jueves, 16 de septiembre de 2010

Mi vida aquí

A mí nadie me dijo que esto iba a ser así… de haberlo sabido quizás me habría negado a colaborar. Claro, que mamá me habría vuelto a decir que soy una díscola y me habría encerrado en el cuarto de los ratones, con el asco que me dan… Cuando son otros los que mandan, estás en sus garras…
Menos mal que vienen a vernos, si no me moriría de aburrimiento. Me encanta observarlos sin que se den cuenta… siempre fui una curiosa, y una sabihondilla como me decía el abuelo… Aunque digo yo que mejor será ser lista de más que de menos, ¿no?
Durante las noches reina una paz sepulcral. Siento un frío que se me cuela en el alma, de esos que no se quitan con una manta. Cuando se hace la luz aparecen unas señoras que lo dejan todo como los chorros del oro. Hablan de sus cosas y a veces nos miran de reojo, como con temor en la mirada.
Luego llega el cuidador, lo mejor de cada día. Se sienta junto a la puerta como San Pedro a la entrada del cielo. Tiene una barba blanca igual que el apóstol, aunque su gesto me indica que sería incapaz de traicionar a nadie. No permite que nos molesten ni que se nos acerquen demasiado, nos concede un lugar en el mundo. Y eso en nuestras circunstancias es el mayor regalo…
Con frecuencia vienen grupos de chiquillos inquietos que apenas nos miran. No dejan de reír ni de moverse, obligando a “San Pedro” a estirar el cuello para no perderlos de vista. A él también le gustan, lo sé…
De vez en cuando se levanta y recorre la sala arrastrando sus pies cansados, deteniéndome invariablemente frente a mí. Es el único que me sonríe. Quizás le recuerdo a su nieta o le hago evocar alguna imagen del pasado. Sus ojos claros parecen esconder todas sus respuestas. Y la tentación de comprobarlo es tan grande que me dispara el corazón. No debe ser bueno desear tanto algo que no está a tu alcance…
La mayoría de la gente no me dedica más que unos segundos de atención. Entiendo que no puedo competir con un general condecorado, varios reyes, un obispo, un par de santas, ni mucho menos con la Sagrada Familia o dioses de la antigüedad. En cambio mi “San Pedro” me mira con devoción, haciendo que me sienta especial. Pare él parecen no existir las jerarquías… Y una mocosa de tirabuzones rubios y mejillas sonrosadas está a la altura de las más insignes personalidades. Solo por él renunciaría a esta inmortalidad. Solo por poder devolverle algún día una de sus sonrisas…

Si tú me miras

- Ven aquí…
- Para qué…
- Ven…
- Qué quieres…
- Mírame…
- Te estoy mirando…
- A los ojos…
- Ya…
- Así que eres de esas…
- ¿De cuales?
- De las que cuando sienten algo se apartan…
- Qué sabrás tú de lo que siento o dejo de sentir…
- Intuición masculina…
- Ahora resulta que eres psicólogo…
- Te estoy poniendo nerviosa…
- Lo que tú digas…
- Te estás ruborizando…
- Es mi color natural…
- Te haces la dura…
- Dura durísima, y que dure…
- Te escudas en el cinismo…
- Sí, claro…
- Te gusta jugar conmigo…
- Paso de discutir…
- Tus ojos te delatan…
- Ya quisieras…
- Solo quiero abrazarte…
- Seguro…
- No te voy a comer… Si tú no quieres…
- Qué galante…
- Si no eres capaz ni de sostenerme la mirada…
- Porque me estás haciendo una radiografía…
- Como si eso te molestara…
- Lo sabes todo, ¿no?
- Quiero saber a qué saben tus besos…
- Mucho quieres saber tú...
- ¿Y esa risilla?
- Acércate de una vez… Y deja de pedir permiso, coño…

