lunes, 17 de mayo de 2010

Cuadernitis

A unos les da por coleccionar sellos, y a otros cajas de cerillas. Yo compro cuadernos compulsivamente. Los tengo de todos los tipos y colores. Mis favoritos son los de una raya y sin espiral, estilo Moleskine. Aunque no hay por qué buscarle una justificación a las idolatrías, supongo que esta tiene que ver con que me gusta escribir más que a un tonto un lápiz. Y aunque soy aficionada a la tecla, no reniego de la metodología artesanal.
Debo decir en mi defensa que antes o después les doy utilidad a mis cuadernos. Y como además de intentar contar historias soy una incondicional de las listas, apunto libros leídos y por leer, películas, ideas… Ya no suelo hacer diarios de viaje, pero me gusta anotar la ruta y alguna que otra impresión. Los trayectos largos dan para mucho...
Cuando viajo necesito un soporte donde plasmar mis pensamientos, y si no lo llevo encima lo compro en la primera ocasión. Porque si no me entra la angustia cósmica… El otro día salí a dar una vuelta y me asaltó la musa, así que entré en una tienda de chinos (era domingo y no había nada más abierto) a por un cuadernillo en el que descargar mi memoria. Solo me apetece sentarme sola en un bar si llevo lectura o material de escritura.
Me vuelvo loca en las tiendas de souvenirs de los museos… nunca salgo sin un cuaderno bajo el brazo. El caso es que son tan bonitos, que luego me da pena usarlos. Así que los reservo para ocasiones especiales… Le tengo especial cariño a uno de las Meninas que me regaló alguien muy querido y me sirvió para iniciar un largo proyecto. También al que compré en los Reales Alcázares de Sevilla, que tuvo una finalidad similar.
Adoro la sensación de abrir un cuaderno nuevo e inaugurarlo… Ir llenando las páginas en blanco con tinta oscura, pinceladas de mi mente y de mi alma que quizás nunca llegarán a ninguna parte, pero que me ayudan a expresar lo que no sé expresar de otra manera. Y me hacen soñar… ¿Quién da más por menos?
Revisar un cuaderno viejo en el que un día plasmé sensaciones, esbocé una historia o quise consignar cualquier dato que fuera importante para mí en ese momento es una experiencia evocadora. A veces dulce, y otras amarga… Pero siempre entrañable.
Quizás es ansiedad de contar algo lo que me induce a acumular cuadernos como una loca… Quizás es el temor inconsciente de que si no tengo donde apuntarlas, las palabras se evaporarán… Quizás es simplemente una rareza sin razón de ser…
Para que veáis que no miento…

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