lunes, 17 de mayo de 2010

Pasiones

Cuando llega este tiempo sueño con escaparme a mi Medina, un lugar que me alegra el alma. En invierno la humedad te cala hasta los huesos. La casa familiar es grande y con unas corrientes criminales, no hay manera de calentarla. Sin embargo en primavera cambia hasta el aire… Todo se llena de flores, y las temperaturas permiten dormir en ella sin morir de congelación. Me gusta su amplitud, la huella del pasado, ese patio que parece un tablero de ajedrez... Cuando estoy allí hago fotos compulsivamente, en un desesperado intento por atrapar cada sensación.
El pueblo es alegre, como lo es la gente de Cádiz. Para mí tiene un encanto irresistible. Me calma, me inspira, me ayuda a ver las cosas con perspectiva. No es solo la luz cegadora, la estética o los vínculos sentimentales, sino una desconexión terapeútica.
El ambiente es relajante y placentero, la buena vida elevada a la enésima potencia. El ritmo es pausado, no existen los despertadores. Las noches son silenciosas y frescas. Los desayunos largos, tranquilos. Me suelo instalar en la mesa de la cocina con un libro, el café y una tostada de manteca “colorá”. De vez en cuando salgo a la terraza y mis ojos se clavan en la buganvilla del corral. Y si no hay moros en la costa, aprovecho para escribir pensamientos o lo que me dicte la musa.
A media mañana, cuando ya he regresado al mundo de los vivos, me gusta salir a dar una vuelta. Bajando por la Cuesta Resbala y atravesando el Arco de la Pastora llego a un parque precioso donde está la biblioteca pública, que tiene Internet gratuito.
Otra ruta me lleva a la Iglesia Mayor. Me conozco cada piedra, pero disfruto visitando su claustro mudéjar o subiendo a la torre. Las vistas son impagables… En frente está la oficina de turismo, en la que puedo informarme de las actividades culturales y pedir algún poster que no tengo donde colgar.
Bajando por Alonso Pinzón, el Llanete y la Victoria, llego a la Calle San Juan. Allí está el mercado de abastos y “La onza de chocolate”, el paraíso terrenal. La plaza del Ayuntamiento se encuentra en la parte baja, así que no me queda más remedio que bajar para luego subir, como en la medina de Fez. Menos mal que mis estancias no son demasiado prolongadas, si no se me pondrían las piernas como las de Cristiano Ronaldo…
Vayas donde vayas, el tapeo es impresionante. Te puedes tomar una brocheta de langostinos por dos euros, un lomo en manteca o unas tortillitas de camarones. Los sábados que no hay levante, mi amigo Jose hace chicharrones en la calle y los sirve como tapa gratuita en su bar.
Las sobremesas son geniales, porque siempre hay un rincón agradable en el que recluirse a leer o siestear. Si lo prefieres, a poco más de media hora está la playa del Palmar. Tiene una calita junto al faro de Trafalgar, llamada Zahora. Cuando baja la marea se forma un laguito sin olas en el que ves pasar los peces junto a tus pies. Y Marruecos en la lejanía... Hay un chiringuito chulísimo donde sirven mojitos y tocan música en directo, flamenco y chill out.
Al anochecer todo el mundo va a la plaza. Los adultos se sientan en los bancos y las terrazas, mientras los niños corretean. El reloj se detiene en esas noches, porque se está tan a gusto en la calle que no hay nada más importante.
Al llegar a casa, la tradición manda tomar un chupito que suele ser de Canasta (un vino dulce delicioso) o Rompope (un ponche mexicano que venden en uno de los conventos), con algún dulce típico (amarguillo, yema nevada, trufita&hellip antes de acostarse. Si la noche está clara, puedes salir a la terraza a contemplar las estrellas en las tumbonas de playa. Y después, un rato de lectura en la cama. No sé por qué se lee tan bien allí… Debe ser el silencio, el microclima, o la conciencia de que no hay que madrugar. Tal vez es que esa casa que parece detenida en el tiempo inspira sosiego. O que la tengo asociada con las vacaciones…
Como dicen en “El secreto de sus ojos”, se puede cambiar de todo en la vida, menos de pasión.

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