Ex libris

Recuerdo mi primer ex libris porque fue un regalo de esos que te hacen ilusión, y porque gran parte de mis libros están marcados con él como las vacas de una misma ganadería. Pone simplemente mi nombre, y lo curioso es que procede de Inglaterra…
Para mí tiene un sentido más simbólico que práctico, porque quien se queda con un libro ajeno suele hacerlo conscientemente. Y si alguien tiene la desvergüenza de no devolver un libro prestado, poco le importará a quien pertenezca… Mejor será dejar ese tema para que no se me hinche la vena del cuello, que está más bonica en reposo…
El hecho de sellar la primera página tenía el objetivo de reclamar mi propiedad, probablemente relacionado con mis limitaciones adquisitivas. Era también una forma de personalizar los libros. Ahora lo único que hago, sobretodo cuando no los compro en mi ciudad, es anotar junto a mi nombre el lugar y la fecha del pecado. Aunque no suelo olvidarme de estos datos, me encanta verlos al abrir un libro. Y rememorar aquella mañana de despedidas en la que hice mi última incursión en “El sótano” de México D.F., porque aún cabía un libro más en la maleta… aquella feria del libro antiguo que ponen en Valencia por fallas y que recorrí en deliciosa compañía, o esa tarde estival en la que dos libritos minúsculos me guiñaron el ojo desde el escaparate de una librería del casco antiguo de Cádiz…

Cuando vuelvas a mi lado

Yo sabía que un día volverías a mí… aunque pueda parecer prepotencia, no es más una de esas intuiciones secretas que albergas sin saber como... uno de esos clavos ardiendo a los que te agarras…
Imagino que mi mundo se te quedaba pequeño, y sentiste la necesidad de alejarte para surcar otros mares, vivir otras vidas, y verlo todo con perspectiva…
No sé si fueron mis errores lo que te alejaron, muchas veces lo pensé… Quizás simplemente te cansaste de mí, o dejaste de quererme…Tampoco sé si lo que yo te daba era mejor o peor que lo podías encontrar en otra parte, pero es lo más auténtico que he dado nunca. Al menos me queda esa tranquilidad…
El vacío era tan grande a medida que te alejabas, que mi corazón se iba llenando de trocitos de hielo. Me torturaba, tratando de encontrar las razones, tratando de retenerte…
Aunque tus desprecios me partían el alma, yo quería sobre todas las cosas tenerte cerca… Tardé en entender lo absurdo de mi empeño. No podía luchar contra tu voluntad, ni tenía ningún sentido forzar las cosas… Yo quería tu felicidad, y si no estaba a mi lado, nada podía hacer salvo resignarme… Y te solté la rienda para que no terminaras odiándome…
Sin embargo, en ciertos momentos me invadía un sentimiento balsámico. Algo en mi interior me decía que una parte de ti nunca me abandonaría. Que lo que habíamos compartido era tan bonito que no serías capaz de olvidarlo…
Por fin te has dado cuenta de que tu destino está ligado al mío… Y lo que tiene que ser es… como si nunca hubiera dejado de serlo…

Nota aclaratoria: Ya sabéis que tengo el mal vicio de escribir en primera persona… lo que no significa que hable de mí. Al fin y al cabo, como argumenta Lucía Etxebarría en esa novela que me ha fascinado, lo verdadero es un momento de lo falso…

Un poquito de por favor

No sabría definir la educación, pero la reconozco cuando la veo y cuando brilla por su ausencia… Más que una colección de fórmulas de cortesía, yo la entiendo como una actitud, una forma de comportarse y reaccionar, que te han inculcado (sobretodo con el ejemplo) y forma parte de tu personalidad.
Todos podemos perder los papeles alguna vez, pero hay cosas que una persona con un mínimo de educación no haría ni diría jamás. Claro, que no se le pueden pedir peras al olmo… Algunos no es que estén mal enseñados, es que están mal aprendidos. Y no tienen la educación que les han dado, sino la que se han querido tomar… O más bien, la que no se han querido tomar…
Yo identifico la educación con el respeto y la tolerancia. Hacia las opiniones ajenas, hacia lo que no entendemos o no compartimos… Creo que el fondo no es más que asumir unas pautas de convivencia para hacerle la vida más agradable a los demás, en portarte con ellos como te gustaría que lo hicieran contigo… En el fondo no es más que generosidad...
Más allá del “gracias” y el “por favor”, deberíamos practicar un poquito más de solidaridad, de paciencia, de comprensión… No gritarle a un conductor porque tarde dos segundos en arrancar cuando el semáforo se pone en verde, no prejuzgar ni rechazar lo que no encaja en tus parámetros, contestar cuando te hablan, evitar las agresiones del tipo que sean… Tampoco es de buena educación que te partan el alma, ¿no?
¿Qué a qué viene todo esto? A que el otro día presencié una situación que me hizo sentir vergüenza ajena… Y pensé que solo con un poquito de educación haríamos menos daño. ¿No es una motivación digna?

