lunes, 25 de octubre de 2010

Encantos marroquíes

Si has oído la llamada de Oriente,
no necesitas nada más.
¡No! No
necesitas nada más
que el penetrante olor a especias,
y el sol, y las
palmeras, y el tañido
de las campanas de los templos
en el camino de
Mandalay…
RUDYARD KIPLING

Ya sé que Marruecos no es Oriente, pero si sustituimos el sonido de las campanas por el canto del muecín la cita encaja a la perfección. Cualquier viaje supone una desconexión terapeútica. Es la mejor forma que conozco de huir de la aniquiladora rutina, especialmente en ciertos destinos.
No sucumbí a la tentación de llevarme “El cielo protector”, pero sí a la de releer “Una infancia en Marraquech”. Capote fue a Tánger para “escapar de sí mismo”, y cuando visitas este país comprendes lo que quiso decir.
Contraviniendo uno de los preceptos del corán, Marruecos me recibió con lluvia. Pero en cuestión de un par de días brillaba el sol y la temperatura era casi veraniega. Lejanos ya los tiempos del protectorado, sus señas de identidad son omnipresentes. Sobretodo a medida que te acercas Sáhara. El excesivo dulzor del té a la menta es una reminiscencia de épocas pasadas, cuando los pueblos del desierto no escatimaban la cantidad de azúcar como signo de hospitalidad.
Los marroquíes son alegres y parsimoniosos, para ellos “la prisa mata”. Miran con descaro, pero no porque les gustes más o menos, sino porque eres diferente a lo que conocen. Te preguntan si eres “madame” o “mademoiselle”, y si quieres quitártelos de encima solo tienes que contestar “madame”. Así te ahorras la bochornosa oferta de que quieran canjear por nosecuantos camellos.

El mausoleo de Mohammed V en Rabat, una obra faraónica muy bien custodiada...
El Palacio Bahía de Marraquech me resulta gratamente familiar...
Marraquech está llena de jardines con palmeras y rodeada por una sólida muralla. Es una ciudad de contrastes, como una metáfora del mundo. Igual que te encuentras la medina, con sus múltiples zocos y vida abigarrada, hay barrios de élite, y la mayor concentración de hoteles de cinco estrellas que he visto nunca. Parecen palacios de las mil y una noches…
En las inmediaciones de las mezquitas está prohibido vender alcohol, con lo cual tomarse una cerveza se convierte casi en misión imposible. Pero en los zocos de las medinas puedes pasar horas sin echarla de menos...
La ruta de las Kasbahs y los oasis representa el Marruecos profundo, el más exótico y menos desarrollado.
Sin comentarios...
La medina antigua de Fez es un laberinto de callejuelas cuesta abajo con más de trescientas cincuenta mezquitas…
Y unos chalets que no se los lleva el viento...
Haciendo las abluciones. Para que luego digan que no son limpios...
Chauen, un pueblecito de montaña precioso.
¡Mira los donuts marroquíes, nanilla! Al verlos me acordé de ti...
Lo sigo constatando: “Viajar es bueno para el alma”.

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