jueves, 16 de septiembre de 2010

Bajo un cielo estrellado

La noche estaba fresca y fragante, hubiera sido un crimen desperdiciarla. Un chupito de Canasta y un More mentolado bajo un manto de estrellas. La mente despejada, acorde con el entorno. Y esa sensación de bienestar que sabes que es esporádica pero no por ello dejas de disfrutar… El aire parecía cargado de una energía especial, casi premonitoria.
De pronto vi una estrella fugaz y mi subconsciente formuló un deseo a la misma velocidad con que desaparecía. Me pilló con la guardia baja, y el filtro de pensamientos falló. Solo unos segundos después reparé en que había algo mucho más prioritario… pero ya era demasiado tarde. Es lo que tienen las estrellas fugaces, que no te dan tiempo a pensar… y al igual que no puedes controlar los sueños, tampoco puedes controlar ciertos deseos. Porque aunque te asuste tenerlos y más aún expresarlos, están ahí. Son impertinentes, no sucumben ante la lógica. Tienen vida propia...
Mi escepticismo crónico me recordó que una estrella fugaz es solo fenómeno celeste precioso y excepcional, pero no la lámpara de Aladino. Sin embargo la necesidad de creer que una ilusión que acaricia el alma pueda llegar a ser algo más que eso, se impone descaradamente cuando menos te lo esperas.
Hay noches mágicas en las que la razón huye a hacerle compañía a la luna dejando libres los sueños que quieren ser soñados. Solo hace falta un descuido para que escapen de su jaula y floten en el aire junto con la brisa marina y el olor a dama de noche. El perfume es tan fuerte que te embriaga, sin que puedas hacer nada para evitarlo. Y sonríes sin darte cuenta, porque durante unos segundos tú también estás flotando, elevándote hacia la luna. Donde habitan los sueños…

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