Ese algo inalcanzable

Recientemente, leyendo una novela que me pareció genial, constaté que su genialidad radicaba más que en lo que contaba, en como lo contaba. En la estructura, la forma de dosificar la información o situar a los personajes, la habilidad a la hora de jugar con factores de tiempo y espacio…
Muchas veces alguien me pregunta de qué trata un libro y me cuesta explicarlo… En algunos casos se debe a eso precisamente. La acción es secundaria y a veces caótica, no sigue una línea argumental clara. En cambio las descripciones o la profundidad psicológica son increíbles. Hay tantas frases que te impactan que no puedes dejar de subrayar… El talento fluye en cada página, es un manantial inagotable. Estás disfrutando tanto de la lectura que no te importa lo que pase, ni siquiera te lo planteas. Solo quieres seguir encontrando belleza, aunque implique la confirmación cruel de que tú jamás podrás escribir algo ni remotamente parecido.
Tengo los libros de ciertos autores llenos de marcas, porque están plagados de frases maravillosas. Quizás en algunos casos no tienen una estética en el sentido convencional, pero me llegan. Y no necesito que tengan un desenlace memorable, ya lo son en conjunto...
No es que valore más la forma que el fondo, cada uno desempeña un papel importante. Pero el talento de expresar algo hilvanando sabiamente las palabras que más puedan impactar al lector me parece admirable. Solo alguien con esa capacidad consigue emocionarte y hacer que te sientas partícipe. Retratar lo que conoces perfectamente pero no eres capaz de definir, e incluso lo que ni siquiera eras consciente de conocer. En esos momentos te invade la absurda impresión de que está hablando de ti…
No creo que exista una fórmula magistral para contar historias de una forma deslumbrante… supongo que es algo innato, alentado por determinados sentimientos. Algo inalcanzable para la mayoría de los mortales, pero que nos transporta al olimpo cuando tenemos la fortuna de ser testigos…

Sed de amor

Era una sed que la devoraba y la obligaba como si fuera un deber; la misma sed del borracho que, temeroso de enfermar si toma un solo trago más, levanta de nuevo la botella.
Este ha sido uno de mis pecados recientes… del que por supuesto no me arrepiento. Cuando estoy en una ciudad que no es la mía y dispongo de tiempo, no puedo evitar ir de librerías. Y claro, una cosa lleva a la otra…
Debo confesar que lo tenía apuntado en mi lista, pues cuando leí “El rumor del oleaje” me hice del club de los adoradores de Mishima. Me encanta esa cadencia intimista, esa forma tan particular de expresar sensaciones y retratar las pasiones humanas…
Los elementos de todas estas emociones estaban incluso presentes en la brisa que soplaba a través de la arboleda de los castaños.
Reconozco que el título me enganchó, aunque parezca más de novela rosa. ¿Por qué será que nos gustan tanto las historias de amores desgraciados? Quizás porque todos hemos tenido algún vestido de ese color y no nos cuesta identificarnos. Quizás es que ponemos en tela de juicio las historias de amor perfectas, sin fisuras… porque sabemos que el amor sin dolor es un cuento chino.
Etsuko está envenenada por los celos que le provocó su difunto marido. Se instala en la finca de su suegro, Yakichi, quien ejerce el derecho de pernada como un señor feudal. Pero ella se enamora del sirviente Saburo, aunque ha puesto sus ojos en otra...
¡No puedes imaginarte lo que he sufrido! Me gustaría poder sacar aquel dolor de mi corazón y ponerlo junto al que tú sientes ahora. Entonces veríamos cual era peor.
Hay momentos en los que su sangre fría resulta espeluznante… en otros en cambio es de una ternura infinita, como cuando le regala los calcetines a Saburo sin pensar en la situación en la que lo pone.
Yo tengo que llevar prendas de abrigo más pesadas que otros, porque mi alma nació y continúa viviendo, en el país de las nieves.
Aunque no siempre apruebe su comportamiento, en cierto modo la entiendo. Es una víctima de las circunstancias y de sí misma… Es alguien tan vulnerable que produce empatía. Alguien que sufre, que calla, que soporta…
Nadie se imagina lo bien que uno puede mentir sobre el estado de su corazón.
Este es uno de esos libros que no te dejan indiferente. Te hace replantearte los efectos secundarios del amor… la necesidad de amar y ser amado…
Si no fuera por el amor, la gente se entendería perfectamente. Si no fuera por el amor.

