ser una de las mejores partes…
¿Cómo no te voy a decir cosas bonitas, si es lo único que me inspiras? Siento sacarte los colores, espero que hoy me lo perdones. Aunque ya lo sabes, todo este discurso es para decirte lo mucho que significas para mí… lo mucho que te quiero.
Yo a ti más, no lo dudes…
¡Muchas felicidades, cielo!
No cambies jamás de los jamases…

Cosas por contar

Mil ideas bullen en mi cabeza como agua para chocolate y tengo que sacarlas antes de que se desborde la olla… Jamás he tenido incontinencia verbal, no me reconozco en este vicio de contar por contar que últimamente se ha apoderado de mí… Quizás es que me guardo demasiadas cosas y esta es la única catarsis que conozco. O es el gingsen, que me tiene acelerada…
Esta Semana Santa me ha dejado un poco aturdida, y no porque no haya disfrutado. Es que me gustan las tradiciones de mi tierra, así que no he parado quieta. Y eso a los temperamentos tranquilos como el mío los desestabiliza un poco. Ha estado llena de momentos bonitos, algunos vividos y otros evocados.
Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro, decía Lorca.
Es curioso como en las mejores circunstancias un detalle puede impedirme apreciarlas, y como en las peores, otro consiga hacerme sonreír como una idiota… Los detalles son lo que distingue un día de otro…
La primavera me carga las pilas y me ayuda a abstraerme de las espinitas del alma. Estoy perpetrando algo que me hace ilusión… Y ayer tuve una revelación, que no es la fórmula de la coca-cola pero me soluciona un gran problema. Siento ser tan críptica, pero tampoco hay que desvelarlo todo…
Después de una jornada previsiblemente movidita vi, “Luciérnagas en el jardín”. Siempre acabo hablando de cine… y es que es uno de mis mecanismos de evasión favoritos. “Si no cuidas una cosa, no mereces tenerla”, dice el personaje más odioso, y estoy de acuerdo con él. Mira que le tengo poca afición a las pelis americanas, pero esta es una de las que salvaría de la quema. Me emociona ese “te quiero” que espera ser correspondido y se queda con las ganas… Nada es lo que parece. La literatura puede convertirse en un ajuste de cuentas. Me gusta como los viejos rencores arden en una pira...
Esta mañana he escuchado a Serrat en el Ipod, diciéndome que “Hoy puede ser un gran día”, y quiero creerlo… Por lo pronto, pienso que mientras alguien te escuche, quedan cosas por contar…
Este barco se bambolea, pero aún se mantiene a flote…

La guionista

- ¿Qué escribes, criatura? Te recuerdo que estamos apatrullando…
- Un guión de cine. Se lo voy a mandar a Almodóvar…
- ¿Tas tonta?
- Todo se pega, hijo… sobretodo lo malo...
- ¿Que no sabes que él escribe sus propios guiones?
- Este es mejor que los suyos, modestia aparte… De algo me tenía que servir tener un hermano yonki, una prima bollera, un vecino ex cura del opus que ahora trafica con armas de destrucción masiva, y una portera con poderes extrasensoriales…
- Nena, que jauría…
- Por no hablar de este humor negro que el diablo me ha dado, unido a un talento inconmensurable… Menuda campaná voy a dar…
- A ti se te ha fundido el último fusible que te quedaba. Claro que con ese careto y lo viciosilla que nos has salido, a lo mejor un papel de extra sí que te daba… pa que no te vayas de vacío…
- “Encontrar la salida de este gris laberinto, sin pasión ni pecado ni locura ni incesto, tener en cada puerto un amante distinto…”
- ¿Dónde se ha visto una picoleta guionista, a ver?
- Remotamente, que no te enteras… En una peli de Almodóvar todo es posible… Cuanto más sui géneris mejor…
- Y cuanto más follaero mejor… ya te voy visualizando en el papel… jeje…
- “Me casé con un enano pa jartarme de reír…”
- A ver si te crees que tú te pareces a Angelina Jolie… ¡Y tira ese porro, que nos van a expedientar!
- ¡Cállate, cara de ladilla!
- Qué cruz tengo contigo…
- Así te vas ganando el cielo… y yo un dinerillo, que estoy como puta en cuaresma…
- ¿Qué he hecho yo para que me toque una friki que ha visto cincuenta veces “La ley del deseo”?
- Como me gusta cuando se le cruzan los cables a Antonio... ¡Que estoy mu loco, hostias! Jejeje…
- Nunca entenderé que alguien se haya atrevido a poner un arma en tus manos…
- ¡Eeeeeeeeeeepa! ¡No metas esos acelerones, que voy a potar el cola-cao!
- ¡Es que ese aguililla se acaba de saltar el semáforo en rojo!
- Pues vamos a crujirlo, que hoy no nos hemos estrenao…
- Tu quietecita, ya me ocupo yo… Que desde que cacheaste a ese pobre por no llevar el carnet no me fío ni un pelo de ti…
- Es que para ser guionista underground tengo que documentarme de la realidad… con la vista, el olfato, el tacto…
- Soy yo el que debería escribir un guión contigo de protagonista… Pero sería demasiado surrealista para que lo dirigiera Almodóvar…

