jueves, 8 de abril de 2010

El misterio de las mareas

Una extraña corriente me llevó a una playa a la que jamás pensé que arribaría. Pero una se acostumbra a todo, sobretodo cuando no tiene más narices. Así que me desenvuelvo entre corticoides, antihistamínicos y relajantes como si hubiera nacido con la bata blanca puesta. Ya he contado más de una anécdota y no quiero ser reiterativa, pero es que esto es un filón inagotable…
Hay de todo como en botica… Está la de “te lo pago la semana que viene”, los de “a ver si voy al médico y me hace la receta”, y “doña devoluciones”, que le ha cogido el gusto a eso de llevarse cosas y traerlas después. Un día son unos cepillos interdentales, otro un inhalador… que por supuesto ya no se pueden vender. Para mí que es el aburrimiento del jubilado, unido al afán de tocarle los cojoncillos al personal. Si estuviera en mis manos se le acababa la tontería pero ya... También está el de “niña, dame mi medicina”… Y es que me ha debido ver cara de pitonisa…
A veces viene el yonky que se peleó conmigo, que tiene muy mala leche como todos los cojos. Cuando lo veo intento quitarme de en medio para que lo atienda mi compa, que además sabe perfectamente cuales son las “insulinas” que se lleva y no titubea. Porque el titubeo es lo que lo pone atacao...
Y está la que necesita que le expliquemos todo cincuenta veces, porque no se aclara… y tampoco es cuestión de que la pobre mujer se envenene, por muy pesadita que sea. Tiene la costumbre de venir a la hora de cerrar, y sus visitas nunca duran menos de media hora…
Para compensar está M., que es un encanto. Y cuando llega me dice: “¿como estás, nenica?”. Y L., con el que me harto de reír: “no te metas conmigo que tengo el cerebro reblandecio”. Y un matrimonio que es una comedia… Siempre que vienen se pesan en la báscula antediluviana y se pican a ver quien ha perdido más kilos. Él dice: “¡84! Te jodes, jeje…”. Y ella, “que mala persona eres…”.
Algunos pequeñuelos lloran solo con vernos, y es que las batas blancas les dan un mal rollito… Yo les regalo caramelos y les prometo que no voy a pincharles. Angelicos…
He desarrollado un autodominio que da miedo… ya no me descojono cuando J. me pide el “Felegrán” (Efferalgan), o E. el “Enantún” (Enantyum). Ni cuando llega el nini zampabollos que casi no entra por la puerta, y si se hubiera presentado al programa ese de la sexta lo fichaban seguro…
Cuando tenemos facturación, Murphy entra en acción. Los clientes lo huelen y empiezan a venir en avalancha. La ley más infalible también se manifiesta cuando muerdes una galleta o un croasán. Es tener la boca llena y entrar alguien. Un día nos vamos a atragantar…
De vez en cuando hay espacio para los cotilleos, las risas, las pipas… Mi mente vuela hacia donde quiere volar y me abstraigo de donde estoy, o me visita la musa, obligándome a echar mano de cualquier papelajo para capturar su mensaje.
Recibimos visitas muy agradables como M., que entra como Pedro por su casa y hasta baja las persianas cuando considera que es la hora… Como R., que nos trae la merienda y un soplo de alegría… O como U., que todavía no habla y se dedica a regarnos con el spray de las plantas y a tirar al suelo todos los folletos a su alcance, pero nos divierte un montón…
Entre unas cosas y otras, se pasa la tarde y me olvido de que ese no era mi camino… De que aún no lo considero mi destino…

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