Un Velázquez en el sótano

Algunos de los que me lleváis soportando un tiempecito por aquí sabéis de mi idolatría por Velázquez, y no os costará imaginar como me he quedado con el reciente hallazgo de un presunto lienzo suyo en los sótanos de la Universidad de Yale… Se titula “La educación de la Virgen” y tiene todas las trazas de proceder de su pincel. Parece que está un tanto maltratado, e incluso que le falta una parte. Y es que el periplo hasta llegar allí ha debido de ser apoteósico… Además de haber soportado no pocas inclemencias, las condiciones de conservación no han sido las mejores.
Pertenecería a su etapa sevillana, a mi humilde juicio la más interesante… Dicen los expertos que quizás formara parte de las pinturas del altar mayor del Convento de Santa Ana de Sevilla, que fueron evacuadas a raíz de unas inundaciones. Siempre hay algún listillo con dinero que se aprovecha de esas circunstancias, así que fue vendido a un particular y cruzó el Atlántico en un barco de la familia Townshend.
Partiendo de la base de que me alegro un montón de su descubrimiento, me enerva que una pintura española de tal categoría haya pasado casi un siglo apolillándose en los sótanos de una universidad yanki. Debería estar en el Prado, o en Museo de Bellas Artes de Sevilla. Y por supuesto, no haber salido jamás de España.
Ya ha sido sometida a análisis técnicos, y todos ellos apuntan al maestro sevillano. Mi pregunta es… ¿Cuándo nos la devuelven? Aquí la autentificamos, que no se preocupen por eso…

Bajo un cielo estrellado

La noche estaba fresca y fragante, hubiera sido un crimen desperdiciarla. Un chupito de Canasta y un More mentolado bajo un manto de estrellas. La mente despejada, acorde con el entorno. Y esa sensación de bienestar que sabes que es esporádica pero no por ello dejas de disfrutar… El aire parecía cargado de una energía especial, casi premonitoria.
De pronto vi una estrella fugaz y mi subconsciente formuló un deseo a la misma velocidad con que desaparecía. Me pilló con la guardia baja, y el filtro de pensamientos falló. Solo unos segundos después reparé en que había algo mucho más prioritario… pero ya era demasiado tarde. Es lo que tienen las estrellas fugaces, que no te dan tiempo a pensar… y al igual que no puedes controlar los sueños, tampoco puedes controlar ciertos deseos. Porque aunque te asuste tenerlos y más aún expresarlos, están ahí. Son impertinentes, no sucumben ante la lógica. Tienen vida propia...
Mi escepticismo crónico me recordó que una estrella fugaz es solo fenómeno celeste precioso y excepcional, pero no la lámpara de Aladino. Sin embargo la necesidad de creer que una ilusión que acaricia el alma pueda llegar a ser algo más que eso, se impone descaradamente cuando menos te lo esperas.
Hay noches mágicas en las que la razón huye a hacerle compañía a la luna dejando libres los sueños que quieren ser soñados. Solo hace falta un descuido para que escapen de su jaula y floten en el aire junto con la brisa marina y el olor a dama de noche. El perfume es tan fuerte que te embriaga, sin que puedas hacer nada para evitarlo. Y sonríes sin darte cuenta, porque durante unos segundos tú también estás flotando, elevándote hacia la luna. Donde habitan los sueños…