Trenes

La otra noche, viendo una película preciosa que se llama “Nueces para el amor”, me quedé pensando en los trenes que no cogemos, y hasta que punto eso condiciona nuestro recorrido.
La vida no siempre da segundas oportunidades. En muchas ocasiones nos dejamos llevar por la inercia, sin plantearnos alternativas. Nos limitamos a aceptar los hechos tal y como vienen, eludiendo decisiones que podrían complicarnos la existencia. Aunque nos guste descargar la conciencia echándole la culpa a las circunstancias, suele ser solo nuestra.
El miedo al fracaso paraliza y hace que prefiramos quedarnos con la duda de que habría pasado si… antes que dar un paso hacia delante. No es fácil luchar por ciertos sueños, porque el temor a perderlos invita a la cautela.
A veces el mayor impedimento es la conciencia de que no están a nuestro alcance. Son demasiado bonitos para ser ciertos… Quizás la felicidad que nos reportarían sea ficticia, tan solo una ilusión que hemos creado como mecanismo de supervivencia, sin base real. Para consolarnos pensamos que lo que tiene que ser será, y si no es, es porque no tenía que ser…
Me pregunto a dónde van los sueños que se quedan en el camino… Algunos se convierten en espinas, otros se olvidan, otros permanecen escondidos en algún reducto de nuestra alma a la espera de una segunda oportunidad.
Necesitamos soñar para sentirnos vivos, aspirar a algo mejor, huir de lo que nos parece vacío… Y acabamos renegando contra todo lo que nos corta las alas. El riesgo está en soñar demasiado , perder la perspectiva y de paso la fe en los sueños. Según una gran amiga, me va bien porque escucho a mi corazón. Lo cierto es que no siempre le hago caso, y que en algunos aspectos no me va tan bien.
Hay trenes que no lamento haber perdido, porque estoy convencida de que no me habrían llevado a ninguna parte. Los que me pesan son los que no cogí porque me faltó valor. Preferí no mirar detrás del espejo por si no me gustaba lo que había. Otros los dejé escapar porque vi que la puerta se estaba cerrando y temí que me aplastara… o porque alguien me disuadió desde su interior. También pasé de los que podían implicar un daño colateral. Y de esos que sé que no eran para mí, por mucho que deseara subir a ellos.
Quiero pensar que mientras no pierda la esperanza, seguirán pasando trenes. Y espero saber a cuales debo subir…

El misterio de las mareas

Una extraña corriente me llevó a una playa a la que jamás pensé que arribaría. Pero una se acostumbra a todo, sobretodo cuando no tiene más narices. Así que me desenvuelvo entre corticoides, antihistamínicos y relajantes como si hubiera nacido con la bata blanca puesta. Ya he contado más de una anécdota y no quiero ser reiterativa, pero es que esto es un filón inagotable…
Hay de todo como en botica… Está la de “te lo pago la semana que viene”, los de “a ver si voy al médico y me hace la receta”, y “doña devoluciones”, que le ha cogido el gusto a eso de llevarse cosas y traerlas después. Un día son unos cepillos interdentales, otro un inhalador… que por supuesto ya no se pueden vender. Para mí que es el aburrimiento del jubilado, unido al afán de tocarle los cojoncillos al personal. Si estuviera en mis manos se le acababa la tontería pero ya... También está el de “niña, dame mi medicina”… Y es que me ha debido ver cara de pitonisa…
A veces viene el yonky que se peleó conmigo, que tiene muy mala leche como todos los cojos. Cuando lo veo intento quitarme de en medio para que lo atienda mi compa, que además sabe perfectamente cuales son las “insulinas” que se lleva y no titubea. Porque el titubeo es lo que lo pone atacao...
Y está la que necesita que le expliquemos todo cincuenta veces, porque no se aclara… y tampoco es cuestión de que la pobre mujer se envenene, por muy pesadita que sea. Tiene la costumbre de venir a la hora de cerrar, y sus visitas nunca duran menos de media hora…
Para compensar está M., que es un encanto. Y cuando llega me dice: “¿como estás, nenica?”. Y L., con el que me harto de reír: “no te metas conmigo que tengo el cerebro reblandecio”. Y un matrimonio que es una comedia… Siempre que vienen se pesan en la báscula antediluviana y se pican a ver quien ha perdido más kilos. Él dice: “¡84! Te jodes, jeje…”. Y ella, “que mala persona eres…”.
Algunos pequeñuelos lloran solo con vernos, y es que las batas blancas les dan un mal rollito… Yo les regalo caramelos y les prometo que no voy a pincharles. Angelicos…
He desarrollado un autodominio que da miedo… ya no me descojono cuando J. me pide el “Felegrán” (Efferalgan), o E. el “Enantún” (Enantyum). Ni cuando llega el nini zampabollos que casi no entra por la puerta, y si se hubiera presentado al programa ese de la sexta lo fichaban seguro…
Cuando tenemos facturación, Murphy entra en acción. Los clientes lo huelen y empiezan a venir en avalancha. La ley más infalible también se manifiesta cuando muerdes una galleta o un croasán. Es tener la boca llena y entrar alguien. Un día nos vamos a atragantar…
De vez en cuando hay espacio para los cotilleos, las risas, las pipas… Mi mente vuela hacia donde quiere volar y me abstraigo de donde estoy, o me visita la musa, obligándome a echar mano de cualquier papelajo para capturar su mensaje.
Recibimos visitas muy agradables como M., que entra como Pedro por su casa y hasta baja las persianas cuando considera que es la hora… Como R., que nos trae la merienda y un soplo de alegría… O como U., que todavía no habla y se dedica a regarnos con el spray de las plantas y a tirar al suelo todos los folletos a su alcance, pero nos divierte un montón…
Entre unas cosas y otras, se pasa la tarde y me olvido de que ese no era mi camino… De que aún no lo considero mi destino…

