lunes, 25 de octubre de 2010

El festín de Babette

Las viejas y taciturnas gentes recibieron el don de las lenguas; los oídos, que
durante años habían estado casi sordos, se abrieron por una vez. El tiempo mismo
se había fundido en eternidad. Mucho después de la media noche, las ventanas de
la casa resplandecían como el oro, y doradas canciones se difundían en el aire
invernal.

Hace ya muchos años que una amiga de esas a las que me une el vicio de devorar libros me recomendó esta película. Y aunque confío ciegamente en su criterio, tardé en constatar lo acertado de su recomendación.
Lo que ignoraba es que existía un libro… por eso cuando hace unos meses lo descubrí en una de mis incursiones libreriles me entró por los ojos. Lo mejor fue el nombre de su autora: Isak Dinesen. Enseguida me vinieron a la mente sus maravillosas “Memorias de África”, y supe que tenía que leerlo. Sin embargo, no fue hasta el otro día cuando se vino conmigo…

El pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de
pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros
colores.

Me dan mucha pena las hijas del deán, que perdieron a sus amores de juventud (un teniente de húsares y un cantante de ópera) por culpa de una educación demasiado estricta.
De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o las nieves perpetuas.
Me fascina como una simple cocinera francesa exiliada durante la guerra franco-prusiana consigue revolucionar ese microcosmos noruego regido por la austeridad.

Las vanas ilusiones de este mundo se habían disuelto ante sus ojos como el humo
y habían visto el universo como verdaderamente es. Se les había concedido una
hora de eternidad.

Me conmueve la generosidad de Babette… que decide invertir los diez mil francos que le han tocado a la lotería en preparar un banquete pantagruélico y demostrar su gratitud a las personas que la acogieron. Aunque al final admita cuanto ha disfrutado ejerciendo su talento culinario…
Los invitados se muestran reticentes a disfrutar de esa comida como si eso fuera a condenarles, pero poco a poco sus mentes se van abriendo a través de los sentidos…
En medio de la cena, ella había alzado sus ojos aterciopelados y negros por encima del borde de su copa de champán, y, sin palabras, le había prometido hacerle feliz.
Me encanta esa catarsis colectiva que introduce la sensualidad en una sociedad en la que todo placer está prohibido, dejando salir las emociones cautivas...

- He estado con usted cada día de mi vida. Sabe usted que es cierto,
¿verdad?
Y la magia que flota en el ambiente:
- Las estrellas están más
cerca –dijo Philippa.
- Se acercarán todas las noches –dijo Martine en voz
baja.

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