Secretos de familia

Ya me han amenazado varias veces con desheredarme, pero no me van a callar la boca… Que las historias familiares no se cuentan, que los trapos sucios se lavan en casa… Vamos, que encima que soy cronista filantrópica, me ponen pegas. El caso es quejarse… Y decirle a los demás “lo que hacen mal”, que nos gusta mucho…
Yo es que me entero de todo sin proponérmelo, oye… y no es que me pase el día con la antena puesta ni nada de eso, sino que la peña larga sus miserias como si estuviera en el psicólogo. Para mí que se sienten mejor teniendo cómplices… Y yo no me voy a llevar todos los secretos a la tumba para pasarme toda la eternidad estresada… Lo que no entiendo es por qué luego se cabrean… A mí que me lo expliquen…
Cuando tenía siete años saqué a mis primillos de la ignorancia con aquel asunto de los magos de Oriente, porque es que daban un cante que no veas… y me castigaron toda una tarde en el trastero. Claro que estuve registrando todo lo que pude para entretenerme… que encierro más productivo… ¿Y como iba a permitir que las criaturicas fueran el hazmerreír de su clase?
Yo es que no puedo con la mentira… así que cuando la tarada de la tía Ángela dijo por tercera vez: “es que el niño es clavaito a su padre” no me quedó más remedio que gritar: “¡que es adoptado, coño! Y habrá sacado los ojos azules vete tú a saber a que indigente”. Es que tanta tontería con el rollo de la sangre me puede… ni que viniéramos de la pata de un santo…
Y cuando palmó la abuela porque se les fue la mano con la medicación y querían enmarronar a la pobre chacha ecuatoriana, ahí si que tuve que saltar… Aquello me olía a cuerno quemao, y así se lo dije al señor notario cuando vino a leer el testamento… que estaban todos como buitres, a ver lo que pillaban… luego vino el comisario aquel y ardió Troya…
Anda que la que liaron en esa comida de Navidad solo porque conté unos cuantos líos de alcoba de los allí presentes... ¡Si era para amenizar la sobremesa! Que tanto villancico me tenía hasta el mismísimo… Pues hasta me tiraron una copa de champán encima, los muy ingratos…
Me dicen bocazas de los cojones, cizañera, que me van a cortar la lengua, que un día me van a mandar a un rumano y no precisamente para calentarme la cama… así que no tuve más remedio que venir a la tele para dar mi testimonio y que todo el mundo sepa que estoy en peligro. Y si hay que sacar basura, pues se saca… Si hacer limpieza es lo mejor que hay… Ya lo decía mi abuela, antes de que…

Desvelos

Recuerdo esa frase de Ricas y famosas: “Si lo que escribes no te mantiene en vela, tampoco desvelará a tus lectores”. Y digo yo… ¿Quién quiere desvelar a sus lectores? Pobrecitos… encima de que te leen, con todo lo que hay por hacer y por leer… Aunque interpretándola de forma menos literal, estoy de acuerdo en que te tienes que involucrar en lo que escribes para que le interese a los demás. Y ni siquiera eso garantiza su interés…
No se trata de las horas que le dediques o la ansiedad que te produzca, sino del nivel de entrega. Cuando haces algo en lo que crees, resulta mucho más fácil que el resto también se lo crea. Me parece que cierta dosis de disciplina es buena, siempre que no convierta una pasión en obligación y le quite el encanto. En el momento en el que dejas de disfrutar, pierde el sentido.
Los que escribimos por amor al arte gozamos de esa libertad expresiva y solo tenemos las presiones que nos autoimpongamos. Podemos padecer desvelos, incertidumbre, quebraderos de cabeza… pero dentro de un nivel de exigencia propia. Creo que es importante que una actividad te motive para hacerla bien, y cuando la haces voluntariamente y sin pretensiones es porque te gusta. Y eso favorece la autenticidad. Aunque un texto tenga mil carencias, nadie podrá discutirle ese valor…
Cuando lees una novela percibes al momento esa huella personal, que a veces se difumina en pos de un criterio comercial. Me parece un error escribir siguiendo premisas demagógicas. Hay que asumir riesgos para no traicionarse a uno mismo. Y si a alguien no le gusta, pues no pasa nada… nunca llueve a gusto de todos. Al menos te quedará la satisfacción de haber contado lo que querías contar, de haber sido honesta contigo y con quien te dedica su atención.
En mi caso esa actitud formar parte de un proceso. La idea de que alguien pueda leer lo que escribes te condiciona aunque sea inconscientemente. Pero aprendes a ir dejando caer ciertas máscaras, permitiendo que aflore tu verdadero yo. Con la experiencia el estilo (por llamarlo de alguna manera) adquiere personalidad. Y va derivando en un sello propio compuesto de vivencias, lecturas, deseos, inquietudes… vistos a través de tu prisma particular.
Escribir sobre lo que te de la gana y sin preocuparse de nada más es la única forma que conozco de asegurar un entusiasmo que considero fundamental, y que de no existir sería imposible contagiar. La única que garantiza esa verosimilitud que todo escritor busca y todo lector merece…