Una biblioteca

Libros que a ti te cambian la vida, pueden pasar para otro sin pena ni gloria.
Hace ya muchos años, cuando descubrí lo que los libros significaban para mí, me poseyó la absurda obsesión de leer todos los genéricamente considerados “imprescindibles”. Aún estaba yo dominada por ese furor, cuando Arturito publicó un artículo en dos partes en el que recopilaba unos ciento cincuenta títulos esenciales para él. De los cuales yo apenas había leído nueve o diez…
Para mí era la Biblia, así que anoté los quince o veinte que más me interesaban, dispuesta a empezar por ahí. De ese modo leí “La Regenta”, “Las relaciones peligrosas”, “La cartuja de Parma”, “Lolita”, “El monje”, “La isla del tesoro”, “Frankenstein”… Casi todos ellos me fascinaron, pero no sé por qué, aparqué temporalmente la lista y empecé a improvisar.
Quedaron pendientes entre otros “El rojo y el negro”, “Crimen y castigo”, “Conversación en la catedral”, “Historia de dos ciudades”, “Anna Karenina”, “Pedro Páramo”, “Los miserables”, “París era una fiesta”, “El primo Basilio”, “El cuarteto de Alejandría”… muchos de los cuales leí años después, cuando llegó el detonante adecuado. Algunos tenían el valor añadido de haberlos visto bajo una mirada especial… Fue por tanto un reencuentro maravilloso y definitivo. Sigo tirando de la cantera, aunque por suerte a mi lista no le faltan candidatos.
Ahora no creo que haya libros imprescindibles. O más bien, que cada uno debe encontrar los suyos. Tengo claro cuales son los míos, pero esa lista no le serviría a nadie más. Es personal e intransferible, totalmente subjetiva. No desvelo ningún secreto si digo que incluiría “El Conde de Montecristo”, “El amor en los tiempos del cólera”, ”El guardián entre el centeno”, “El retrato de Dorian Gray” o “La casa de los espíritus”.
Afirmar que quien no ha leído un determinado libro tiene algún tipo de desfase o carencia me parece una ridiculez, porque sobre gustos no hay nada escrito… El diálogo entre autor y lector es algo íntimo, que nadie más entendería. Lo que un libro representa para ti depende de tus experiencias, de tu sensibilidad, del momento en el que llegue a tu vida. Lo que te toca el alma no tiene por qué tocársela a los demás. Por eso no creo que haya ni uno solo que todo el mundo debería leer y solo en casos muy concretos me permito recomendar. Parto de la premisa de que su efecto en otra persona será diferente del que tuvo sobre mí. Además, no frivolicemos... que imprescindibles son otras cosas…
Hay libros que me despiertan la curiosidad y el deseo de descubrirlos, aunque solo sea para tener una opinión propia y fundamentada sobre ellos. Pero solo después de haberlos leído sabré si formarán parte de mi biblioteca sentimental. Si serán el viento que hace volar mi corazón como una cometa…