El arte de mirar


“El arte enseña a mirar: a mirar el arte, y a mirar con ojos más atentos el mundo. En los cuadros, en las esculturas, igual que en los libros, uno busca lo que está en ellos y también lo que está más allá, una iluminación acerca de sí mismo, una forma verdadera y pura de conocimiento”.
Ventanas de Manhattan. ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Cuando leí esta frase la subrayé para apoderarme de ella. La palabra “arte” basta para captar mi atención, igual que la palabra “libros”. Pero lo que realmente me fascinó es su sentido más profundo… “lo que está en ellos y también lo que está más allá”… Porque aunque no siempre se busque, a veces se encuentra. Porque cada experiencia estética deja un poso en el alma…
Además de aludir a la inspiración según describía Carson McCullers, esta “iluminación” también puede ser una descarga de sensaciones a través de un catalizador, similar al hecho de mirarte en un espejo y verte tal como eres… Con todo lo que eso implica.
Cualquier propuesta creativa que te enseñe algo sobre ti o exprese un sentimiento con el que identifiques, logra el diálogo más íntimo entre creador y receptor. No solo te conmueve, sino que de alguna manera te transforma. Esa capacidad, premeditada o no, me parece una proeza.
Leer un párrafo o contemplar un cuadro en el que te reconoces supone una revelación que de alguna manera te desnuda y que implica una empatía con el autor. El nivel de comunicación puede ser brutal, hablarte de tu propia historia, removerte sensaciones, descubrirte facetas ocultas u olvidadas… Es un proceso mágico que daría lo que no tengo por ser capaz de provocar.
Aún así, creo en la estética por la estética. Me gusta lo que es arte sin pretender serlo, y la ingenuidad que lo impregna. Arte tienen ciertas formas de ser o expresarse, ciertas sonrisas, ciertas miradas…
Porque la belleza está en los ojos del que mira, y para encontrarla solo hace falta una pequeña dosis de sensibilidad. Esa que casi todos tenemos agazapada en alguna parte y que constatamos cuando aparece el detonante adecuado. A veces se nos pasan desapercibidas las cosas más bellas…
Creo que el arte habla por si mismo. Aunque existen claves para interpretarlo mejor, no son necesarias para disfrutarlo. No solo depende de la percepción individual, sino también del momento y de los antecedentes. Y va creando un sustrato que condiciona tu forma de enfrentarte al mundo que te rodea.
Cuando cierto lenguaje emplea una serie de códigos que te son familiares, se produce una simbiosis cuyo alcance va más allá de su intencionalidad e incluso de tus expectativas. Que te puede cambiar la vida, o al menos la forma de entenderla. Pero hay que saber mirar… hay que dejarse seducir…

"Evidencias"

- Mira que eres cabrona con él…
- ¿Cabrona?
- Está todo el rato pendiente de ti, tratando de agradarte, y tú lo ignoras deliberadamente…
- Yo no lo ignoro…
- Eres más amable con cualquiera, ni lo miras a la cara…
- No lo hago a propósito…
- Lo tratas con desdén, y le pegas unos cortes que lo dejas tiritando…
- Ya será menos…
- ¿Te cae mal?
- En absoluto…
- Te molesta que sea tan encantador contigo…
- ¿Por qué iba a molestarme eso?
- No sé, hija… eres tan rarita para algunas cosas…
¿Cómo explicarle que no era capaz de sostenerle la mirada? ¿De tenerlo cerca sin que se me disparara el corazón? Que temía acostumbrarme a sus atenciones, a su cercanía. Que si algún día mis labios rozaban los suyos, lo derretiría a besos…